EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS

Jose Tissot, Misionero de San Francisco de Sales

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PRIMERA PARTE
CAPÍTULO III

NO DEBEMOS DESANIMARNOS A LA VISTA DE NUESTRAS FALTAS

1. Un piadoso sacerdote hacía unos días de retiro bajo la dirección del P. Roothan. Durante esos días, éste fue llamado urgentemente a Roma, donde fue elegido General de la Compañía de Jesús. Cuando ya se había despedido de todos, y a punto de marchar, se volvió atrás y entrando donde estaba el ejercitante, le dijo: «Señor cura, se me había olvidado hacerle una recomendación muy importante: suceda lo que suceda, no os desaniméis jamás, jamás.» 

Palabras de oro. Habría que hacer esta misma recomendación a muchas almas. San Juan Crisóstomo no se cansaba de repetirlas: «¡No desesperéis nunca! Os lo diré en todos mis discursos, en todas mis conversaciones; y si me hacéis caso, sanaréis. Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción en la inocencia y la desesperación después de la caídas; este segundo es con mucho el más terrible». Efectivamente, en la esperanza somos salvos (Rom 8, 14). «Esta virtud es como una fuerte cadena que baja del cielo y ata nuestras almas; si éstas quedan firmemente sujetas, va tirando de ellas poco a poco hasta unas alturas sublimes, y las sustrae a las tormentas de la vida presente. Pero el alma que, vencida por el desaliento, se suelta de esta santa ancla, cae inmediatamente y perece sumergida en el abismo del mal.

«Nuestro pérfido adversario no ignora esto, por eso, en cuanto nos ve agobiados por el sentimiento de nuestras faltas, se lanza sobre nosotros e insinúa en nuestros corazones sentimientos de desesperación, más pesados que el plomo. Si les damos acogida, ese
mismo peso nos arrastra, nos soltamos de la cadena que nos sujetaba y rodamos hasta al fondo del abismo»

La experiencia confirma demasiado estas últimas palabras. La inmensa mayoría de las caídas no reparadas, que han sido causa de escándalo en la Iglesia, y la mayor parte de aquellas que únicamente los ángeles de paz conocen y lloran, proceden del desaliento. Sin él, con un arrepentimiento confiado, nada se habría perdido; pero después de una falta, que en muchos casos no pasaba de ser una sorpresa, el demonio de la desesperación se insinuó en el alma desconcertada, y esgrimiendo argumentos a cual más desalentador, concluía por conseguir que brotara el pensamiento aplastante de Caín: Mi iniquidad es demasiado grande, para que merezca perdón (Gén 6, 13). A partir de ese momento, como advierte San Pablo, el príncipe de las tinieblas se adueña del alma, la dirige, la empuja y la precipita donde quiere: operatur in filios diffidentiae (Efes 2, 2); le ha comunicado dos de sus más diabólicas disposiciones: el alejamiento de Dios por el pecado y el miedo a Dios por el desaliento. Y no vayamos a creer que esta tentación sólo surge después de cometer faltas groseras: el espíritu de mentira sabe también emplear este arma—tanto más terrible cuanto que está más hábilmente disimulada—contra el alma virtuosa después de las caídas leves; y si no consigue llevarla a la completa desesperación, por lo menos la paraliza en el camino de la virtud, la desconcierta, debilita sus más poderosas energías y le enfría el fervor, para que caiga en la melancolía y el desaliento. De esta manera, todo se le hace cuesta arriba, «no pone ya cuidado en reparar sus faltas, y esto produce la verdadera tibieza», con sus daños casi irreparables.

2. Nuestras faltas, y sobre todo nuestras faltas habituales, ofrecen a Satanás un medio fácil para llegar a ese resultado; sí, como acertadamente se ha hecho observar, en su lucha contra la virtud de la esperanza es donde el espíritu infernal procura con más empeño transfigurarse en ángel de luz (2 Cor 11, 14), no le resulta difícil hacer ese papel poniendo en contraste nuestras infidelidades innumerables con las incesantes solicitaciones de la gracia, nuestras ingratitudes con las bondades divinas, nuestras faltas con nuestros propósitos. ¿No es justo, exclama el alma llevada a este desaliento, que Dios se canse y ciegue la fuente de auxilios de los que yo estoy abusando? Me abandona con toda razón. Ya es hora de renunciar a un empeño que mis repetidas caídas me demuestran que es superior a mis fuerzas. Yo había presumido demasiado de Dios y de mí mismo. ¿Para qué gastarme en esfuerzos estériles un día y otro día, si no voy a alcanzar nunca una santidad imposible? La experiencia me ha demostrado sobradamente que esas alturas no están al alcance de mi debilidad. ¿Hasta cuándo voy a estar haciendo propósitos —quandiu ponam consilia in anima mea, nada más que para sentir el dolor de faltar a ellos a lo largo del día —dolorem in corde meo per diem, y dar al enemigo motivos de alegrarse con mis caídas, usquequo exaltabitur inimicus meus super me? (Salm 12, 23).

