SANTA CLARA DE ASÍS

Clara nació en Asís, Italia, en 1193. Su padre, Favarone Offeduccio, era un caballero rico y poderoso. Su madre, Ortolana, descendiente de familia noble y feudal, era una mujer muy cristiana, de ardiente piedad y de gran celo por el Señor.

Desde sus primeros años Clara se vio dotada de innumerables virtudes y aunque su ambiente familiar pedía otra cosa de ella, siempre desde pequeña fue asidua a la oración y mortificación. Siempre mostró gran desagrado por las cosas del mundo y gran amor y deseo por crecer cada día en su vida espiritual.

Ya en ese entonces se oía de los Hermanos Menores, como se les llamaba a los seguidores de San Francisco.

San Francisco

Clara sentía gran compasión y gran amor por ellos, aunque tenía prohibido verles y hablarles. Ella cuidaba de ellos y les proveía, enviando a una de las criadas. Le llamaba mucho la atención como los frailes gastaban su tiempo y sus energías cuidando a los leprosos. Todo lo que ellos eran y hacían le llamaba mucho la atención y se sentía unida de corazón a ellos y a su visión.

La conversión de Clara hacia la vida de plena santidad se efectuó al oír un sermón de San Francisco de Asís. En 1210, cuando ella tenía 18 años, San Francisco predicó en la catedral de Asís los Sermones de Cuaresma e insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo hay que librarse de las riquezas y bienes materiales. Al oír las palabras: «Este es el tiempo favorable… es el momento… ha llegado el tiempo de dirigirme hacia el que me habla al corazón desde hace tiempo… es el tiempo de optar, de escoger…», sintió una gran confirmación de todo lo que venía experimentando en su interior.

Durante todo el día y la noche, meditó en aquellas palabras que habían calado lo más profundo de su corazón. Tomó esa misma noche la decisión de comunicárselo a Francisco y de no dejar que ningún obstáculo la detuviera en responder al llamado del Señor, depositando en Él toda su fuerza y entereza.

Clara sabía que el hecho de tomar esta determinación de seguir a Cristo, y sobre todo de entregar su vida a la visión revelada a Francisco, iba a ser causa de gran oposición familiar.

Santa Clara se fuga de su casa el 18 de Marzo de 1212, un Domingo de Ramos, empezando así la gran aventura de su vocación. Se sobrepuso a los obstáculos y al miedo para darle una respuesta concreta al llamado que el Señor había puesto en su corazón. Llega a la humilde Capilla de la Porciúncula donde la esperaban Francisco y los demás Hermanos Menores y se consagra al Señor por manos de Francisco.

Porciuncula

De rodillas ante San Francisco, hizo Clara la promesa de renunciar a las riquezas y comodidades del mundo y de dedicarse a una vida de oración, pobreza y penitencia.

El santo, como primer paso, tomó unas tijeras y le cortó su larga y hermosa cabellera, y le colocó en la cabeza un sencillo manto, y la envió a donde unas religiosas que vivían por allí cerca, a que se fuera preparando para ser una santa religiosa.

Días más tardes fue trasladada temporalmente, por seguridad, a las monjas Benedictinas, ya que su padre, al darse cuenta de su fuga, salió furioso en su búsqueda con la determinación de llevársela de vuelta al palacio. Pero la firme convicción de Clara, a pesar de sus cortos años de edad, obligaron finalmente al Caballero Offeduccio a dejarla.

Días más tarde, San Francisco, preocupado por su seguridad, dispone trasladarla a otro monasterio de Benedictinas situado en San Angelo. Allí la sigue su hermana Inés, quien fue una de las mayores colaboradoras en la expansión de la Orden y la hija (si se puede decir así) predilecta de Santa Clara. Le sigue también su prima Pacífica.

San Francisco les reconstruye la capilla de San Damián, lugar donde el Señor había hablado a su corazón diciéndole «Reconstruye mi Iglesia».

Iglesia de San Damian

Cuando se trasladan las primeras Clarisas a San Damián, San Francisco pone al frente de la comunidad, como guía de Las Damas Pobres a Santa Clara. Al principio le costó aceptarlo pues por su gran humildad deseaba ser la última y ser la servidora, esclava de las esclavas del Señor. Pero acepta y con verdadero temor asume la carga que se le impone, entiende que es el medio de renunciar a su libertad y ser verdaderamente esclava.

