SAN JOAQUÍN
Padre de la Santísima Virgen María
Como ya hemos visto en la pasada Fiesta de Santa Ana (26 de julio), una tradición muy extendida sostiene que la Santísima Virgen María nació como fruto de un don que el Cielo hizo a sus padres en respuesta a sus oraciones y sacrificios.
Si bien San Joaquín, el dichoso Padre de María, fue un noble varón, santísimo y de una muy esclarecida estirpe; si bien pertenezca a los padres la gloria adquirida por los hijos bajo cualesquier concepto, puesto que en ellos se refleja la educación y nobles sentimientos comunicados por aquéllos; a pesar de todas estas condiciones y cualidades, son muy pocas las noticias y antecedentes que se conservan sobre él.
En las Santas Escrituras no se hace mención de él ni se le nombra; silencio que si fuéramos a examinarlo a la luz de la ciencia teológica, no dejaríamos de hallar grandes misterios y de una muy convincente razón…
¿Cuál podría ser ésta? No otra que, porque habiéndose celebrado en la Santísima Virgen el sagrado misterio de la Maternidad Divina, el nombre de sus padres no fue necesario consignarlo para que de esta suerte se entendiese que la excelsitud y la grandeza de María es por su Hijo, y no por la obra de los hombres.
La dignidad de María le viene por su Inmaculada Concepción, ordenada a la Divina Maternidad.
Aun cuando los padres de María fueron nobilísimos de estirpe y muy santos de condición, no por ello estuvieron exentos del pecado original; y aun cuando brillaron por sus condiciones de religiosidad y virtudes, quedaron incursos en la ley general del linaje humano; condición que no comunicaron a su purísima Hija, nacida y concebida sin mancha, como Madre que había de ser del Hijo de Dios.
Mas a pesar de este silencio, son muchos los autores, y especialmente antiguos, los que se han ocupado de San Joaquín, y nos expresan, si bien muy lacónicamente y con gran sobriedad en estilo y detalles, las grandes virtudes y méritos relevantes que tuvo este gran Patriarca y Santo dichoso, como esposo de Santa Ana y Padre de la Inmaculada.
San Joaquín era natural de Sephoris, hoy Seffurich, antigua ciudad situada a seis kilómetros de Nazareth, y en la cual tenía propiedades. Fue de linaje real y el más ilustre de toda Judea, porque era de la tribu de Judá y descendía por línea recta del rey David. Su madre descendía igualmente de la sangre real, de suerte que por línea paterna y materna era nobilísimo y descendiente por tanto de los dos hijos del rey David, Natán y Salomón, y de gran número de reyes.
Mucho antes de que naciese, reveló Dios su nombre y nacimiento a los sabios de la ley, diciéndoles cómo se llamaría y cuándo nacería. Desde niño se hizo notar por sus castísimas y santas costumbres.
El nombre de Joaquín encierra en sí un significado muy grande, propio del que había de ser Padre de María, que había de concebir y dar a luz al Redentor del mundo; significa tanto como Preparación del Señor; y como expresa San Epifanio, por él se preparó el templo al Señor del mundo, que fue la Santísima Virgen María, su hija.
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En la Iglesia Oriental se celebra desde fecha muy antigua la Fiesta de San Joaquín y de Santa Ana; siendo el 9 de septiembre, el día siguiente de la Natividad de María, el señalado para festejarlos.
Entre los latinos, que la admitieron más tarde, hubo división en un principio acerca de su celebración, que tenía lugar entre el día siguiente de la Octava de la Natividad de María, 16 de septiembre, y el día que sigue a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, 9 de diciembre.
Como vemos, tanto el Oriente como el Occidente, honrando a los Padres, estuvieron de acuerdo en acercarlos a su ilustre Hija.
Hacia el año 1510 determinó Julio II que San Joaquín ocupase un lugar en el Calendario Romano con rito doble mayor; recordando los vínculos de la Sagrada Familia, en la que tan admirablemente se armonizan el orden de la naturaleza y el de la gracia, y fijó su fiesta para el 20 de marzo, día siguiente a la de San José.