Alma desalentada: lo que alegra al enemigo no son tanto vuestras faltas como el abatimiento y la desconfianza en la misericordia divina que os producen. «Este es, dice el P. de la Coombiére, éste es el mayor mal que puede sobrevenir a una criatura. Mientras uno puede defenderse de este mal, nada hay que no se pueda cambiar en bien y de lo que no sea fácil sacar alguna ventaja… Todo el mal que habéis hecho no es nada en comparación con el que hacéis si os falta confianza. Esperad hasta el fin; os lo mando con todo el poder que me habéis dado sobre vos. Si me obedecéis en este punto, respondo de vuestra conversión»

3. Si en algún momento estos consejos fueron oportunos, hoy día o son mucho más. «Estamos en la hora de los desalientos y de los desanimados», y este mal que paraliza a tantos caracteres nobles y tantas rectas intenciones en el terreno político y social, origina todavía más estragos en las almas, incluso en las que desean agradar a nuestro Señor. «Felizmente, dice San Agustín, la Sabiduría divina posee el secreto de ofrecer a os hombres, según las circunstancias en que se encuentren, los remedios oportunos para sus necesidades».Ella hizo vivir, hablar y escribir en el siglo XVII, en el mismo momento en que se manifestaban las desesperanzadoras y pesimistas doctrinas jansenistas, a San Francisco de Sales, y le hizo coronar Doctor de la Iglesia universal, en la hora de mayor desaliento de un siglo desventurado; es el Doctor estimulante por excelencia. Todo en los escritos de este Santo alienta y reanima; se puede desafiar a sus lectores a que encuentren alguna cosa en él que dé pie al mayor pecador a tener un solo instante de desaliento.

Dice el P. Faber: «Entre todas las suaves doctrinas enseñadas por el inspirado San Francisco de Sales, ninguna es más preciosa que la referente al modo en que debemos considerar y juzgar nuestras faltas»

Ante todo, prohibe terminantemente perder el ánimo cuando se ha cometido una falta, cualquiera que sea. «Hay que morir antes que ofender consciente y deliberadamente a nuestro Señor; pero, si llegamos a caer, hay que perderlo todo antes que perder el ánimo, la esperanza y la resolución».«Si os ocurre cometer alguna falta, no perdáis el ánimo, sobreponeos inmediatamente, como si no hubieseis caído»].«Ser buena servidora de Dios es ser caritativa para con el prójimo, tener como en la parte superior del alma una inquebrantable decisión de hacer la voluntad de Dios, tener gran humildad y sencillez para abandonarse en sus brazos, y levantarse cuantas veces se caiga, soportarse a sí misma con paciencia en las propias miserias, y soportar a los demás en sus imperfecciones». «La flaqueza no es un mal grande, con tal de que haya un valor grande para levantarse poco a poco: así os conjuro que hagáis». «Es preciso que de ninguna manera os desaniméis, sino que con un valor lleno de paciencia, emprendáis con calma y cuidado el trabajo de curar vuestra alma de las heridas que en los ataques haya recibido»]. «Es necesario, amadas hijas mías, ser muy generosas… y tener gran valor para despreciar nuestras malas inclinaciones, nuestro mal humor, nuestras rarezas y sensiblerías, mortificando continuamente todo esto en todas las ocasiones. Si, a pesar de todo, se nos escapa alguna falta, no nos detengamos, volvamos a levantar el ánimo para ser más fieles en la siguiente ocasión, y sigamos adelante nuestro camino hacia Dios, con abnegación de nosotros mismos»]. «Es preciso tener un ánimo invencible, para no cansarse de nosotros mismos, porque siempre tendremos algo que rectificar o que cortar… ¿Veis lo que hacen quienes están aprendiendo a montar a caballo? A menudo caen, pero no se desaniman, porque una cosa es verse alguna vez en tierra y otra muy diferente darse definitivamente por vencido»

