Jose Tissot, Misionero de San Francisco de Sales
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I
DEBEMOS APROVECHAR NUESTRAS FALTAS PARA HUMILLARNOS POR EL CONOCIMIENTO DE NUESTRA MISERIA
1. No desanimarnos, ni siquiera asombrarnos, después de nuestras caídas, son disposiciones indispensables y, al mismo tiempo, altamente saludables. Sin embargo, esto no s más que la parte negativa del arte de utilizar nuestras faltas. Ahora vamos a ocuparnos de la parte positiva, aprendiendo cómo podemos aprovechar para nuestro progreso espiritual nuestros propios pecados, a pesar de su fealdad y malicia. Está claro que este provecho no viene de los pecados en sí mismos, sino de la misericordia de Dios y de la gracia de Jesucristo, que hace servir nuestras iniquidades para su bondad, y nuestras flaquezas para nuestra salvación. El estiércol es corrupción y podredumbre y, no obstante, como dice San Bernardo, «el labrador y el jardinero se sirven de él para hacer que la tierra produzca frutos más hermosos y abundantes. De la misma manera, Dios se sirve de nuestras faltas para hacer producir a nuestra alma numerosos frutos de virtudes, y su bondad, que sabe siempre utilizar nuestras voluntades y acciones desordenadas para la belleza del orden divino, se digna también emplearlas para nuestro adelantamiento»
Este provecho será mayor si, por una parte, perseguimos nuestras faltas con odio más vivo y con guerra más implacable, y por otra, colaboramos más activamente con los designios de Dios, que las ha permitido para nuestro bien. Es necesario secundar los planes del Redentor que la Iglesia nos descubre; combatir a Satanás con sus propias armas; volver contra él sus malas artes; y encontrar remedio en las mismas heridas que nos causa[87]. Haciéndolo así, comprobaremos con feliz experiencia lo que dice San Juan Crisóstomo: «Con frecuencia, el diablo mismo nos es de gran utilidad; hay que saber hacerle servir para nuestro provecho. Así la ganancia que nos proporciona será inapreciable»
San Agustin resume esta ganancia en pocas palabras. Todo contribuye al bien de aquellos que aman a Dios, dice repitiendo a San Pablo: sí, todo, hasta las caídas, omnia, imo ipso lapsus in peccata; porque nos queremos levantar más humildes, más vigilantes y más fervorosos; nam ex casu humiliores, cautiores et ferventiores resurgunt»[89]. Este es el pensamiento de San Francisco de Sales: «Benditas imperfecciones, que nos hacen reconocer nuestra miseria, nos ejercitan la humildad, en el desprecio de nosotros mismos, en la paciencia y en la diligencia»
2. Hablemos de la primera de estas tres ventajas: la humildad, porque es la primera que señala el bienaventurado Obispo de Ginebra, siguiendo a San Agustín. «Quiera el Espíritu Santo inspirarme lo que tengo que escribiros, señora. Para vivir en constante devoción, basta establecer sólidas y saludables máximas en el espíritu. La primera que deseo al vuestro, es la de San Pablo: todo contribuye al bien de aquellos que aman a Dios (Rom 8, 18). Y es verdad, porque si Dios puede y sabe sacar bienes de los males. ¿Por quién mejor hará todo esto que por aquellos que se le han entregado sin reservas? Si. hastalos pecados—de los que Dios, por su bondad nos preserve—se ven reducidos por la divina Providencia a servir para el bien de aquellos que aman a Dios. Nunca fue David tan lleno de humildad como después de haber pecado»
«Debéis aborrecer vuestras imperfecciones… con un aborrecimiento sereno, mirarlas con paciencia, y utilizarlas para rebajar vuestra propia estimación; debéis sacar el provecho de un santo desprecio por vosotros mismos»
Si hay algún tormento en este mundo para loscorazones que ambicionan santamente la perfección, es el doble sentimiento de la necesidad de la humildad y el de las dificultades para alcanzarla. Por una parte, esta virtud «tan necesaria al hombre en esta vida, base y fundamento de todas las virtudes»,es «la madre, la raíz y el lazo de unión de todos los demás bienes»;y por otra parte, cuando parece que debería germinar y florecer espontáneamente en el suelo corrompido de nuestra miseria, tropieza con el orgullo, principiode todo pecado (Ecles 10, 15.) , que más arraigado que la humildad, pretende ahogarla continuamente.
