Señor, yo te pregono como un devoto heraldo
con la campana ronca, fiel y desgarradora
de mi voz persistente, que hace eco en los campos
sin que nadie la escuche, sin que nadie responda.
Los pueblos se fascinan con oropel y escombros,
erigen paraísos de sal sobre la tierra
y ciegos, menosprecian tus gracias y tesoros
que opacan hasta el mismo fulgor de las estrellas.
Pido por ellos, ruego porque consigan verte
más allá de la niebla que los incapacita
para cantar la gloria de Tus amaneceres,
para encender antorchas contra la sombra indigna.
Padre, que se emancipen del yugo del maligno
en el que ni siquiera ya muchos de ellos creen.
Por la misericordia de tu divino Hijo,
¡que entierren sus mortajas y vuelvan a la fe!
Abre, Señor, los ojos de todos los cristianos
que hoy pastan ante lobos y acampan en lo oscuro.
¡Que no enfrenten la noche con los brazos cruzados!
¡Que escuchen tus campanas repicar por el mundo!

