ESPECIALES DEL P. JUAN CARLOS CERIANI – 23 y 25 de SEPTIEMBRE de 2015

P.Ceriani---Radio

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TEOLOGÍA DE LA HISTORIA

Formación de la Civilización Cristiana

La Revolución Anticristiana

Dedicamos los Especiales de 2015 como un homenaje a Radio Cristiandad en su 11º aniversario, y especialmente a la memoria de Don Mario Fabián Vázquez, que consagrara gran parte de estos años a la defensa y divulgación de los valores constitutivos de la Civilización Cristiana, así como a combatir el proceso revolucionario anticristiano.

***

En el hombre coexisten cuatro formalidades fundamentales, que explican las cuatro etapas posibles de un ciclo cultural:

El hombre es algo, es una cosa.

El hombre es animal, es un ser sensible, que sigue el bien deleitable.

El hombre es hombre, es un ser racional, que se guía por el bien honesto.

El hombre, participando de la esencia divina, está llamado a la vida sobrenatural en comunión con Dios.

HIJO DE DIOS = formalidad sobrenatural

RACIONAL = formalidad humana o racional

ANIMAL = formalidad animal o sensitiva

ALGO = formalidad de realidad o cosa

 

En un hombre normalmente constituido, estas cuatro formalidades deben estar articuladas en un ordenamiento jerárquico que asegure su unidad:

El hombre es algo para sentir como animal

Siente como animal para razonar y entender como hombre

Razona y entiende como hombre para amar a Dios.

***

Si estas cuatro formalidades que constituyen al hombre las proyectamos socialmente, tenemos que:

 

A la formalidad de cosa corresponde la función económica de ejecución (trabajo manual), que cumple el obrero en un oficio.

A la formalidad de animal corresponde la función económica de dirección (el capital), que cumple la burguesía en la producción de bienes materiales.

A la formalidad de hombre corresponde la función política (aristocracia = gobierno de los mejores), que cumple el político en la conducción de una vida virtuosa de los demás hombres.

A la formalidad sobrenatural corresponde la función religiosa del sacerdocio, que se ocupa de conducir los hombre a Dios.

El sacerdocio tiene como función asegurar la vida sobrenatural del hombre, incorporándolo a la sociedad de los hijos de Dios y manteniéndolo en ella. Su dominio se extiende a todo al campo de lo espiritual; nada, que de un modo u otro tenga atingencia con el orden eterno, está sustraído a su jurisdicción.

La función política tiene como fin propio hacer virtuosa la convivencia humana. El ser humano debe vivir en sociedad para lograr su perfección; y la realización de la virtud es función propia de aquella clase social que posee la virtud y tiene en sus manos la función política. La aristocracia lleva a la realización práctica el estado de virtud, cuyo conocimiento ha aprendido de labios del sacerdote. Lo esencial a la aristocracia es la subordinación al sacerdocio, como es esencial a la política la sujeción a la teología.

La burguesía interviene en las operaciones financieras y comerciales y en la dirección de la producción. Aporta el capital.

El artesanado interviene en la ejecución de los diferentes oficios. Aporta el trabajo.

Estas cuatro funciones están articuladas en una jerarquía de servicio mutuo.

La vida del hombre ha de descansar como en primera y fundamental verdad en Dios, poseído en la divina contemplación. Hacia allí deben ordenarse totalmente todas las actividades, sean políticas, económicas, culturales o artísticas. Dios es la meta necesaria del hombre; la norma suprema y única que regula todas las acciones de su vida.

Como sin regla suprema y total no puede desenvolverse la vida del hombre, rechazar a Dios como suprema y total regla de la vida del hombre implica necesariamente colocar en su lugar otra, que será o el trabajo, o el placer, o el dinero, o el poder, es decir, una criatura.

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LAS TRES REVOLUCIONES POSIBLES

Un orden normal de vida es un orden esencialmente jerárquico, una jerarquía de servicios. Y el orden jerárquico integra en la unidad lo múltiple: las familias se integran en la unidad de los corporaciones; las corporaciones en la unidad de la nación bajo un mismo régimen político; las naciones en la unidad de la Cristiandad por la adoración del mismo Dios.

Si el orden normal es jerarquía, la anormalidad es violación de la jerarquía y, al mismo tiempo, atomización, porque al romper la jerarquía se rompe el principio de unidad y se deja libre expansión a las causas de multiplicación, que son las inductoras de la muerte.

¿Cuántos y cuáles tipos de anormalidad son esencialmente posibles? Tres y sólo tres son las revoluciones posibles, a saber:

1ª) Que lo natural se rebele contra lo sobrenatural, o la aristocracia contra el sacerdocio, o la política contra la teología = REVOLUCION PROTESTANTE

2ª) Que lo animal se rebele contra lo natural, o la burguesía contra la aristocracia, o la economía contra la política = REVOLUCION FRANCESA

3ª) Que lo algo se rebele contra lo animal, o el artesanado contra la burguesía = REVOLUCION COMUNISTA

 

En la primera revolución, si lo político se rebela contra lo teológico, ha de producirse una cultura de expansión política, de expansión natural o racional monárquica y al mismo tiempo de opresión religiosa.

Es precisamente la cultura que se inaugura con el Renacimiento, y que se conoce con los nombres de:

Humanismo

Racionalismo

Naturalismo

Absolutismo.

 

En la segunda revolución, si lo económico-burgués se rebela contra lo político, ha de producirse una cultura de expansión económica, de expansión animal, de expansión burguesa, de expansión de lo positivo y de opresión de lo político y racional.

Es precisamente la cultura que se inaugura con la Revolución Francesa, y que se conoce con los nombres de:

Economicismo

Capitalismo

Positivismo

Animalismo

Siglo Estúpido

Democracia

Liberalismo.

En la tercera revolución, si lo económico-proletario se rebela contra lo económico-burgués, ha de producirse una cultura de expansión proletaria, de expansión materialista y de opresión burguesa.

Es precisamente la cultura que se inaugura con la Revolución Comunista, y que se conoce con los nombres de:

Comunismo

Materialismo dialéctico

Guerra al capitalismo

Guerra a la burguesía.

Revolución última y caótica, porque el hombre no afirma cosa alguna, sino que se vuelve y destruye. Destruye la religión, el Estado, la propiedad, la familia, la Verdad.

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EL COMUNISMO

Padre Leonardo Castellani:

Dios no ama las confusiones; y entonces permitió que naciera del maridaje del liberalismo con la plutocracia un bichito colorado, que se llama comunismo, el cual, después de volverse contra sus padres, proyectó la destrucción de todo el orden social existente, por todos los medios posibles. Maldijo de Dios, y se le vio la pinta al diablo.

El comunismo fue el reactivo que precipitó la división latente en España, Francia e Italia. El pueblo de esas naciones no estaba unido ni concorde, porque, llamándose católicos, muchísimos no lo eran y muchos eran anticatólicos, hipócritas o inconscientes.

El bolchevismo es potencialmente una nueva religión a pesar de su ropaje ateo; y algún día habrá de tomar forma y contextura dogmática, tendrá que organizarse en Iglesia.

El comunismo no es un partido; es una herejía. Es una de las tres Ranas expelidas por la boca del diablo en los últimos tiempos, que no son otros que los nuestros.

La Naturaleza del comunismo es religiosa y no solamente política. Es una herejía cristianojudaica. Del cristianismo descompuesto en protestantismo tomó Marx la idea obsesiva de justicia social, que no es sino la Primera Bienaventuranza vuelta loca, vaciada de su contenido sobrenatural: los pobres deben reinar aquí, reinar políticamente por el mero hecho de ser pobres.

Pero el elemento formal de la herejía es judaico: es el mesianismo exasperado y temporal, que constituye el fondo amargo de la inmensa alma del Israel Deicida a través de los siglos.

El bolchevismo no es un todo, no es un bloque compacto ateo satánico, sino una porción de la magna herejía naciente ante nuestros ojos; porción destinada a integrarse en ella.

El mesianismo bolchévico, la aspiración impaciente a “edenizar” la tierra por la violencia, coincide con el término de la aspiración de Rousseau, Lammenais, Roosevelt…; son tres líneas que tienen que reunirse un día; tienen que encontrarse necesariamente, el día que les salga un padre, así como nacieron de una misma madre: la Sinagoga. Esas tres religiones son herejías judías; son las Tres Ranas.