Así se convierte en la madre amorosa de sus hijas espirituales. Santa Clara acostumbraba tomar los trabajos más difíciles, y servir hasta en lo mínimo a cada una. Pendiente de los detalles más pequeños y siendo testimonio de ese corazón de madre y de esa verdadera respuesta al llamado y responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos.

La humildad brilló grandemente en Santa Clara y una de las más grandes pruebas de su humildad fue su forma de vida en el convento, siempre sirviendo con sus enseñanzas, sus cuidados, su protección y su corrección. La responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos no la utilizó para imponer o para simplemente mandar en el nombre del Señor. Lo que ella mandaba a sus hijas lo cumplía primero ella misma con toda perfección. Se exigía más de lo que pedía a sus hermanas.

Con su gran pobreza manifestaba su anhelo de no poseer nada más que al Señor. Y esto lo exigía a todas sus hijas. Para ella la Santa Pobreza era la reina de la casa. Rechazó toda posesión y renta, y su mayor anhelo era alcanzar de los Papas el privilegio de la pobreza, que por fin fue otorgado por el Papa Inocencio III.

Para Santa Clara la pobreza era el camino en donde uno podía alcanzar más perfectamente esa unión con Cristo. Este amor por la pobreza nacía de la visión de Cristo pobre, de Cristo Redentor y Rey del mundo, nacido en el Pesebre. Aquel que es el Rey y, sin embargo, no tuvo nada ni exigió nada terrenal para sí y cuya única posesión era vivir la voluntad del Padre. La pobreza alcanzada en el Pesebre y llevada a su culmen en la Cruz. Cristo pobre cuyo único deseo fue obedecer y amar.

Habito de Santa Clara

La pobreza la conducía a un verdadero abandono en la Providencia de Dios. Ella, al igual que San Francisco, veía en la pobreza ese deseo de imitación total a Jesucristo. No como una gran exigencia opresiva sino como la manera y forma de vida que el Señor les pedía y la manera de mejor proyectar al mundo la verdadera imagen de Cristo y Su Evangelio.

A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: «Mi Padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros».

Para Santa Clara la oración era la alegría, la vida; la fuente y manantial de todas las gracias, tanto para ella como para el mundo entero. La oración es el fin en la vida Religiosa y su profesión.

Profesion de Santa Clara

Milagros de Santa Clara

En 1241 los sarracenos atacaron la ciudad de Asís. Cuando se acercaban a atacar el convento que está en la falda de la loma, en el exterior de las murallas de Asís, las monjas se fueron a rezar muy asustadas, y Santa Clara que era extraordinariamente devota al Santísimo Sacramento, tomó en sus manos la custodia con la hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes. Ellos experimentaron en ese momento tan terrible oleada de terror que huyeron despavoridos.

Santa Clara de Asis

En otra ocasión los enemigos atacaban a la ciudad de Asís y querían destruirla. Santa Clara y sus monjas oraron con fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.

Cuando solo tenían un pan para que comieran cincuenta hermanas, Santa Clara lo bendijo y, rezando todas un Padre Nuestro, partió el pan y envió la mitad a los hermanos menores y la otra mitad se la repartió a las hermanas. Aquel pan se multiplicó, dando a basto para que todas comieran. Santa Clara dijo: «Aquel que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?»

Larga agonía

Santa Clara estuvo enferma 27 años en el convento de San Damiano, soportando todos los sufrimientos de su enfermedad con paciencia heroica. En su lecho bordaba, hacía costuras y oraba sin cesar.

San Francisco ya había muerto pero tres de los discípulos preferidos del Santo, Fray Junípero, Fray Ángel y Fray León, le leyeron a Clara la Pasión de Jesús mientras ella agonizaba. La Santa repetía: «Desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan».

El 10 de agosto del año 1253 a los 60 años de edad y 41 años de ser religiosa, y dos días después de que su Regla fuese aprobada por el Papa, se fue al Cielo a recibir su premio. En sus manos, estaba la Regla bendita, por la que ella dio su vida.

En la Basílica de Santa Clara encontramos su cuerpo incorrupto y muchas de sus reliquias.