No hay palabra para expresar la fuerza y la astucia de este demonio de la soberbia, ni el ingenio y la variedad de sus artimañas. Es una verdadera serpiente que ha nacido con nosotros, y quisiera enredar en sus anillos y enconar con su veneno todas nuestras pasiones, las más santas y las más indiferentes, nuestros más secretos pensamientos y nuestras más rectas intenciones. «Se alimenta con frecuencia de nuestras mismas virtudes, y trata de aprovecharse hasta de los dones más exquisitos de Dios»[96]. Si alguna vez parece adormecerse, es para introducirse con mayor comodidad en nuestra alma llena de ilusiones; si se muestra, si se deja herir, es para triunfar con los mismos golpes que le asestamos. En fin, según San Francisco de Sales, «la soberbia es un mal tan corriente entre los hombres, que nunca se les predicará ni se les inculcará suficientemente la necesidad que tienen de perseverar en la práctica de la santa y amabilísima virtud de la humildad»
3. Contra ese enemigo de una virtud tan indispensable, nadie puede presumir de estar suficientemente armado, y puesto que no nos es dado matarlo en esta vida, debemos por lo menos aprovechar todos los medios para debilitarlo y neutralizar sus ataques. Entre estos medios, uno de los más eficaces nos lo proporcionan precisamente nuestras faltas. Así como la quijada de un animal fue en manos de Sansón un arma mortal contra os filisteos, de igual manera, nuestros pecados, por repugnantes que sean, pueden convertirse en una maza poderosa contra la soberbia y ser ocasión de nuestra salud y nuestra perfección.
Efectivamente, si la soberbia es una estimación y un amor desordenado de nuestra propia excelencia, la humildad, dice nuestro Santo, es el «verdadero conocimiento y voluntario reconocimiento de nuestra miseria». ¿Qué cosa hay más apropiada para producir en nosotros este verdadero conocimiento que la vista de nuestras faltas? Estas son realmente, según la ingeniosa expresión del P. Alvarez, como otras tantas ventanas por las que penetra una luz abundante sobre nuestras miserias.Más eficaces que las humillaciones que nos vienen de los acontecimientos o de los hombres, nos iluminan y nos convencen de la inutilidad de las fuerzas más vivas y más íntimas del alma; y San Francisco de Sales agrega: «Este conocimiento de nuestra nada no debe inquietarnos, sino que nos debe hacer mansos, humildes y pequeños delante de Dios. El amor propio es el que nos hace perder la paciencia, al vernos pobres y miserables. «¡Pero, me diréis, soy tan miserable, estoy tan lleno de imperfecciones! ¿Lo veis con claridad? Pues bendecid a Dios, que os ha dado este conocimiento y no os lamentéis tanto. Sois dichosos si conocéis que sois más que la misma miseria»].«Hay que decir la verdad: somos unos pobres hombres, que solos no podemos hacer ninguna cosa bien»
«Os aseguro que seréis fiel, si sois humilde.
—¿Pero seré humilde?
—Sí, si queréis serlo.
—Pues yo quiero.
—Entonces ya lo sois.
—Pero yo veo que no lo soy.
—Tanto mejor, porque eso sirve para que lo seais con más seguridad»
«Nuestras limitaciones para sacar adelante los negocios, tanto interiores como exteriores, son un gran motivo de humildad, y la humildad produce y sostiene la generosidad»
¿Cómo confiar en uno mismo y creer ser algo, cuando nos vemos derribados al primer soplo de la tentación, cuando vemos que nuestros propósitos se desvanecen como una chispa, como la estopa arrojada a la llama — ut favilla stuppae… quasi scintilla? (Is 1, 31). ¡Cómo pierde su fuerza el orgullo en aquel a quien una caída le ha hecho volver a la realidad de su miseria, y cómo entonces la humildad echa raíces fácilmente en la verdad! Parece entonces oírse una voz que grita: Recta iudicate! Que vuestros juicios sean rectos (Salm 57, 1.). Habéis sido pesado en la balanza y no dais el peso exacto (Dan 5, 27.). Pensábais ser más, y he aquí que sois menos.
