Jose Tissot, Misionero de San Francisco de Sales
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO VII
DEBEMOS APROVECHAR NUESTRAS FALTAS PARA LA PRACTICA DE LA SATISFACCION
1. El amor no puede permanecer ocioso. San Gregorio dice: «Su testimonio son las obras», y, para producirlas, debemos utilizar el recuerdo de nuestras caídas. El fervor que el amor engendra no debe limitarse al sentimiento, debe reinar también en nuestra voluntad y fecundar nuestra conducta. Dice nuestro Santo: «La tristeza de la verdadera penitencia no se debe llamar tanto tristeza como disgusto, sentimiento y detestación del pecado; tristeza que jamás es enfadosa ni airada, ni entumece el espíritu, sino que lo hace activo y diligente; no abate el corazón, sino que lo levanta con la oración y la esperanza, y lo mueve a efectos de devoción… Es una tristeza atenta e inclinada a detestar, desechar y poner obstáculos al pecado, tanto al ya pasado como al por venir». «Nuestras imperfecciones… son un gran motivo de humildad, y la humildad produce generosidad»[
Este resultado de la verdadera penitencia tiene su principal palanca en el deber de la satisfacción. Satisfacer, según San Anselmo, es restituir a Dios el honor que le hemos quitado; según San Agustín, es destruir las ocasiones de pecado y cerrar la puerta del consentimiento a sus sugestiones. Santo Tomás justifica estas dos definiciones y las concilia admirablemente; pero sea cualquiera la que adoptemos, nos indicará perfectamente el provecho que debemos sacar de nuestras faltas.
Si reflexionamos en la malicia, en cierto modo infinita, de la injuria hecha a Dios por el pecado, aun por el más pequeño, ¡qué cantidad de fervor puede ser suficiente para compensar los hurtos de gloria a la divina Majestad, de que hemos sido culpables! ¿No nos obligan nuestras faltas a una fidelidad tanto más generosa cuanto más considerable es su gravedad y su número, según la expresión del Profeta: Convertíos al Señor, acercándoos tanto a El como os habíais alejado?. Cada una de las criaturas que nos han servido para el mal pedirá prestada la voz a los pecados que nos han hecho cometer, para gritarnos: Recédite, abíte, nolíte me tángere! ¡Atrás, retiraos, no me toquéis! (Trn 4, 15.); o por lo menos no me utilicéis en lo sucesivo, si no es para reparar vuestro criminal pasado. ¿No sentiremos la necesidad de «duplicar y aun triplicar en cierto modo las horas que Dios nos conceda todavía», con el fin de reparar el tiempo perdido? De aquí se deriva la paciencia para soportar las consecuencias humillantes o mortificantes de nuestros pecados; de aquí se derivan las santas industrias para vengar en nosotros, por medio de la mortificación, los derechos de Dios violados; de aquí se deriva, finalmente, el profundo interés por consagrarle todas nuestras facultades y oídos nuestros instantes. Todo esto es lo que nos va a recomendar San Francisco de Sales:
2. «Mi muy querida hija, conservad la paz, no tengáis inquietudes; vuestras confesiones han sido buenas hasta el exceso. Pensad para lo sucesivo en adelantar en la virtud, y no penséis más en los pecados pasados, si no es para humillaros sosegadamente delante de Dios, y para bendecir su misericordia que os los ha perdonado por la aplicación de los divinos sacramentos». «Sabéis que vuestro retraso en el camino de la santidad es consecuencia de vuestra culpa; humillaos delante de Dios, implorad su misericordia, postraos en presencia de su bondad, pedidle perdón, confesad vuestra culpa, apelad a su gracia en los oídos mismos de vuestro confesor, para que recibais la absolución; hecho esto, quedaos tranquila y, detestando la ofensa, abrazad amorosamente el pesar que sentís por la tardanza de vuestro aprovechamiento en el bien.
»Las almas que están en el purgatorio, Teótimo, están sin duda por sus pecados que han detestado y detestan soberanamente; pero sufren amorosamente el pesar y la pena, que sufren de estar detenidas en aquel lugar y privadas por algún tiempo del gozo del amor bienaventurado del Paraíso, pronunciando con devoción el cántico de la justicia divina: Justo sois, Señor, y vuestro juicio es recto (Salm 118, 137).