Se diría que el Glorioso Patriarca debió continuar después de su muerte, a través del Calendario Litúrgico, las peregrinaciones de los primeros padres del pueblo hebreo, cuyas buenas costumbres reprodujo en su noble vida.
Apenas habían transcurrido cincuenta años después del pontificado de Julio II, la crítica de entonces ensombreció su historia e hizo desaparecer su nombre del Breviario Romano. En 1622 volvió a incluirle Gregorio XV con rito doble, y desde entonces se ha celebrado siempre su fiesta.
De tal modo creció la devoción al Padre de María Santísima, que se formularon peticiones para que su fiesta figurase entre las solemnidades de precepto, como ya figuraba la de su esposa Santa Ana. Con el fin de satisfacer a la devoción popular, sin aumentar por eso el número de días festivos, Clemente XII, en 1738, trasladó la Fiesta de San Joaquín al domingo siguiente a la Asunción de su Hija, la Santísima Virgen; a la vez le devolvía el grado de doble mayor.
León XIII, cuyo nombre de pila era Joaquín, elevó la Fiesta de su Santo Patrono, al grado de doble de segunda clase.
Finalmente, San Pío X fijó la Fiesta para el día siguiente a la Asunción de María.
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Ya hombre maduro contrajo matrimonio con una doncella tan honesta como virtuosa, natural de Belén. Sus caracteres eran muy bondadosos y semejantes en virtud y santidad, de suerte que esta igualdad de genio hacía de su vida tranquila y sosegada una verdadera morada de paz.
Constituyeron Joaquín y Ana el matrimonio más santo que hasta allí hubo en el mundo, y su matrimonio fue el que más había agradado a Dios. Así lo dijo un Ángel a Santa Brígida: “Como Dios hubiese visto todos cuantos matrimonios consumados, santos y honestos ha habido desde la creación del mundo hasta el último que se hiciere al fin de él: ninguno vio semejante al de San Joaquín y Santa Ana, en tanta caridad divina y honestidad; y así plugo que se engendrase el cuerpo de su castísima Madre de este santo matrimonio”.
Como ya sabemos, la Tradición considera a los Padres de la Santísima Virgen como dotados de bienes de fortuna. Su riqueza consistía sobre todo en rebaños, como los de los primeros patriarcas.
También es conocido que hacían el más noble uso de sus bienes, siempre prontos a prestar su ayuda al que la solicitaba, y dando siempre el doble en las ofrendas que debían a Dios.
Buena es la oración con el ayuno, y hacer limosna vale más que amontonar tesoros. San Joaquín conoció por experiencia la verdad de esta palabra del Arcángel, mejor aún que Tobías. Cuenta una tradición que hacía tres partes de la renta de sus bienes: una para el Templo, otra para los pobres y la tercera para su casa.
La Iglesia, mediante su Santa Liturgia, honra al Padre de María Santísima, y celebra en primer lugar estas larguezas benéficas y la justicia por la que mereció la gloria con que ahora espléndidamente brilla.
De este modo reza en el Introito de su Fiesta: Repartió a manos llenas sus bienes, dio a los pobres; su justicia permanecerá de siglo en siglo; su fortaleza será ensalzada con gloria. Bienaventurado el varón que teme al Señor y que se deleita sobremanera en sus mandamientos.
Los Padres de la Iglesia no se cansan de celebrar las virtudes y la santidad de Joaquín y de Ana.
«Con vuestra vida purísima y muy santa, les dice San Juan Damasceno, formasteis la joya de la virginidad, a aquella que sería virgen antes del parto, en el parto y después del parto, la única que siempre guardaría virginidad así en el cuerpo como en el alma»
Madre de Dios es el título que convierte a María en la más noble de las criaturas; pero esta nobleza de la hija de Joaquín ensalza también a éste entre todos los bienaventurados, porque sólo de él se dirá por todos los siglos que es el Padre de la Madre de Dios.
