Pidámosle a la Virgen Fiel que nos alcance la fe
En el capítulo 16 del Libro de Génesis leemos estas palabras:
“Después de estos sucesos fue dirigida la palabra de Yahveh a Abram en visión, en estos términos: «No temas, Abram. Yo soy para ti un escudo. Tu premio será muy grande.» Dijo Abram: «Mi Señor, Yahveh, ¿qué me vas a dar, si me voy sin hijos…?.» Dijo Abram: «He aquí que no me has dado descendencia, y un criado de mi casa me va a heredar.» Mas he aquí que la palabra de Yahveh le dijo: «No te heredará ése, sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas.» Y sacándole afuera, le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas.» Y le dijo: «Así será tu descendencia.» Y creyó él en Yahveh, el cual se lo reputó por justicia”.
La versión la tomé de la Biblia de Jerusalén. Sin embargo, la versión de Monseñor Straubinger y otras versiones muy respetables (i.e. Nácar Colunga) son más fieles al original y en lugar de la preposición “EN” ponen la preposición “A”.
De hecho, no es lo mismo “creer en Dios” que “creer a Dios”.
Los demonios —nos dice el Apóstol Santiago— también “creen y tiemblan” (Santiago 2: 19). La “legión de demonios” que habitaba en el pobre endemoniado de Gerasa reconoció incluso a Jesús como “Hijo del Dios Altísimo” (San Marcos 5: 7) y sin embargo esa “confesión de fe” de nada les valió. Ellos creían “EN” Dios, pero no creían “A” Dios.
“Creer A Dios” es tomarle la Palabra y saber que lo que Dios ha dicho es enteramente cierto y que va a cumplirse hasta la última iota o tilde. La viuda de Sarepta (III Libro de Reyes 17: 7-16) es un ejemplo clásico de alguien que creyó a Dios.
Pienso que vale la pena citar todo el pasaje para ilustrar lo que deseamos:
“Pasado cierto tiempo se secó el arroyo, porque no había caído lluvia en el país. Entonces le fue dada esta orden de Yahvé (a Elías): ‘Levántate y vete a Sarepta, que pertenece a Sidón, y habita allí. He aquí que he mandado allí a una mujer viuda que recogía leña. La llamó y dijo: ‘Dame, por favor, en un vaso un poco de agua para beber’. Y ella fue a buscarla. Llamóla de nuevo y dijo: ‘Tráeme también, por favor, un bocado de pan en tu mano’. Ella respondió: ¡Vive Yahvé, tu Dios, que no tengo nada cocido, sino tan sólo un puñado de harina en la tinaja, y un poco de aceite en la vasija; y he aquí que estoy recogiendo dos pedacitos de leña para ir a cocer (este resto) para mí y para mi hijo, a fin de comerlo, y luego morir’. Elías le dijo: ‘No temas, anda y haz como has dicho; pero haz de ello primero para mí una pequeña torta, que me traerás acá fuera y después cocerás para ti y para tu hijo. Porque así dice Yahvé, el Dios de Israel: ‘La harina en la tinaja no se agotará, ni faltará nada en la vasija de aceite, hasta el día en que Yahvé deje caer lluvia sobre la tierra’. Ella fue e hizo como había dicho Elías; y muchos días comieron ella y él y la casa de ella, sin que se agotase en la tinaja la harina ni faltase aceite en la vasija, según la palabra que Yahvé había dicho por boca de Elías”.
Esta viuda de la ciudad de Sarepta es uno de los grandes ejemplos bíblicos de lo que significa “creer A Dios”. Sin ninguna garantía visible, y apoyada sólo en el crédito que ella le otorga a la palabra de Elías, no vacila en dar a éste lo único que tenía para no morir de hambre ella y su hijo. Ni siquiera sospecha del aparente “egoísmo” del profeta, que pretende comer antes que ella. Eso es “CREER A DIOS”, darle crédito sin dudar, sin temer que fallen Sus promesas, como no le fallaron a Abraham.
