VIENE LA HORA

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Como clarividentemente desde décadas atrás lo han venido señalando los más grandes de nuestros pensadores, cada vez más tendremos menos espacio los católicos en la palestra pública.

Sólo los falsos católicos (por ignorantes o por compromisos con el mundo) tendrán alguna oportunidad.

Pero los que no nos conformamos a los dictados de órdenes materialistas, antinaturales y anticristianos, tendremos gran oposición por todas partes, desde las derechas e izquierdas, desde los humanismos laicistas hasta los materialismos más abiertamente antirreligiosos.

Ejercer el derecho, el gobierno, la medicina y tener alguna influencia o, al menos, apertura en la academia, entre otros ámbitos, se nos hará cada vez más difícil. Provocará graves dilemas morales y objeciones de conciencia. Se llegará a tener que decidir entre negarnos a aplicar leyes y medidas, que tenemos por intrínsecamente perversas e incompatibles con nuestra fe y costumbres, renunciando así a nuestros medios de subsistencia y de expresión pública, o acoplarnos al imperio de lo civil inmoral y contrario a Dios, para mantener nuestros empleos, posición social e intereses temporales, y perder con ello nuestra alma, como está predicho por Nuestro Señor.

El laicismo antirreligioso, el horizontalismo, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad como alternativa aceptable, el hedonismo omnipresente, el espíritu de condescendencia con el relativismo y mentalidad mundana, la aceptación de la corrupción como ya algo cotidiano como cuasi constitutivo natural de los seres humanos con lo que hay que aprender a convivir, todo esto y más, ha cobrado poder en la medida de la tibieza y frialdad de aquellos que por la unción bautismal y la confirmación, estábamos llamados a ser luz y sal de la tierra, pero escondimos la Luz y perdimos el sabor.

Nuestro espacio, el inalienable, el último rincón que no pueden arrebatarnos, somos nosotros mismos como Templos de Dios.

No somos mejores, por nosotros mismos, que nadie. No se trata de una batalla espiritual donde «ellos» son los malos y «nosotros» los buenos. Todos necesitamos de conversión. Todos dependemos de Dios.

El tesoro que custodiamos, eso es lo que cuenta y marca la diferencia: la Revelación, preceptos y orientaciones que nos ha dejado Jesucristo, la herencia divina que nos ha legado de forma viviente a través de su Cuerpo Místico, la Iglesia Católica. Esto es nuestra honra, por la que se debe vivir y saber morir, si con ellos se precisa testimoniar la fe.

Mientras tanto, y antes de la Parusía del Señor, debemos estar de pie y velando como las vírgenes prudentes. Pedir a Dios el deseo sincero y profundo de unirnos a Él, de ser realmente liberados de las cadenas que, como a los que no han creído, aun nos mantienen atados de alguna manera al mundo, al demonio y a la carne.

El combate de hoy es eminentemente de orden espiritual. Quien no lleve vida de oración, de la manera que pueda y que Dios le vaya enseñando, se irá marchitando y perdiendo fuerzas, poniéndose en peligro de caer y perder la fe.

Los enemigos nos tentaran con ideas y medidas complacientes, falsos yugos suaves, prebendas, compromisos, lisonjas, aceptación social. Y a los que no caigan con el canto de Sirenas, pronto les conminarán a la fuerza y con oposición que no se quedará en solo palabras. DESPIDOS, OSTRACISMO, CIERRE DE CÍRCULOS PROFESIONALES Y ACADÉMICOS, BURLAS, SANCIONES LEGALES, PERSECUCIÓN, MALTRATO VERBAL Y FÍSICO, ETC.

Para quienes la fe no sea nada más que pura teoría y algo abstracto, o simplemente una herencia más, sin arraigo, todo esto no podrán soportarlo por mucho tiempo.

Es la hora de María. Es la hora en que de forma escondida, en su mayor parte, se están gestando LOS APÓSTOLES DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS, quienes unos en el silencio, penitencia y contemplación, y otros en el apostolado, vida virtuosa, predicación de la Verdad y denuncia pública del error y mal actual, están preparando el cumplimiento del Protoevangelio del Génesis: «Ella te aplastará la cabeza con su talón», es decir, con su Descendencia (Cristo y sus hermanos espirituales).

Qué los Sagrados Corazones de Jesús y María se conviertan verdaderamente en nuestra alegría, sostén, protección y fortaleza.

Roberto López-Geissmann h.