SEPTENARIO EN MEMORIA Y OBSEQUIO DE LOS SIETE DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA

DÍA TERCERO

Acto de contrición

Señor mío Jesucristo, Criador y Redentor de mi alma; lleno de confusión me presento al pie de vuestra Cruz, conociendo y confesando con todas veras ser yo la causa de vuestra dolorosa pasión y muerte afrentosa. Por mis pecados, Señor, habéis muerto en esa Cruz, después de haber sufrido las mayores penas. Solo por vuestra bondad infinita debía yo amaros sobre todas las cosas: y sobre ellas habéis añadido el grande beneficio de morir por mí, para obligarme más a amaros.Pero yo, desconocido e ingrato me he atrevido contra vos, despreciando a un Ser perfectísimo, sumamente amable, olvidando el inestimable beneficio de la Redención, y repitiendo los pecados que han sido la causa de vuestra muerte. ¡Oh ingratitud de mi alma! ¡Oh malicia de mis culpas! Yo conozco, Señor, toda su gravedad por haber sido contra un Dios tan santo y perfecto, contra un Padre y Redentor tan dulce y amable. Me pesa con un vivo dolor de haberlas cometido, me pesa por haber sido ofensas contra Vos. Propongo firmísimamente enmendar mi vida con el favor de vuestra gracia, seguro de que desde ahora me restituís a vuestra amistad.

Todo lo espero de la grande propensión que tenéis por vuestra bondad a perdonar a los pecadores, y mantenerlos en vuestra gracia. Y para más obligaros añado la poderosa intercesión de vuestra Santísima Madre, que, junto con Vos ha obrado también mi Redención al pie de ese árbol.

¡Oh Madre dulcísima! Por los inmensos dolores con que me hicisteis hijo vuestro en el Calvario, no despreciéis mi petición. Alcanzadme de mi Redentor el perdón de mis pecados, un firme propósito de enmienda y una continua perseverancia en el bien.

A este efecto consagro estos días en memoria de vuestros más acerbos dolores, deseando imitar las virtudes que en ellos me enseñáis, a gloria vuestra y bien de mi alma. Amén.

TERCER DOLOR

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¡Oh Madre de dolores! Yo considero vuestro tercer dolor cuando retirándose vuestro dulcísimo Hijo de vuestra vista, y quedándose en Jerusalén, le buscasteis por tres días con la mayor solicitud, ansia y dolor, llorando la pérdida de tan amable prenda.

Sólo el intensísimo amor que teníais a vuestro Hijo puede decirme vuestro sentimiento en su pérdida. La sabiduría y gracia de Dios que estaban con Él, le hacían por todos títulos deseable y sumamente amable su vista. Jamás ninguna madre ha amado tanto a su hijo, como Vos a Jesús, fruto bendito de vuestro vientre.

Él era todo para Vos; Él era el blanco de vuestros cariños: y todo lo perdéis en un punto, ausentándose de vuestros ojos. ¡Qué pena! Vos le buscáis entre los deudos, preguntáis por el a los conocidos, seguís las calles de Jerusalén y no perdonáis diligencia en tres días. ¡Oh días! Que a vuestro amor fueron funestas noches.

No dejaba el amor de persuadiros que tal vez le habíais perdido por culpa vuestra: triste consideración que levantaba al sumo grado la pena y os precisaba a multiplicar diligencias para hallarle.

¡Oh dulce Madre! Yo me compadezco de vuestro dolor, y me llego a Vos para aprender la aplicación al servicio de Dios. Yo le he perdido mil veces por mis culpas, y por mi flojedad y tibieza no he merecido un instante su amable presencia.

Conozco la falta de este único bien, deseo hallarle, y una vez hallado no perderle jamás. Todo lo conseguiré con una incesante aplicación al servicio de Dios, a que me dedico desde ahora, esperando continuar asistido de vuestra protección. Amen.

Aquí se pedirá el favor particular que se desea conseguir, a cuyo efecto se rezará un Padre nuestro y siete Ave Marías en memoria de este dolor, y se concluirá con el Ofrecimiento que sigue, Antífona, Verso y Oración.

 

Ofrecimiento

¡Oh Madre llena de angustias! Corredentora y abogada del linaje humano, ofrezco este corto obsequio en memoria de vuestros dolores, como un tributo debido al maternal afecto con que los sufriste por mi salvación. Mi alma se llena de amargura por la compasión que os debo. Yo os venero por Madre, y deseo corresponder a la obligación de hijo: pero nunca lo seré verdaderamente hasta que imprima en mi alma y en mi cuerpo la imagen de las penas de vuestro hijo y las vuestras por una perfecta práctica de las virtudes.

A este efecto, pues, imploro vuestro patrocinio, particularmente para lo que me propongo en este día y para conseguir el favor que deseo por este Septenario. No os neguéis, oh buena Madre, a mi petición. La salvación de mi alma ha de ser el premio de vuestros dolores. Así lo espero del encendido amor que siempre habéis mostrado a los hombres, y del deseo ardiente que os asiste de que en todos se logre el fruto de la Redención. También, Señora, os pido derraméis vuestras bendiciones sobre todo el mundo. Confundid la herejía y el espíritu de error, convertid a los infieles, exaltad a la Iglesia y extended el nombre cristiano; mirad con ojos benignos a todos los mortales, para que vuestro hijo y Dios verdadero sea de todos conocido, servido y glorificado eternamente. Amen.

Aquí se saludará a María Santísima con tres Ave Marías en memoria de los dolores menos principales que sintió y de las lágrimas que derramó en la Pasión de su hijo dulcísimo.

 

Antífona

Cum vidisset Jesus Matrem stantem juxta Crucem, et Discipulum, quem diligebat; dicit Matri suæ: Mulier, ecce filius tuus; deinde dicit Discipulo: Ecce, Mater tua.

  • Ora pro nobis Virgo Dolorosissima.
  • Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

Oremus

Deus, in cuius Passione, secundum Simeonis prophetiam, dulcissimam animam gloriosæ Virginis et Matris Mariæ doloris gladius pertransivit: concede propitius; ut qui transfixionem ejus et passionem venerando recolimus, gloriosis meritis et precibus omnium Sanctorum Cruci fideliter adstantium intercedentibus, passionis tuæ effectum felicem consequamur. Qui vivis et regnas in sæcula sæculorum.  Amen.