4. Este es, según los santos Doctores, el principal designio de Dios cuando permite nuestros pecados. «El Buen Pastor usa con sus ovejas tres clases de varas: la vara de la corrección, que son las adversidades; la vara de la prueba, que son las tentaciones, y la vara de la indignación, que consiste en permitir los pecados. Bajo cada una de ellas, el hombre se ve obligado a reconocer su nada y a humillarse, pero con ninguna mejor que con la última: porque en ésta, con la experiencia de sus caídas, ve realmente su miseria, según frase de Jeremías: Hombre soy yo que estoy viendo la miseria mía en la vara de la indignación del Señor» (Trn 3, 1). Esta vara es tan saludable, que Dios no vacila en emplearla con sus mejores amigos. Como su humildad encuentra en sus mismas virtudes el escollo más peligroso, les deja algunas veces caer en imperfecciones o permite que las malas inclinaciones antiguas levanten la cabeza, a fin de que aprendan, por la experiencia de su fragilidad, a no contar con sus propias fuerzas»
Nuestro Santo añade: «Nuestro Señor permite que en estos pequeños asaltos llevemos la peor parte, con el fin de que nos humillemos y sepamos que, si hemos vencido algunas
tentaciones grandes, no ha sido por nuestro esfuerzo, sino con la ayuda de su divina bondad.
«Tened paciencia… Si bien Dios deja que deis algún tropezón, o hace para que conozcáis que, si no os sostiene El, caeríais en redondo»
«Dios ha curado a algunos repentinamente, sin dejar en ellos la menor huella de sus enfermedades pasadas; así lo hizo con Magdalena, la cual, en un instante, de ser agua estancada corrompida, fue transformada en una fuente de agua pura, y desde ese momento ya no fue nunca perturbada. Pero también dejó Dios en muchos de sus queridos discípulos huellas de sus malas inclinaciones durante algún tiempo después de su conversión, para su mayor provecho; San Pedro es buen testigo, que después de su primera vocación tropezó muchas veces en imperfecciones y cayó rotunda y miserablemente con su negación.
«Salomón dice (Prov 30, 23) que es insoportable la criada cuando se convierte en heredera de su señora. Sería peligrosísimo para el alma que ha sido por mucho tiempo esclava de sus pasiones, el que de repente llegase a ser dueña y señora de ellas, porque podría convertirse en orgullosa y vana. Es necesario que poco a poco y paso a paso adquiramos este señorío, en cuya conquista los santos y las santas emplearon muchas decenas de años»
«Conservad la paz y soportad serenamente vuestras pequeñas miserias. Sois de Dios sin reservas, y El os guiará bien. Y si no os libra tan pronto de vuestras imperfecciones, es para libraros de ellas con más provecho, y para que os ejercitéis durante más tiempo en la humildad, a fin de que esta virtud tan apreciable arraigue bien en vuestro corazón»
«Ya sabéis con cuanta frecuencia os he dicho que debéis tener la misma afición a la práctica de la fidelidad a Dios que a la de la humildad: la fidelidad, para renovar vuestros propósitos de servir a la divina bondad en el mismo momento en que los rompáis, procurando vivir siempre vigilante para no romperlos; la humildad, para que cuando quebrantéis vuestro propósito reconozcáis vuestra mezquindad y vuestra miseria»
«Los que aspiran al amor puro de Dios no tienen tanta necesidad de paciencia para con los demás como para consigo mismos. Es necesario soportar nuestra imperfección para lograr la perfección. Digo soportar con paciencia, no amarla ni acariciarla. La humildad se alimenta de este sufrimiento»
5. Señalemos bien que la doctrina de nuestro Santo, como la de otros Doctores, no se refiere solamente a las faltas leves. San Isidoro y Santo Tomás afirman que, a veces, para castigar la soberbia, Dios permite caídas groseras en pecados vergonzosos. Estos pecados, dicen ambos Doctores, son menos graves que la soberbia, y la misericordia divina se sirve de ellos para espantar, despertar y reducir al alma orgullosa, ut per hanc humiliatus a contusione exurgat — para que humillada con esto, se levante de su confusión. De la misma manera que un hábil médico—añade—con el fin de curar una enfermedad más grave, permite en un enfermo los accesos de un mal más doloroso tal vez, pero menos peligroso. Luis Veuillot ha escrito acertadamente a este propósito: «Es una gracia concedida a la miseria del hombre el tener algún desliz, cuando los pasos firmes y seguros debían llevarlo a las funestas cimas del orgullo.» San Juan Crisóstomo hace reflexiones análogas: «Algunas veces Dios permite que los pecados de almas nobles y grandes sean conocidos. Se iban insinuando en ellas intenciones de vanidad. El Señor, por medio de esas faltas, quiere despojarlas de la gloria mundana por la cual arrostraron toda clase de peligros, y al mostrarles que es efímera como la flor de los campos, las obliga a que se dediquen a El sin reservas, y a que le consideren como el único fin de todas sus acciones»
