En la aflicción de la noche,
como aquel que espera la sentencia,
sólo me aferro a la esperanza
de saber que mi Amado me espera…
Espera, espera, mi llegada, mi entrega…
Golpea despacio, sereno, enamorado,
la puerta de mi corazón agitado.
Señor, mi dulce Juez,
haz mi pequeñez y mi miseria
merecedora de tu sufrimiento.
Haz que, a pesar de mis traiciones,
de mi indiferencia, de mi letargo…
sepa despertar mi alma adormilada
con tu dulce e insistente llamado.
Y en el fragor de la batalla diaria,
no se canse tu Corazón Sagrado
de buscar a esta pobre alma
que sin Ti no puede nada.

