Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA DOMÍNICA 10ª DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos, como si fuesen justos, y despreciaban a los otros. Dos hombres subieron al templo a orar: el uno fariseo y el otro publicano. El fariseo, estando en pie, oraba en su interior de esta manera: Dios, gracias te doy porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, así como este publicano. Ayuno dos veces en la semana, doy diezmos de todo lo que poseo. Mas el publicano, estando lejos, no osaba ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho diciendo: Dios, muéstrate propicio a mí, pecador. Os digo que éste, y no aquél, descendió justificado a su casa; porque todo hombre que se ensalza, será humillado, y el que se humilla, será ensalzado.

Tenemos que meditar esta parábola, dirigida contra aquellos que confiaban en sí mismos, como si fuesen justos, y despreciaban a los otros, es decir, contra los soberbios.

Enseña San Gregorio Magno que de cuatro maneras suele demostrarse la hinchazón con que se da a conocer la arrogancia:

Primero, cuando cada uno cree que lo bueno que posee nace exclusivamente de sí mismo.

Luego, cuando uno, convencido de que se le ha dado la gracia de lo alto, cree haberla recibido por los propios méritos.

En tercer lugar, cuando se jacta uno de tener lo que no tiene.

Finalmente, cuando se desprecia a los demás, queriendo aparecer como que se tiene lo que aquéllos desean.

Así se atribuye a sí mismo el fariseo los méritos de sus buenas obras.

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El Evangelista señala tres características de los fariseos: confiar en sí mismo, creerse justo, despreciar a los otros.

La soberbia es el menosprecio de Dios. Cuando alguno se atribuye las buenas acciones que ejecuta y no a Dios, ¿qué otra cosa hace más que negar a Dios y menospreciarlo?

La causa que tienen para confiar en sí mismos, consiste en no atribuir a Dios lo bueno que hacen.

La justicia, aun cuando aproxime los hombres a Dios, si va acompañada de la soberbia, arroja al hombre al abismo.

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Luego pinta el Evangelista a los fariseos con dos trazos, dos rasgos:

Estando en pie, indica el orgullo de su alma, porque aparecía muy soberbio aun en su actitud.

Oraba en su interior, como si no orase delante de Dios; porque se volvía a sí mismo por el pecado de la soberbia.

Observemos ahora el orden de la oración del fariseo.

Primero dice: Dios, gracias te doy. No es reprendido porque da gracias a Dios, sino porque no deseaba ya nada para sí. Luego ya estaba lleno, ya abundaba.

¿Qué sucederá, pues, al impío, que se opone a la gracia, cuando es reprendido el que las da con soberbia?

Luego señaló lo que le faltaba: porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros.

Después añadió lo que tenía: Ayuno dos veces en la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.

Si solamente dijese «como muchos hombres»; pero ¿qué quiere decir los demás hombres, sino todos, excepto él mismo? Yo, dijo, soy justo, los demás hombres son pecadores.

Y como el publicano estaba cerca de él, se le presenta la ocasión para aumentar su orgullo; y por eso prosigue: Así como este publicano. Como diciendo: Yo soy único, éste es como los demás.

Toda la naturaleza humana no bastó a su menosprecio, sino que se refirió también al publicano. Su falta habría sido menor, si le hubiese exceptuado; pero en esta ocasión con una sola palabra ofende a los ausentes y lacera la herida del que está presente.

Observemos sus palabras y no encontraremos en ellas ruego alguno dirigido a Dios. Había subido en verdad a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino ensalzarse a sí mismo, e insultar también al que oraba.

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Entre tanto el publicano, a quien su propia conciencia alejaba, se aproxima por su piedad: Mas el publicano, estando lejos.

El publicano se diferenciaba del fariseo, no sólo en las palabras y en su actitud, sino también en la contrición de su corazón; porque se avergonzaba de levantar sus ojos al Cielo, creyendo que eran indignos de ver lo de lo alto, aquellos ojos que prefirieron buscar y mirar las cosas de la tierra; y por esta razón se daba golpes de pecho, como para castigar su corazón por sus malos pensamientos y despertarle de su sueño, por lo que no pedía que otro se apiadase de él sino Dios: Dios mío, muéstrate propicio a mí, pecador.

El fariseo, al decir «porque no soy como este publicano», lo movió más a la contrición. Puso al descubierto su herida, pero él buscó su medicina en Dios.

Por lo tanto, que ninguno diga aquellas palabras frías: no me atrevo, tengo vergüenza, no puedo pronunciar palabra. Este falso respeto es propio del diablo, el cual quiere cerrarnos las puertas que dan acceso a Dios.

Estaba lejos y, sin embargo, se acercaba a Dios, y el Señor le atendía de cerca. El Señor está muy alto y, sin embargo, mira a los humildes.

No levantaba sus ojos al Cielo…, y no miraba para que se le mirase. Su conciencia le abatía; pero su esperanza le elevaba. Hería su pecho y se castigaba a sí mismo.

Por lo tanto, el Señor le perdona, porque se acusa y confiesa.

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Hemos oído al acusador soberbio: Dios, gracias te doy porque no soy como los otros hombres…, así como este publicano.

Hemos escuchado al reo humilde: Dios, muéstrate propicio a mí, pecador.

Oigamos ahora al Juez que dice: Éste, y no aquél, descendió justificado a su casa.

Comenta San Juan Crisóstomo:

En este sermón Nuestro Señor propone dos conductores y dos carros. En uno la justicia unida a la soberbia, en el otro el pecado con la humildad.

El del pecado se sobrepone al de la justicia, no por sus propias fuerzas, sino por la virtud de la humildad que lo acompaña.

El otro queda vencido, no por debilidad de la justicia, sino por el peso y la hinchazón de la soberbia.