La pulseada diplomática entre Rusia y Estados Unidos, con la amenaza de una enorme guerra, era en los años 1950-1988 el suceso dominante de la vida política del mundo. Pues bien, era el liberalismo en pugna con su hijo el comunismo… el espíritu batracio que salió de la boca de la Bestia contra el otro espíritu que salió de la boca del Dragón. El modernismo, espíritu batracio que sale de la boca del Falso Profeta, coaligará a los dos, los fusionará al fundente religioso.

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Las tres Ranas

En las Tres Ranas del Apocalipsis casi todos los Santos Padres han visto herejías, las últimas y novísimas. Son el Liberalismo, el Comunismo y el Modernismo.

El texto no dice “tres demonios”, sino “tres espíritus”, palabra que designa en todas las lenguas también un movimiento, una ideología o una teología.

Y son las tres últimas herejías, porque no se puede ir más allá en materia de falsificación del cristianismo. Son, literalmente, los pseudocristos que predijo el Salvador. En el fondo de ellas late la “abominación de la desolación”…

Abominación de la desolación. Se trata de esta herejía política, difundida hoy en todo el mundo, que aún no tiene nombre y cuando lo tenga no será el suyo propio.

Las Tres Ranas surgen en la Sexta Plaga o Copa.

Las Siete Copas simbolizan las calamidades extraordinarias de los últimos tiempos; castigos de Dios a la Gran Apostasía; castigos que, exacerbados y puros en los tiempos últimos, han existido siempre en la humanidad que resiste a Cristo.

El Profeta dice que las tres ranas son tres espíritus inmundos capaces de hacer prodigios para congregar a los Reyes de toda la tierra para la última batalla contra Dios.

Para preparar esa batalla cae el veneno de la Sexta Copa sobre el río Eufrates y lo suprime, para dejar paso a los Reyes de la parte Oriental.

Dios no ama las confusiones; y entonces permitió que naciera del madiraje del liberalismo con la plutocracia un bichito colorado, que se llama comunismo, el cual, después de volverse contra sus padres, proyectó la destrucción de todo el orden social existente, por todos los medios posibles. Maldijo de Dios, y se le vio la pinta al diablo.

El comunismo fue el reactivo que precipitó la división latente en España, Francia e Italia. El pueblo de esas naciones no estaba unido ni concorde, porque, llamándose católicos, muchísimos no lo eran y muchos eran anticatólicos, hipócritas o inconscientes.

El bolchevismo es potencialmente una nueva religión a pesar de su ropaje ateo; y algún día habrá de tomar forma y contextura dogmática, tendrá que organizarse en Iglesia.

El comunismo no es un partido; es una herejía. Es una de las tres Ranas expelidas por la boca del diablo en los últimos tiempos, que no son otros que los nuestros.

La Naturaleza del comunismo es religiosa y no solamente política. Es una herejía cristianojudaica. Del cristianismo descompuesto en protestantismo tomó Marx la idea obsesiva de justicia social, que no es sino la Primera Bienaventuranza vuelta loca, vaciada de su contenido sobrenatural: los pobres deben reinar aquí, reinar políticamente por el mero hecho de ser pobres.

Pero el elemento formal de la herejía es judaico: es el mesianismo exasperado y temporal, que constituye el fondo amargo de la inmensa alma del Israel Deicida a través de los siglos.

El bolchevismo no es un todo, no es un bloque compacto ateo satánico, sino una porción de la magna herejía naciente ante nuestros ojos; porción destinada a integrarse en ella.

El mesianismo bolchévico, la aspiración impaciente a “edenizar” la tierra por la violencia, coincide con el término de la aspiración de Rousseau, Lammenais, Roosevelt…; son tres líneas que tienen que reunirse un día; tienen que encontrarse necesariamente, el día que les salga un padre, así como nacieron de una misma madre: la Sinagoga. Esas tres religiones son herejías judías; son las Tres Ranas.

La pulseada diplomática entre Rusia y Estados Unidos, con la amenaza de una enorme guerra, era en los años 1950-1988 el suceso dominante de la vida política del mundo.Pues bien, era el liberalismo en pugna con su hijo el comunismo… el espíritu batracio que salió de la boca de la Bestia contra el otro espíritu que salió de la boca del Dragón. El modernismo, espíritu batracio que sale de la boca del Falso Profeta, coaligará a los dos, los fusionará al fundente religioso.

EI modernismo es el fondo común de las dos herejías contrarias, que algún día, que ya vemos venir, las englobará por obra del Pseudo-Profeta…

El modernismo no es más que el núcleo explícito y pedantesco de un impalpable y omnipresente espíritu que permea el mundo de hoy. Su origen histórico fue el filosofismo del siglo XVIII, la herejía del Anticristo, la última herejía, la más radical y perfecta de todas.

“La nueva herejía pone el hacha no en las ramas sino en la misma raíz”, dijo San Pío X en la encíclica Pascendi.

Desde entonces acá ha revestido diversas formas, pero el fondo es el mismo, dice siempre lo mismo: es más un ruido que una palabra; pero es un ruido mágico, arrebatador, demoníaco, lleno de signos y prodigios; atrae, aduerme, entontece, emborracha, exalta.

Cuá Cuá, cantaba la Rana…

El cuá cuá del Liberalismo es “Libertad, Libertad, Libertad”…

El cuá cuá del Comunismo es “Justicia social”…

Al cuá cuá del Modernismo (de donde nacieron los otros dos, y el cual los reunirá un día), podríamos asignarle “Paraíso en la Tierra”; “Dios es el hombre”; “El hombre es dios”.

Por “abominación de la desolación” los Santos Padres entienden la idolatría; la peor idolatría. Ahora bien, en el fondo del modernismo está latente la idolatría más execrable, la apostasía perfecta, la adoración del hombre en lugar de Dios; y eso bajo formas cristianas e incluso manteniendo el armazón exterior de la Iglesia.

Contra lo que va quedando de la Iglesia de Cristo, estas tres herejías un día debían unirse por las colas (cosa admirable, dado que las ranas no tienen cola)… un día que quizás ya no sea lejano, y antes bien ya haya llegado…

En los años de posguerra, el observador clarividente contemplaba la Democracia Liberal y el Comunismo Bolchevique, y consideraba la posibilidad de su unión mediante una falsa religión que se venía desarrollando y consolidando.

En efecto, en los años cuarenta, el Democratismo Liberal, se hallaba en su desarrollo último. Y los buenos pensadores, con una especie de gozo maligno, veían cumplirse todas sus predicciones, y desenvolverse por orden casi automático todos los preanuncios de los profetas y sabios antiguos que, empezando por Aristóteles, lo vieron venir y lo miraron acabar.

De suyo, el democratismo liberal, hubiera debido morir, si la humanidad debía seguir viviendo mucho tiempo aún.

Sin embargo, para el filósofo perspicaz, si es que la humanidad debiera morir en un lapso más o menos próximo, no se excluía la posibilidad de que la democracia liberal siguiera existiendo, e incluso se viera revitalizada nefastamente.

Pero dicho rejuvenecimiento no se presentaba posible al escrutador penetrante  sin el respaldado de una falsa religión, le Tercera Rana, sacando a la luz el fermento religioso que encierra en sí, y que hace estrictamente de ella una herejía cristiana: la última herejía, preñada del Anticristo.

En cuanto al Comunismo, durante los años de la “guerra fría”, para el intelectual sutil había tres posibilidades:

1ª: Que el comunismo mundial fuera reducido por la fuerza; y en ese caso hubiese venido al mundo una gran prosperidad, o al menos una pacificación, que no hubiese durado empero más de tres generaciones, o quizás dos.

2ª: Que el comunismo no fuera reducido y siguiera propagándose lentamente; y entones, ni él, ni sus sobrinos nietos, ni sus sobrinos tataranietos hubiesen visto el resultado.

3ª: Que el comunismo se fundiese, pacíficamente o no, con la Tercera Rana, que es la última herejía, y la más inteligente (satánicamente) de todas. Y entonces clamaba a grandes voces: “¡Agarrate Catalina, que vamos a galopar…!”

Si el mundo debía seguir viviendo, según la primera posibilidad el comunismo hubiese terminado aplastado como la herejía albigense. No era posible convertir a los comunistas rusos tocándoles el violín del Progreso Indefinido, los Derechos del Hombre y la Democracia Liberal.

Pero, era previsible, e incluso probable, al menos para el filósofo bien pensante, que el comunismo no se convirtiera, sino que se fusionase con las otras dos Ranas del Apocalipsis, el Liberalismo y el Modernismo, para formar la trenza del Anticristo.

En este caso, la sombría doctrina del bolchevismo no era la última herejía, sino su etapa preparatoria y destructiva. La última herejía será optimista y eufórica, mesiánica. El bolchevismo se incorporará, será integrado en ella.

