GRANDES GOBERNANTES, MAGISTERIO SANTO
El día 22 del mes de Marzo del Año del Señor 1833, gobernando en Buenos Aires el General Juan Ramón Balcarce, se organizó lo que se conoce como “Campaña de Rosas al desierto”, destinada a detener las incursiones de diversas tribus indígenas que asolaban las fronteras de la Confederación Argentina, atacando el sur de la actuales provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe, y el oeste de la provincia de Buenos Aires.
La campaña, encabezada por Don Juan Manuel de Rosas, fue exitosa, especialmente a partir de pactos firmados por el Brigadier con diversos caciques indígenas, en particular con Calfucurá, que se volvió aliado del gobierno y colaboró en la detención de los malones que emprendía la indiada sobre las poblaciones fronterizas, robando ganado, prendiendo cautivos (especialmente mujeres) y protagonizando toda clase de desmanes. Desde el final de la campaña, en el mes de Marzo del Año del Señor 1834, no volvió a haber ataques indígenas hasta el Año del Señor 1853, ya caído Don Juan Manuel de Rosas.
La expedición en defensa de las incursiones aborígenes fue dividida en tres columnas: la del oeste o “de la derecha” al mando del General José Félix Aldao; la del centro, comandada por el General José Ruiz Huidobro, y la del este o “de la izquierda”, bajo las órdenes del propio Don Juan Manuel de Rosas. La operación no contó con la colaboración del gobierno de Balcarce, por lo que fue emprendida y totalmente sostenida, en lo material, por Rosas y otros estancieros bonaerenses.
Tres meses después de iniciada la campaña, así arengaba el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas a las tropas bajo su mando:
“General de la Izquierda, Río Colorado, Junio 23 de 1833, año 24 de la Libertad y 18 de la Independencia. Todo oficial que se halle empleado, que no ataje por sí mismo, en cuanto le sea posible, el desorden que ocurriere, cuidando de no ingerirse ni arrogarse las funciones que corresponden a otra autoridad, será responsable de los daños que resulten. Santo: A San Juan Glorioso. El primer deber de los argentinos, es respetar la Religión del Estado. Ella es por excelencia, la que con mayor abundancia proporciona consuelos saludables, en todas las vicisitudes de la vida, a las almas dispuestas en observancia cuidadosa. En vano la corrupción de los tiempos y la prevaricación de ilustrados supersticiosos y rudos, con presunciones de sabiduría, han querido negar el infinito poder y su grandeza. Cuando se han visto al borde del sepulcro, convencidos unos y arrepentidos otros, han llorado sus miserias, han perdido perdón al Cielo Santo e invocado el poder de la misericordia divina, han confesado sus culpas, acabando la carrera de sus días, lavando así sus manchas, en la fuente pura y saludable destinada a este fin por el Supremo hacedor del Universo. ¡Cuántos ejemplos importan estos hechos Federales para los impíos! ¡Y qué lecciones saludables para vosotros que los sabéis aprovechar, virtuosos! Nuestra Religión engendra virtudes cristianas y cívicas que constituyen la base de la felicidad de los Estados. Ella enseña el respeto y sumisión a la Ley, tan necesario para la felicidad común. Señala el horror a los crímenes, e indica los medios de evitarlos. Muestra el camino de la felicidad de la vida y el único que puede conducir al hombre a gozar de la Gloria verdadera. Hoy, desde las siete de la noche hasta las diez de ella, arderá en el campo de cada cuerpo un San Juan, en celebridad de la víspera del Santo, según costumbre de nuestros mayores. A las seis de la misma se dará ración con aguardiente.” Juan Manuel de Rosas
(José María Ramos Mejía, “Rosas y su Tiempo”, Félix Lajouane y Cía. Editores, 1907; tomo II, página 304, en nota; citado por Don Julio Irazusta, en su obra “Vida Política de Juan Manuel de Rosas a Través de su Correspondencia”, Jorge Ernesto Llopis Editor, Buenos Aires, 1975; tomo II, página 196)
El autor de la obra donde aparece esta proclama, José María Ramos Mejía (1849-1914), destacado médico argentino, fue uno de los grandes liberales en este país, entre fines del siglo XIX y principios del XX. Por eso inserta este documento, de autoría del mejor gobernante argentino de la historia, en un capítulo de su libro donde pretende denostar el espíritu católico del bien llamado Restaurador de las Leyes, tratándolo como «fanatismo religioso-político».