Y el santo Obispo de Constantinopla, después de citar ilustres penitentes que se llenaban de contrición al meditar os beneficios de Dios, y al recordar sus propias imperfecciones, añade: «Para nosotros, estos remedios son insuficientes. Para triunfar sobre nuestra soberbia, es necesario otra fuerza. ¿Cuál? La multitud de nuestros pecados, y la perversidad de nuestra conciencia, que después de habernos hundido en mil torpezas, todavía se atreve a hincharnos de soberbia»
Este mismo lenguaje es el de muchos Padres de la Iglesia. San Agustín dice resueltamente: «Dios mira con más agrado acciones malas a las que acompaña la humildad, que obras buenas inficionadas de soberbia». San Optato de Milevi: «más valen los pecados con humildad, que la inocencia son soberbia». San Gregorio de Nicea: «Un carro lleno de buenas obras, guiado por la soberbia, conduce al infierno; un carro lleno de pecados, guiado por la humildad, lleva al Paraíso»
San Gregorio el Grande: «Sucede muchas veces que quien se ve cubierto de manchas delante de Dios está, sin embargo, ricamente engalanado con el vestido de una profunda humildad.»
San Bernardo termina así una magnífica apología de la virginidad y la humildad: «Para marchar sobre las huellas del Cordero, el pecador que toma os senderos de la humildad lleva un camino más seguro, que aquel que siendo virgen sigue las vías de la soberbia; porque la humildad del primero le purificará de sus manchas, mientras que la soberbia del segundo no puede menos que manchar su pureza»
El mismo Doctor dice en otra parte, interpretando un versícuo del Salmo 24: «Es el Señor justo y bondadoso quien ha dado una ley a los que desfallecen en el camino. Estos son os que se alejan de la verdad. Pero Dios no os abandona; les ofrece el camino de la humildad que debe conducirlos al conocimiento de la verdad»
6. Perdónense estas numerosas citas. Pero el asunto es tan importante y a la vez tan delicado, que necesitamos apoyarnos en grandes autoridades. No encontraremos ni sombra de exageración en estos textos, si meditamos con seriedad la tesis admirablemente demostrada en la Suma de Santo Tomás:«La soberbia es, por su naturaleza—secundum genus suum—, el peor de todos los pecados, más grave que la infidelidad, la desesperación, el homicidio, la lujuria, etc.» La razón de ello está, continúa Santo Tomás, en su apartamiento de Dios. En los otros pecados, el hombre se aleja de Dios, por ignorancia, por flaqueza o por el deseo de un bien cualquiera: Pero la soberbia le aparta de Dios únicamente porque no quiere someterse a El ni a su Ley. Por eso—dice Boecio—, mientras todos los vicios huyen de Dios, sólo la soberbia le hace frente. De ahí las palabras de Santiago: Dios resiste a los soberbios (Salm 4). La aversión a Dios y a sus mandamientos, que en os otros pecados viene como consecuencia, está en la misma naturaleza de la soberbia, cuyo acto propio es el desprecio de Dios. Y como lo que subsiste por sí mismo es superior a lo que existe en virtud de otra cosa, de ello se sigue que la soberbia es por su naturaleza el más grave de todos los pecados, porque los supera a todos en aversión a Dios, que es lo que constituye su malicia formal.
«Si no podemos adquirir muchas virtudes —decía Santa Juana Francisca de Chantal—, tengamos por lo menos la humildad.» Sobre esta ausencia de virtudes sinceramente reconocida, es decir, sobre la verdadera noción que las propias faltas nos dan de nuestra pobreza espiritual y de nuestra nada, es precisamente sobre lo que podemos asentar la virtud madre de todas las demás. ¿Cómo no exclamar con nuestro amable Santo:
«¡Benditas imperfecciones que nos hacen reconocer nuestra miseria y nos ejercitan en la humildad! ¿Cómo no aplicar el Felixculpa! —¡Oh feliz culpa!, a cada una de nuestras caídas?»