«La desconfianza que sentís hacia vos misma es buena, siempre que os sirva de fundamento para la confianza que debéis tener en Dios; pero, si alguna vez os llevase al desaliento, a la inquietud, disgusto o melancolía, os conjuro a que la rechacéis como la mayor de las tentaciones, y no permitáis jamás a vuestro espíritu discutir ni protestar a favor de la inquietud o del desaliento del corazón al que os podáis sentir inclinada… ni siquiera con un falso pretexto de humildad»

4. Ya se entrevé en todos estos textos cómo San Francisco de Sales combate el desaliento, atacando directamente sus causas. ¿Por qué nos desanimamos? Porque exageramos nuestra flaqueza o porque desconocemos la misericordia divina; y las más
de las veces, por esos dos motivos juntos. En esto, dicho sea de paso, sucede un fenómeno extraño y, no obstante, muy corriente. El pecador cae por haber ignorado su propia flaqueza y por haber exagerado la misericordia de Dios; después de la caída, renacen estos dos mismos sentimientos, pero en sentido inverso: la flaqueza adquiere a sus ojos proporciones desmesuradas, envuelve al alma como en un manto de tristeza y de confusión, que la aplasta; en cambio, Dios, a quien poco antes se ofendía con toda facilidad, presumiendo un perdón fácil, aparece ahora como un vengador inexorable. El alma culpable tiene miedo de El y vergüenza de sí misma y, si no reacciona contra estas dos funestas tentaciones, renuncia cobardemente a la lucha: en vez de arrancarse de los lazos del pecado, se entrega a él sin resistencia. Este es el desaliento, la capitulación de la voluntad, la resolución de hacer lo contrario de lo que debe hacerse, cuyo fatal resultado es con mucha frecuencia la impenitencia final.

Nuestro santo Doctor cuida de curar por sus contrarias estas dos disposiciones que dan lugar al desaliento. Hace comprender al alma que desea santificarse, que el camino que emprende es largo y penoso, que su falta de fuerzas es grande, comparadas con las dificultades del viaje; pero al mismo tiempo le hace ver que todo lo puede en Aquel que la conforta, lo mismo después de una caída que antes de caer; le muestra el corazón de Dios pronto y generoso en el perdón, al mismo tiempo que es un brazo fuerte para darle apoyo.

«La soledad tiene sus asaltos, el mundo tiene sus peligros; en todas partes es necesario tener buen ánimo, porque en todas partes el Cielo está dispuesto a socorrer a quienes tienen confianza en Dios, a quienes con humildad y mansedumbre imploran su paternal asistencia»

«Debéis renovar todos los propósitos de enmienda que hasta ahora habéis hecho; y aunque veáis que, a pesar de esas resoluciones, continuáis enredada en vuestras imperfecciones, no debéis desistir de buscar la enmienda, apoyándoos en la asistencia de Dios. Toda vuestra vida seréis imperfecta y tendréis mucho que corregir; por eso tenéis que aprender a no cansaron en este ejercicio»

«Conservad la paz… Cuando sucede que, por un pronto de amor propio y de las pasiones, hemos faltado a las leyes de la indiferencia, en cosas que son indiferentes, inclinemos nuestro corazón delante de Dios cuanto antes y digámosle con espíritu de confianza y de humildad: Señor, misericordia, porque estoy enfermo (Salm 7, 2). Levantémonos con paz y tranquilidad, reanudemos el hilo de nuestra indiferencia y sigamos en nuestra tarea. No es necesario romper las cuerdas y arrojar el laúd cuando vemos que está desafinado, sino que hay que poner oído atento para descubrir dónde está el desconcierto, y tensar o aflojar la cuerda nuevamente, según o requiera el caso».

«Pero al ver o elevado que es el monte de la perfección cristiana, te oigo decir: ¡Dios mío! ¿Cómo voy a poder subirlo? Animo, Filotea; Cuando las crías de las abejas, a las que llaman ninfas, empiezan a tomar forma, todavía no pueden volar sobre las flores por montes y collados para recoger la miel; pero manteniéndose con la que han recogido sus madres, van poco a poco echando alas y tomando fuerzas, de manera que después son ellas las que vuelan por todo el campo para recogerla. Pues nosotros somos todavía como ninfas pequeñas en la devoción, y no estamos en condiciones de subir hasta donde querríamos, que es nada menos que la cima de la perfección; pero si empezamos a tomar forma por medio de nuestros deseos y de nuestros propósitos, comenzarán a nacernos alas, y un día, como las abejas, volaremos. Entre tanto, vivamos de la miel de las muchas enseñanzas como nos han dejado los antiguos devotos, y roguemos a Dios
que nos dé alas como de paloma, para que no sólo podamos volar durante el tiempo de la vida presente, sino también alcanzar el reposo en la eternidad de la futura». «Nunca se acaba la tarea; es preciso volver a comenzar siempre, y volver a comenzar con buena voluntad. Cuando el hombre haya acabado, dice la Sagrada Escritura, entonces volverá a empezar (Ecles 17, 6). Lo que hasta ahora hemos hecho es bueno, pero lo que vamos a empezar es todavía mejor; y, cuando ya hayamos acabado, volveremos a empezar otra cosa que todavía será mejor, y después otra, hasta que salgamos de esta vida para comenzar otra vida que no tendrá fin, porque ya nada mejor nos podrá acontecer. Ved pues, amada Madre, si hay que llorar cuando tan grande tarea pesa sobre nuestra alma, y si es necesario tener ánimo para ir siempre más adelante, puesto que es preciso no detenerse jamás, y si hay que tener resolución para cortar, puesto que hay que aplicar la cuchilla hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y los tuétanos (Hebr 4,12)»

