Compartimos con Ustedes Especiales de Cristiandad con el querido P. Juan Jose Turco – Septiembre 2015
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Bergoglio, por una carta del 1° de septiembre del 2015, establece que temporariamente los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X podrán “celebrar el Sacramento de la Reconciliación” lícitamente durante el “Año jubilar de la Misericordia”.
Por su lado, la FSSPX, por medio de un comunicado de la misma fecha, dijo: “La Fraternidad San Pío X expresa su agradecimiento al Soberano Pontífice por este gesto paternal” aclarando que “en el ministerio del sacramento de la penitencia, ella siempre se ha apoyado, con absoluta certeza, en la jurisdicción extraordinaria que confieren las Normas generales del Código de Derecho Canónico.”
Más allá de la bajeza de hablar de “gesto paternal”, podemos plantearnos si no se repite la misma historia de peras y manzanas de enero del 2009.
¿Es lo mismo el Sacramento de la Penitencia que la “reconciliación” modernista? ¿Qué cambio representa ese nuevo nombre?
“Reconciliación” con la “Iglesia”
N.B.: cuando se quiere ver lo que dicen los modernistas, hay que ser consciente que sus términos no designan lo mismo que para un católico. Y puede haber variaciones de interpretación de un autor a otro.
1°) Teólogos modernistas:
Para ver su pensamiento, voy a usar como guía a Edward Schillebeeckx, O.P. en su obra “Cristo, sacramento del encuentro con Dios”, confrontando con unos textos de Karl Rahner en sus “Cuadernos de Teología”.
Los textos están extraídos de: Edward SCHILLEBEECKX: “Cristo, sacramento del encuentro con Dios” – Ediciones DINOR, 1964, Santander, España.
N.B.: los números son las páginas en la edición digital en PDF.
El encuentro personal con Dios:
“La religión es esencialmente una relación personal del hombre con Dios, una relación de persona a persona: un encuentro personal o una comunión personal con Dios.” (pág. 8)
“Sobre la base de una aproximación gratuita, condescendiente de Dios, el hombre religioso se pone en relación vital inmediata con El, que, mediante esta relación, se convierte para nosotros en el «Dios vivo». Al acto mismo de este encuentro entre Dios y el hombre, que no puede tener lugar sobre la tierra si no es por la fe, llamamos salvación.
Por parte de Dios, este encuentro incluye una revelación que manifiesta; por parte del hombre, incluye la religiosidad. El encuentro mismo, visto desde la vertiente humana, es el núcleo más íntimo de lo que suele llamarse la gracia santificante, a la que por eso no podemos concebir separada, ni del amor personal de Dios hacia el hombre, ni de la respuesta humana a esta aproximación divina” (p. 8 y 9)
Israel como sacramento:
“Toda la revelación del Antiguo Testamento es el proceso histórico que procede de la fidelidad divina y de la infidelidad frecuentemente repetida del pueblo judío. En esta situación dialéctica se desarrolla la revelación. En última instancia Dios quiere lograr un pueblo fiel. En conjunto, este deseo fracasará continuamente, hasta que Dios mismo suscite un Hombre en el que se concentre toda la vocación de la humanidad a ser fiel, que realizará en sí mismo la fidelidad a la alianza con Dios en una fidelidad correlativa perfecta: Jesús. En el hombre Jesús la fidelidad a la alianza se realiza así bilateralmente de una manera visible. El diálogo siempre interrumpido entre Dios y la humanidad halla finalmente un interlocutor humano: en una sola y misma persona se realiza la invitación divina y la respuesta fiel del hombre Jesús, que por su resurrección es el Cristo. En su persona la alianza, sellada con su sangre, ha sido definitivamente concluida. En El la gracia se ha hecho totalmente visible, y esto como gracia final de victoria, manifestada personalmente a los apóstoles. Cristo mismo es «iglesia», comunidad invisible de gracia con Dios vivo (del Hijo hecho hombre con el Padre), concretada y realizada en una forma y aparición humana visible. Esto se realizó en El como en «primogénito» y cabeza de toda la creación. En su Cabeza, toda la humanidad se congregó en comunión con Dios (la «gran asamblea», qahal en hebreo, significa la Iglesia).” (págs. 16 y 17)
El encuentro con el Cristo terrestre como sacramento del encuentro con Dios:
“La definición dogmática de Calcedonia, según la cual Cristo es «una persona en dos naturalezas», supone que una sola persona, el Hijo de Dios, determinó manifestarse también en forma humana. Cristo es hijo de Dios hasta en su humanidad. La segunda persona de la Santísima Trinidad es personalmente hombre; y este hombre es personalmente Dios. Cristo es Dios de una manera humana, y hombre de una manera divina. En cuanto hombre vive su vida divina en y según la humanidad. Todo cuanto realiza en calidad de hombre es acto del Hijo de Dios, acto de Dios en su manifestación humana: traducción y trasposición de actividad divina en actividad humana. Su amor humano es la forma humana del amor redentor de Dios.” (p. 17 y 18)
“El hombre Jesús en cuanto manifestación terrestre personal de la gracia de redención divina, es el sacramento por excelencia: el sacramento original, porque este hombre, Hijo de Dios, es destinado por el Padre a ser en su humanidad el acceso único a la realidad de la salvación.” (p. 19)
“El encuentro humano con Jesús es pues el sacramento del encuentro con Dios o con la vida religiosa en cuanto relación existencial teologal con Dios” (p. 20)
Redención es revelación del amor de Dios. El misterio pascual. La redención no es por la muerte en la Cruz por nuestros pecados:
“Recibid el Espíritu Santo. Aquellos a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados» (17). La revelación del amor misericordioso y redentor de Dios, éste es el sentido de la misión del Hijo sobre la tierra.” (p. 21)
“De este modo Jesús no es sólo la revelación salvífica de Dios. Es igualmente el adorador supremo del Padre, la realización suprema y perfecta de toda religión. En efecto, Jesús se ha hecho redentor por y en la realización libre de su vida humana en servicio religioso de su Padre y en su adhesión a Él.” (p. 21-22).