Una Religiosa de la Visitación escribía: «¿No os alegraríais de una inundación, deplorando a la vez los desastres que ha causado, si os hubiese traído magníficas piedras para cimentar un palacio que vais a edificar? Pues bien, la humildad es llamada cimiento del edificio espiritual, porque Dios, a quien únicamente corresponde edificar, como dice el Profeta (Salm 126, 1), no edificará jamás si no es en el gran hoyo que hayamos ahondado con el verdadero conocimiento de nosotros mismos.»
Y no hay nada como nuestras faltas para producir ese saludable conocimiento, y abrir ese hoyo tan profundo. Ellas van desligando pieza por pieza todo el andamiaje imaginario de nuestras propias fuerzas, y no tardamos en vernos en el abismo de nuestra nada, únicamente sostenidos por la misericordia divina. Es éste un precioso descubrimiento. Y Dios lo esperaba: ve la humildad de su siervo, y tanto como resiste a los soberbios, da su gracia a los humildes (Sant 4). Esta gracia que, al decir de San Agustín, corre por los valles más profundos, nos inunda en proporción de nuestro abajamiento, y arroja en el fondo de nuestra nada reconocida, la semilla de una verdadera santidad, al abrigo ya de los asaltos de la soberbia. Si, no obstante, la vanidad intenta volver a entrar en este nuevo edificio, una palabra bastará para arrojarla de él: Peccavi —pequé: ésta es mi obra; todo lo demás es de Dios. Siguiendo el ejemplo de un ilustre sucesor de San Francisco de Sales, escribiré un libro íntimo con el recuerdo de mis caídas pasadas, libro que titularé Remedio contra la soberbia, y leeré a menudo sus páginas que exhalarán el olor de mi nada y matarán el gusano de mi soberbia.
Cuanto más me levante Dios, aunque fuese hasta el Tercer Cielo, como a San Pablo, más también, imitando a este Apóstol, buscaré en la memoria de mis antiguas infidelidades un contrapeso a los favores celestiales, que me mantendrá en un justo desprecio de mí mismo. De esta manera seguiré el consejo del Espíritu Santo: en los días felices no pierdas el recuerdo de los días malos (Ecles 11,27).
7. El agradecimiento a Dios. Este es otro fruto que la vista de nuestras faltas debe producir y hacer germinar. La humildad es esencialmente verdad, y a la vez que nos descubre «la nada de la que hemos sido sacados», pone de manifiesto el bien que en nosotros «procede de Dios como de su primera causa»
Mientras más ilumina la bajeza de nuestra alma, más hace resplandecer ante nuestra vista, con un contraste que nos confunde, la grandeza y la multitud de los beneficios divinos, y por consiguiente nos facilita también más la gratitud hacia el Autor de todo don perfecto(Salm 1, 17). No es éste uno de los menores provechos que hemos de sacar de nuestras faltas. La ingratitud, hija de la soberbia, «es un pecado general que se extiende sobre todos los demás, y los hace infinitamente más enormes»]. Es como un viento abrasador que agosta las fuentes de la gracia.Este vicio de ningún modo puede ser combatido más victoriosamente que comparando nuestras infidelidades con las inagotables misericordias de un Dios infinitamente bueno.
«Verdaderamente que nada puede humillarnos tanto como la multitud de los beneficios del Señor, al contemplar su misericordia; y la multitud de nuestras maldades, al considerar su justicia. Miremos lo que Dios ha hecho con nosotros y o que nosotros hemos hecho contra Dios: consideremos al por menor nuestros pecados, consideremos también al por menor sus gracias; y no tengamos miedo de que el conocimiento de los dones con que nos ha dotado pueda engreírnos y llenarnos de vanidad, si tenemos presente esta verdad: lo que hay bueno en nosotros no es nuestro. ¿Dejan acaso de ser
pobres bestias los mulos porque vayan cargados con las preciosas alhajas de un príncipe? ¿Qué tenemos nosotros bueno que no hayamos recibido?. Y si lo hemos recibido, ¿por qué nos vamos a ensoberbecer? Por el contrario, la consideración de las gracias recibidas nos humilla, porque el conocimiento engendra reconocimiento. Pero si, al mirar las gracias que Dios nos ha hecho, sentimos algún tanto la tentación de vanidad, el remedio infalible es recurrir a la consideración de nuestras ingratitudes, imperfecciones y miserias; pues si consideramos lo que hemos hecho cuando Dios no ha estado con nosotros, conoceremos claramente que lo que hacemos cuando está con nosotros no es de nuestro caudal ni de nuestra cosecha; y aunque verdaderamente nos gocemos y regocijemos por los bienes que hay en nosotros, a Dios sólo como autor de ellos hemos de dar la gloria»
«Llenad vuestra memoria con el recuerdo de vuestras faltas e infidelidades, para humillaron y enmendaros; y con el de los beneficios que de Dios habéis recibido, para darle gracias»
«Decid a vuestro corazón: ¡Adelante!, no vuelvas a ser infiel, ingrato y desleal con este gran Bienhechor. ¿Cómo no ha de someterse en lo sucesivo nuestra alma a un Dios a quien tantas maravillas debe?»
