EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS

Jose Tissot, Misionero de San Francisco de Sales

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SEGUNDA PARTE 
CAPÍTULO III

DEBEMOS APROVECHAR NUESTRAS FALTAS PARA AUMENTAR NUESTRA CONFIANZA EN LA MISERICORDIA DE DIOS

1. Si nuestra miseria merece que la amemos porque nos obliga a rendir homenaje a la verdad, y nos facilita la imitación de las humillaciones del Verbo hecho carne, será todavía más amable para nosotros cuando la consideremos en sus relaciones con la infinita misericordia de Dios nuestro Señor.

Anteriormente ya hemos explicado que nuestras faltas no deben desesperarnos jamás ni desalentarnos, que siempre el dolor de haberlas cometido debe ir acompañado de una invencible confianza en la Bondad divina. Las consideraciones que vamos a exponer nos harán ver que nuestros pecados y nuestras imperfecciones. lejos de disminuir esta confianza, son uno de los elementos más fecundos de ella.

Acerca de esto, los textos de nuestro Santo son abundantes y claros, y no necesitan comentarios. Pero antes voy a tomar de otras fuentes algunas reflexiones, que son como una síntesis, y las pruebas teológicas de esta consoladora doctrina. Dejemos que un eminente autor contemporáneo, ya citado, exponga y desarrolle en una página magnífica, llena de doctrina de Santo Tomás, el principio fundamental de este nuevo aspecto del arte de aprovechar nuestras faltas. Dice Mons. Gay, refiriendo la frase de San Juan Dios es amor (4, 8): «Dios ama, Dios nos ama: nos ama porque es amor. Existir, amar, y ahora que existimos, amarnos es para El una sola y misma cosa, una sola y misma necesidad. Así, pues, ¿no es la esperanza un deber para nosotros? Podemos temer excedernos en la esperanza? ¿Tendrá excusa la desconfianza, si todavía la hay en nosotros?

«Diréis: pero existe el pecado. Por desgracia, es cierto; el pecado abunda por todas partes, y donde quiera que está plantea un problema, trae una complicación, levanta un obstáculo; problema para nosotros, complicación en nosotros, obstáculo ante nosotros; pero ¿acaso hay problema para Dios? ¿Se pueden poner dificultades en sus caminos u oponerle obstáculos? Si Dios quiere, se detiene, pero únicamente porque quiere, y pasa por donde quiere pasar.

»El pecado se opone a Dios porque le ofende, pero nunca le cambia. Dios modifica sus actos, pero no sólo no modifica su esencia, sino que ni siquiera cambia su disposición primordial y sustancial para con nosotros: el amor que nos tiene. Frente a nuestra nada, su bondad se convierte en amor; frente al pecado, su amor se convierte en misericordia; y con esto queda todo dicho. Queda todo dicho, pero con una condición: que el pecador tenga esperanza; en cierto sentido, nadie tiene tantos títulos como el pecador para esperar en Dios. No hay duda de que la Santidad divina tiene tal horror al pecado, que su Justicia se ve obligada a castigaron con penas espantosas; pero, precisamente por eso, la Misericordia de Dios se conmueve más por ésta que por todas las otras desgracias que pudieran herirnos. Si se le mira por el lado de la pena que merece, el pecado es la pérdida de Dios, o cual es el mal supremo y verdaderamente la miseria absoluta. ¿A dónde ha de ir la misericordia más grande, sino a la más grande miseria? Esta es la
razón por la cual la Misericordia divina se mueve por sí misma, con el fin de que el pecador se arrepienta, tenga confianza, obtenga el perdón y se salve. De todo esto se deduce que la misma vehemencia de la cólera divina, es en Dios una fuente nueva y más viva de piedad y bondad; y es para todos nosotros un fundamento nuevo de esperanza»

2. Probado de una manera tan clara que la Misericordia de Dios no es otra cosa más que su Bondad, es decir, la esencia misma de Dios en sus relaciones con la miseria de su criatura, ya se entrevé que cada una de nuestras faltas puede llegar a ser, si queremos, una ocasión nueva para que este atributo divino se manifieste.