«Verdaderamente que es una lástima grande que el sólo deseo de la perfección no sea bastante para tenerla, y que haya que conseguirla con el sudor de nuestro rostro y a fuerza de trabajos… Me diréis: ¡somos tan imperfectos! —Será así, pero no os desaniméis por eso, y no penséis que vais a poder vivir sin imperfecciones, porque esto no es posible mientras estéis en este mundo: basta con que no las améis ni les déis albergue en vuestro corazón, es decir, que no las cometáis voluntariamente ni queráis manteneros en ellas. Si es así, podéis conservar la paz y no os turbéis por la perfección que queréis alcanzar: bastará que la tengáis al morir. No seáis tan tímidos; caminad con firmeza por el camino de Dios. Estáis armados con el arma de la fe y nada os podrá dañar»

«Es necesario, Filotea, tener ánimo y paciencia en esta empresa (la de la purificación del alma). ¡Cuán dignas de lástima son aquellas almas que después de haber practicado algún tiempo la devoción, viéndose todavía con muchas imperfecciones, se inquietan, se turban y se desaniman, dejándose casi llevar por la tentación de abandonarlo todo y de volverse atrás! Para ejercicio de nuestra humildad conviene que alguna vez salgamos heridos en esta batalla espiritual; pero nunca quedamos vencidos, sino cuando perdemos la vida o el valor. Puesto que las imperfecciones y los pecados veniales no son capaces de quitarnos la vida del alma, que solamente se pierde por el pecado mortal, lo que tenemos que hacer es procurar que no nos quiten el valor. Por eso decía David: Aguardaba a Aquel que me salvó de la pusilanimidad de espíritu y de la tempestad, porque realmente tenemos una gran ventaja para salir siempre vencedores en esta guerra: saber que no necesitamos más que querer pelear»

5. Hay que reconocer que en todas estas enseñanzas, San Francisco de Sales hablaba a personas más o menos adelantadas ya por el camino de la perfección, y que las faltas a que hace referencia, estimulando a no desalentarse por ellas, eran ordinariamente pecados veniales o simples imperfecciones. Sin embargo, no excluye de estos consejos alentadores a las almas culpables, y a todas se dirige, por grandes que sean sus caídas, cuando añade, fundándose en los mismos motivos: «Alimentad vuestra alma con una filial confianza en Dios, y a medida que os encontréis rodeada de imperfecciones y de miseria, levantad vuestro ánimo para que cobre esperanza»

«Debemos decir a nuestro corazón, después de caer en una falta: amigo mío, ten ánimo, en nombre de Dios; andemos con cuidado, pidamos ayuda a nuestro Dios». «Algunas caídas en pecados mortales, con tal de que no haya deseo de estancarse ni adormecerse en el mal, no impiden los progresos que se hayan hecho en la devoción; aunque ésta se pierde pecando mortalmente, se recobra con el primer arrepentimiento
verdadero que se tenga de ese mismo pecado, si, como he dicho, no se ha permanecido mucho tiempo en la culpa… Y de ninguna manera hay que desalentarse, sino que, con santa humildad, hay que reconocer su propia enfermedad, acusarse, pedir perdón e invocar el auxilio del Cielo»

Reflexionemos despacio en las primeras palabras de esta última cita. Las caídas graves, si no van acompañadas de adormecimiento en el mal, es decir, si no se convierten en hábito, no solamente no dejan huella después de su perdón, sino que ni siquiera impiden que el alma recupere inmediatamente el terreno que ya tenía conquistado en la devoción. Es sin duda un parón, un retroceso, pero la absolución o la contrición perfecta compensan esa pérdida y rellenan esa laguna.

