REFRESCANDO LA ACTUALIDAD II

LAS DOS BESTIAS DEL APOCALIPSIS

Publicamos a continuación los comentarios del Padre Manuel Lacunza sobre la Bestia de la Tierra descripta por San Juan en el capítulo XIII del Libro del Apocalipsis:

Artículo publicado el 27 de noviembre de 2010:
https://radiocristiandad.wordpress.com/2010/11/27/el-pseudo-profeta-–-texto-del-p-lacunza/

PRESENTAMOS UN TEXTO DEL P. LACUNZA ESCRITO ANTES DEL 1800. SE TRATA DE UNA EXÉGESIS SOBRE EL PSEUDO PROFETA… APLÍQUESE LA SEMEJANZA A NUESTRA HORA DE TINIEBLAS

§ 11 La bestia de dos cuernos, del Capítulo XIII del Apocalipsis

Y vi otra bestia que subía de (bajo) la tierra. Tenía dos cuer­nos como un cordero, pero hablaba como dragón. Y la autoridad de la primera bestia la ejercía toda en presencia de ella. E hizo que la tierra y sus moradores adorasen a la bestia primera, que había sido sanada de su golpe mortal. Obró también grandes prodigios, has­ta hacer descender fuego del cielo a la tierra a la vista de los hombres. Y embaucó a los habitantes de la tierra con los prodigios que le fue dado hacer en presencia de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra que debían erigir una estatua a la bestia que recibía el golpe de espada y revivió. Y le fue con­cedido animar la estatua de la bestia de modo que la estatua de la bestia también hablase e hiciese quitar la vida a cuantos no adorasen la estatua de la bestia. E hizo poner a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos una marca impresa en la mano derecha o en la frente, a fin de que  nadie pudiese comprar ni vender si no estaba marcado con el nombre de la bestia o el número de su nombre. Aquí la sabiduría: quien tiene entendimiento calcule la cifra de la bestia. Por­que es cifra de hombre: su cifra es seiscientos sesenta y seis.

Esta bestia de dos cuernos, nos dicen con gran razón los intérpretes del Apocalipsis, que será el pseudo-profeta del Anticristo.

— (…) —

Esta bestia nueva, lejos de significar un obispo particular, o un hombre individuo y singular, significa y anuncia, según la expresión clara del mismo Cristo, un cuerpo inicuísimo y peligrosísimo, compuesto de muchos seductores: se levantarán (dice) muchos falsos profetas… y darán grandes señales y prodigios…

Pues esta bestia nueva, este cuerpo moral, compuesto de tantos seductores, será sin duda en aquellos tiempos infinitamente más perjudicial, que toda la primera bestia, compuesta de siete cabezas, y armada con diez cuernos todos coronados.

No espantará tanto al cuerpo, o al rebaño de Cristo la muerte, los tormentos, los terrores y amenazas de la primera bestia, cuanto el mal ejemplo de los que debían darlo bueno, la persuasión, la mentira, las órdenes, las insinuaciones directas o indirectas; y todo con aire de piedad y máscara de religión, todo confirmado con fingidos milagros, que el común de los fieles no es capaz de distinguir de los verdaderos.

Es más que visible a cualquiera que se aplique a considerar seriamente esta bestia metafórica, que toda ella es una profecía formal y clarísima del estado miserable en que estará en aquellos tiempos la Iglesia Cristiana, y del peligro en que se hallarán aun los más de los fieles, aun los más inocentes, y aun los más justos.

Considerad, amigo, con alguna atención todas las cosas generales y particulares que nos dice San Juan de esta bestia terrible, y me parece que no tendréis dificultad en entender lo que realmente significa, y lo que será o podrá ser en aquellos tiempos de que hablamos la bestia de dos cuernos.

El respeto y veneración con que miro, y debemos mirar todos los fieles cristianos a nuestro sacerdocio, me obliga a andar con estos rodeos, y cierto que no me atreviera a tocar este punto, si no estuviese plenamente persuadido de su verdad, de su importancia, y aun de su extrema necesidad.

Sí, amigo mío, nuestro sacerdocio; éste es, y no otra cosa el que viene aquí significado, y anunciado para los últimos tiempos debajo de la metáfora de una bestia con dos cuernos semejantes a los del cordero.

Nuestro sacerdocio, que como buen pastor, y no mercenario, debía defender el rebaño de Cristo, y poner por él su propia vida, será en aquellos tiempos su mayor escándalo, y su mayor y más próximo peligro.

¿Qué tenéis que extrañar esta proposición? ¿Ignoráis acaso la historia? ¿Ignoráis los principales y más ruidosos escándalos del sacerdocio hebreo? ¿Ignoráis los escándalos horribles y casi continuados por espacio de diez y siete siglos del sacerdocio cristiano?