«Beati misericordis! Al pronunciar esta bienaventuranza, se puede afirmar que el Hijo de Dios hecho Hombre nos ha revelado su propia bienaventuranza y la de su Padre que está en los Cielos. Porque, si la misericordia, tal como puede practicarla un simple mortal, es para el que la practica un principio y una fuente de felicidad, ¿qué se podrá decir de la misericordia tal como Dios, y Dios sólo, sabe ejercerla, y qué fuente de felicidad no será incesantemente en el seno de la divinidad? Bienaventuradoslos misericordiosos: luego bienaventurado sobre todos aquel que esel único que tiene derecho de ser llamado bueno: unus est bonus Deus (Mt 19, 17). Aquel cuya esencia es la Caridad. Aquel cuya misericordia y sondad no tienen mas límites que los limites de la misma eternidad: Confiterruni Domino quoniam bonus, quoniam in aeternum misericordia eius (Salm 135). El rigor no es propio de la naturaleza de Dios. Cuando Dios cede a la cólera, hace una obra que le es extraña: irascetur ut faciat… alienum opus eius (Is 28, 21). Su mano izquierda tiene la vara de la justicia y Dios se cansa pronto de trabajar con esta mano: peregrinum est opus eius ab eo (ibidem). La mano derecha del Señor, al contrario, es el instrumento favorito de su corazón, ella es la que hace las obras de su amor… De un pecador ciego y empedernido, sabe hacer en un momento un penitente decidido: haec mutatio dexterae Excelsi (Salm 66, 2)»

Aún hay más: la misericordia no se puede ejercer sino sobre la miseria; ¿qué miseria hay más horrible que el pecado? ¿Qué objeto hay más lastimoso para una piedad infinita? De nosotros depende que esas faltas que nos convierten en reos y víctimas de la cólera divina, sean delante de Dios como una ocasión para que El manifieste un atributo que, según parece, le es más grato que la justicia: la bondad, el amor. De nosotros depende dirigirnos a su Corazón y decirle con David: Vos me perdonaréis, Señor, y borraréis mis faltas, para glorificar más vuestra perfección más amada: la misericordia: propter bonitatem tuam, Domine; y la multitud misma de mis crímenes me hace esperar más mi perdón, porque cuanto más numerosos sean, más glorificaréis vuestra misericordia: Propitiaberis peccato meo, multum est enim (Salm 24, 11). Un antiguo escritor añade: «Dios es el Maestro que nos ha enseñado a no dejarnos vencer por el mal, sino a vencer el mal con el bien (Rom 12, 21), a no devolver mal por mal, ni maldición por maldición (1 Pdr 3, 9), a colmar de beneficios a nuestros enemigos y acumular así carbones encendidos sobre sus cabezas (Rom 12, 20). No es el discípulo más que su Maestro, ni el siervo es más que su Señor (Mt 10, 24), y si vemos a los discípulos de ese divino Maestro practicar tan perfectamente esta lección, que no solamente se han mostrado llenos de benevolencia y de mansedumbre hacia sus injustos perseguidores y tiranos, sino que les han devuelto bien por mal, hasta incluso han dado su vida por salvarlos, ¿qué diremos del Maestro de quien estos santos recibieron y aprendieron una doctrina tan sublime?»

»La caridad de todos os discípulos juntos, puesta en comparación con la de Cristo, no alcanza las proporciones de una gota de agua comparada con el océano. Si una chispa de
caridad ha sido tan poderosa en ellos, ¿qué hará el incendio inmenso, infinito, de la suprema caridad de Dios?»

San Juan Crisóstomo exclama: «Jesús dice: Si amáis a los que os aman, ¿cuál será vuestra recompensa? ¿Es que no hacen esto también los gentiles? (Mt 5, 47). Y nosotros decimos de Dios: si sólo atiende, si únicamente socorre a os justos, que son sus amigos, ¿no faltará algo a su bondad?»

3. La santidad infinita de Dios se une con su bondad, para estimularla a perseguir el pecado con su odio, y para perseguir todavía más al pecador con su misericordia. «Dios —dice el Padre Segneri—tiene al pecado tan gran horror, que, con el fin de arrancarlo de los corazones, no sólo se humilló hasta la muerte cuando vistió carne mortal, sino que, aun hoy día, glorioso como está en el Cielo, se humilla hasta suplicar: Laboravi rogans (Ter 15, 6). ¿Sabéis por qué? ¿Habéis observado alguna vez a un cazador cuando va a tirar sobre la pieza? Evita el menor ruido, se agacha, si es preciso se arrastra. ¿Para qué? Para cobrar la pieza. Pues bien: ése es el objeto de las súplicas del Señor, de su paciencia, de su calma, de su silencio cuando le ofendemos. No tiene más que una sola finalidad: matar el pecado, exterminarlo totalmente.

»Si el Señor precipitase inmediatamente en el infierno a toda alma que peca gravemente, no cabe duda de que mataría siempre al pecador, pero jamás exterminaría el pecado. Al contrario, el pecado se eternizaría con ese mismo castigo. Precisamente porque el odio divino va directamente contra el pecado, y sólo indirectamente contra el pecador como consecuencia de ese pecado, Dios emplea tantas industrias; se humilla adelantándose amorosamente, con el fin de apartar el pecado del pecador y matar a aquél, salvando a éste; pierde al culpable solamente cuando la obstinación de su libre voluntad en no apartarse de la culpa no permite a Dios matar el pecado en el pecador y le obliga a matar al pecador en el pecado.