Un distinguido profesor y diplomático afirmó que “frente al Comunismo y a la amenaza que él representa, la única fuerza eficaz, en el plano del poder material, son los Estados Unidos (…) Sin su presencia, no se alzaría ninguna valla seria ante su avance”.

A esta afirmación San Agustín respondería:

Son dos imperialismos. Poco importa si son imperialismo económico e imperialismo político: las dos cosas hoy día van juntas.

Pero las guerras no son nunca meramente económicas o políticas; son siempre ideológicas; y en este tiempo son guerras religiosas, es decir heréticas.

La economía soviética y la economía americana podrían perfectamente conciliarse, si se conciliasen sus dos “ideas”; ideas que versan sobre el fin del hombre, y, por lo tanto, sobre la naturaleza del hombre: la idea pesimista y maniquea del Oriente, y la idea progresista y liberal del actual Occidente.

Son también conciliables estas dos ideas porque se tocan en un mismo fondo, que es la pretensión de conseguir la felicidad del hombre aquí en la tierra, por medio del saber, del poder y de las fuerzas humanas.

La posibilidad de alianza del Modernismo, que es la idea religiosa que impregna hoy al mundo anglosajón, con el dinamismo violento representado por el Comunismo, es una posibilidad real y demostrable: sus dos teologías tienen un mismo fondo.

Si eso ocurriere, tendríamos sobre nosotros el Anticristo.

Estas previsiones las estamos viviendo bajo los pontificados modernistas de la Iglesia Conciliar, de Juan XXIII a Benedicto XVI, pasando por Pablo VI y Juan Pablo II.

El Democratismo Liberal, que de suyo debería morir, ha sido rejuvenecido nefastamente mediante el respaldo de una falsa religión, la última herejía, preñada del Anticristo.

El Comunismo no se convirtió, antes bien se fusionó con las otras dos Ranas del Apocalipsis, el Liberalismo y el Modernismo, para formar la trenza del Anticristo.

Quien tiene oídos, que oiga. Quien puede entender, que entienda. Quien lea, entienda (San Mateo, 13: 43, 19: 12; 24: 15)

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Padre Julio Meinvielle: El Comunismo en la Revolución Anticristiana

Nos hallamos al cabo de una época en la cual se agota la influencia cultural del sacerdocio y reina el ateísmo militante; se agota la influencia cultural de la política y reina la anarquía demagógica; se agota la influencia cultural de la economía burguesa y el cetro del poder está, hoy, a punto de pasar al proletariado.

Nos hallamos en la tercera revolución, que es la comunista, la revolución proletaria, en la que el obrero, el obrero descalificado y marginal, el proletario, quiere desplazar al burgués, al político y al sacerdote. Quiere suplantar al burgués y repudia a la economía burguesa de propiedad privada; quiere suplantar al político y repudia a los gobiernos de autoridad al servicio del bien común; quiere suplantar al sacerdocio y erige en sistema al ateísmo militante.

El comunismo, extendido hoy a una gran parte del globo, señala la última de las revoluciones posibles en un ciclo cultural. Después de él, y aun ya con él, no es posible sino el caos. El comunista es un hombre a quien se le ha quitado su formalidad sobrenatural de hijo de Dios, su formalidad natural de hombre, su formalidad de animal sensible. El comunista convierte al hombre en una cosa — un tornillo, una tuerca — de una gran maquinaria que es la sociedad colectiva del proletariado. ¿Qué queda de un hombre si se le han quitado estas tres formalidades? Queda sólo una cosa, algo que camina a la nada. Y así el comunismo es, en definitiva, la deificación de la realidad que tiende a la nada. ¿Cuál es la realidad que tiende a la nada? ¿Qué es lo que sigue siendo algo y es nada por su pura potencialidad? Es la materia prima de Aristóteles. Aquella materia que de sí misma no es esencia ni calidad ni cantidad ni ninguna otra cosa por las cuales el ser se determina.

El comunismo tiende a la nada, a lo puramente informe, a ser cualquier cosa bajo la todopoderosa mano de la dictadura del proletariado. Este poder colosal estruja al hombre y lo convierte en engranaje de una maquinaria también colosal. El hombre, el hombre individual, pierde su condición de hijo de Dios, hecho a la imagen de Dios y para contemplar a Dios. Pierde su condición racional de señor y dominador de la naturaleza. Pierde también su condición animal hecha para gozar de los placeres sensibles. El hombre es una pura cosa útil, que se usa o se tira según lo exija la conveniencia de la gran maquinaria colectiva. El hombre ha perdido su destino.

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CAPÍTULO II

DE LA CIUDAD CATÓLICA A LA CIUDAD COMUNISTA

El comunismo no puede ser entendido ni doctrinaria ni históricamente si no se establece un punto de referencia con el cual compararle. Este punto puede ser el cristianismo, el hombre, la sociedad burguesa o cualquier otro que quiera tomar la casi infinita consideración humana. Se logrará así de él, según el caso, una inteligencia más o menos verdadera y completa. Pero el único punto que proporciona sobre él una luz verdadera y completa es el de la Ciudad Católica. Porque éste es el de la sociedad elaborada de acuerdo al plan de Dios, en la Providencia actual, el único que satisface plenamente los designios de Dios y las aspiraciones del hombre. Cuando el hombre entiende cómo debe ser la ciudad terrestre, en qué forma ha de estructurarse y hacia qué fin ha de ordenarse, entiende también cuán perversa, absurda y nefasta es la ciudad comunista, que contraría de tan radical modo los derechos de Dios y las exigencias del hombre.

No ha de faltar quien encuentre peregrino este concepto de Ciudad Católica, como si fuera una novedad caprichosa, enunciada arbitrariamente. No hay tal. Es un concepto que aparece en el magisterio y en el pensamiento ordinario de la Iglesia, a veces no con este nombre, sino con el más común de Civilización Cristiana. San Pío X, en el importante documento Notre Charge Apostolique, del 25 de agosto de 1910, sobre la democracia cristiana de Le Sillon, lo registra en un párrafo de singular energía, que dice así: «Hay que recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual, en que cada individuo se convierte en doctor y legislador. No, venerables hermanos, no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la Civilización Cristiana. Es la Ciudad Católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre los fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía moderna, de la Revolución y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo«.

A la luz de la Ciudad Católica vamos, pues, a estudiar la utopía comunista. La Ciudad Católica alcanzó su momento de plenitud histórica en el siglo XIII, cuando la sabiduría culminó con Santo Tomás de Aquino, cuando la prudencia política logró forma maravillosa con San Luis, rey de Francia, cuando el arte se iluminó en el pincel del Beato Angélico. Unos siglos después, la Revolución anticristiana rompe la unidad de la Ciudad Católica. Y se inicia un proceso de degradación que alcanza cada vez capas más profundas de la ciudad, amenazándola con una ruina y muerte total. El comunismo significa esta ruina y muerte total de la Ciudad Católica. De triunfar en forma definitiva y permanente — si Dios lo permitiera —, se sumergiría en un naufragio total la Ciudad Católica.

Adviértase que decimos la Ciudad Católica, y no el cristianismo o la Iglesia Católica. Esta, que es indefectible, en virtud de la promesa de asistencia de Cristo, podrá seguir viviendo, y con alta fuerza del Espíritu, en el corazón de muchas almas escogidas, así, poco más o menos, como persevera viviendo el catolicismo en la Rusia soviética o en China comunista. Habría catolicismo, pero no habría Ciudad Católica.

 

CAPÍTULO III

EL COMUNISMO, ÚLTIMA ETAPA DE LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA

Hemos señalado los cuatro valores esenciales que debe encerrar una civilización si quiere ser perfectiva del hombre y resultarle beneficiosa. Hemos visto también como se ha venido efectuando, bajo la Revolución Anticristiana que tiene como agente responsable al mismo Satanás, un proceso regresivo en que se les ha arrebatado a los antiguos pueblos católicos uno tras otro, cada uno de estos valores hasta sumirlos en esta postración que desemboca en el comunismo.

Corresponde ahora que, en función de los valores que perfeccionan al hombre, examinemos el comunismo enseñado por Marx y llevado a la práctica por la actual revolución comunista mundial.

 

CIVILIZACIÓN CRISTIANA VERSUS COMUNISMO

Me cabe la satisfacción y el honor de desarrollar en esta nobilísima ciudad de Méjico el tema principal de este «Sexto Congreso de la Liga Mundial Anticomunista».