¿Quién perdió enteramente a los judíos, sino su sacerdocio? Éste fue el que resistió de todos modos al Mesías mismo; no obstante que lo tenía a la vista, oía su voz, y admiraba sus obras prodigiosas. Éste fue el que cerrando sus ojos a la luz, se opuso obstinadamente a los deseos y clamores de toda la nación que estaba prontísima a recibirlo, y lo aclamaba a gritos por Hijo de David, y Rey de Israel. Éste fue el que a todos les cerró los ojos con miedos, con amenazas, con persecuciones, con calumnias groseras, para que no viesen lo mismo que tenían delante, para que desconociesen a la esperanza de Israel, para que olvidasen enteramente sus virtudes, su doctrina, sus beneficios, sus milagros, de que todos eran testigos oculares. Éste, en fin, les abrió la boca para que lo negasen, y reprobasen públicamente, y lo pidiesen a grandes voces para el suplicio de la cruz.

Ahora digo yo: ¿este sacerdocio lo era acaso de algún ídolo o de alguna falsa religión? ¿Había apostatado formalmente de la verdadera religión que profesaba? ¿Había perdido la fe de sus Escrituras y la esperanza de su Mesías? ¿No tenía en sus manos las Escrituras? ¿No podía mirar en ellas como en un espejo clarísimo la verdadera imagen de su Mesías, y cotejarla con el original que tenía presente?

Sí, todo es verdad; mas en aquel tiempo y circunstancias, todo esto no bastaba, ni podía bastar. ¿Por qué? Porque la iniquidad de aquel sacerdocio, generalmente hablando, había llegado a lo sumo. Estaba viciado por la mayor y máxima parte; estaba lleno de malicia, de dolo, de hipocresía, de avaricia, de ambición; y por consiguiente lleno también de temores y respetos puramente humanos, que son lo que se llaman en la Escrituras la prudencia de la carne y el amor del siglo, incompatibles con la amistad de Dios.

Ésta fue la verdadera causa de la reprobación del Mesías, y de todas sus funestas consecuencias, la cual no se avergonzó aquel inicuo sacerdocio de producir en pleno concilio preguntando: ¿Qué hacemos porque este hombre hace muchos milagros? Si lo dejamos así, creerán todos en él, y vendrán los Romanos, arruinarán nuestra ciudad y nación (Joan XI, 47-48).

¿Qué tenemos, pues, que maravillarnos de que el sacerdocio cristiano pueda en algún tiempo imitar en gran parte la iniquidad del sacerdocio hebreo? ¿Qué tenemos que maravillarnos de que sea el únicamente simbolizado en esta bestia de dos cuernos?

Los que ahora se admiren de esto, o se escandalizaren de oírlo, o lo tuvieren por un despropósito increíble, es muy de temer, que llegada la ocasión, sean los primeros que entren en el escándalo, y los primeros presos en el lazo. Por lo mismo que tendrán por increíble tanta iniquidad en personas tan sagradas, tendrán también por buena la misma iniquidad.

¿Qué hay que maravillarse después de tantas experiencias? Así como en todos tiempos han salido del sacerdocio cristiano bienes verdaderos e inestimables, que han edificado y consolado la Iglesia de Cristo, así han salido innumerables y gravísimos males, que la han escandalizado y afligido. ¿No gimió todo el orbe cristiano en tiempo de los Arrianos? ¿No se admiró de verse Arriano casi sin entenderlo, según esta expresión viva de San Jerónimo:lamentándose el mundo todo se admiró al reconocerse Arriano? ¿Y de dónde le vino todo este mal, sino del sacerdocio?

¿No ha gemido en todos tiempos la Iglesia de Dios entre tantas herejías, cismas y escándalos, nacidos todos del sacerdocio, sostenidos por él obstinadamente? Y ¿qué diremos de nuestros tiempos?

Consideradlo bien, y entenderéis fácilmente cómo la bestia de dos cuernos puede hacer tantos males en los últimos tiempos. Entenderéis, digo, cómo el sacerdocio de los últimos tiempos, corrompido por la mayor parte, pueda corromperlo todo, y arruinarlo todo, como lo hizo el sacerdocio hebreo. Entenderéis en suma, cómo el sacerdocio mismo de aquellos tiempos, con su pésimo ejemplo, con persuasiones, con amenazas, con milagros fingidos, etc., podrá alucinar a la mayor parte de los fieles, podrá deslumbrarlos, podrá cegarlos, podrá hacerlos desconocer a Cristo, y declararse en fin por sus enemigos: se levantarán muchos falsos profetas, y engañarán a muchos. Y darán grandes señales. Y porque se multiplicará la iniquidad, se resfriará la caridad de muchos.

