SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS Y DE LA SANTA FAZ

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Todos los días, en el Calendario Litúrgico, los Santos nos traen su testimonio; y todos los días por Ellos nos hace Dios oír su voz, proponiéndonos el ejemplo de su vida y recordándonos cuál fue su misión.

Teresa recogió ese testimonio, escuchó esa voz; y ahora, cuando todo el mundo la conoce, nos da el ejemplo de su vida para enseñarnos a nosotros a ser también Santos.

Ahora bien, la vida de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz se distingue por los méritos de la infancia espiritual.Ella misma explicó claramente el sentido de su misión poco tiempo antes de morir: «Conozco que mi misión va a comenzar, mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo…, de enseñar a las almas mi camino: el camino de la infancia espiritual, el camino de la entrega total a Dios. Quiero indicarles los medios que tan buen resultado me han dado a mí, decirles que no hay más que hacer una cosa en este mundo: arrojar a Jesús las flores de los pequeños sacrificios, conquistarle con caricias…»

LA INFANCIA ESPIRITUAL

¿En qué consiste, pues, este entrar en el camino de la infancia espiritual? En adoptar los sentimientos de los niños y portarse en todo con nuestro Padre celestial, como ellos con su padre terreno.

Nuestro Señor de tal modo insistió en el Evangelio sobre la necesidad de hacerse niños para entrar en el Reino de los Cielos, que tenemos que llegar a esta conclusión «que el divino Maestro quiere expresamente que sus discípulos vean en la infancia espiritual la condición necesaria para conseguir la vida eterna».

Muchos tal vez piensen que eso es cosa fácil y que es ir al Cielo sin mucho trabajo. En realidad, el espíritu de infancia implica un sacrificio costosísimo al orgullo humano, pues consiste en la total negación de sí mismo.

«Excluye, decía Benedicto XV, el sentimiento soberbio de sí mismo, la presunción de conseguir por medios humanos un fin sobrenatural y la veleidad engañosa de bastarse a sí mismo en la hora del peligro y de la tentación. Supone una viva fe en la existencia de Dios, un rendimiento práctico a su poder y a su misericordia, un acudir confiado a la Providencia de Aquel que nos da su gracia para evitar todo mal y conseguir todo bien. Y no creamos que este camino sea de libre elección o que esté reservado para las almas no manchadas nunca con el pecado. Las palabras del Señor son formales y se dirigen a todos sin excepción: «Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Y ¿quién tiene que volverse niño, sino el que ya no lo es? Estas palabras entrañan, pues, la obligación de trabajar por conquistar los dones de la infancia y por volver a practicar las virtudes propias de la infancia espiritual» (Discurso ele Benedicto XV para la promulgación del decreto sobre la heroicidad de las virtudes, el 14 de agosto de 1921).

LA HUMILDAD

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Otra lección nos quieren dar Dios y la Santita. Es ésta: Hay una cosa tan grande o mayor que la acción y la capacidad del hombre de talento, y es «la humildad, la perfecta fidelidad a los deberes de estado, cualquiera que sea, en cualquier esfera y grado de la jerarquía humana en que Dios nos haya colocado y llamado a trabajar, el estar dispuestos a todos los sacrificios y el entregarse confiados a las manos y al corazón de Dios y, por encima de todo, la caridad verdadera, el amor real de Dios, el afecto verdadero a Jesucristo que corresponda al afecto que él nos ha mostrado. He ahí un camino que, sin llevar a todos a las alturas a las que Dios elevó a Teresa, todos pueden fácilmente recorrer» (Discurso de Pío XI en la aprobación de los milagros, 11 de febrero de 1923).