Nuestra generación, desde sus albores, viene luchando sin tregua contra el comunismo ateo, que si logró implantarse establemente en Rusia en 1917, intentó poner el pie, aun antes, en este pueblo de Méjico. Todavía recuerdo cómo nosotros los argentinos, hace cincuenta años, seguíamos con ansiedad y emoción, las gestas heroicas del pueblo mejicano, que se levantó en armas por los derechos imprescriptibles de Cristo Rey y de la patria. Gracias al arrojo y al valor de los jóvenes mejicanos, América Latina debía verse libre del comunismo. Y éste había de cambiar de táctica para penetrar en nuestros pueblos, no enfrentando la creencia religiosa, sino sirviéndose de ella para la penetración. Así han entrado en Cuba y en Chile.

Aunque América Latina, de modo global, se haya defendido del comunismo desde entonces, no ha alcanzado todavía un régimen de civilización que le dé estabilidad y que la defienda eficazmente de caer en el comunismo. Por ello, tan oportuno resulta el tratamiento de este tema, «Civilización, sí; comunismo, no», ya que en esta crisis de la civilización — que no otra cosa significa el comunismo — sólo la historia nos ha de revelar cuáles son los valores imprescindibles que ha de aportar a los pueblos una auténtica civilización. Y con ello entro directamente en el tema.

 

Una civilización, proyección del hombre

Una civilización no es otra cosa que el hombre proyectado en lo social. Esto por lo que se refiere tanto a la naturaleza de una civilización como a su desarrollo histórico. Una civilización, en efecto, no puede sino proyectar las acciones de sus unidades componentes, y éstas, en último término, son los hombres; los hombres con sus pensamientos, sus quereres y sus pasiones; los hombres con sus alegrías y congojas; los hombres con las obras de sus manos en las artes y en la arquitectura; los hombres en la literatura, la filosofía y la religión. Por esto, para medir el valor y mérito de una civilización hay que hacerlo no sólo por las acciones de sus grandes hombres sino también de sus hombres comunes y aun por las de sus hombres inferiores. De un modo o de otro, la civilización es resultado de lo que proyectan y realizan sus hombres, y la riqueza y miseria que contiene no pueden ser mayor ni menor que la que contienen sus hombres. Aquí vale el criterio que nos da el Señor de los Evangelios, Mt. VII, 17: «Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo, da frutos malos».

 

El primer hecho biológico de una civilización

Si una civilización es el hombre proyectándose, ha de reflejar al hombre en todas sus virtualidades. Y el primer valor humano consiste en el hecho de la unión del hombre y de la mujer para perpetuar la especie. Este hecho no es de institución humana, sino establecido por Dios mismo con un fin específico. La familia, en sus dos relaciones — unión del hombre y la mujer, de padres e hijos — es de esta suerte la célula originaria de la sociedad y de la civilización. Sólo la familia, así como la ha instituido Dios y la ha restaurado Jesucristo — monogámica e indestructible hasta la muerte —, puede brindar a una civilización hombres de formación completa. Aquí radican las graves deficiencias de la especie humana en todas las latitudes y en toda la historia, sobre todo ante la venida del Salvador y luego en la historia cristiana cuando se produce el fenómeno de la descristianización. Tanto el paganismo como el judaísmo pervirtieron la familia autorizando la poligamia y el divorcio, con graves consecuencias para la educación de los hijos y para la formación de hombres fuertes y de carácter, resueltos al cumplimiento de sus deberes. En rigor, en este hecho biológico de la unión sexual que se practica en la familia bien constituida para la procreación de hijos legítimos, es decir, en cumplimiento de un deber, o que se practica en forma ilegítima, en la obtención de un puro placer, radica el hecho discriminatorio que divide las civilizaciones sanas, que se fundan en la ética, de las civilizaciones enfermas, que se rigen por el placer. Las primeras son civilizaciones de la tierra y de la vida, llenas de los jugos de la naturaleza; las segundas son civilizaciones decadentes, productos de la imaginación del hombre.

Lo normal es que el hecho primero y biológico, destinado a perpetuar la especie humana sobre la tierra, sólo si se realiza con las condiciones que el Creador le ha impuesto desde el principio para producir hijos fuertes y robustos, sea capaz luego de crear civilizaciones también fuertes y ricas en todos los valores humanos.

 

El curso de las civilizaciones

Sería largo, si no imposible, seguir el curso de las civilizaciones que han dejado su huella sobre la tierra. Veintiuna registra Toynbee en su «Estudio de la Historia» y sólo tiene en cuenta a aquellas que han dejado una marca duradera y permanente en el recuerdo de los hombres. Sin embargo, aunque la evidencia histórica nos muestre al hombre diversificándose en civilizaciones distintas a través de los tiempos, hemos de admitir con el relato del Génesis una sola especie humana y un solo tronco de donde ella arranca y hemos de admitir, asimismo, con toda la tradición judeocristiana, un solo destino donde termina. La Revelación cristiana certifica sobre la unidad de la humanidad a pesar de la diversidad de civilizaciones. Y esta misma diversidad está abonada igualmente por los libros sagrados cuando dan cuenta de la hybris del hombre por levantar la torre de Babel que llegaría hasta el cielo y la respuesta de Dios que confundió las lenguas de los hombres.

El problema religioso está íntimamente unido al problema de las civilizaciones; porque aunque sean problemas diversos, ya que la religión mira directamente al destino eterno del hombre y el de las civilizaciones a su destino temporal, están estrechamente unidos, por cuanto el hombre no alcanza su destino eterno sino con las acciones que cumple en su vida temporal. Además con la Encarnación del Hijo de Dios en el hombre Jesús, que sale de un linaje humano, toda la historia de las civilizaciones queda referida a esa civilización que se ha hecho vehículo de Jesús, el Hijo de Dios vivo hecho hombre, y que por lo mismo se convierte en centro y eje de todas las civilizaciones de la humanidad.

Si Toynbee puede registrar veintiuna civilizaciones, una entre todas ellas ha de encerrar una significación especial y singular; y ha de ser aquella que lleve en su seno la vida, pasión, muerte y resurrección del Salvador del mundo. Esto, que lo prescribe la simple lógica humana, nos lo revela la historia de las civilizaciones. Entre todas ellas, algunas muy venerables, antiquísimas y gloriosas, hay una que se destaca de modo singularísimo: es la civilización cristiana, que, en cierto modo, viene a constituirse como la civilización por excelencia, o la civilización a secas; no en cuanto a que las otras no lo sean, sino porque ella lo es de un modo excepcional, y en cuanto que las otras alcanzan la calidad de civilización en la medida en que se acercan a ella.

Sería distorsionar la historia, y en especial la historia de las civilizaciones, no presentar a la civilización cristiana como el centro y el punto de convergencia de todas ellas. Porque la historia humana que nos muestra al hombre saliendo de las manos de Dios, nos lo muestra inmediatamente descarriándose y perdiéndose en la búsqueda de su felicidad por sus propias manos; y nos lo muestra en la recuperación de la felicidad perdida cuando se vuelve al único que puede devolvérsela y con creces: Jesucristo Nuestro Señor. El hombre encuentra primero en Grecia y luego en Roma ciertos valores civilizadores de altísimo precio; pero luego contemplando cómo el curso de los acontecimientos dirigidos suavemente por la Providencia Divina se encamina hacia una civilización más alta, comprende que es en la civilización cristiana donde ha de encontrar la clave de las civilizaciones. Grecia y Roma son grandes porque son camino hacia la civilización cristiana. Como lo vieron los primeros filósofos cristianos, la grandeza de la filosofía griega y del derecho romano ha consistido en que ellos fueron como praeparatio Evangelii, preparación del Evangelio.

 

La degradación de la civilización

Era necesario que llegáramos a exponer la civilización cristiana en su plenitud para tener el punto de referencia desde donde situar con exactitud al comunismo, que es la etapa de civilización que estamos viviendo. Como dijimos, una civilización ha de encerrar todos los valores que dignifican al hombre, valores económicos, políticos y religiosos. La civilización cristiana los encierra en grado máximo. Pero desde el Renacimiento toma cuerpo un proceso de secularización que va degradando al hombre y que, en consecuencia, va produciendo en la antigua civilización cristiana una gangrena capaz de darle muerte definitiva.