»Pero si la empresa comenzada por inspiración no sale adelante por culpa de aquellos a quienes se confió, ¿cómo podremos decir en este caso que hay que conformarse con la voluntad de Dios? Se podrá decir: no ha sido la voluntad de Dios la que ha impedido la realización, sino mi culpa, la cual no ha sido causada por la voluntad divina. Es verdad, hijo mío, porque Dios no es autor del pecado; pero sí es voluntad de Dios que tu falta vaya seguida de la derrota y del fracaso en tu empeño, como castigo de tu culpa. Si bien su bondad no le permite querer tu falta, su justicia sí quiere la pena que sufres. Así, Dios no fue causa de que David pecase, pero le impuso la pena debida a su pecado; no fue causa del pecado de Saul, pero sí de que, como castigo, fuese derrotado»
3. San Francisco de Sales no quiere que nos contentemos con aceptar las funestas consecuencias de nuestras caídas, como castigo legítimo de las mismas, sino que también quiere que las reparemos «apretando el paso». «Pero, me diréis, ¿qué debemos hacer para recobrar el tiempo perdido? Hay que recobrarlo aumentando el fervor y la diligencia en correr nuestro camino, durante el tiempo que nos queda»
Santa Juana Francisca de Chantal, como verdadera discípula del Santo, repetía muchas veces a sus hijas estas consoladoras palabras: «Me preguntáis ¿cómo podremos ver la voluntad de Dios en nuestras faltas e imperfecciones? Pues bien, hijas mías, porque siempre podemos ver su voluntad permisiva, que nos ha dejado caer en tales o cuales faltas, para que nos humillemos, para que nos acusemos y amemos nuestra miserable condición, y por medio de estos ejercicios reparemos nuestras faltas y obtengamos el perdón»
Esta ha sido la práctica de los Santos; dice San Ambrosio: «Se levantaban de sus caídas con más ánimos para nuevos combates, hasta tal punto que, lejos de detenerles en sus caídas, sus faltas redoblaban su fervor».
«Los hombres que se han precipitado en el mal, añade San Juan Crisóstomo, tendrán el mismo ardor para el bien; tanto más, cuanto que no ignoran la enormidad de sus deudas: Ama menos aquel a quien menos se le perdona (Lc 7, 47). Abrasados por el fuego de la penitencia, ponen su alma más limpia que el oro puro y, bajo el impulso de su conciencia y del recuerdo de sus antiguas prevaricaciones, como ayudados por el soplo de un viento impetuoso, navegan a velas desplegadas hacia la virtud. En esto llevan ventaja sobre aquellos que nunca han caído… Que la penitencia confiere a los pecadores arrepentidos un esplendor considerable, lo hemos demostrado por la Sagrada Escritura: los publicanos y las rameras os precederán y entrarán más alto que otros en el reino de los Cielos (Mt 21, 31); por eso, muchas veces, los últimos serán los primeros (Mt 19,30)»
4. Se puede objetar que, si esto es así, parece que los pecadores arrepentidos llevan ventaja sobre los justos que no han pecado, y que la justicia restablecida lleva ventaja sobre la inocencia conservada. Está lejos de nosotros la intención de establecer un paralelo entre la virtud conservada intacta y la virtud reparada, ni de exaltar a esta segunda en detrimento de la primera. La inocencia se aproxima más de cerca a la santidad infinita de Dios, la imita con mayor perfección y será siempre muy amada por su Hijo, que la ha tomado por patrimonio suyo y de su Madre. Jamás el perfume áspero de la penitencia se parecerá al aroma puro de una vida inmaculada y, como el lirio entre las demás flores, la inocencia conservará siempre su especial perfume y su deslumbrante candor. Además, al perder la inocencia, el hombre pierde una dignidad que sólo a ella pertenece y que, una vez perdida, ya no se puede recuperar de ningún modo.
Sin embargo, sin recobrar la inocencia perdida, el hombre pecador y penitente, según la doctrina de Santo Tomás, se forma a veces un tesoro mayor, reconquista una fortuna más grande: aliquid maius; porque, dice San Gregorio (Homil. de centum ovibus), aquellos que reflexionan seriamente sobre sus extravíos pasados, compensan os estragos con ganancias subsiguientes, y son objeto de gran alegría en el Cielo; del mismo modo que, en una batalla, el soldado que después de haber retrocedido, vuelve a atacar al enemigo, es más apreciado por el capitán que aquel que ha permanecido fiel en su puesto, y que no se ha señalado por ningún acto extraordinario de valor.