Otro caso clásico de ese tipo de fe es la Santísima Virgen María cuando el Arcángel San Gabriel le anuncia el plan de Dios para su vida (y la de toda la humanidad), y su respuesta fue: “¿CÓMO SERÁ?” [πως εσται τουτο? (¿Pós éstai túto?]. Es decir, Nuestra Señora usó el tiempo futuro del verbo porque “dio por hecho” que lo que el Ángel le estaba diciendo, sucedería así, y por eso le preguntó “¿cómo será?”. Fíjense en que no dijo: “¿cómo puede ser?” ni “¿cómo es posible?”. La pregunta de María fue la confesión más absoluta de su fe en la Palabra de Dios.
Y ahora, después de este preámbulo, vamos a analizar algunos rasgos cualitativos de la fe de Abraham. En mi opinión, el mejor pasaje que podemos usar para analizar su fe, la fe de Abraham, es Romanos 4: 16-22, que además es un comentario extenso acerca de Génesis 15: 6.
En la Biblia de Jerusalén dice así:
16.Por eso depende de la fe, para ser favor gratuito, a fin de que la Promesa quede asegurada para toda la posteridad, no tan sólo para los de la ley, sino también para los de la fe de Abraham, padre de todos nosotros,
17.como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchas naciones: padre nuestro delante de Aquel a quien creyó, de Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean.
18.El cual, esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones según le había sido dicho: Así será tu posteridad.
19.No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor —tenía unos cien años— y el seno de Sara, igualmente estéril.
20.Por el contrario, ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios,
21.con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido.
22.Por eso le fue reputado como justicia.
El primer rasgo notable de la fe de Abraham se encuentra en el versículo 18 donde leemos que “él esperó contra toda esperanza”. En el koiné original dice así: “ος παρ ελπιδα επ ελπιδι επιστευσεν”, que traducido dice: “creyó en esperanza contra esperanza”, y la palabra que aparece como “esperanza” es “elpís” que alude a algo que se espera sin que haya ni la más mínima probabilidad de que suceda (desde el punto de vista humano).
Ésa fue la fe de Jairo en Mateo 9: 18 –“Mientras Él (Jesús) decía estas cosas, vino un hombre principal (Jairo) y se postró ante Él, diciendo: ‘Mi hija acaba de morir; mas ven y pon Tu mano sobre ella y vivirá’”.
Y así mismo sucedió….
El segundo rasgo importante de la fe de Abraham aparece en el versículo 18 de Romanos 4, que a la letra dice lo siguiente: “No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor —tenía unos cien años— y el seno de Sara, igualmente estéril”. En koiné leemos: “και μη ασθενησας τη πιστει ου κατενοησεν” y se traduce como “no se debilitó en la fe al considerar…”. Es decir, su fe no se debilitó porque no se puso a considerar ningún aspecto negativo, y para él ¡¡¡todo era humanamente negativo!!! —su propio cuerpo ya sin vigor con sus cien años de edad y la matriz de Sara que siempre había sido estéril, y ahora, además de eso, ya frisaba en los noventa años.
En el Evangelio de San Juan, en el capítulo 6, aparece la versión joanina de la multiplicación de los panes y de los peces, y siempre me llamó la atención el enfoque de cada uno de los que intervienen en la escena.
En San Juan 6: 5-11 leemos lo siguiente:
“Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente.» Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron”.
Felipe miró la multitud —es decir, la “magnitud insuperable del problema” y dijo “doscientos denarios no bastan…”. Andrés miró “la escasez de los recursos” y alegó: “aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces, pero ¿qué es eso para tantos?” Lo único que tuvo en cuenta era la pequeñez con que contaba para resolver el problema.
¡¡¡NUESTRO SEÑOR, EN CAMBIO, MIRÓ A DIOS, SU PADRE!!!
