Envuelto en luz de amor,
en el blando regazo de tu Madre,
¡oh, mi dulce Jesús!, te muestras a mis ojos,
radiante de amor.
El amor:
misteriosa razón
que te alejó de tu mansión celeste
y te trajo al destierro.
Deja que yo me esconda bajo el velo
que a la humana mirada te disfraza.
Solamente a tu lado, ¡oh Estrella matutina!,
mi corazón pregusta un avance del cielo.
Cuando al nacer de cada nueva aurora
aparecen del sol los rayos de oro,
la tierna flor que empieza a abrir su cáliz
espera de lo alto un bálsamo precioso:
la rutilante perla matutina,
misteriosa y henchida de frescura,
es la que, produciendo rica savia,
hace abrirse a la flor muy lentamente.
Tú eres, Jesús, la flor que acaba de entreabrirse,
contemplando aquí estoy tu despertar primero.
Tú eres, Jesús, la encantadora rosa,
el capullito fresco, gracioso y encarnado.
Los purísimos brazos de tu Madre querida
son para ti tu cuna y trono real.
Es tu sol dulce el seno de María,
tu rocío, la leche virginal.
Divino Amado y hermanito mío,
columbro en tu mirada tu futuro:
¡pronto a tu Madre dejarás por mí,
pues ya el amor te empuja al sufrimiento!
Pero sobre la cruz, ¡oh flor abierta!,
reconozco tu aroma matinal,
reconozco las perlas de María:
¡es tu sangre la leche virginal!
Este rocío se esconde en el santuario,
hasta el ángel quisiera poder beber de él:
al ofrecer a Dios su plegaria sublime,
como san Juan repite: «¡Hele aquí!».
¡Oh sí!, miradle aquí a este Verbo hecho Hostia,
eterno Sacerdote, sacerdotal Cordero.
El que es Hijo de Dios es hijo de María…
¡Se ha hecho pan de los ángeles la leche virginal!
El serafín se nutre de la gloria,
del puro amor y del perfecto gozo;
yo, pobre y débil niña, sólo veo
en el copón sagrado
de la leche el color y la figura.
Mas le leche es un bien para la infancia.
Del corazón divino el amor no halla igual…
¡Oh tierno amor, potencia incalculable!
¡Mi hostia blanca es la leche virginal!
EL ROCÍO DIVINO. Fecha: 2 de febrero de 1893. – Compuesta para Sor Teresa de San Agustín. – Publicación: HA 98 (once versos corregidos) – Melodía: Minuit, chrétiens.
Un capullo de rosa que se abre con los primeros rayos del sol, bajo el efecto del rocío de la mañana: a nadie puede sorprender el encontrarse en el umbral de las Poesías con un símbolo tan teresiano.
Con la audacia serena de un niño, y como quien se siente a gusto en el misterio, Teresa va siguiendo el itinerario de ese «rocío celestial».
Reconoce su «aroma matinal» en la Flor sangrante del Calvario; vuelve a encontrar su sabor en el Pan de los ángeles», el Cuerpo eucarístico del Señor, el «Verbo hecho Hostia» después de haberse hecho carne por la mediación de María.
En definitiva, Teresa canta, en su propio tono, y aunque sea balbuciendo, el mismo Ave verum que Santo Tomás de Aquino.
Para quien nunca había compuesto un solo verso era una empresa temeraria hacer sus primeros pinitos abordando un tema tan difícil. Detrás de la inexperiencia, especialmente en la continuidad y la apropiación de las imágenes, se revela la capacidad de la autora para hacernos entrar, a través de la modalidad poética, en «misterios más ocultos y de un orden superior» (Carta 134).
Sor Teresa de San Agustín ha contado cómo pidió a Teresa esta poesía (Souvenirs d’une sainte amitié, publicados en VT nº 100, pp. 241-255), antes de hacerla practicar la caridad de manera heroica al final de su vida (cf Ms C 14rº)…
La lactación del Hijo de Dios por una Madre Virgen es un aspecto de la Encarnación que ha sido cantado por la Iglesia a través de los siglos. Teresa recibió esa tradición de la liturgia y de diversos autores espirituales (entre otros, a través de El Año Litúrgico de Dom Guéranger). Es también innegable el influjo de la Vida de sor María de San Pedro, de la que Teresa de San Agustín era una ferviente lectora.