En efecto, de los valores que encierra en plenitud la civilización cristiana, el primero que es atacado es el más alto, es, a saber, la información que por la gracia recibía el hombre. Con la Reforma y luego con el filosofismo, la Iglesia es desalojada de la vida pública de los pueblos. La civilización cristiana se convierte en naturalista primero y luego en liberal; los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX son protagonistas de un proceso de degradación. Decimos de un proceso de degradación y lo subrayamos, oponiéndonos en esto a la concepción liberal que cree ingenuamente en el progreso indefinido. Con el capitalismo liberal, que ha sometido a la sociedad en su vida de relación política y económica a la ley suprema de la libertad, la sociedad ha retrogradado. Porque las relaciones humanas han de estar regidas por la justicia, la que finalmente se funda en el bien común, que da a cada cual lo suyo dentro del bien del todo. Fundar la sociedad sobre la libertad como ley suprema implica sacrificar el bien de las partes más débiles de la sociedad. Es lo que ha hecho el capitalismo liberal. Durante los siglos que ha ejercido su imperio en el globo ha destruido la unidad en la justicia y en la paz de las naciones cristianas y las ha entregado a dos guerras mundiales catastróficas, de las que no nos hemos curado todavía, y ha sembrado la semilla para una tercera más catastrófica aún. Todo el siglo XX es un siglo de convulsiones, cuyo acto final no se ha cumplido. Primera guerra mundial. Proclamación e instauración del comunismo en Rusia. Surgimiento de los fascismos. Guerra Civil Española. Segunda guerra mundial. Guerras de blancos contra negros y de negros contra blancos. Guerra de Corea. Triunfo del comunismo en China. Guerra del Vietnam. Drogas, hambre, las dos terceras partes de la humanidad sin techo. Un cuadro pavoroso de la civilización y, como si no fuera bastante, amenaza de caer en el comunismo de toda la humanidad.

¿Por qué el capitalismo degradó la civilización cristiana?

Esto nos lleva a considerar ahora por qué el capitalismo liberal debe ser considerado como un hecho negativo y nefasto. Muchos se imaginan que el capitalismo liberal es el industrialismo, y esto es un error. La industrialización o industrialismo consiste en el progreso de los instrumentos de producción por una aplicación cada vez mayor de las fuerzas encerradas en la naturaleza. Mediante la invención de nuevas máquinas se multiplican los bienes y servicios a disposición de la comunidad. La industrialización comienza a desarrollarse de modo acelerado y ascendente cuando se descubre la máquina a vapor. En cambio, el capitalismo es una mala utilización del industrialismo ya que, en lugar de emplearlo para difundir bienes económicos entre todos los hombres de todos los niveles, lo utiliza para enriquecer a unos pocos que son los que detentan los recursos financieros.

El capitalismo liberal es el monopolio de las riquezas en manos de unos pocos que no son precisamente los productores, a costa de la comunidad que es sistemáticamente expoliada y empobrecida. Por eso, el capitalismo se hace dueño de la economía de los países cuando desaparecen las corporaciones de artesanos que en la civilización cristiana aseguraban el justo precio en el intercambio de mercancías y en la remuneración del trabajo. Como exponente de la estabilidad económica que se desenvolvía en el ordenamiento corporativo de todas las fuerzas económicas prevalecía el justo precio. El precio no era una cosa que el primer sujeto económico pudiera manejar a su antojo. Como todo el proceso económico, la formación del precio estaba subordinada a las leyes supremas de la moral y de la religión. El precio debía estar salvaguardado a la vez por los intereses del productor, del comerciante y del consumidor. No se entregaba a la ley de la oferta y de la demanda sino a la de la justicia que asegurase un honesto vivir del productor, del comerciante y del consumidor. La economía estaba regulada por los reglamentos y por las disposiciones que establecían los gremios de productores organizados. La economía estaba autogobernada por las mismas fuerzas que la constituían. Y el precio justo era expresión de un estado social de justicia y de solidaridad.

Este mundo sólido y estable, fundado en la mentalidad cristiana, fue destruido por el triunfo de otra mentalidad, la judía y calvinista. No voy a hacer la demostración porque la han hecho ya con gran competencia y copiosa documentación Werner Sombart en «Los Judíos y la Vida Económica» (Payot, París, 1921) y Max Weber en «La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo«.

 

El comunismo, otra degradación de la civilización cristiana

Con la Reforma, la civilización, al ser despojada de la influencia de la Iglesia, queda reducida a una situación naturalista en la que el hombre se mueve por las solas fuerzas de la razón y de la naturaleza. Situación alta y preclara de civilización, que va a llenar los siglos XVI y XVII, en que se desenvuelve un modo de vida humano y clásico. Pero la civilización, privada del socorro divino que le proporciona la gracia, no podía permanecer en este estado; había de descender hacia una degradación mayor que, como ya hemos visto, se verificó en el liberalismo en todos los aspectos de la vida y en especial en el económico. El hombre dejó de guiarse por la razón y por el bien común como determinantes de su vida y comenzó a regirse por la libertad. Así nació con la revolución francesa lo que León Daudet llamó el «estúpido siglo XIX». Pero el capitalismo liberal tampoco podía sostenerse mucho tiempo. Al colocar el manejo de las riquezas mundiales en manos de una oligarquía financiera y al dejar sumidas en la miseria a todas las mayorías del mundo, debía provocar a breve plazo el levantamiento y la rebelión de estas mismas mayorías que, encabezadas por pequeñas vanguardias minoritarias, debían derrocar a aquellas oligarquías e implantar otro sistema de vida, no ya bajo el signo de la libertad, sino del de la dictadura de la igualdad económica. Tal el sentido del comunismo que Marx preconiza y enseña en el siglo XIX y que Lenin debía llevar a la práctica en el siglo XX.

Para entender toda la perversión del comunismo hay que entender a fondo lo que se propone. El comunismo no es una mera doctrina. Es una doctrina hecha acción. Es una praxis. El comunismo no se propone considerar al hombre, sino transformarlo. Marx ha defendido esto con singular fuerza en contra de Feuerbach. Pero, si quiere transformar al hombre, ha de tomarlo desde un punto de partida para llevarlo a un punto de llegada y con un método de transformación.

El punto de partida es el hombre en su condición actual en las diversas sociedades del planeta. El hombre típico de este momento histórico es el burgués, propio de las sociedades en que reina el capitalismo. Pero el burgués es el ejemplar más avanzado del proceso histórico moderno. Otros no han llegado todavía a realizar este ejemplar. Es el caso de las sociedades feudales o de las primitivas. Cualquiera sea la caracterización sociológica que se deba hacer del hombre actual en las diversas sociedades es claro que es forzoso para el comunismo tomar al hombre con las necesidades y tendencias reales que tiene. En buena doctrina antropológica, el hombre tiene una doble perfección. Una perfección esencial cabe en el niño recién nacido y en el hombre adulto, como también cabe en hombres del más diverso nivel cultural. Por ello, hay que atender a otra perfección que le viene en razón del logro de su fin.

Para conocer y determinar el fin para que está hecho el hombre y que, una vez logrado, permite a éste alcanzar su paz y felicidad completa, hay que partir del examen de la esencia del hombre. Si es verdad que el hombre tiene un cuerpo que hace común con las piedras de la naturaleza, y que este cuerpo está animado como las plantas y tiene conocimiento y apetitos sensibles como los animales, también es verdad que tiene un alma estrictamente espiritual e inmortal con operaciones también estrictamente espirituales, como son las de su inteligencia y voluntad. Estas operaciones son de una amplitud infinita, pues no se sacian con ningún ser y con ningún bien determinado y particular. Conoce el entendimiento más y más seres de la naturaleza y del universo. Y su capacidad de conocer y amar, lejos de quedar colmada, se abre más y más, queriendo llegar a conocer y amar a Aquél que es Causa Primera de la naturaleza y del universo.

Por ello, el hombre está hecho para Dios como para su último fin. El hombre viene de Dios y está hecho para Dios. Hay por eso en todo hombre una tendencia hacia Dios. Y la hay porque antes hay una dependencia de Dios. El hombre es creatura salida de las manos de Dios. Es claro que esta necesidad no se concreta en Dios directamente, sino que se oculta y diluye en el anhelo irresistible de la verdad y del bien, que no puede ser logrado sino con la posesión de la Verdad y del Bien que es Dios mismo. Hay, pues, en el hombre una tendencia o necesidad religiosa que está grabada en lo más íntimo de su naturaleza específica. Por ser hombre, el hombre es religioso.

¿Qué dice el comunismo de esta tendencia y necesidad religiosa? Dice dos cosas igualmente falsas. Dice que es una ilusión que pierde al hombre. Por esto la llama alienación: la alienación religiosa que hay que suprimir con el ateísmo práctico.