Por su parte, el misericordioso Salvador tiene reservados tales favores para los culpables que vuelven a El, cubre su penitencia con una efusión tan generosa de su preciosa
sangre, sabe tan bien hacer que sobreabunde la gracia donde abundó el pecado (Rom 5, 20) que, según palabras de nuestro Santo, convierte «nuestras miserias en gracias, las espinas en rosas, el veneno de nuestras iniquidades en contraveneno para la salud; así Job, imagen del pecador penitente, recibe el doble de lo que había tenido»
5.Aquí está, como ya nos lo ha dicho nuestro Doctor, el triunfo del amor. Un autor ya citado se preguntaba: ¿Hay alguna receta para recobrar el tiempo transcurrido? ¿Sería esto tanto como pretender encadenar el viento de las tempestades? Y él mismo se contesta: A Dios gracias, esa receta existe; el amor la ha inventado, el amor la ha revelado. Este secreto son las santas lágrimas, pero no las de los ojos, ya que éstas no las concede Dios a todos ni las exige a nadie, sino las lágrimas del alma, el arrepentimiento, el dolor del corazón, la contrición. Regad con ese llanto el espacio de vuestra vida que ha sido estéril, porque no quisisteis que el amor lo iluminase; y el amor vendrá llevado por esas aguas. ¿Quién sabe si delante de Dios esos años llorados no llegarán a ser más hermosos, más fecundos y más preciosos por la penitencia, que lo hubiesen sido por la inocencia? Podría ser que no tuviéseis que lamentaros de haber pecado como Magdalena, si lloráis como lloró Magdalena. Este ejemplo de Santa María Magdalena confirma tan bien esta doctrina, que San Francisco de Sales saca buen partido de él. Esto vendrá a ser el remate de las citas del amable Doctor, y el resumen de este capítulo.
6. «Magdalena se convirtió tan admirablemente que, de una criatura manchada y llena de suciedad como era, llegó a ser un vaso puro y limpio, adecuado para recibir el agua preciosa y aromática de la gracia con la que después embalsamó a su Salvador: la que, por sus pecados, era una vasija de mal olor, llegó a ser por esta conversión como una flor de delicioso aroma. Y cuanto más desagradable fue por el pecado, tanto más quedó purificada y renovarla norla gracia, igual que las flores se desarrollan y obtienen su hermosura de una materia fétida y podrida, pues cuanto más estiércol tiene la tierra en que se producen, más crecen y más hermosas se hacen. »Así esta santa, que estaba toda manchada por el pecado, llegó a ser tan bella, por la contrición y el amor con el que hizo penitencia, que podemos llamarla con justicia abogada de los cristianos e hijos de la Iglesia que, habiendo sido pecadores, no quieren morir en sus pecados, sino hacer penitencia de ellos; porque ella, que fue pecadora, según nos lo dice la Sagrada Escritura, Mulier erat in civitate peccatrix (Lc 7, 35), salió de su pecado y pidió perdón a su Dios con verdadera contrición y con un firme propósito de no volver a él, estimulando a todos los pecadores a seguir su ejemplo. »Su penitencia fue grande y generosa; lloró muchas lágrimas por sus pecados… Así como había ofendido a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con casi todos sus sentidos, así también se dedicó a hacer penitencia, y la hizo con todo su corazón, con toda su alma y con todos sus sentidos, sin reserva alguna; por eso se la puede llamar con razón abogada de los pecadores penitentes, porque a todos los superó en penitencia… »Vemos ordinariamente que los hombres que han recibido alguna ofensa, quieren que se les dé una satisfacción proporcionada a la injuria que recibieron. En la antigua ley, el que daba una bofetada a su prójimo, estaba obligado a sufrir otra, y aquel que sacaba un ojo o un diente a su hermano, sufría la misma pena: Ojo por ojo, diente por diente (Lev 24, 20).
»Esta ley está ahora derogada entre os hombres, pero nuestro Señor nos pide que, en lo que podamos, compensemos la falta cometida, haciendo por El tanto como hemos hecho ofendiéndole. No es sinrazón exigirnos esto, ya que, si hemos empleado en servir al mal nuestro corazón, nuestra alma, nuestros afectos, nuestros sentidos, es justo que, atraidos por la gracia, los empleemos y mortifiquemos en servicio del amor divino, sin reservas.
7 »En segundo lugar, Magdalena es también abogada de los justos; aunque no tenga el título de virgen, se merece ese nombre en razón de la perfecta pureza que vivió después de su conversión, y fue dotada de un amor en cierto modo mayor que el de los mismos Serafines, porque ellos tienen el amor sin trabajo, y sin trabajo lo conservan, pero la santa lo adquirió con muchos esfuerzos y cuidados, y lo conservó con temor y solicitud. Dios, en recompensa, le dio un amor firme y ardiente, acompañado de gran pureza… »Por eso es abogada de los justos, porque nada podía hacerla más justa que este santo amor, con aquella gran humildad y compunción que la tenían siempre a los pies del Salvador, el cual la amaba con el tierno y delicado amor con que ama a los justos»
8 En otro pasaje, San Francisco de Sales vuelve a tratar de la ilustre penitente, y confirma lo que antes hemos referido, con una frase magnífica: «Nuestro Señor restableció a Santa María Magdalena en la virginidad, no esencial sino reparada, la cual es a veces más excelente que aquella que, no habiendo tenido mancha, va acompañada de menos humildad»
( Continuará)