¡Oh! ¡Qué tiempos serán aquéllos! ¡Qué oscuridad! ¡Qué temor! ¡Qué tentación! ¡Qué peligro! Si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva.

(…)

Pensad, amigo, con formalidad, cuál podrá ser la verdadera razón de una diferencia tan grande, y difícilmente hallareis otra, que la bestia nueva de dos cuernos que ahora consideramos, o lo que es lo mismo, el sacerdocio cristiano, ayudando a los perseguidores de la Iglesia y de acuerdo con ellos, por la abundancia de su iniquidad.

En las primeras persecuciones hallaban los fieles en su sacerdocio o en sus pastores, no solamente buenos consejos, instrucciones justas y santas, exhortaciones fervorosas, etc., sino también la práctica de su doctrina. Los veían ir delante con el ejemplo; los veían ser los primeros en la batalla; los veían no estimar ni descanso, ni hacienda, ni vida, por la honra de su Señor, y por la defensa de su grey.

Si leéis el Martirologio romano, apenas hallareis algún día del año que no esté ennoblecido y consagrado con el sacrificio de estos santos pastores; mas en la persecución anticristiana, en que el sacerdocio estará ya por la mayor y máxima parte enemigo de la cruz de Cristo (Ad Philip. III, 18) , en que estará mundano, sensual, y por eso provocando a vómito, como lo anuncia claramente San Juan, en que estará resfriado enteramente en la caridad por la abundancia de la iniquidad; será ya imposible que los fieles hallen en él lo que no tiene, esto es, espíritu, valor, desinterés, desprecio del mundo, y celo de la honra de Dios; y será necesario que hallen lo que sólo tiene, esto es, vanidad, sensualidad, avaricia, cobardía, y todo lo que de aquí resulta en perjuicio del mísero rebaño, esto es, seducción, tropiezo, escándalo y peligro.

No por esto se dice, que no habrá en aquellos tiempos algunos pastores buenos, que no sean mercenarios. Sí, los habrá; ni se puede creer menos de la bondad y providencia del sumo pastor; mas estos pastores buenos serán tan pocos, y tan poco atendidos, respecto de los otros, como lo fue Elías respecto de los profetas de su tiempo, que unos y otros resistieron obstinadamente y persiguieron a los profetas de Dios; unos y otros hicieron inútil su celo, e infructuosa su predicación; unos y otros fueron la causa inmediata, así de la corrupción de Israel, como de la ruina de Jerusalén.

Si todavía os parece difícil de creer que el sacerdocio cristiano de aquellos tiempos sea el únicamente figurado en la terrible bestia de dos cuernos, reparad con nueva atención en todas las palabras y expresiones de la profecía; pues ninguna puede estar de más.

Decidme ahora, amigo, con sinceridad, ¿a quién pueden competir todas estas cosas, piénsese como se pensare, sino a un sacerdocio inicuo y perverso, como lo será el de los últimos tiempos?

Los doctores mismos lo reconocen así, lo conceden en parte; y esta parte una vez concedida, nos pone en derecho de pedir el todo. No hallando otra cosa a que poder acomodar lo que aquí se dice de la segunda bestia (a la cual en el capítulo XVI y XIX se le da el nombre de pseudo-profeta), convienen comúnmente en que esta bestia o este pseudo-profeta, será algún obispo apóstata, lleno de iniquidad y malicia diabólica, que se pondrá de parte del Anticristo, y lo acompañará en todas sus empresas.

Mas este obispo singular (sea tan inicuo, tan astuto, tan diabólico, como se quisiere o pudiere imaginar) ¿será capaz de alucinar con sus falsos milagros, y pervertir con sus persuasiones a todos los habitantes de la tierra? ¿Y esto en el corto tiempo de tres años y medio? ¿Y esto en un asunto tan duro, como es que todos los habitadores de la tierra tengan al Anticristo no sólo por su rey, sino por su dios? ¿No choca esto manifiestamente al sentido común? ¿No pasa esto fuera de los límites de lo increíble?

Si en la Escritura Santa hubiese sobre esto alguna revelación expresa y clara, yo cautivaría mi entendimiento en obsequio de la fe; mas no habiendo tal revelación; antes repugnando esta noticia todas las ideas que nos da la misma Escritura, parece preciso tomar otro partido. Lo que no puede concebirse en una persona singular, se puede muy bien concebir y se concibe al punto en un cuerpo moral, compuesto de muchos individuos repartidos por toda la tierra; se concibe al punto en el sacerdocio mismo, o en su mayor y máxima parte, en el estado de tibieza y relajación en que estará en aquellos tiempos infelices.