Y ahí, se operó el milagro…
Decía San Juan Bosco: “Fe, tened fe, y veréis lo que son milagros”. Para ver milagros tenemos que dejar de “considerar” lo que contradice la promesa de Dios y poner nuestra mira únicamente en esa Palabra que es poderosa y fiel.
Volviendo a Abraham, en el versículo 20 de Romanos 4 leemos que “ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad”. Ésa es la fe a la que se refería San Juan Bosco.
El tercer rasgo significativo de la fe de Abraham se pone de relieve en Romanos 4: 20b, y dice que “se fortaleció en fe” (αλλ ενεδυναμωθη τη πιστει). El verbo del cual procede la conjugación que subrayé en el paréntesis se lee “enedínamoo” cuyo sustantivo es “dínamo o dinamo” (Δύναμις), y significa “dar fuerza”, “esforzar”. Si una dínamo es un generador de energía eléctrica, muy bien cabría decir que Abraham se “energizó” en fe. Ese verbo aparece sólo 4 veces en el Nuevo Testamento.
Y, ¿cómo nos energizamos (o fortalecemos) nosotros en la fe? Tenemos medios que nos permiten hacerlo: La Divina Liturgia, los Sacramentos, la Lectio Divina, la Oración. A través de todas esas cosas crecemos en la fe y nos fortalecemos espiritualmente.
La cuarta característica prominente de la fe de Abraham es lo que leemos en el versículo 21 de Romanos 4, y dice así: “con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido”.
Alguien que conocí y que ya se marchó de este mundo solía cantar:
Es inútil que me digan que Dios no cumplirá,
Porque yo lo he comprobado y sé que Él lo hará.
Su Palabra irrompible las pruebas pasará
Y en Sus santas promesas mi alma descansará.
Ésa era la fe de la única que se dio cuenta de que faltaba el vino en Caná y les dijo a los criados del novio que hicieran todo lo que Jesús iba a decirles…
Ésa era la fe de la que no se unió al grupo de mujeres que se encaminó al sepulcro para ungir el cuerpo del Señor el domingo de Pascua porque sabía que a esas horas en ese sepulcro no había ningún cuerpo que pudiera ser ungido….
Ésa fue la fe de la que le preguntó al Arcángel San Gabriel, “¿cómo será?”…
Y fue la fe de la que se autoproclamó “esclava del Señor” y aceptó el plan de Dios en Su vida sin pensar en las consecuencias…
Ésa fue la fe de la que cantó de las grandes cosas que había hecho Dios con Ella y profetizó que sería llamada Bienaventurada por todas las generaciones…
Ésa fue la fe de aquella Cuyo Nombre hace temblar el infierno…
Ésa fue la fe de Aquella que los Ángeles, los Arcángeles, los Querubines, los Serafines, los Tronos y las Dominaciones proclaman día y noche: “Santa, Inmaculada, Siempre Virgen, Reina del Universo, Refugio de los pecadores, Consoladora de los Afligidos, Sostén de los débiles, Triunfadora del infierno, Auxilio de los cristianos, Sede de la Sabiduría y Madre de todos los Cristianos”.
Ella nos ha dejado para esta hora dos grandes legados: el Santo Rosario y la Consagración a Su Corazón Inmaculado. Todavía tenemos pequeños oratorios y la bendición y el consuelo de la Santa Misa y de los Sacramentos, pero no debemos olvidar que vivimos en un mundo ensombrecido por la presencia nefasta de la “octava bestia” que sabe que le queda poco tiempo y está destruyendo todo lo que puede por cuanto la Parusía del Señor es cada vez más inminente. Sabemos también que muy pronto la verdadera Iglesia padecerá la peor persecución… La Palabra Profética que alumbra en las tinieblas de este mundo va a cumplirse hasta la última iota y la última tilde.
Pidámosle a la Virgen Fiel que nos alcance la fe que necesitamos para prepararnos para ese momento y para crecer cada día más en gracia y conocimiento del Señor Jesucristo.