Este es el motivo que anima a la Bondad infinita a esperarnos, a invitarnos a la penitencia, y a recibirnos. Por eso, David, conociendo esta disposición de Dios, se vale de ella de una manera singular exclamando: Señor, Tú me perdonarás de mi pecado, porque es grande — Tu propitiaberis peccato meo: multum est enim (Salm 24, 11). Los que no conocen este cálculo divino creerían que el Profeta se equivoca, y que debería haber llamado grande a la misericordia divina y no al pecado, excusando a éste y atenuándolo con toda clase de consideraciones, para pedir con más atrevimiento el perdón y obtenerlo más fácilmente. Pero David estaba mejor informado. Sabía que la enormidad del pecado es un motivo más para que la Bondad divina lo extermine con mayor satisfacción, y por eso se dirige a esa divina Bondad diciendo: Enorme es mi pecado, multum est enim, con el fin de obligarla a purificarle enteramente el alma. Es lo que hace un agricultor que ve su viña dañada por un jabalí: describe con os más negros colores la ferocidad y la fuerza del animal delante de un cazador, para animarle más a que lo persiga y o mate. Tu propitiaberis peccato meo: multum est enim»

4. Si David empleaba ya este lenguaje con el Dios de los ejércitos, con cuanta más confianza no deberemos nosotros emplearlo con el Verbo encarnado para salvar a los pecadores, con Aquel que quiso desposarse con nuestra naturaleza ut misericors fieret (Heb 2, 17), para dar mayor amplitud y más generosidad a su misericordia. Bossuet no vacila en decir: «Siendo Jesucristo, como Hijo de Dios, la santidad por esencia, aunque le es muy agradable ver a sus pies a un pecador arrepentido, sin embargo ama con mayor amor a quien no a perdido nunca su inocencia… Pero tomó otros sentimientos por amor nuestro, cuando se hizo nuestro Salvador. Dios prefiere a los inocentes; pero debemos regocijarnos, cristianos, porque el Salvador misericordioso vino a buscar a los pecadores; para los pecadores fue enviado». «Su vocación es ser Salvador», dice San Francisco de Sales Dios nos libre de decir exageraciones o paradojas; pero involuntariamente acuden a nuestra memoria las palabras de un obispo a unos misioneros que se lamentaban de los pecados con que se tropezaban en su ministerio: «¿Cuál sería vuestra razón de ser si no hubiera pecadores?» Permitid que os o repitamos, Salvador nuestro Jesucristo, Sacerdote eterno: ¿Cuál sería la razón de ser de vuestra vida mortal y de vuestros inauditos sufrimientos, y para qué servirían vuestros sacramentos y vuestra Iglesia, si no hubiera pecados que perdonar? ¿Qué haríais de vuestra misericordia, si no hubiera miserables?

La alegría y el honor que el enfermo proporciona al médico a quien le confía sus llagas y su confianza en la curación, es la misma que el pecador le proporciona al divino Samaritano, ofreciéndole sus pecados para que los cure. Si bien Dios ha sido ofendido por la falta, el Salvador es glorificado por el perdón, que la destruye. Verdaderamente que parece, a juzgar por los favores con que inunda a los pródigos que a El vuelven, que quiere darles las gracias por haberle proporcionado la ocasión de satisfacer sus deseos y las necesidades de su clemencia.

«¡Ea, pues, alma mía! Si estás enferma, te pido por favor que no tengas miedo de acudir al Médico; por el contrario, ve con tanta más confianza cuanto que ha sido por ti, por venir a ti, por o que salió de su tálamo nupcial y ha marchado con pasos de gigante desde las alturas del Cielo (Salm 18). Ha venido para librarte de la enfermedad del pecado, porque sabía que el médico es necesario a los enfermos y no a los que están sanos (Mt 9, 12). ¡Locura funesta la de los pecadores que sacan motivos para huir del médico, de aquello mismo que debería darles más confianza para acudir a él! ¡Insensato el que tiene miedo de encontrar un enemigo indignado en Aquel que vino para curarle!» El impío huye sin que nadie le persiga (Prov 28, 1). Es extraño que una persona huya sin que nadie la persiga; pero más extraño todavía es que el impío huya, cuando no sólo nadie le persigue, sino que la misma bondad divina lo está llamando, corre tras él para ofrecerle su misericordia, para ofrecerle el remedio de sus males, prometiéndole que le dará todo lo que pida para su eterna salvación.