En la pág. 22: Habla de cómo Cristo es un hombre que se entrega a Dios (parece que fuera persona humana).
En la misma página 22:“Si consideramos que esta humanidad de Jesús es representativa de todos nosotros, resulta claro que el movimiento de abajo hacia arriba es un movimiento de parte de toda la humanidad [aquí el sofisma] y llega hasta el Padre, a través de la humanidad representativa de Jesús.”
“Concretamente la religión no es comprensible sino partiendo de la encarnación de Dios, el Hijo. Si el ser redimido significa que, por el acto redentor de Dios, la humanidad ha vuelto nuevamente hacia Dios en una actitud de amor y en comunión íntima de vida con El, esto implica que en el hombre Jesús, en su calidad de cabeza, toda la humanidad ha sido ya objetiva y realmente redimida” (pág. 22 y 23)
“Pero esta encarnación del Hijo de Dios es una realidad que se va desarrollando. No es un acontecimiento que se da en un solo instante: por ejemplo la concepción de Jesús en el seno de su madre, o su nacimiento. La encarnación no es sólo el acontecimiento de Navidad. Ser hombre es hacerse hombre, una realidad que crece a través de toda la vida de Jesús y que alcanza su punto culminante en el momento supremo de la encarnación: la muerte, la resurrección y la glorificación de Jesús. Sólo entonces se ha realizado plenamente la encarnación. Así debemos entender que hemos sido redimidos por la misma encarnación del Hijo. Esta es la razón por la que podemos llamar a este misterio de Jesús o de la redención misterio del culto santificador, misterio de culto (línea ascendente) y de santificación (línea descendente).” (pág. 23)
¿Jesús tiene ser humano?
“El ser humano de Jesús, como humanidad del Hijo divino, es la revelación de estas relaciones de vida divina, su traducción y trasposición en forma de manifestaciones humanas, es más bien la Encarnación.” (pág. 36-37)
¿Qué es el Kyrios?
“En virtud de este sacrificio el Padre elevó a Cristo. «Siéntate a mi derecha»: Cristo fue instituido por el Padre como Kyrios. «El dominio divino se puso sobre sus espaldas». Por su Resurrección y su elevación junto al Padre, Cristo se convirtió plenamente en Mesías: el Hijo de Dios con potestad en su humanidad. Por la aceptación paterna de toda la vida de Jesús, expresión de su culto divino, el ciclo divino de amor entre el Padre y el Hijo se encarna plenamente en el plano de la humanidad de Cristo. Sólo entonces Jesús «alcanzó la perfección». Fundándose en el amor de Jesús al Padre, amor incorporado al sacrificio, ha suscitado Dios en la «sarx» de Cristo una «nueva creación», resucitándolo: es la humanidad glorificada. Sólo en ella quedó redimida realmente la Humanidad.” (pág. 39)
Cristo es en quien se revela el amor de Dios a nosotros, por eso es “sacramento originario”. Pero como subió al cielo y se transformó en Kyrios. De allí vendrá en la Parusía para manifestar la transformación de toda la humanidad. Mientras tanto:
“Cristo hace visible y palpable su presencia activa de gracia entre nosotros, no directamente por su propia corporeidad, sino prolongando su corporeidad celestial, por decirlo así, en formas de manifestación visibles, que desempeña entre nosotros la acción de su Cuerpo celeste. Se trata precisamente de los sacramentos, prolongación terrestre del «Cuerpo del Señor». Se trata en concreto de la Iglesia.” (pág. 49)
Para Schillebeeckx, los sacramentos son la extensión o aplicaciones particulares del “sacramento” de la Iglesia. Puesto que el Kyrios glorioso está invisible en el cielo y su cuerpo también, entonces necesita de algo material para manifestarse a nosotros. Por lo tanto: los sacramentos son el “lugar” material del encuentro de la Humanidad con el Kyrios:
“Es cierto, sin duda, que en virtud de su Humanidad glorificada, el Cristo celestial puede llegar hasta nosotros e influir del mismo modo sobre nosotros, ya se trate de cualquier hombre o de cualquier lugar en que nos encontremos. Pero nosotros, hombres terrestres, no podemos sin embargo encontrarnos con El revestido de carne viviente (in propria carne) a causa de su invisibilidad celestial. (…)
