JORGE DORÉ- POESIA- CONFABULACIÓN

“Porque como en los días antes del diluvio
estaban comiendo y bebiendo,
casándose y dándose en casamiento,
hasta el día en que Noé entró en el arca”.
(San Mateo 24:38)

CONFABULACION

Mientras los hombres viven sus insípidas vidas
anémicos de alma, adoctrinados, tibios,
en lontananza ruge la voz de la tormenta
como un grave presagio del gran poder divino.

Los nuevos fariseos sacuden, coaligados,
su aguda cornamenta contra los elegidos
y excretan a su paso un ácido fermento
de talmúdicos odios y masónicos símbolos.

De un pozo ascienden males. Los entretenimientos
arrebatan la gracia de creyentes dormidos
que marchan deslumbrados en pos de fuegos fatuos
hasta que, lerdamente, sucumben al abismo.

Los pueblos, ofuscados, aceptan torvas leyes
que engendran ciudadanos carnales, permisivos,
que deciden su sexo, que depredan la infancia
y exigen el derecho de matar a sus hijos.

Se acuñan neologismos para imponer agendas
con las que se propaga lo vil y lo podrido
y se insta a que se truequen los bienes celestiales
por la barriga llena, la lujuria y el vicio.

El horizonte agranda su cúmulo de nubes
como carbones llenos de rayos encendidos
y el orbe se estremece crujiendo en sus cimientos,
vibrando sus entrañas en ominoso aviso.

Pero los ciegos siguen inmersos en pantallas,
agnósticos, cubiertos de lepra y de hedonismo;
indóciles a altares, blasfeman ante mesas
y en templos agrietados apostatan de Cristo.

Los males se propagan, se reúnen, se trenzan
formando una cordada de horror. Triunfa el delirio
y entre paganos cultos y desfiles de orgullo
los pueblos abandonan sus cruces en el piso.

Los hijos de la sombra devoran las naciones,
destruyen sus banderas, hostigan a sus hijos
y siembran caos con miras a dominar la tierra
trayendo con su “orden mundial” yugo y martirio.

Todo es traición y engaño. Por viles componendas,
abyectos gobernantes acatan, seducidos,
las voces de sus amos: los grandes usureros
que tienen a los pueblos bailando con sus hilos.

Ante la propaganda de perversión y de odio
de quienes hoy se tienen por dioses y elegidos
se va estrechando el cerco sobre los pocos fieles
a Dios y a Su evangelio: el remanente en Cristo.

Continuarán comiendo, bebiendo y disfrutando
los hombres y, de pronto, caerá como un martillo
la súbita andanada de despóticas leyes
impuestas por el cetro del trágico Anticristo.