Las apariciones y las revelaciones de ParayleMonial proyectan una luz suave y encantadora sobre estos pensamientos. Un piadoso religioso dijo: «Después de la venida de nuestro Señor Jesucristo, la confianza es la virtud propia de los pecadores»; pero después de que el Corazón de Jesús se manifestó al mundo, esta confianza puede llegar hasta los límites de la audacia. ¿No es este Corazón divino el que respondió a la lanzada de Longinos derramando sobre él no sólo el perdón, sino la santidad y la gracia del martirio? ¿No alimenta este Corazón a os pecadores con la sangre que ellos hacen derramar, como el pelícano alimenta a sus polluelos en su propio costado, que ellos le abrieron[154]. ¿No quiso ser abierto, como dice San Vicente Ferrer, para mostrar a los culpables la fuente misma del perdón? ¿No es este mismo Corazón el que, desde el Sagrario, grita a todos: Venid a mí todos los que estáis agobiados, y Yo os aliviaré (Mt 11, 28)? ¿No está devorado por una sed insaciable de perdonar y de curar, y no apagamos esa sed suya llevándole nuestras faltas para que las perdone?

5. Es de observar que las almas iniciadas en los suaves secretos del Corazón de Jesús, se han convertido en os más celosos apóstoles de la confianza que debe tener el pecador y del arte de aprovechar nuestras faltas. En la vida de Santa Gertrudis hay muchos ejemplos, y Santa Margarita María repite con frecuencia: «El Corazón de Jesús es el trono de la misericordia, donde los mejor recibidos son los miserables, con tal que el amor les acompañe en el abismo de sus miserias. Cuando cometáis faltas, no os perturbéis por ello, porque esa inquietud y el excesivo apresuramiento alejan de nuestras almas a Dios y echan a Jesucristo de nuestro corazón; pidiéndole perdón, roguemos a su sagrado Corazón que satisfaga por nosotros y nos vuelva a la gracia de su divina Majestad. Hablad entonces con confianza al amabilísimo Corazón de Jesús: Pagad por vuestro pobre esclavo y reparad el mal que acabo de hacer. Transformadlo en gloria vuestra y en edificación del prójimo y salvación de mi alma. De esta forma, nuestras faltas nos sirven algunas veces mucho, para humillarnos y darnos cuenta de lo que somos, y hasta qué punto nos es provechoso estar escondidos en el abismo de nuestra nada. »Después de haberos humillado, volved a comenzar de nuevo, a ser fiel, porque al sagrado Corazón le gusta esta manera de obrar que mantiene la paz en el alma.» Reproduciremos un párrafo de una carta del Padre de la Colombiére a un alma abrumada bajo el peso de sus faltas: »Siyo estuviese en vuestro lugar, me consolaría así: diría a Dios con gran confianza: Señor, ved aquí un alma que está en el mundo para que ejercitéis vuestra admirable misericordia, y para hacerla brillar ante el Cielo y ante la tierra. Otras almas os glorifican con su fidelidad y su constancia, haciendo ver la eficacia de vuestra gracia, lo dulce y lo liberal que sois para quienes os son fieles; yo os glorificaré dando a conocer lo bueno que sois para los pecadores, y que vuestra misericordia es superior a toda la maldad, que nada es capaz de agotarla, que ninguna recaída, por vergonzosa y criminal que sea, debe hacer que un pecador se desespere de obtener el perdón. Os he ofendido gravemente, amable Redentor mío, pero más os ofendería si os hiciera el horrible ultraje de pensar que no sois lo bastante bueno para perdonarme. Vuestro enemigo y el mío me tiende cada día nuevos lazos, pero será en vano, porque me hará perderlo todo menos la esperanza que tengo en vuestra misericordia; aunque cayera cien veces, aunque mis crímenes fueran cien veces más horribles de lo que son, seguiría esperando en Vos. Después de esto, me parece que no me costaría trabajo nada de lo que pudiera hacer para reparar mi falta y el escándalo que hubiera dado…, luego volvería a empezar a servir a Dios con mayor fervor que antes, y con la misma tranquilidad que si nunca le hubiese ofendido»

»La venerable Madre María Sales Chappuis, cuya ocupación, según ella misma decía, era «sondear el Corazón de Dios», no dudaba en decir: «Aunque cada vez que respiramos cayésemos en una falta, si otras tantas veces nos volvemos a Dios para volver a comenzar, nuestras caídas no nos dañarían. El Señor mira menos las faltas que el provecho que sacamos de ellas, si las empleamos para humillarnos ante El y hacernos pequeños, bondadosos. Entonces no perjudican nada, ni debilitan su voluntad hacia nosotros. Es una gracia muy grande para un alma conocer sus propias faltas; este conocimiento le hace descubrir la bondad de Dios y el precio de los méritos del divino Salvador.»

( Continuará)