Porque así como la humildad supera el peso del pecado y saliendo de sí llega hasta Dios, así la soberbia, por el peso que toma sobre sí, abate la justicia.

Por tanto, aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello perderás el fruto de tu oración.

Por el contrario, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios.

Por lo que señala la causa de su sentencia cuando añade: Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla, será ensalzado.

Esta fastuosa hinchazón puede privar del Cielo al que no se prevenga contra ella, mientras que la humildad saca al hombre del abismo de sus pecados. Ella fue la que salvó al publicano con preferencia al fariseo.

Si la humildad, acompañada del pecado, corre tan fácilmente que adelanta a la soberbia, ¿cuánto más no adelantará si va unida a la justicia?

Si el orgullo, unido a la justicia, puede deprimirla, ¿en qué infierno no habrá de precipitarnos si lo juntamos con el pecado?

Digo esto no para que menospreciemos la justicia, sino para que evitemos el orgullo.

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Comenta San Antonio de Padua:

En este evangelio sobresalen dos conductas: la arrogancia del fariseo y el arrepentimiento del publicano.

1º) La arrogancia del fariseo

El fariseo, inficionado por esta peste, salió del templo no justificado, porque se atribuyó de manera particular los méritos de los beneficios divinos y se estimó mejor que el publicano.

Fariseo se interpreta “separado”. Al estimarse justo, se separaba de los demás hombres y del publicano.

Sobre este tópico tenemos una concordancia en el Eclesiástico: “Hay tres clases de personas que mi alma odia y me siento molesto por su existencia: el pobre soberbio, el rico mentiroso y el viejo necio y falto de juicio” (25, 3:4).

Se dice:

– soberbio, porque va por encima (en latín, super vadens);

– mentiroso, en latín mendax, es el que engaña la mente ajena;

– viejo es aquel que no se conoce (en latín, senex, se nesciens), o sea, delira por la provecta edad, o se vuelve insipiente por la edad o por la disminución de los sentimientos.

Estos tres tipos, odiosos a Dios, se hallan en este fariseo y también en todos los soberbios.

El fariseo era un pobre soberbio: pobre, porque a través de la abertura que dejó, entraron los ladrones y hurtaron todos sus bienes; soberbio, porque, yendo por encima, se creyó mejor de lo que era. Además, el soberbio es pobre, porque carece de las riquezas de la humildad; y el que no tiene humildad, se halla en la más grande miseria.

El fariseo fue un rico mentiroso: rico, cuando dijo: “Ayuno dos veces por semana”; mentiroso, cuando antepuso: “Yo no soy como los demás”.

El fariseo fue un viejo necio: viejo, porque no se conocía a sí mismo, había perdido los sentimientos; necio porque no sabía lo que decía. Había subido al templo para orar y no para alabarse a sí mismo. Comenzó a alabarse a sí mismo, aquel que debía comenzar con la oración del Señor.

Donde hay humildad, allí hay perseverancia y salvación. El fariseo no tuvo esa humildad, y por eso cayó en el mal: mientras se justificaba, se volvió pecador.

El que guarda la humildad, se salva; el que no la guarda, vana es su fe y vana su fatiga.

Roguemos, pues, a Nuestro Señor Jesucristo, que aleje de nosotros la presunción del fariseo y grabe en nuestro corazón el evangelio de su humildad, para que podamos así subir al templo de su gloria en la resurrección general y merezcamos ser colocados a su derecha y participar de su felicidad.

Roguemos al Señor para que seamos pobres humildes, ricos sinceros y ancianos sabios; y así mereceremos llegar a las delicias y a las riquezas eternas.

 

2º) El arrepentimiento del publicano

Aquí se pueden considerar seis puntos:

– el recuerdo de la propia iniquidad,

– la humillación de la mente y del corazón,

– la contrición,

– la confesión,

– la satisfacción

– y la justificación del mismo publicano.

El recuerdo de la propia iniquidad, cuando dice: “El publicano, estando lejos”. Consciente de su iniquidad, se quedó lejos, y se reputó indigno de siquiera entrar en el templo.

El fariseo se creía estar cerca, en cambio estaba lejos. El publicano se creía estar lejos, en cambio, estaba cerca.

La humildad de la mente y del cuerpo, cuando dice: “No quería ni alzar los ojos al cielo”. La señal de humildad suele aparecer en los ojos.

En el gesto de golpearse el pecho se notan tres momentos:

– en la percusión la contrición,

– en la resonancia la confesión,

– en la mano la satisfacción de la obra.

“¡Oh Dios, ten piedad de mí, pecador!”; o sea, sé propicio hacia mí. El publicano, como el humilde, no se atreve a acercarse, para que Dios se le acerque; no mira, para ser mirado por Dios; golpea el pecho y pide un castigo, para que Dios le perdone; confiesa su pecado, para que Dios lo excuse. Y Dios lo disculpa, porque él se culpa a sí mismo.

Prestemos atención y consideremos diligentemente cuánta coherencia tiene en sí mismo este pecador: en su mente brillaba la humildad, a la que correspondía la humildad de los ojos; el corazón le dolía, la mano golpeaba, y la lengua proclamaba: “¡Dios, ten piedad de mi pecador!”.

Por eso dice el Señor, en comparación con el fariseo: “En verdad les digo que éste retornó a su casa justificado, a diferencia del otro”.

Dice San Bernardo: “El publicano, que se anonadó y se presentó como un vaso vacío, recibió una gracia más grande”.

¡Qué grande fue la gracia del Redentor! El publicano había subido al templo manchado y descendió justificado; había subido pecador y descendió santo.

Roguemos, pues, al Señor Jesucristo para que, así como perdonó al publicano sus pecados y le infundió su gracia, así nos perdone también a nosotros y nos infunda su gracia, para que merezcamos llegar a su gloria.