En el Cielo, mejor que aquí abajo, nobleza y poder corren parejas. Hagámonos, pues, con la Iglesia, devotos de tan alto personaje. Recemos con la Santa Liturgia:
Oh Dios, que, entre todos tus Santos, quisiste que fuese San Joaquín el Padre de la Madre de tu Hijo; haz, Te suplicamos, que sintamos perpetuamente el patrocinio de aquel cuya fiesta veneramos.
Joaquín era un hombre justo, a quien su gran mérito colocaba no sólo por encima de toda falta, sino también de toda sospecha y de todo reproche. Era renombrado por su santidad y su justicia, notable por su nobleza y sus riquezas, piadosamente fiel a la oblación de los sacrificios, solícito de agradar a Dios en todo, hombre de deseos según el Espíritu Santo.
Al igual que para Santa Ana en su Fiesta, la Epístola de la suya nos proporciona un retrato de San Joaquín:
Bienaventurado el varón que fue hallado sin mancha, y que no se fue tras el oro, ni confió en el dinero ni en los tesoros. ¿Quién es ése, y le alabaremos? Porque hizo maravillas en su vida. Fue probado con el oro y hallado perfecto; tendrá una gloria eterna. Pudo violar la ley, y no la violó; hacer el mal, y no lo hizo. Por eso, sus bienes han sido establecidos en el Señor, y toda la asamblea de los Santos pregonará sus limosnas.
El Papa León XIII resumió todos estos elogios de San Joaquín en el Decreto con que elevaba el rito de esta Fiesta.
Citando la Sagrada Escritura, que enseña que hay que alabar a los que han nacido de una ascendencia gloriosa, concluye «que se debe honrar con una veneración especialísima a San Joaquín y a Santa Ana, ya que, por haber engendrado a la Inmaculada Virgen Madre de Dios, son más gloriosos que todos los demás. Se os conoce por vuestro fruto, les dice el Damasceno; habéis dado al mundo una hija superior a los Ángeles y ahora su Reina… Ahora bien, habiendo dispuesto la misericordia divina que, en nuestros luctuosos tiempos, los honores tributados a la Bienaventurada Virgen María y su culto tomasen incremento en consonancia con las necesidades crecientes del pueblo cristiano, se precisaba que este esplendor y esta nueva gloria de que se encuentra rodeada su bienaventurada hija, redundase en sus afortunados padres. ¡Quiera Dios que, por el culto así amplificado, sienta cada vez más eficaz la Iglesia su poderosa intercesión!
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El piadoso empleo que daba Joaquín a sus bienes, atraía la bendición del Señor sobre su hogar. Pero había otra bendición que deseaba más aún, y el Cielo se le negaba: Ana, su esposa, era estéril…, lo cual era muy mal visto entre los hebreos, que consideraban la esterilidad como un castigo o maldición del Cielo.
Esta carencia de hijos, era lo único que amargaba aquella existencia tranquila y sosegada.
El santo matrimonio se entregaba mucho a la oración, acompañada de ayunos y actos de caridad, que constituían las ocupaciones de la familia modelo de matrimonios santos y virtuosos.
Aquel santo matrimonio hizo muchas promesas y ofrecimientos al Señor a fin de que les concediera fruto de bendición que les libertara de aquel oprobio. Aún más, ofrecieron al Señor en voto dedicar al Templo el fruto que les concediese, si escuchaba y atendía sus plegarias y las recibía como justas en la demanda.
Sucedió que durante las ceremonias en el Templo fue más notada la presencia del estéril matrimonio en la solemnidad de las Encenias, a la que concurría el mayor número del pueblo israelita.
Los insultos fueron mayores que otras veces, sufriéndolos con santa resignación Ana y el prudente marido.
Al presentar Joaquín las víctimas, le fueron rechazadas con desprecio por no tener descendencia.
Otra ofrenda esperaba de él el Señor del Templo…
Doloridos tornaron a suplicar al Señor con mayor fervor e instancia, y para conseguirlo, se separaron momentáneamente los esposos, retirándose Joaquín a una montaña en que tenía su majada y Ana a un huerto de su propiedad.