Además de esta tendencia o necesidad religiosa, existen otras que es necesario eliminar. Porque el hombre está llevado por una tendencia irresistible hacia toda la verdad y bien —lo cual, como hemos dicho, se colma con la posesión de la Verdad y del Bien, que es Dios— quiere conocerlo todo, con un conocimiento total explicativo que penetre en la razón de ser de cada cosa y de todo el universo. El hombre tiene tendencia a la sabiduría humana. Quiere conocer cada parte del universo y el universo todo en forma absoluta. Las ciencias particulares le revelan aspectos también particulares de las cosas. Pero el hombre busca la totalidad. Y este conocimiento sapiencial humano es la filosofía. El entendimiento busca, en el acto de la contemplación del universo y de sus causas, su propia perfección.

¿Qué opina el comunismo de esta tendencia que hay en el hombre a la sabiduría filosófica? Dice de ella que es una ilusión malsana que pierde al hombre porque le separa de su propio bien. La alienación filosófica, como la llama, debe ser suprimida.

Además de la religiosa y de la filosófica, hay en el hombre otras tendencias y necesidades que le empujan en forma irresistible. Así, la tendencia a la vida política, que la sabiduría antigua reconoció como incrustada en la esencia del hombre. Porque al buscar su bien, búscalo el hombre en la sociedad perfecta natural que es la sociedad política con una autoridad también política.

¿Qué opina el comunismo de la sociedad y de la autoridad política? Dice también de ella que es una ilusión y una ilusión malsana que pierde al hombre. La alienación política, como la llama, debe ser suprimida.

La sociedad política es, en lo humano, una sociedad perfecta, pero hay otras sociedades en cuya incorporación busca el hombre la satisfacción de tendencias y necesidades parciales, algunas de ellas elementales. Estas sociedades son la familia y las clases y grupos sociales que se multiplican dentro de una sociedad política en atención a los diversos bienes también particulares.

¿Qué opina el comunismo de estas sociedades particulares que responden a tendencias y necesidades del hombre? Dice de ellas que responden a una ilusión malsana que pierde al hombre. Luego la alienación social, como la llama, debe ser suprimida.

Las tendencias filosófica, política y social están determinadas por la condición racional del hombre. Son su dimensión o formalidad racional. Queda debajo de ella la tendencia animal en que el hombre busca la satisfacción del conocimiento y goce de su vida sensible.

Hay, pues, en el hombre, una alienación también económica por la cual los hombres con interés individual buscan los bienes materiales. Hay que suprimir la alienación económica, suprimiendo la propiedad privada, otra ilusión malsana que pierde al hombre. Así lo enseña el marxismo.

En el comunismo hay que suprimir lo religioso, lo racional y lo animal para llegar a los fundamentos mismos del hombre, al hombre como puro productor de fuerzas económicas, al homo faber, para que éste, encontrándose directamente, sin mediaciones de ningún género, sin alienaciones, con el producto de su trabajo, se encuentre asimismo con la naturaleza y con otros hombres, y por allí encuentre la reconciliación de su ser y con ella la libertad del hombre total.

Por donde se ve que el proceso del comunismo para liberar al hombre sigue un camino totalmente invertido de aquel que prescribe una sana antropología. Esta enseña que la integridad del organismo físico es condición indispensable para el perfecto funcionamiento de la vida animal en el hombre; y que, a su vez, ésta es condición para el desarrollo de su vida psíquica y racional; y que ésta, a su vez, debe servirle para un perfeccionamiento cultural y moral que le conduzca, en definitiva, a Dios, fuente de toda Verdad, Bien y Vida. El hombre está hecho para la contemplación de Dios. Y en la actual Providencia, para la contemplación intuitiva de la Divina Esencia en la gloria, donde el hombre, al hacerse una sola cosa, intencionalmente con Dios, de modo inefable, alcanza una plenitud que desborda inmensamente las posibilidades de su naturaleza y aun de toda la creación.

El punto de llegada que asigna el comunismo al hombre en el proceso de transformación está justamente en las antípodas del que fija una sana antropología. El comunismo glorifica como máxima expresión humana al homo faber, y aún al homo faber más inferior, al productor de técnicas productivas. En cambio, la sana razón reconoce la superioridad del hombre contemplativo en el acto de contemplar el más excelente inteligible que es la divina Esencia.

Por ello, la tarea transformadora comunista es esencialmente destructora de la naturaleza humana. De aquí que tenga que recurrir a un método que es también esencialmente destructor. Tal, el materialismo dialéctico. En cuanto materialista, por cuanto avanza en el hombre en la dirección de lo más inferior, de lo más material. Y en cuanto dialéctico, en cuanto avanza abriendo y agudizando las contradicciones que le destruyen, contradicciones económicas, sociales, políticas, filosóficas y religiosas.

El comunismo como lo concibió Marx no es sino la transformación dialéctica en materia de la naturaleza humana. El hombre empleando su intelecto para inventar máquinas que hagan funcionar al hombre al revés de lo que exige la naturaleza racional creada por Dios.

Pero Marx descubrió sólo la filosofía del comunismo. No atinó a crearlo como artefacto técnico que fuera eficaz para transformar rápidamente a inmensos pueblos del planeta. Estaba reservada a Lenin la tarea de hacer del marxismo una poderosa máquina de guerra capaz de destruir vastas estructuras sociales de calor humano para transformarlas en otras tantas máquinas de guerra para destruir otros pueblos y civilizaciones. Por ello, la vida concebida como una vasta operación militar de destrucción de pueblos constituye, en definitiva, el objetivo que da razón del comunismo.

Por ello, el comunismo, penetrando en un pueblo como una ideología, no se detiene. Forma el partido comunista que aparece como la fuerza central que mientras disgrega, disocia y divide a las fuerzas sociales, lucha por la toma del poder con el mito de la dictadura del proletariado. Cuando se ha sembrado la división y la anarquía social, el comunismo, con un golpe definitivo, se apodera del gobierno y somete a la sociedad a una gran purga transformadora, creando al hombre nuevo comunista, que es un hombre destrozado, sólo útil para ser manejado como un animal de carga.

El comunismo, por tanto, tiene por objetivo apoderarse de los pueblos y aun de la humanidad entera, y con la técnica material, cada vez más perfeccionada, triturar al hombre, a cada hombre, suprimiendo, en cuanto sea posible, sus dimensiones reales —religiosas, filosóficas, políticas, sociales y aun económicas—, o mejor que suprimiendo, transformando estas dimensiones y poniéndolas al servicio de un hombre técnico, que opere como una máquina electrónica.

Por ello, el comunismo destruye todo valor religioso, todo valor filosófico auténtico, todo valor también político, todo valor social, y aun todo valor de goce económico. El hombre se convierte en esclavo de la técnica. En lugar de ser la técnica un instrumento económico que facilite al hombre el logro de sus necesidades económicas, para que, satisfechas éstas, pueda dedicarse a la política, a la filosofía, a la religión, es decir, a la contemplación del universo y de Dios, el hombre, en cambio, se convierte en hacedor de un universo técnico colosal del cual el mismo hombre es apéndice y epifenómeno.

Aquí radica la perversión del marxismo. Que, al pervertir el fin de la existencia humana, asignándole un fin diametralmente opuesto al que le ha asignado el Creador, pervierte todo el hombre, todas las relaciones sociales y crea una civilización destructiva del hombre.

De nada importa que pretenda exhibirse como un humanismo, si en realidad es una destrucción del hombre. Como su tarea es total, para poder cumplirla tiene que recurrir permanentemente a técnicas psicosociológicas de terror.

De aquí que el uso del terror no se haya de considerar transitorio y accidental en el comunismo. Le es congénito y esencial, como lo ha advertido Pío XI, en 1937, en la Divini Redemptoris, cuando dice:

«Pero no se pisotea impunemente la ley natural ni al Autor de ella: el comunismo no ha podido ni podrá realizar su ideal, ni siquiera en el campo puramente económico. Es verdad que en Rusia ha contribuido a liberar hombres y cosas de una larga y secular inercia, y a obtener con toda suerte de medios, frecuentemente sin escrúpulos, algún éxito material; pero sabemos por testimonios no sospechosos, algunos muy recientes, que, de hecho, ni en eso siquiera ha obtenido el fin que había prometido; esto, dejando aparte la esclavitud que el terrorismo ha impuesto a millones de hombres. Aun en el campo económico es necesaria alguna moral, algún sentimiento moral de responsabilidad, para el cual no hay lugar en un sistema puramente materialista como el comunismo. Para sustituir tal sentimiento ya no queda sino el terrorismo, como el que ahora reina en Rusia, donde antiguos camaradas de conspiración y de lucha se destrozan unos a otros; terrorismo que, además, no logra contener, no ya a la corrupción de las costumbres, sino tampoco la disolución del organismo social».