Cuerpo Incorrupto Santa Clara

En el convento de San Damiano, se recorren los pasillos que ella recorrió. Se entra al cuarto donde ella pasó muchos años de su vida acostada, se observa la ventana por donde veía a sus hijas. También se conservan el oratorio, la capilla, y la ventana por donde expulsó a los sarracenos con el poder de la Sagrada Eucaristía.

Convento San Damiano

De los milagros de Santa Clara
después que salió del mundo

De los liberados del demonio

Un niño de Perusa, de nombre Jacobino, más que enfermo parecía poseído de un pésimo demonio. Así, unas veces se arrojaba desesperadamente al fuego, otras se golpeaba contra el suelo; y, por último, mordía las piedras hasta romperse los dientes, hiriéndose miserablemente la cabeza y desgarrándose hasta dejar ensangrentado todo su cuerpo. Con la boca torcida, sacando la lengua fuera, con tal extraña habilidad contorsionaba frecuentemente sus miembros haciéndose una bola, que colocaba la rodilla sobre el cuello. Dos veces al día le acometía esta locura al muchacho; y ni entre dos personas podían impedir que se despojara de sus vestidos. Se busca la ayuda de médicos competentes, pero no se encuentra quien pueda solucionar su situación.

Su padre, llamado Guidoloto, al no haber encontrado entre los hombres remedio alguno para tanto infortunio, recurre al valimiento de santa Clara. ¡Oh virgen santísima! -exclama-; ¡oh Clara!, digna de veneración para todo el mundo, a ti te ofrezco mi desgraciado hijo, de ti imploro con toda instancia su salud. Lleno de fe, acude presuroso al sepulcro de la santa, y, colocando al muchacho sobre la tumba de la virgen, obtiene el favor en el instante mismo en que lo solicita. En efecto, el muchacho queda al momento libre de aquella enfermedad y nunca más es molestado de semejante mal.

Una endemoniada

Alejandrina de la Fratta, de la diócesis de Perusa, estaba atormentada por un demonio crudelísimo. A tal punto la había reducido a su poder, que la hacía revolotear como una avecilla encima de una alta roca que se erguía sobre la corriente impetuosa del río; y deslizarse luego por la delgadísima rama de un árbol asomado a las aguas del Tíber, y jugar allí como en un circo; para remate y a causa de sus pecados, habiendo quedado paralítica del costado izquierdo y teniendo la mano contrahecha, de nada le sirvieron los remedios tantas veces intentados.

Con arrepentido corazón se llega a la tumba de la gloriosa virgen Clara; invocada su protección contra aquella triple desgracia, logra saludable resultado con un solo remedio. Pues queda expedita la mano contrahecha, recobra la salud el costado y la posesa queda libre del demonio.

De uno que sanó de locura furiosa

A un joven francés que iba en el séquito de la Curia le había atacado una locura furiosa privándole del uso de la palabra y agitándole el cuerpo monstruosamente. Nadie lograba refrenarlo en modo alguno, antes bien, se revolvía del modo más horrible entre las manos de quienes intentaban contenerlo. Lo atan con cuerdas a unas angarillas y sus compatriotas lo conducen, contra su voluntad, a la iglesia de Santa Clara; lo colocan ante el sepulcro de la santa y de inmediato, gracias a la fe de quienes lo acompañan, se ve libre de su mal.

De la curación de un epiléptico

Valentín de Espelo se hallaba tan minado por la epilepsia, que seis veces por día caía en tierra dondequiera que se hallara. Padecía además contracción de una pierna, por lo que no podía andar expeditamente. Montado sobre un asnillo, lo conducen al sepulcro de Santa Clara, donde queda tendido durante dos días y tres noches; al tercer día, sin que nadie lo tocase, su pierna hizo un gran ruido e inmediatamente quedó sano de ambas enfermedades.

De un ciego que recobró la vista

Santiaguito, llamado el hijo de la Espoletana, enfermo de ceguera por espacio de doce años, necesitaba un guía para moverse, pues de otro modo caminaba perdido. Ya en cierta ocasión, abandonado por su lazarillo, cayó desde una altura fracturándose un brazo e hiriéndose en la cabeza.