LA CARIDAD

«En nuestros días, decía también Pío XI, marcados por el movimiento y la acción febril y sin descanso, se olvida demasiado cuál es la esencia íntima, el verdadero valor de toda acción y de toda santidad: es la caridad. Pues bien, Teresa tiene un corazón y una alma tiernamente infantil y a la vez apostólica hasta el heroísmo; se halla totalmente llena del amor de Dios y vibra con un amor tierno, fuerte, sencillo y profundo que produce en ella éxtasis de filial confianza y magníficos gestos de apóstol y mártir» (Discurso de la promulgación del decreto «di Tuto», 19 de marzo de 1923).

El camino que conduce al amor, nos lo repite Teresa, es «la confianza del niño que se duerme tranquilo en los brazos de su padre» (Historia de un alma, cap. X).

Y añade: «¡Oh! si las almas débiles e imperfectas como la mía sintiesen lo que yo siento, ninguna perdería las esperanzas de llegar a la cumbre del monte del Amor, ya que Jesús no exige grandes obras, sino tan sólo confianza y agradecimiento… No es el haber sido preservada del pecado mortal, lo que hace que me levante hasta Dios por el amor y la confianza. ¡Ah!, aun cuando tuviese cargada mi conciencia con todos los crímenes que se pueden cometer, no perdería en nada mi confianza, estoy segura de ello; iría con el corazón transido de dolor a arrojarme en los brazos de mi Salvador. Sé que ama al hijo pródigo, he oído sus palabras a Santa Magdalena, a la mujer adúltera, a la Samaritana. No, nadie me asustaría, pues sé a qué debo atenerme respecto a la misericordia. Sé que toda esa infinidad de ofensas se perderían en el abismo en un abrir y cerrar los ojos, como una gota de agua que se arroja a los carbones de un brasero» (Historia de un alma, caps. IX y X).

«Ciertamente, concluía el Papa, Dios nos dice muchas cosas por medio de ella, que fue como su palabra viviente; y la lección más bella que nos da, la que resume todas las otras, es la de agradar a Dios, complacerle y amarle haciendo su voluntad. Y esto se puede hacer tanto entre el ruido del mundo como en el silencio del claustro. Es indiferente el que seas rico, inteligente, dotado de gran fuerza de voluntad o de mucho ingenio. La Santa nos dice qué es lo que vale delante de Dios y lo que todos le pueden ofrecer. Nos dice que todos pueden presentarse ante él ricos de la paz del corazón y con el alma llena de sentimientos sinceros, poniéndose en las manos de Dios y entregándose a su beneplácito adorable» (Discurso del 30 de abril de 1923).

«Todo el mundo me amará», decía ella antes de morir.

La profecía se ha realizado: los peregrinos han acudido a Lisieux y la imagen de la humilde carmelita se ve por todas partes.

Pero nuestra devoción a Santa Teresa no será sincera si no nos esforzamos por imitarla.

«Desde el interior de su claustro fascina hoy al mundo con la magia de su ejemplo y santidad, que pueden y deben imitar todos, pues todos deben entrar en su «caminito», todo pureza, sencillez de espíritu y de corazón, amor irresistible a la bondad, a la verdad y a la sinceridad. ¡Qué serían la vida de familia y la vida social si todos comprendiesen esta lección! ¡Si las relaciones entre las naciones se fundamentasen en esta sencillez de espíritu y de corazón…! ¡Qué transformación se obraría en el mundo si se volviese a esta sencillez evangélica!» (Pío XI, Discurso a los peregrinos, el 18 de mayo de 1925).

VIDA

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Teresa nació en Alençon el 2 de enero de 1873. Dotada desde su infancia por Dios con una gracia especialísima del Espíritu Santo, concibió el deseo de no negar nada a Dios y de consagrarse a Él en la vida religiosa.

A los 9 años fue confiada a las benedictinas de Lisieux para su instrucción. Al año siguiente una enfermedad misteriosa la hizo padecer mucho: pero sanó de repente con la sonrisa de una imagen de Nuestra Señora de las Victorias.

Poco tiempo después pudo hacer su primera comunión, con la cual, según su propio testimonio, se obró «la fusión entre ella y Jesús».

