Considera que Santa Teresa, cuando niña de tiernos años, por haber leído las vidas de Santos Mártires, se encendió en tales deseos del martirio que quiso ir a África a encontrarle.
En aquellos tiernos años ya se embebecía en el concepto de la eternidad, y eran sus entretenimientos formar ermitas de tiestos: pronóstico de los ermitaños y ermitañas, que había de fundar cuando mayor.¡Oh, cuán agradable sería la niñez de esta Santa a Dios! Haz reflexión a tu niñez y mocedad, y llora lo poco que en estas edades serviste a Dios; y quizá lo mucho que le ofendiste, viviendo entonces con olvido y poco temor suyo, por no haber tenido el santo empleo de esta Santa, de leer libros espirituales y ejercitarte en actos de piedad.
Procura enmendar ahora aquellos desconciertos; y los que tienen obligación de criar hijos o discípulos, impónganlos desde los tiernos años en leer y practicar cosas santas, que con esto harán a Dios un grande servicio; como a sus hijos y discípulos el mayor bien.
Considera el alto estado de perfección a que Dios levantó a esta su Esposa, labrándola con continuas enfermedades, por las cuales la Santa no se excusaba de ejercitarse en ásperas penitencias; y lo que fue más sensible, con penas interiores espantosas, y por muchos años, que la Santa sufrió con rara paciencia.
Y tanto fue el grado de amor a que con ellas llegó, y el celo ardiente de la honra del Esposo, que contra todo el poder del mundo e infierno, fundó la célebre reforma del Carmelo, para ambos sexos, donde en parte descansaban sus ansias, por la grande perfección que profesaban en ella sus hijos e hijas.
¿Qué dirán los que aspiran a ser espirituales a vista de esta Santa? ¿Con qué medios quieren llegar a la perfección? ¿Qué diligencias hacen de su parte para disponerse? Mejor podríamos decir: ¿qué impedimentos no ponen de su parte para no adelantarse en este camino, con tanta delicadeza en el trato de su cuerpo y en huir de los trabajos que Dios les envía? Si quieres de veras ser espiritual, no huyas de los medios.
Considera la profundísima humildad con que Santa Teresa acompañó y guardó tanta riqueza de virtudes; y tantos, y tan singulares favores con que Dios la honró. En tantas persecuciones y encuentros como tuvo, sufrió y calló, como culpada. Teníase por la menor entre sus hijas; deseaba y buscaba con sus palabras y obras su desprecio; y lo que es de mayor admiración, que en sus libros usa tales rodeos, artificios, y modos de hablar, que casi prueba, que era mujer de poca virtud; y aun de mala vida, cuando de ellos mismos consta que nunca pecó gravemente.
Esta sí que es verdadera humildad, buscando la Santa tan de veras, no el ser tenida por humilde, más por desaprovechada, y despreciable. Compárate tú ahora con la Santa para ver con claridad que apenas conoces esta virtud, sino por el nombre. ¿Qué desazones te cuesta el que te noten de imperfecto, que te digan tus verdaderas faltas? ¿Cuánto las multiplicas con tus muchas excusas? En verdad, que si no quieres andar el camino de la humillación, nunca llegarás a la humildad.
¡Oh Santa gloriosa!, Maestra singular de espíritu, regid al mío tan tibio; alcanzándome las gracias necesarias para pasar a ser fervoroso y fundado en verdadera humildad.