Una noche, mientras dormía cabe el puente de Narni, se le apareció en sueños una señora que le dijo: Santiaguito, ¿por qué no vienes a Asís a verme y te curarías? Al levantarse por la mañana cuenta, estremecido, a otros dos ciegos su visión. Estos le responden: Oímos hablar, hace poco, de una dama que ha muerto en la ciudad de Asís, y se dice que el poder del Señor honra su sepulcro con gracias de curaciones y muchos milagros.

Oído esto, se pone en camino con gran diligencia y, albergándose aquella noche en Espoleto, se repite la misma visión. Se apresura aún más, parece que vuela por el ansia de recobrar la vista.

Mas, al llegar a Asís, se encuentra con que son tantos los que se aglomeran alrededor del mausoleo de la virgen, que de ningún modo puede él acercarse hasta la tumba. Lleno de fe y más aún de pena porque no puede pasar, apoya la cabeza sobre una piedra y se duerme allí afuera. Y he aquí que por tercera vez oye la misma voz que le dice: Santiago, el Señor te concederá el favor si logras entrar.

En despertando, pide entre lágrimas a la muchedumbre, gritando y redoblando sus ruegos, que, por amor de Dios, le permitan pasar. Habiéndole abierto paso, arroja el calzado, se despoja de sus vestidos, se ciñe al cuello una correa y, tocando el sepulcro, en esta humilde actitud, se adormece en un leve sueño. Levántate -le dice la bienaventurada Clara-, levántate, que ya estás curado.

Incorporándose de pronto, disipada toda su ceguera, desaparecida toda oscuridad de sus ojos, contempla, claramente, gracias a Clara, la claridad de la luz; y glorifica al Señor alabándolo e invita a todos a bendecir a Dios por tan maravilloso portento.

De la recuperación de una mano inutilizada

Un hombre de Perusa, llamado Bongiovanni di Martino, se había enrolado con sus paisanos contra los de Foligno. Se armó una pelea entre los dos bandos, y una pedrada le fracturó malamente una mano. Deseando vivamente curarse, gastó con los médicos mucho dinero, sin que todos aquellos recursos pudieran evitar que la mano le quedara inútil e incapaz para cualquier trabajo. Molesto de soportar el peso de aquella mano derecha, que ni suya le parecía ya y que de nada le servía, manifestó varias veces el deseo de que se la cortaran.

Pero al oír hablar de los prodigios que el Señor se dignaba realizar por medio de su sierva Clara, hace voto y va presuroso al sepulcro de la virgen: ofrece una mano de cera y se postra sobre la tumba de la Santa. Y en seguida, antes ya de salir de la iglesia, su mano recobra la salud.

De los contrahechos

Un tal Pedrito, del castillo de Bettona, consumido por una enfermedad de tres años, aparecía como disecado, desgastado por tan prolongado mal. Debido al mismo, se había contrahecho tanto de la cintura, que, siempre encorvado y doblado hacia el suelo, apenas podía andar ayudado de un bastón.

El padre del niño recurre a la experiencia y habilidad de muchos médicos, en particular de los especialistas en fracturas de huesos. Estaba dispuesto a gastar todos sus bienes con tal de recuperar la salud del niño. Mas como todos respondieran que no había curación posible para aquel mal, acudió a la intercesión de la nueva Santa, cuyos prodigios oía contar. Lleva al niño a donde descansan los preciosos restos de la virgen y, poco después de presentarse ante el sepulcro, recibió la gracia de la curación completa, ya que inmediatamente se yergue derecho y sano, andando y saltando y alabando a Dios, e invita al pueblo allí congregado a alabar a Santa Clara.

Había un muchacho de diez años, de la villa de San Quirico, de la diócesis de Asís, tullido desde el vientre de su madre; tenía las piernas delgadas, andaba de través y, caminando zigzagueante, apenas si podía levantarse cuando caía. Su madre lo había ofrecido muchas veces en voto al bienaventurado Francisco, sin lograr la más leve mejoría.

Enterándose a la sazón de que la bienaventurada Clara brillaba con el esplendor de recientes milagros, condujo al muchacho a su sepulcro. Pasados algunos días, resonaron los huesos de sus tibias, y los miembros se le enderezaron recobrando su forma natural; y aquello que san Francisco, implorado con tantos ruegos, no le había otorgado, se lo concedió su discípula Clara, por el divino favor.