Pero ¿y si uno hubiera estado por mucho tiempo sumido en la culpa y se hubiere estancado en el mal? Evidentemente, entonces, por haber sido mayores la detención y el retroceso, las pérdidas serían más grandes, pero no irreparables. Con el perdón renacerán los méritos precedentes, según la palabra sagrada: Vivirá en la justicia que hizo — In iustitia quam operatus est vivet (Ezeq 18, 22). Quizá haya que hacer un esfuerzo más generoso para neutralizar os malos efectos del hábito culpable construido durante ese tiempo, pero si se aumenta la confianza en Dios en proporción con la necesidad que ese adormecimiento en el mal ha creado, fácil es al Señor, dice la Escritura, enriquecer en un momento al pobre. Confía en Dios y mantente en tu puesto (Ecles 11, 22). Por eso, concluye nuestro Santo: «No hay que desconfiar, porque, por muy miserables que seamos, Dios es misericordioso con quienes tienen verdadera voluntad de amarle y han puesto en El toda su esperanza»

6. Estos pensamientos resaltarán todavía mejor en la segunda parte de este libro, donde nuestro Doctor se sirve de la vista misma de nuestras faltas para excitarnos a redoblar nuestra confianza en la misericordia divina. Por el momento bastan estas consideraciones para cerrar la puerta a la desesperación y demostrar que el temor que nos inspira el conocimiento de nuestra flaqueza debe estar siempre templado y dominado por una inquebrantable confianza en Dios. Nuestro Santo insiste de manera particular en la necesidad y manera de unir estas dos disposiciones: «Es necesario combatir siempre entre el temor y la esperanza, pero teniendo en cuenta que la esperanza ha de ser siempre más fuerte en consideración a la omnipotencia de Aquel que nos socorre»

«Haced penitencia, decía San Juan, es decir, allanad esos montes de orgullo, llenad esos valles de tibieza y de pusilanimidad, porque la salud se acerca (Lc 3, 5). Los valles a que el santo se refiere son el temor, que cuando es exagerado nos lleva al abatimiento. La vista de las grandes faltas que hemos cometido trae consigo cierto horror, un asombro y un temor que abaten el corazón; estos son los valles que es preciso rellenar de confianza y de esperanza, para preparar el advenimiento de nuestro Señor. »Hablando un día un gran santo a una santa penitente que había cometido grandes pecados, le decía: Temed, pero esperad. Temed para que no caigáis en la soberbia y en el orgulo; pero esperad, para no caer en la desesperación y en el desaliento. Porque el temor y la esperanza no deben ir el uno sin la otra, pues si el temor no va acompañado de la esperanza, no es temor, sino desesperación; y la esperanza sin el temor es presunción. Todo valle será llenado—omnis vallis implebitur—; es necesario que con la confianza y el temor llenemos los valles del desaliento que se forman cuando conocemos nuestros pecados»

7. Como si aún después de su muerte San Francisco de Sales hubiera querido continuar su campaña contra la desesperación, arrancó al demonio una confesión que infunde gran
aliento a las almas más criminales. Un joven de Chablais, poseído por el espíritu maligno desde hacía cinco años, fue llevado al Obispo de Ginebra cuando se instruía el proceso de beatificación de nuestro Santo. Tardó en verse libre algunos días, durante los cuales monseñor Carlos Augusto de Sales y la Madre de Chaugy hicieron al pobre desgraciado varios interrogatorios junto a los restos del Santo. Un testigo ocular refiere que, en uno de esos interrogatorios, el demonio multiplicaba sus gritos con más furor y confusión, diciendo: «¿Por qué he de salir?», entonces, la Madre de Chaugy exclamó con fervor: «¡Santa Madre de Dios, rogad por nosotros! ¡María, Madre de Jesús, venid en ayuda nuestra!» Al oír estas palabras, el espíritu infernal redobló sus horribles alaridos: «¡María! ¡María! ¡Para mí no hay María! No pronunciéis ese nombre, que me hace estremecer. ¡Si hubiese una María para mí, como la hay para vosotros, yo no sería o que soy! Pero para mí no hay María.» Todos los presentes lloraban. Repitió el demonio: «¡Si yo tuviese un solo instante de os muchos que vosotros perdéis! ¡Un solo instante y una María! y yo no sería un demonio.»

Nosotros que vivimos (Salm 113, 18) tenemos el instante presente para volver a Dios, y a María para que nos obtenga la gracia; ¿quién puede con esto desesperar?

( Continuará)