El hombre total comunista es un hombre degradado y mutilado que apenas se mantiene por el terror.

 

Hacia una civilización técnica o tecnocracia

El comunismo marcha hacia una civilización técnica o civilización de cosas o máquinas. Pero el capitalismo también. Cada día aparece más claro que si el comunismo consiste en un capitalismo de Estado en manos de unos pocos hombres que con el manejo de este Estado dirigen y domestican a la multitud, también aparece, por otro lado, que el capitalismo, controlado por un grupo reducido de poderosos funcionarios económicos, a través de sus empresas, manejan al Estado y la vida de la nación.

El comunismo y el capitalismo constituyen un idéntico régimen político que, además, se propone levantar una inmensa unidad máquina de funcionamiento automático. En realidad, tanto el comunismo como el capitalismo marchan hacia la tecnocracia o gobierno automático de las cosas o de la máquina. El hombre convertido en robot, sin otro destino que la vida presente. Es decir, todo lo opuesto al hombre de la civilización cristiana.

El hombre, después de haber sido degradado, con el capitalismo primero y con el comunismo después, de su condición humana y animal, es acondicionado en la tecnocracia para un funcionamiento puramente electrónico. Así como se fabrican cerebros electrónicos, así los biólogos, psicólogos y sociólogos están empeñados en estudiar los métodos del control cerebral para la manipulación del comportamiento humano. El manipuleo de las mentes no constituye sino un capítulo de un programa más vasto que comprende todos los métodos y técnicas empleados para acondicionar y modelar al hombre-máquina de la sociedad-máquina. En esta sociedad el hombre es modelado por las condiciones mismas del trabajo que le imponen, por los placeres estandarizados y mecanizados a que se le somete, por el medio social en que se desenvuelve, por el aire que respira, por el alimento que absorbe, por la agitación incesante que le rodea, por la publicidad y propaganda que le ahoga. La técnica, exterior al hombre, le descentra de sí mismo y de su alma; y esto produce fastidio y sed de novedades. El hombre no sabe qué hacer consigo mismo, cómo poblar su soledad, qué hacer con su tiempo y con su vida. Con la tecnocracia, se ha perdido la convivencia de los hombres. La tierra se ha tornado inhabitable. La civilización, en lugar de ser proyección de las virtudes del hombre, se ha convertido en una máquina trituradora de toda expresión y virtud típicamente humana.

No se trata de repudiar la técnica, sino la tecnocracia, esto es, la técnica como un fin en sí mismo. La técnica es un puro medio que debe estar al servicio del hombre. El hombre, a su vez, al igual que la civilización, aunque sea un fin en sí mismo, no es el fin último, sino que debe estar al servicio de Dios.

Si el hombre no se pone al servicio de Dios no va a lograr que la técnica se ponga a su servicio y en consecuencia va a ser destruido por la técnica.

Por ello es necesario y urgente que el hombre vuelva a la civilización cristiana y que dé el primer lugar a los valores de la Iglesia, de Cristo y de Dios.

Sólo así podrá rectificarse en sí mismo y recuperar el dominio que le cabe sobre las cosas inferiores.

Una vez rectificado en su interior, podrá a su vez rectificar la política, que es la ciencia del manejo de los hombres, y la economía, que es la ciencia del manejo de las riquezas y de las cosas y sólo entonces estará en condiciones de hacer buen uso de la ciencia y de la técnica que multiplica las riquezas.

Y las riquezas multiplicadas, pero asimismo rectamente distribuidas darán bienestar material a las generaciones humanas y nos salvarán de la vergüenza y del bochorno de que cientos de millones se vean en el desamparo material más oprobioso; y los medios de comunicación en lugar de corromper las mentes de los hombres civilizados servirán para dar un alto nivel cultural y religioso a todas las generaciones humanas.

Sólo en la civilización cristiana habrá recuperado la técnica su puesto de servicio y de honor para la grandeza del hombre.

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ITEMS

CREENCIA

Cristiandad: DIOS, JESUCRISTO, IGLESIA CATÓLICA.

Humanismo-Renacimiento: DIOS, JESUCRISTO, IGLESIA CATÓLICA.

Protestantismo: DIOS, JESUCRISTO, Cristo, sí; Iglesia, no.

Revolución Francesa: DIOS, Dios, sí; Cristo, no.

Comunismo: Dios ha muerto.

CONSECUENCIAS

Cristiandad: FERVOR, CULTURA CATÓLICA, CIVILIZACIÓN CRISTIANA.

Humanismo-Renacimiento: TIBIEZA, CULTURA HUMANISTA, SOCIEDAD NATURALISTA.

Protestantismo: CULTURA PROTESTANTE, SOCIEDAD APÓSTATA.

Revolución Francesa: CULTURA LIBERAL, SOCIEDAD LAICISTA.

Comunismo: CULTURA SOCIALISTA, SOCIEDAD ATEA.

 

RELIGIÓN

Cristiandad: Verdadero culto de Dios. Prima el culto público (la liturgia) sobre el culto privado e individual.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: El culto individual oscurece el culto público.

Devotio moderna.

Revolución Francesa: Culto individual del Gran Arquitecto. Deísmo. Masonería.

Comunismo: Culto del hombre. Ecumenismo. Religión universal judeo-masónica.

 

HOMBRE

Cristiandad: Religioso.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: Medida de todas las cosas.

Revolución Francesa: Económico.

Comunismo: Trabajador.

 

ARQUETIPO

Cristiandad: El santo.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: El héroe.

Revolución Francesa: El burgués – el rico.

Comunismo: El proletario.

 

HABITÁCULO

Cristiandad: El templo, el hogar, el campo.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: Las academias, bibliotecas y salones.

Revolución Francesa: Las logias.

Comunismo: Los bancos. Los partidos políticos.

 

TEOLOGÍA

Cristiandad: Dios divinizado (tomismo).

Afirma la existencia de un solo Dios: personal, trascendente y providente. Uno y Trino; Creador y Redentor del mundo.

Reconoce a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: Dios humanizado.

Revolución Francesa: El hombre divinizado.

(Libertad‑Igualdad‑Fraternidad).

Duda respecto de la existencia de Dios, relega este problema a la conciencia individual. Indiferentismo religioso (todas las religiones son iguales). Ateísmo pasivo.

El común denominador de los desórdenes que hoy en día advertimos, tanto en el terreno de la fe en general, como en el de la liturgia en particular, lo constituye la substitución progresiva del culto a Dios por el culto al hombre.

La creencia cristiana de que Dios creó al hombre y de que el Verbo se hizo carne se invierte, para concebir un Dios que no es otra cosa que el hombre mismo a punto de convertirse en Dios.

Adoramos al Dios que procede de nosotros.

Comunismo: El hombre sin Dios.

Niega la existencia de Dios. Afirma que la religión es «el opio de los pueblos».

Ateísmo militante y agresivo. Amoralismo. Entre el humanismo de la ciencia y del marxismo y el humanismo de ese neocristianismo cuyo profeta es Teilhard de Chardin, no hay más que una diferencia de palabras. El primero anuncia la muerte de Dios, y el segundo su nacimiento, pero el uno y el otro no confiesan más que al hombre, que mañana será la totalidad del universo, bajo su propio nombre o bajo el nombre de Dios. Ese humanismo tiene como característica esencial la de ser evolucionista.

 

FILOSOFÍA

Cristiandad: La Forma informante.

Filosofía realista: todo conocimiento comienza por los sentidos y termina en la inteligencia.

La razón humana es capaz de llegar al conocimiento de la verdad.

La verdad es la adecuación de la inteligencia con la realidad. Existe una verdad absoluta.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: La Forma materializada.

La Materia con un poco de acto.

Dios un poco determinado.

Revolución Francesa: La Materia erigida en forma y espíritu.

Filosofía idealista: el conocimiento comienza en la inteligencia y termina en la inteligencia.

Niega la realidad de las cosas. El sujeto pensante se constituye en el principio de toda verdad. La realidad no es como es, sino como cada uno la piensa.

No hay verdad absoluta, sino opiniones subjetivas y relativas, ninguna de la cuales es superior a las otras. La unidad de la verdad es reemplazada por la multitud anárquica de las opiniones.

Positivismo. Agnosticismo.

Comunismo: La Materia sin Forma. El caos.

Filosofía materialista: reduce todo el ser a la materia evolutiva y dialéctica, que progresa por un proceso de contradicción permanente.