En un viaje que hizo a Roma pidió a León XIII entrar en el Carmen a los 15 años y en él fue admitida el 9 de abril de 1888.

Se esforzó en el convento por realizar el consejo del Señor: «Si quieres ser perfecto, hazte como este niño»; y deseando salvar muchas almas, se ofreció como víctima de holocausto al Amor misericordioso.

El 30 de septiembre de 1897 moría diciendo estas palabras: «¡Dios mío, yo te amo!»

Muy pronto, una infinidad de favores y de milagros manifestaron su valimiento cerca de Dios; su libro: l’Histoire d’une âme, se extendió por todo el mundo.

Ante las insistencias de todo el orbe cristiano, Pío XI beatificó a la humilde carmelita en 1923; y dos años después la canonizó y la declaró Patrona de todas las Misiones, con el mismo derecho que San Francisco Javier. Su Santidad Pío XII la dio a Francia como Patrona Secundaria.

LA ÚNICA AMBICIÓN

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«Para amarte como tú me amas, oh Dios mío, necesito que me prestes tu propio amor; sólo entonces hallaré descanso.» También nosotros, para amar al Señor y dirigirnos a ti, para festejarte con la Iglesia, oh Santa Teresa del Niño Jesús, sentimos la necesidad de pedir que nos prestes tus propias expresiones y tu propio amor.

Nunca deseaste otra cosa que amar únicamente a Dios, ni tampoco ambicionaste otra gloria.

Su amor se te anticipó desde la infancia aumentó contigo y se convirtió en un abismo cuya profundidad no podemos sondear.

Acuérdate de las palabras que Jesús te dio a entender un día después de la santa comunión: «Arrástrame, correremos al olor de tus perfumes» (Cant. I, 3).

Cuando un alma se ha dejado cautivar por el olor embriagador de los perfumes divinos, ya no sabe correr sola, arrastra en pos de sí a todas las almas que ama.

Ahora bien, tú amas a todas las almas y tú deseabas que todas las almas que se acercasen a la tuya, «corriesen con rapidez al olor de los perfumes del Amado.»

LA VOCACIÓN DEL AMOR

Madre de almas por tu vocación de carmelita, sentiste en ti todas las vocaciones, la del guerrero, del sacerdote, del apóstol, del doctor y del mártir. Pero, al no poder realizarlas todas, «buscaste con ardor los dones más perfectos y un camino más excelente» (I Cor., XII, 31): el de la caridad.

La Caridad te dio la clave de tu vocación. Comprendiste que el amor encerraba todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que abarcaba todos los tiempos y todos los lugares, porque es eterno.

Y te ofreciste como víctima al amor infinito y consolaste tu corazón devolviendo a Jesús amor por amor.

LOS «PEQUEÑOS» SACRIFICIOS

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«Obras son amores y no buenas razones.» Quisiste ser como una niña y, por eso, echabas flores al Señor y, todas las que encontrabas, las deshojabas en honor suyo, y cantabas, continuamente cantabas y, cuanto más largas y punzantes eran las espinas, más melodioso era tu canto.

La Iglesia triunfante, recogiendo estas rosas deshojadas, las ha arrojado sobre la Iglesia purgante para apagar sus llamas, y sobre la Iglesia militante para darla la victoria.

Tus ojos quedaron fijos largo rato en el Águila divina; quisiste que su mirada te fascinase y convirtiese en presa de su amor.

Y una tarde el Águila se arrojó sobre ti y te llevó al foco del amor para convertirte eternamente en víctima bienaventurada.

Ahora, desde la inmensidad de la gloria y del amor en que estás, enseña a todas las almas pequeñas la condescendencia inefable del Salvador.

Enséñales a entregarse con total confianza a la misericordia infinita.

Haznos conocer los secretos de tu amor.

Haznos amar a la Iglesia, «para quien es más útil el más pequeño acto de puro amor que todas las demás obras juntas» (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, Anotación a la canción XXIX).