No es menester decir para esto, que el sacerdocio de aquellos tiempos persuadirá a los fieles que adoren a la primera bestia con adoración de latría como a Dios. El texto no dice tal cosa, ni hay en todo él una sola palabra de donde poderlo inferir. Sólo habla de simple adoración, y nadie ignora lo que significa en las Escrituras esta palabra general, cuando no se nombra a Dios, o cuando no se infiere manifiestamente del contexto: e hizo (ésta es la expresión de San Juan) que la tierra y sus moradores adorasen a la primera bestia…

Así, el hacer adorar a la primera bestia, no puede aquí significar otra cosa, sino hacer que se sujeten a ella, que obedezcan a sus órdenes, por inicuas que sean, que no resistan como debían hacerlo, que den señales externas de su respeto y sumisión, y todo esto por temor de sus cuernos.

Tampoco es menester decir, que el sacerdocio de que hablamos, habrá ya apostatado de la religión cristiana. Si hubiere en él algunos apóstatas formales y públicos, que sí los habrá, y no pocos, éstos no deberán mirarse como miembros de la segunda bestia, sino de la primera.

Bastará, pues, que el sacerdocio de aquellos tiempos peligrosos se halle ya en aquel mismo estado y disposiciones en que se hallaba en tiempo de Cristo el sacerdocio hebreo, quiero decir, tibio, sensual y mundano, con la fe muerta o dormida, sin otros pensamientos, sin otros deseos, sin otros afectos, sin otras máximas que de tierra, de mundo, de carne, de amor propio, y olvido total de Cristo y del Evangelio.

Todo esto parece que suena aquella expresión metafórica de que usa el apóstol, diciendo: que vio a esta bestia salir o levantarse de la tierra.

Añade, que la vio con dos cuernos semejantes a los de un cordero; la cual semejanza, aun prescindiendo de la alusión a la mitra, que reparan varios doctores, parece por otra parte, siguiendo la metáfora, un distintivo propísimo del sacerdocio, que a él solo puede competir. De manera, que así como los cuernos coronados de la primera bestia significan visiblemente la potestad, la fuerza, y las armas de la potencia secular de que aquella bestia se ha de servir para herir y hacer temblar toda la tierra; así los cuernos de la segunda, semejantes a los de un cordero, no pueden significar otra cosa, que las armas o la fuerza de la potestad espiritual, las cuales aunque de suyo son poco a propósito para poder herir, para poder forzar, o para espantar a los hombres; mas por eso mismo se concilia esta potencia mansa y pacífica, el respeto, el amor y la confianza de los pueblos; y por eso mismo es infinitamente más poderosa, y más eficaz para hacerse obedecer, no solamente con la ejecución, como lo hace la potencia secular, sino con la voluntad, y aun también con el entendimiento.

Mas esta bestia en la apariencia mansa y pacífica (prosigue el amado discípulo), esta bestia en la apariencia inerme, pues no se le veían otras armas que dos pequeños cuernos semejantes a los de un cordero, esta bestia tenía una arma horrible y ocultísima, que era su lengua, la cual no era de cordero, sino de dragón: hablaba como el dragón.

Lo que quiere decir esta similitud, y a lo que alude manifiestamente, lo podéis ver en el capítulo III del Génesis. Allí entenderéis cuál es la lengua, o la locuela del dragón, y por esta la locuela entenderéis también fácilmente la locuela de la bestia de dos cuernos en los últimos tiempos, de la cual se dice, que como habló el dragón en los primeros tiempos, y engañó a la mujer, así hablará en los últimos la bestia de dos cuernos, o por medio de ella el dragón mismo.

Hablará con dulzura, con halagos, con promesas, con artificio, con astucias, con apariencias de bien, abusando de la confianza y simplicidad de las pobres ovejas para entregarlas a los lobos, para hacerlas rendirse a la primera bestia, para obligarlas a que la adoren, la obedezcan, la admiren, y entren a participar o a ser iniciadas en su misterio de iniquidad.

Y si algunas se hallaren entre ellas tan entendidas que conozcan el engaño, y tan animosas que resistan a la tentación (como ciertamente las habrá) contra éstas se usarán, o se pondrán en gran movimiento las armas de la potestad espiritual, o los cuernos como de cordero, prohibiendoque ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o el nombre de la bestia.Éstas serán separadas de la sociedad y comunicación con las otras, a éstas nadie les podrá comprar ni vender, si no traen públicamente alguna señal de apostasía: porque ya habían acordado los judíos, dice el evangelista, que si alguno confesase a Jesús por Cristo, fuese echado de la sinagoga (Joan. IX, 22).

Aplíquese la semejanza.