Un ciudadano de Gubbio, de nombre Santiago de Franco, tenía un niño de cinco años que, por debilidad de los pies, ni había andado nunca ni podía andar; el hombre se lamentaba por aquel hijo, cual si fuera un monstruo de su casa y el oprobio de la familia. El niño solía estar tendido en el suelo, se arrastraba por el polvo, intentando de cuando en cuando ponerse en pie con la ayuda de un bastón, sin lograrlo nunca: la naturaleza, que le infundía el deseo de andar, le negaba la posibilidad.

Sus padres lo encomiendan al valimiento de Santa Clara y, para expresarlo con sus propias palabras, quieren que sea el «hombre de santa Clara» si logra mediante ella la curación. Hecho el voto, acto seguido, la virgen de Cristo cura a «su hombre», restituyendo la facultad de andar normalmente al niño que le habían ofrecido. De inmediato sus padres, llegándose presurosos a la tumba de la virgen con el niño, que brincaba y saltaba de júbilo, lo consagran al Señor.

Una mujer del castillo de Bevagna, llamada Pleneria, que sufría desde hacía mucho tiempo encogimiento de cintura, no podía andar si no era sosteniéndose con un bastón. Pero a pesar de la ayuda del bastón, no lograda enderezarse, sino que se arrastraba con vacilantes pasos.

Un viernes se hizo llevar hasta el sepulcro de Santa Clara; allí, orando con suma devoción, obtuvo de inmediato lo que confiadamente pedía. De modo que al día siguiente, sábado, lograda la completa curación, quien había tenido que ser llevada por los otros regresó a su casa por sus propios pies.

De la curación de varios tumores de garganta

Una muchacha de Perusa había soportado con mucho dolor y por largo tiempo unos tumores de garganta que comúnmente se llaman escrófulas. Se le podían contar hasta veinte, de modo que su garganta aparecía bastante más abultada que la cabeza de la muchacha. La madre la llevó muchas veces al sepulcro de la virgen Clara, donde, con grandísima devoción, imploraba de la Santa su favor. Y habiéndose quedado la muchacha postrada allí toda una noche ante el sepulcro, rompió a sudar, y las escrófulas comenzaron a ablandarse y a derivar un poco de su lugar. Poco a poco, pasado un tiempo, por los méritos de Santa Clara, de tal modo desaparecieron, que no quedó en absoluto ni rastro de las mismas.

Un mal semejante tenía en su garganta una de las hermanas, por nombre Andrea, en vida todavía de Santa Clara. Extraño es en verdad que, en medio de aquellas piedras incandescentes, se ocultase un alma tan fría y que, entre las vírgenes prudentes, hiciese el tonto tal imprudente. Lo cierto es que una noche apretó Andrea su garganta hasta el ahogo, con el intento de expulsar por la boca aquel cuajarón, queriendo sobreponerse por su cuenta a la divina voluntad.

Mas al momento, Clara, por inspiración, tuvo conocimiento del hecho. «Corre -dice a una de las hermanas-, corre volando al piso de abajo y dale a sorber a la hermana Andrea de Ferrara un huevo pasado por agua, y sube con ella aquí».

Bajando aquélla presurosa, encontró a la dicha Andrea privada del habla, próxima a la asfixia a causa de la opresión de sus manos. La levanta como puede y la lleva consigo a donde la madre; y la sierva de Dios le dice: «Miserable, confiesa al Señor tus pensamientos, que también yo los conozco a fondo. Mira, lo que tú pretendiste curar lo curará el Señor Jesucristo. Pero haz por mejorar tu vida, porque de otra enfermedad que has de padecer no te recuperarás».

Tras estas palabras recibió el espíritu de compunción y mejoró de vida muy notablemente. De allí a poco, ya curada del tumor, falleció de otra enfermedad.

De los salvados de los lobos

La salvaje ferocidad de los crueles lobos asolaba la comarca; es más, muchas veces, abalanzándose sobre los hombres, se alimentaban de carne humana.