8. Por último, San Francisco de Sales quiere que la luz que proyectan nuestras faltas sobre nuestra flaqueza nos cónduzca, por la humildad, a la indulgencia con las flaquezas del prójimo.
«La humildad hace que no nos inquietemos con nuestras imperfecciones, recordándonos las de los demás. ¿Qué razón hay para que hayamos de ser más perfectos que los otros? Y también hace que no nos impacientemos con las faltas del prójimo, acordándonos de las nuestras. ¿Por qué nos hemos de admirar de que los demás tengan imperfecciones, si nosotros también las tenemos?»
San Juan Crisóstomo insiste con su acostumbrada energía sobre este resultado, muy poco meditado, que nuestras faltas deben procurarnos siguiendo el plan divino. Demuestra que, si no se ha confiado el sacerdocio a los ángeles, fue por temor de que con la severidad que pudiera darles su impecabilidad, provocasen al rayo sobre los pecadores; mientras que el hombre, conociendo por experiencia propia la fragilidad humana, se compadece de modo natural al encontrarla en los demás. Ved por qué, continúa el Santo Obispo, en otros tiempos lo mismo que hoy, Dios permite que los depositarios de su autoridad en la Iglesia, comentan faltas, con el fin de que el recuerdo de sus caídas los haga más benignos con sus hermanos. Y San Juan Crisóstomo prueba su tesis con dos ejemplos sacados uno del Nuevo y otro del Antiguo Testamento: pone en escena al vehemente, al intrépido San Pedro, que no comprendía que nadie pudiese escandalizarse ni avergonzarse de su Maestro, le jura tres veces una inquebrantable fidelidad, y, después, le niega miserablemente, no bajo la amenaza del tormento y de la muerte, sino a la simple voz de una sirvienta. Recuerda a continuación al Profeta Elías, cuyo celo impetuoso derribaba batallones y reducía al hambre a un pueblo entero, y acto seguido, temblando de espanto, huía desatinado ante la cólera de una mujer, Jezabel. Y así concluye: «Dios permitió la falta de Pedro, columna de la Iglesia, puerto de la fe, Doctor del Universo, para enseñarle a tratar a los demás con misericordia, y también por permisión divina, cayó Elías, para que se revistiese con el manto de la caridad y fuese indulgente como su Señor.
San Bernardo repite con el comentario de un proverbio: «El que está sano no siente el mal de otro, el que ha comido bien no conoce el tormento del que padece hambre. Cuanto más semejante es un enfermo a otro y un hambriento a otro hambriento, más profundamente se compadecen de su mal… Para sentirse desgraciado con la desgracia
de los demás, es preciso ante todo experimentarla en sí mismo. Solamente conociéndonos a nosotros mismos podremos encontrar el alma del prójimo en la nuestra y saber cómo podemos prestarle ayuda»
Aprendamos estas lecciones. Mientras estamos de pie no podemos ni disculpar ni comprender en los demás caídas que nos escandalizan, que nos sublevan. ¿Cuántas veces una secreta soberbia, disfrazada de celo, nos lleva a la indignación? Pero que una falta semejante nos tire por tierra, y pronto la compasión sustituirá a la severidad. Entonces comprendemos la sentencia de San Agustín: «No hay pecado posible en un hombre con el que yo no puedamancharme.» Y la frase de la Imitaciónde Cristo: «Todos somos frágiles; pero tú a nadie tengas por más frágil que tú.»
( Continuará)