No pidieron en vano al Señor, que escucha siempre a todo aquel que con fe y arrepentimiento de sus culpas le invoca. Atendidas su súplica y plegarias, después de cuarenta días de preparación del espíritu, recibieron el consuelo del Señor por medio de un Ángel que les profetizó que Ana concebiría una doncella santísima que, escogida por el Señor, había de ser Madre suya y dar a luz al Mesías, tan deseado y esperado por el pueblo.
Tornó Joaquín a su casa y confió a Ana su revelación, que confirmó aquélla por haber tenido igual promesa hecha por el Señor. Agradecidos ambos santos esposos, lleno su ánimo de gozo y llenos de agradecimiento y consolados en su aflicción por las promesas del Señor que había escuchado sus ruegos, quedaron tranquilos y confiados.
Ana muy pronto pudo decir: «¡Ahora sé que el Señor me ha bendecido de un modo grande! Porque era estéril y ya he concebido.»
No es fácil ni posible explicar lo que pasaría en el corazón de Joaquín y Ana con la promesa de ser padres de la que había de dar el ser al Mesías esperado.
Les concedió el Señor por sus virtudes esta inapreciable dicha, y por ella vemos a cuánto alcanza el poder de la oración y honestas costumbres ante la mirada de Dios, y cómo recompensa a quienes con la fe y el ejemplo proclaman su grandeza.
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Retornando al comienzo, no encontramos en el Evangelio el nombre de los padres de la Santísima Virgen. Una sola cosa hay de cierto, y es, que Jesús, al ser de la raza de David, no podía serlo más que por parte de su Madre, y su Madre no podía trasmitirle este noble origen si ella no le tenía de su padre o de su madre, de San Joaquín o de Santa Ana.
Pero la verdadera nobleza de estos Santos no estriba en la línea de ascendientes que los une con David, sino en su hija, la Madre de Dios.
¡De cuánta gloria vemos, pues, coronado a San Joaquín!
Te damos gracias, Padre de María Santísima. Toda criatura te es deudora desde que el mismo Creador quiso deberte la Madre de quien determinó nacer para salvarnos.
Santifica la familia, repara nuestras costumbres; extiende tu protección a todos los cristianos; la Santa Iglesia te honra más que nunca en estos días de prueba; conoce Ella tu crédito cerca del Padre Soberano, que se dignó asociarte, sin otro intermediario que tu propia Hija, a la generación temporal de su Hijo eterno.
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Aprovechemos de esta festividad para recordar, meditar y poner en práctica algunos consejos de Pío XII a los esposos:
Toda familia es una sociedad de vida; toda sociedad bien ordenada requiere un jefe; toda potestad de jefe proviene de Dios.
Por eso también la familia tiene un jefe investido por Dios de autoridad sobre aquella que se le ha dado por compañera para constituir su primer núcleo, y sobre aquellos que, con la bendición del Señor, vendrán a acrecentarlo y alegrarlo.
Sí, la autoridad del jefe de la familia viene de Dios, como vino de Dios a Adán la dignidad y la autoridad de primer jefe del género humano, dotado de todos los dones que había de transmitir a su progenie; por eso él fue formado primero, y Eva después.
El gran Apóstol advertía la necesidad de recordar esta verdad y este hecho fundamental a los convertidos de Corinto, porque muchas ideas y costumbres del mundo pagano se los podían haber hecho olvidar fácilmente, o no comprenderlos y desfigurarlos.
¿No sentiría quizá la misma necesidad de sus amonestaciones, si hablara con no pocos cristianos de hoy día? ¿No sopla en nuestros tiempos un aire malsano de paganismo renacido?
Restablecer en la familia la jerarquía indispensable a su unidad y a su felicidad, y restituir al mismo tiempo el amor conyugal a su primitiva y verdadera grandeza, fue una de las mayores obras del cristianismo desde el día en que Cristo afirmó a la faz de los fariseos y del mundo: lo que Dios ha unido, no intente separarlo el hombre.