Y, por fin, repite sin cesar a Jesús tu sublime y última oración, que fue ya muchas veces atendida: «¡Oh Amado mío, te ruego que poses tu mirada divina en muchísimas almas pequeñas, te suplico que te escojas en este mundo una legión de víctimas pequeñas que sean víctimas de tu amor!»

Ofrenda de mí misma como víctima de holocausto

al amor misericordioso de Dios

¡Oh Dios mío, Trinidad santa!, yo quiero amarte y hacerte amar, y trabajar por la glorificación de la santa Iglesia salvando a las almas que están en la tierra y liberando a las que sufren en el purgatorio. Deseo cumplir perfectamente tu voluntad y alcanzar el grado de gloria que Tú me has preparado en tu reino. En una palabra, quiero ser santa. Pero siento mi impotencia, y te pido, Dios mío, que Tú mismo seas mi santidad.

Ya que me has amado hasta darme a tu Hijo único para que fuese mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de su méritos son míos; te los ofrezco gustosa, y te suplico que no me mires sino a través de la Faz de Jesús y en su Corazón abrasado de amor.

Te ofrezco también todos los méritos de los santos (de los que están en el cielo y de los que están en la tierra), sus actos de amor y los de los santos ángeles. Y por último, te ofrezco, ¡oh santa Trinidad!, el amor y los méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida; a ella le confío mi ofrenda, pidiéndole que te la presente.

Su divino Hijo, mi Esposo amadísimo, en los días de su vida mortal nos dijo: «Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá». Por eso estoy segura de que escucharás mis deseos. Lo sé, Dios mío, cuanto más quieres dar, tanto más haces desear.

Siento en mi corazón deseos inmensos, y te pido confiadamente que vengas a tomar posesión de mi alma. ¡Ay!, no puedo recibir la sagrada Comunión con la frecuencia que deseo, pero, Señor, ¿no eres Tú todopoderoso…? Quédate en mí como en el sagrario, no te alejes nunca de tu pequeña hostia…

Quisiera consolarte de la ingratitud de los malos, y te suplico que me quites la libertad de desagradarte. Y si por debilidad caigo alguna vez, que tu mirada divina purifique enseguida mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, como el fuego, que todo lo transforma en sí…

Te doy gracias, Dios mío, por todos los beneficios que me has concedido, y en especial por haberme hecho pasar por el crisol del sufrimiento. En el último día te contemplaré llena de gozo llevando el cetro de la Cruz. Ya que te has dignado darme como lote esta cruz tan preciosa, espero parecerme a ti en el cielo y ver brillar en mi cuerpo glorificados los sagrados estigmas de tu Pasión…

Después del destierro de la tierra, espero ir a gozar de ti en la Patria, pero no quiero acumular méritos para el cielo, quiero trabajar sólo por tu amor, con el único fin de agradarte, de consolar a tu Sagrado Corazón y de salvar almas que te amen eternamente.

En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que Tú mismo, Amado mío…

A tus ojos, el tiempo no es nada, y un solo día es como mil años. Tú puedes, pues, prepararme en un instante para comparecer delante de ti…

A fin de vivir en un acto de perfecto amor, yo me ofrezco como víctima de holocausto a tu Amor misericordioso, y te suplico que me consumas sin cesar, haciendo que se desborden sobre mi alma las olas de ternura infinita que se encierran en Ti, y que de esa manera llegue yo a ser mártir de tu amor, Dios mío…

Que ese martirio, después de haberme preparado para comparecer delante de Ti, me haga por fin morir, y que mi alma se lance sin demora al eterno abrazo de tu Amor misericordioso…

Quiero, Amado mío, renovarte esta ofrenda con cada latido de mi corazón y un número infinito de veces, hasta que las sombras se desvanezcan y pueda yo decirte mi amor en un cara a cara eterno…

María Francisca Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz

rel. carm. ind.

Fiesta de la Santísima Trinidad, el 9 de junio del año de gracia 1895.