Le sucedió a una mujer, de nombre Bona, de Monte Galliano, de la diócesis de Asís, que tenía dos hijos; apenas acababa de llorar la pérdida de uno de ellos arrebatado por los lobos cuando he aquí que éstos se precipitaron con la misma ferocidad sobre el segundo. Estaba, en efecto, la madre en su casa entregada a los quehaceres del hogar cuando un lobo clava los dientes en el niño que se entretenía afuera, y, mordiéndolo en el cuello, huye a toda velocidad con su presa a la selva.

Al oír los chillidos del niño, unos hombres que estaban en los viñedos gritan a la madre: «Mira a ver si tienes ahí contigo a tu hijo, porque acabamos de oír hace un momento gritos extraños».

Al darse cuenta la madre de que el hijo le había sido arrebatado por el lobo, levanta al cielo su clamor y, llenando el aire de lamentos, invoca a la virgen Clara, diciendo: «Gloriosa santa Clara, devuélveme a mi desdichado hijo. Devuelve -repite-, devuelve a la infeliz madre su tierno hijo.».

Entretanto, los vecinos, corriendo tras el lobo, encuentran al niñito abandonado por él en la selva y, junto a él, un perro que le lame las heridas. La fiera salvaje primero lo había atrapado por el cuello; luego, para llevar más fácilmente su presa, lo enganchó por la cintura; en ambas partes había dejado huellas bien marcadas de sus dentelladas salvajes.

La señora, viendo atendido su ruego, acude con las vecinas donde su protectora y, mostrando a quien quiera ver las varias heridas del niño, prorrumpe en agradecimiento a Dios y a la santa.

Una muchacha del castillo de Cannara estaba sentada a pleno día en el campo; otra mujer había reclinado su cabeza en su regazo. Cuando, de pronto, un lobo, ávido de carne humana, dirige sus pasos furtivos en busca de una presa. La muchacha lo vio ciertamente; pero, creyendo que era un perro, ni se alarmó. Y mientras seguía registrando la cabellera de la que tenía en el regazo, la temible fiera se lanza sobre ella y, atrapándole el rostro con sus anchas fauces abiertas, corre con la presa hacia la selva.

Se levanta inmediatamente la mujer enloquecida y, acordándose de santa Clara, grita con todas sus fuerzas: «Auxilio, santa Clara, auxilio; a ti te encomiendo ahora esta jovencita». En seguida -cosa increíble- la que era transportada entre los dientes del lobo le increpa a éste, diciéndole: «Oye, ladrón, ¿te atreverás a llevarme aún, después que me han encomendado a tan santa virgen?» Confundido con esta invectiva, depositó al punto muellemente en tierra a la muchacha y, como ladrón sorprendido, huyó corriendo.

BENDICIÓN DE SANTA CLARA A SUS HERMANAS E HIJAS

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El Señor os bendiga y os guarde. Os muestre su faz y tenga misericordia de vosotras. Vuelva su rostro a vosotras y os dé la paz , a vosotras, hermanas e hijas mías, y a todas las otras que han de venir y permanecer en vuestra comunidad, y a todas las demás, tanto presentes como futuras, que perseveren hasta el fin en todos los otros monasterios de Damas Pobres.

Yo, Clara, sierva de Cristo, plantita de nuestro muy bienaventurado padre San Francisco, hermana y madre vuestra y de las demás hermanas pobres, aunque indigna, ruego a Nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia y por la intercesión de su Santísima Madre Santa María, y del bienaventurado Miguel Arcángel y de todos los santos ángeles de Dios, de nuestro bienaventurado Padre Francisco y de todos los santos y santas, que el mismo Padre celestial os dé y os confirme ésta su santísima bendición en el cielo y en la tierra: en la tierra, multiplicándoos en su gracia y en sus virtudes entre sus siervos y siervas en su Iglesia militante; y en el cielo, exaltándoos y glorificándoos en la Iglesia triunfante entre sus santos y santas.

Os bendigo en vida mía y después de mi muerte, como puedo y más de lo que puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3) ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas en el cielo (cf. Ef 1,3) y en la tierra, y con las que el padre y la madre espiritual ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas espirituales. Amén. Sed siempre amantes de Dios y de vuestras almas y de todas vuestras hermanas, y sed siempre solícitas en observar lo que habéis prometido al Señor. El Señor esté siempre con vosotras, y ojalá que vosotras estéis siempre con Él. Amén.

SANTA CLARA

 

Maria Clara Maldocena