Pero si, por otra parte, Cristo no se muestra ya en su corporeidad propia, el dogma de la permanencia de la Redención y de la mediación humana de Cristo en el orden de la gracia exige que el Señor pueda hacerse presente a nosotros y para nosotros, hombres terrestres, asumiendo las realidades terrestres no glorificadas en su actividad salvadora de hombre glorificado. Este elemento terrestre reemplaza para nosotros a su Humanidad celestial invisible. Tales son los sacramentos, la cara de la Redención que está dirigida a nosotros de manera que podamos encontrar en ellos al Cristo vivo. El acto celestial soteriológico, que nos es invisible, se hace visible en el sacramento.” (pág. 51 y 52)
Los sacramentos no son cosas sino “encuentros”:
“Esta necesidad, a la vez cristológica y antropológica, de los sacramentos como prolongación terrestre de la Humanidad glorificada de Cristo, muestra de manera inmediata que los sacramentos de la Iglesia no son cosas, sino encuentros de los hombres que viven en la tierra con el hombre glorificado, Jesús, por medio de una forma visible. Los sacramentos son, en la dimensión de la visibilidad histórica, una manifestación concreta del acto salvífico celestial de Cristo. Son este mismo acto salvífico en cuanto se dirige a nosotros, acto personal del Señor en visibilidad y manifestación terrestre.” (pág. 53)
“Los sacramentos orientan y especializan de manera septiforme el acto eterno de la Redención de Cristo” (pág. 199)
“La comunión existencial y vital con el “Siervo de Dios” exaltado, comunicada por los sacramentos, hace que precisamente en los sacramentos Dios se manifieste como Padre nuestro en virtud del Espíritu de filiación de Cristo” (Ibidem).
La Iglesia, sacramento terrestre del Cristo celestial.
“En este sacrificio mesiánico aceptado por el Padre, por consiguiente en su Cuerpo glorificado, Cristo mismo es la comunidad salvífica escatológica, la Iglesia. El «Cuerpo del Señor» es la Iglesia. En sí mismo Cristo glorificado es a la vez «cabeza y miembros».
La Iglesia terrestre es la aparición de esta realidad salvífica en el plano de la visibilidad histórica. Es comunidad visible de gracia. Esta misma comunidad, constituida por miembros y una dirección jerárquica, es el signo terrestre de la gracia de Redención victoriosa de Cristo.” (pág. 56)
“Tanto en su jerarquía como en sus miembros fieles, la comunidad eclesial es la forma de manifestación histórica de la victoria reportada por Cristo. La unión de gracia interior con Dios en Cristo se hace visible y se realiza por el signo social exterior. La esencia de la Iglesia consiste en que la gracia final de Cristo se hace presente históricamente y visiblemente en toda la Iglesia como sociedad visible.” (Ibidem)
“La Iglesia no es sólo un medio de salvación. Es la salvación misma de Cristo, es decir, la forma corporal de esa salvación, en cuanto se manifiesta ésta en el mundo. Es, pues, de manera casi idéntica, «el Cuerpo del Señor».” (Ibidem)
La Iglesia es comunidad, todos juntos fieles y jerarquía; por eso también los fieles obran los actos de culto:
“Hemos dicho que esta manifestación de gracia califica a la Iglesia entera: no sólo a la Jerarquía sino también a la comunidad de los fieles. Es el conjunto, es decir, el pueblo de Dios conducido por la jerarquía sacerdotal, lo que constituye «el signo que ha sido levantado entre las naciones». La actividad del pueblo fiel así como la de sus autoridades es una actividad eclesial. Lo que equivale a decir que no es sólo la jerarquía, sino el pueblo fiel además lo que pertenece a la esencia del sacramento original, que es la Iglesia sobre la tierra después de la Ascensión de Cristo; la una y la otra son signos de gracia eficaz del Cristo subido al cielo.” (pág. 56-57)
Es por eso que los fieles también “celebran” activamente los sacramentos, por ejemplo el de la “reconciliación”.
(Continuará)
P. Juan José Turco