Ocurre que se sabe que “El Liberalismo es Pecado”, según la obra de ese título del R.P. Félix Sardá y Salvany, y los pecadores liberales son enemigos de Cristo, de la Santa Iglesia Católica y de la Doctrina Eterna de Dios Padre.
Veamos la calificación que la Sagrada Congregación del Índice le diera al opúsculo del Padre Sardá y Salvany, a poco más de dos años de su primera publicación:
«De la Secretaría de la Sagrada Congregación del Índice, día 10 de Enero de 1887.
Excelentísimo Señor:
La Sagrada Congregación del Índice recibió denuncia del opúsculo titulado El Liberalismo es pecado, su autor D. Félix Sardá y Salvany, sacerdote de esta tu diócesis: la cual denuncia se repitió juntamente con otro opúsculo titulado “El Proceso del integrismo”, esto es, “Refutación de los errores contenidos en el Opúsculo ‘El Liberalismo es pecado’»; autor de este segundo opúsculo es D. de Pazos, canónigo de la diócesis de Vich. Por lo cual dicha Congregación aquilató con maduro examen uno y otro opúsculo con las observaciones hechas; mas en el primero nada halló contra la sana doctrina, antes su autor don Félix Sardá y Salvany merece alabanza, porque con argumentos sólidos, clara y ordenadamente expuestos, propone y defiende la sana doctrina en la materia que trata, sin ofensa de ninguna persona.
Pero no se formó el mismo juicio acerca del otro opúsculo publicado por D. de Pazos, porque necesita corrección en alguna cosa, Y además no puede aprobarse el modo injurioso de hablar de que el autor usa, más contra la persona del Sr. Sardá que contra los errores que se suponen en el opúsculo de este escritor.
De aquí que la Sagrada Congregación ha mandado que D. de Pazos sea amonestado por su propio Ordinario, para que retire cuanto sea posible los ejemplares de su dicho opúsculo; y en adelante, si se promueve alguna discusión sobre las controversias que pueden originarse, absténgase de cualesquiera palabras injuriosas contra las personas, según la verdadera caridad de Cristo: con más motivo cuando nuestro Santísimo Padre León XIII, a la vez que recomienda mucho que se deshagan los errores, pero no quiere ni aprueba las injurias hechas, principalmente a personas sobresalientes en doctrina y piedad.
Al comunicarte esto de orden de la Sagrada Congregación del Índice, a fin de que puedas manifestárselo a tu preclaro diocesano el Sr. Sardá para quietud de su ánimo, pido a Dios te dé toda prosperidad y ventura, y con la expresión de todo mi respeto, me declaro
De tu grandeza adictísimo servidor, FR. JERONIMO PÍO SACCHERI, de la Orden de Predicadores, Secretario de la Sagrada Congregación del Índice.
Ilmo. y Rvdmo. Sr. D. Jaime Catalá y Albosa, obispo de Barcelona.”
*.*.*
Volviendo a nuestras tierras, debemos manifestar que Don Juan Manuel, tal vez sin alcanzar la altura sacrosanta de un Gabriel García Moreno, tuvo un innegablemente profundo amor a la Santa Religión Católica; por eso, en esa proclama, bien hizo en señalar, entre tantas verdades propias de nuestra Fe, el modo en que los liberales se enfrentaban con frecuencia a la muerte, al menos en su época.
Lamentablemente, con la decadencia espiritual de la humanidad en general, y especialmente del estamento político (ambiente predilecto del liberalismo), ese comportamiento frente al trance supremo del pasar a la vida eterna ha ido desapareciendo juntamente con el arrepentimiento, el lamento por las propias culpas y el recurso a la misericordia divina; incluso entre muchos católicos, o que se precian de ser tales.
Ya no es tiempo de pedirle a Dios Nuestro Señor que suscite políticos de esta calidad, o clérigos como los que presidían en esa época las congregaciones romanas. Sólo nos queda rogarle a su Hijo, Nuestro Redentor Jesucristo, y a su Madre, la Santísima Virgen María, que nos apuren el trago amarguísimo que nos espera en estas postrimerías, para poder gozar luego, en tanto su Gracia nos mantenga en el Pequeño Rebaño, de la Parusía Gloriosa del Salvador.