Niega la inteligencia humana como facultad del alma para conocer la verdad. Sostiene que el hombre se diferencia del resto de las cosas sólo por el grado de evolución.

No existe verdad absoluta; todo cambia y se transforma.

Materialismo Individual = Pansexualismo.

Materialismo Social = Marxismo.

 

CIENCIAS

Cristiandad: Filosofía de las ciencias. Ciencias naturales.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: Ciencias desfilosofizadas. Ciencias aplicadas.

Revolución Francesa: Ciencias a-filosóficas. Ciencias experimentales. Positivismo.

Comunismo: Ciencias antifilosóficas y antimetafísicas. Cientificismo. El progreso como mito.

 

POLÍTICA

Cristiandad: Toda autoridad viene de Dios. El derecho divino del lugarteniente de Dios.

La jurisdicción de Dios se extiende no sólo a todo el ámbito de la vida privada sino también al de la vida pública del ciudadano.

Afirma que el hombre es un animal político y social por naturaleza. El Estado es una sociedad perfecta en su esfera, cuyo fin es el Bien Común temporal.

Las instituciones están subordinadas al fin de la sociedad política.

La vida humana parte del seno de una primera institución natural (la familia), y se desarrolla en el marco de la sociedad política mediante su inserción en grupos humanos intermedios.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: El derecho divino del rey humano.

Soberanía = monarca

Absolutismo regio. Regalismo.

Revolución Francesa: El jefe humano se apropia el derecho divino.

Niega el origen Divino del poder político, y lo hace surgir del voto popular.

La jurisdicción de Dios queda limitada al ámbito de la conciencia individual.

El hombre no es originariamente un ser sociable, sino un ser individual. Es autosuficiente, señor de sí mismo y con una libertad ilimitada.

El Estado y las instituciones son una ficción de origen convencional y contractual, cuyo fin es la protección de la libertad individual con prescindencia del Bien Común; y se constituyen en personas morales, con fin en sí mismas y como fin de la sociedad.

Niega los grupos intermedios; la inserción del hombre en la sociedad política se realiza a través de los partidos políticos.

Comunismo: El jefe humano sin Dios ni ley. Niega la necesidad de la autoridad. Democratismo. Totalitarismo. Comunismo.

El hombre es un animal súper-revolucionario, pero nada más que un animal. Afirma que el hombre no es verdaderamente humano si no como ser social; el individuo en cuanto tal no posee en sí mismo la esencia de hombre.

El fin del hombre es su liberación en la tierra mediante la construcción del paraíso terrenal.

El estado es el instrumento de la clase dominante. Lucha mediante la dialéctica por una sociedad sin clases y sin estado, para cuya consecución es necesario pasar por el Estado Totalitario o dictadura del proletariado.

El individuo desaparece frente a la colectividad, transformándose en una tuerca del engranaje del sistema. El hombre comunista es un puro trabajador en bien de la grandeza colectiva.

Entre el individuo y el Estado sólo existe el partido comunista.

 

DERECHO

Cristiandad: La Ley divina divinizada. La Ley natural sobrenaturalizada.

Afirma la existencia de un orden jurídico positivo humano, fundado en un orden jurídico natural, cuyas leyes son anteriores a las humanas, emanadas de Dios y puestas por El en la naturaleza de las cosas.

Afirma que el derecho es lo justo objetivo.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: La Ley divina humanizada. La Ley natural naturalizada.

Maquiavelo. Calvino.

Revolución Francesa: La Ley natural divinizada.

El derecho se reduce a algo puramente convencional, que se agota en la figura del contrato. Sostiene que el derecho objetivo, no existe. Lo único que existe son los derechos subjetivos, individuales.

Comunismo: La Ley natural desnaturalizada.

Considera al derecho como un instrumento de la clase dominante. Es una superestructura de lo económico, que tiene su respaldo en el poder coactivo del Estado y queda reducido a una simple regulación técnica de las distintas funciones sociales.

GUERRA

Cristiandad: Cruzadas. Sentido militar y heroico de la vida. Concibe a las Fuerzas Armadas como la columna vertebral de la Patria y guardianes naturales de su soberanía y de los intereses de la Nación.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: Guerras de religión.

Revolución Francesa: Guerras económico‑políticas (imperios).

Antimilitarismo burgués.

Se reemplaza el sentido heroico y militar de la vida por un sentido utilitario y práctico.

Las Fuerzas Armadas son meros custodios constitucionales de la seguridad del Estado liberal.

Comunismo: Guerras de exterminio. Antimilitarismo proletario.

Las Fuerzas Armadas son consideradas como la guardia pretoriana de la clase dominante.

ARTE

Cristiandad: Mira a Dios en función de Dios (arte anónimo al servicio de la gloria de Dios).

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: Mira a Dios en función del hombre.

Revolución Francesa: Mira al hombre en función del hombre (lo que agrada; el arte por el arte).

Comunismo: Mira al hombre en función de la materia (lo que sirve; arte comprometido).

 

LITERATURA

Cristiandad: El santo como ideal.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: El hombre en relieve. El héroe como ideal.

Revolución Francesa: Lo divino buscado en el hombre. El hombre divinizado. Romanticismo.

Comunismo: El hombre vacío de Dios.

MÚSICA

Cristiandad: Lo espiritual espiritualizado.

El canto gregoriano: la música al servicio de la palabra. Es una palabra cantada.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: Lo espiritual sensualizado.

La polifonía.

Revolución Francesa: Los sentidos y pasiones erigidos en espíritu.

La sinfonía.

Comunismo: Los sentidos sin espíritu.

Sentimentalismo.

 

PINTURA

Cristiandad: Líneas puras. La línea es lo formal. El color al servicio de la línea.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: Líneas coloreadas.

Ornamentación. El Barroco.

Revolución Francesa: Colores alineados.

Impresionismo.

Comunismo: Colores sin líneas.

Cubismo: desfiguración geométrica de la figura.

ARQUITECTURA

Cristiandad: La idea espiritualizada expresada en la piedra. Pureza de formas.

El Gótico. Las catedrales.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: La materia idealizada.

El Barroco. Los palacios.

Revolución Francesa: La materia sensualizada.

El Rococó.

Comunismo: La materia informe, materializada.

Arquitectura funcional.

 

ESCULTURA

Cristiandad: La piedra informada por la idea. La figura humana en función de lo religioso.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: La piedra materializada. La figura humana humanizada.

Revolución Francesa: La piedra sensualizada. La figura humana voluptualizada: los desnudos.

Comunismo: La piedra informe. La figura humana desfigurada.

ECONOMÍA

Cristiandad: El verdadero bienestar espiritual servido por el dinero: el ocio intelectual.

Afirma la propiedad privada como un derecho natural limitado por el recto uso y las exigencias del Bien Común. Afirma una economía al servicio del hombre. Armoniza las relaciones de capital y trabajo en el marco del orden de integración interprofesional. Combate la lucha de clases. Sostiene la iniciativa privada como fundamento y motor de la actividad económica encausada al Bien Común. El estado debe controlarla y sustituirla cuando los particulares no puedan llevarla a cabo.

Humanismo-Renacimiento-Protestantismo: El bienestar obtenido por el dinero: la posesión del dinero constituye el bienestar = Mercantilismo.

Revolución Francesa: El bienestar esclavo del dinero = Economicismo, Capitalismo.

Afirma la propiedad privada como un derecho absoluto, sin ninguna limitación. Promueve la concentración de la propiedad en pocas manos.

Sostiene una economía al servicio del lucro desenfrenado y sin escrúpulos. Las relaciones entre el Capital y el Trabajo se rigen por la ley de la oferta y la demanda, reduciendo el trabajo personal a una mera mercancía.

Posibilita y fomenta la lucha de clases al promover grandes injusticias sociales. Sostiene la iniciativa privada pero sin más límite que el espíritu de lucro y el interés personal, mientras el estado es mero espectador del libre juego económico.

Protege y fomenta las sociedades multinacionales, sometiendo la economía nacional al imperialismo internacional del dinero y a la usura.

Comunismo: El dinero tirano: las grandes bancas judías (Rockefeller, Rotschild). Comunismo.

Niega la propiedad privada.

Sostiene la socialización de todos los medios de producción.

Sostiene una economía fundada en el trabajo forzado al servicio del estado.

No existen relaciones entre capital y trabajo, sino entre estado y trabajo.

Explota y exagera la lucha de clases. La economía es totalmente estatista.

Toda la riqueza está concentrada en un estado administrador: capitalismo de estado, que recibe contribuciones de las empresas multinacionales.