Al hombre la primacía en la unidad, el vigor en el cuerpo, los dones necesarios para el trabajo con que ha de proveer y asegurar el sustento de la familia; a él le fue dicho, en efecto: Con el sudor de tu frente te ganarás el pan.
A la mujer le ha reservado Dios los dolores del parto, los trabajos de la lactancia y de la primera educación de los hijos, para los cuales no valdrán nunca tanto los mejores cuidados de personas extrañas, como las afectuosas solicitudes del amor maternal.
Pero sin dejar de mantener firme la dependencia de la mujer respecto al marido, sancionada en las primeras páginas de la Revelación, el Apóstol de las gentes recuerda que Cristo, todo misericordia para nosotros y para la mujer, ha endulzado ese poco de amargura que aún quedaba en el fondo de la Ley antigua, y ha mostrado en su divina unión con la Iglesia cómo la autoridad del jefe y la sujeción de la esposa, sin que se mermen en nada, pueden ser transfiguradas por la fuerza del amor, de un amor que imite a aquel con que Él se une a su Iglesia; y de qué manera la constancia del mando y la docilidad respetuosa de la obediencia pueden encontrar, en un amor activo mutuo, el olvido de sí mismo y el generoso don reciproco, de tal modo que también de aquí nazca y se consolide la paz doméstica que, como una flor del orden y del cariño, fue difundida por San Agustín como la ordenada concordia de mandar y de obedecer entre aquellos que viven juntos.
Este ha de ser el modelo de las familias cristianas.
Maridos, habéis sido investidos de la autoridad. Cada uno de vosotros es el jefe en vuestro hogar, con todos los deberes y las responsabilidades que este título significa. No dudéis ni vaciléis, pues, en ejercer dicha autoridad; no os sustraigáis a esos deberes, no huyáis de esas responsabilidades.
La indolencia, el descuido, el egoísmo y la distracción no os deben hacer abandonar el timón de la navecilla de vuestra casa, confiado a vuestras manos; pero, ¿qué delicadeza, qué respeto, cuánto cariño deberá demostrar y practicar vuestra autoridad, en cualquier circunstancia alegre o triste, respecto a aquella que habéis escogido para compañera de vuestra vida? Como dice San Agustín, vuestros mandatos deben tener dulzura de consejos, para que la obediencia obtenga de ellos consuelo y estímulo.
Y cuando os halléis en casa, donde la conversación y el reposo conceden descanso a vuestras fuerzas, no seáis fáciles en ver y buscar los defectos pequeños, inevitables en toda cosa humana; fijaos más bien en todo lo bueno, poco o mucho, que se os ofrece como fruto de penosos esfuerzos, de cuidadosas vigilias, de afectuosas intuiciones femeninas, para hacer de vuestro hogar, aunque sea modesto, un pequeño paraíso de felicidad y de alegría.
No os conforméis con considerar bien tan grande y amarle sólo en el fondo de vuestro pensamiento y vuestro corazón, no: hacedlo notar y oír abiertamente también a aquella que no ha ahorrado ningún trabajo para procurároslo y cuya mejor y más dulce recompensa será aquella sonrisa amable, aquella mirada atenta y complaciente, aquella palabra graciosa que le harán comprender toda vuestra gratitud.
Amad a vuestras mujeres. Les sois responsables de este deber del amor como del más alto y necesario don, porque en este don está la tutela de la castidad conyugal y de la paz familiar; porque en este amor se confirma la fidelidad, se glorifica la prole, se perpetúa inviolable el Sacramento de la presencia de Dios.
Santificad a vuestras mujeres con el ejemplo de vuestra virtud; concededles el honor de que os imiten en el bien y en la vida religiosa, en la asidua laboriosidad y en la intrepidez en los momentos duros y en los no leves sufrimientos que no faltan en la vida humana.
¡Oh, hombres!, volved la mirada al hogar de San Joaquín y Santa Ana…
Ojalá que esta contemplación conserve en vuestros corazones aquellos sentimientos de grata y tierna entrega de vosotros mismos, que en sus diarias manifestaciones constituirán vuestro generoso concurso al bien y a la tranquilidad de la casa.

