Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA FESTIVIDAD DE SANTA ANA

Sermones-Ceriani

 SANTA ANA

MADRE DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

(prima sobre la domínica 9ª de Pentecostés)

No se puede formar una idea más sublime ni más cabal del extraordinario mérito, de las heroicas virtudes y de la sublime santidad de Santa Ana que proclamándola madre de la Madre de Dios.

En efecto, esta augusta cualidad comprende todos los honores, excede todos los elogios.

Y así como el mismo Espíritu Santo no pudo proclamar cosa mayor de María que decir que de Ella nació Jesús, del mismo modo no es posible dar elogio más glorioso de Santa Ana que afirmar que de Ella nació María, la Madre de Jesús.

Santa Ana nació, muy probablemente, en Belén. Descendía, por línea materna, de la raza sacerdotal de Aarón, pues es creencia común que su padre pertenecía, como San Joaquín, a la familia real de David.

Es doctrina general entre los teólogos que Nuestro Señor otorgó a Santa Ana el mismo favor que al Profeta Jeremías, a San Juan Bautista y probablemente a San José, es a saber, ser santificada en el seno materno.

La bienaventurada niña recibió en su nacimiento el nombre de Ana, que significa gracia o misericordia; nombre muy a propósito para la que estaba destinada a ser madre de aquella a quien el Ángel había de llamar llena de gracia.

En efecto, se reconocieron en ella aquellas especiales y distinguidas gracias que anuncian y forman a los grandes Santos, siendo las delicias de sus padres. Se descubrió en ella un fondo de juicio, de prudencia, de modestia y de virtud, con cierto carácter de capacidad y de madurez, que la hizo amable al mismo tiempo que admirable.

Una singularísima inocencia, acrecentada sin cesar por los más valiosos tesoros espirituales, fue patrimonio de su santa vida.

Se cree piadosamente que a los cinco años fue conducida al templo y que permaneció en él doce años, consagrada al divino servicio y al ejercicio de la propia santificación.

Por el grande atractivo que profesaba a la virginidad, virtud muy poco conocida en el mundo antes del nacimiento del Redentor, hubiera pasado su vida en el celibato, de no tenerla escogida la divina Providencia para ser la más dichosa de todas las madres, después de la que sería su propia hija.

El Señor, que preparaba a la Santísima Virgen María una madre conforme a su dignidad, escogió igualmente al varón dichoso que había de ser su padre.

La pretendieron por esposa los más nobles de toda la nación; y sus padres escogieron entre todos a Joaquín, que vivía en la ciudad de Nazaret y era de la real casa de David.

Oh Dios —dice la Santa Iglesia en la oración de su Misa—, que, con preferencia a todos los demás Santos, escogiste al Bienaventurado Joaquín para ser padre de la Madre de tu Hijo…

Él fue —dice San Juan Damasceno— el que mereció recibir en matrimonio a Ana, mujer escogida por Dios y adornada de las más excelsas virtudes, cuando apenas contaba veinticuatro años.

Con este enlace se unió la familia sacerdotal con la real, circunstancia indispensable para que la Madre del Mesías pudiese nacer de este matrimonio.

Aquellas mismas virtudes que tanto habían resplandecido en Santa Ana siendo soltera, brillaron con nuevo esplendor en ella cuando se convirtió en esposa del hombre más santo que en ese momento se conocía en el mundo.

No hubo matrimonio más feliz, puesto que en ambos esposos reinaban las mismas inclinaciones, el mismo amor a la virtud, la misma inocencia y la misma pureza de costumbres; porque la misma mano que había formado aquellos dos corazones los unió con el dulce vínculo del más casto y del más perfecto amor.

El afortunado hijo de David vivió con su esposa en Nazaret, en aquella misma casa donde tiempo después debía obrarse el gran misterio de la Encarnación del Verbo el día de la Anunciación.

Dios, cuya mirada abarca el presente, el pasado y el porvenir —dice Santa Brígida— no halló quienes más digna y santamente merecieran ser padres de la Virgen María.

Eran ambos justos a los ojos de Dios —dice San Lucas hablando de los padres de San Juan Bautista, Zacarías e Isabel—, guardando como guardaban todos los mandamientos y leyes del Señor irreprensiblemente. ¿Podían ser de otra manera los padres de la augusta Madre de Jesucristo, Hijo de Dios?

San Jerónimo afirma que hacían tres partes de sus bienes la primera, la destinaban al templo de Jerusalén, la segunda la distribuían entre los pobres, y con la tercera atendían a las necesidades de la casa.

Joaquín en el monte, dice San Epifanio, ofrecía incienso, oraciones y sacrificios al Cielo para acelerar la Redención; y Ana, en el retiro de su jardín, se sacrificaba continuamente al Señor en el fervor de su oración; y cuando se dejaba ver en público edificaba a todos por su compostura, su modestia, sus palabras…, e inspiraba la admiración de su virtud y el respeto de su persona.

Por su gran caridad consideraba a los pobres como a hijos suyos; y cuando se acordaba de que era estéril, se consolaba con que tenía tantos hijos como pobres.

Parece como que el Espíritu Santo quiso hacer el retrato de Santa Ana en aquel que estampó de la mujer fuerte y perfecta que no tiene precio, y que trae la Epístola de su fiesta:

Una mujer fuerte, ¿quién podrá hallarla? Mucho mayor que de perlas es su precio. Confía en ella el corazón de su marido, el cual no tiene necesidad de tomar botín a otros. Le hace siempre bien, y nunca mal, todos los días de su vida. Busca lana y lino y trabaja con la destreza de sus manos. Es como navío de mercader, trae de lejos su pan. Se levanta antes que amanezca, para distribuir la comida a su casa, y la tarea a sus criadas. Pone la mira en un campo y lo compra; con el fruto de sus manos planta una viña. Se ciñe de fortaleza, y arma de fuerza sus brazos. Ve gustosa las ricas ganancias; no se apaga su lámpara durante la noche. Aplica sus manos a la rueca; y sus dedos manejan el huso. Abre su mano al pobre, y la alarga al mendigo. No teme por su familia a causa de la nieve, pues todos los de su casa tienen vestidos forrados. Labra ella alfombras de fino lino; y púrpura es su vestido. Conocido en las puertas es su marido, cuando se sienta entre los senadores del país. Fabrica telas y las pone en venta, vende ceñidores al mercader. Fortaleza y gracia forman su traje, y está alegre ante el porvenir. Abre su boca con sabiduría, y la ley del amor gobierna su lengua. Vela sobre la conducta de su familia, y no come ociosa el pan. Se alzan sus hijos, y la llaman bendita. La ensalza también su marido: “Muchas hijas obraron proezas; pero tú superas a todas.” Engañosa es la belleza, y un soplo la hermosura. La mujer que teme a Yahvé, esa es digna de alabanza. Dadle del fruto de sus manos, y sus obras sean su alabanza ante el pueblo.

Vemos aquí que, a los ojos de Dios, el tipo de la mujer perfecta y ejemplar es esencialmente hogareño, que está en franca oposición con el concepto moderno y con el feminismo, que tiende a equiparar cada día más los sexos, sin detenerse siquiera ante las cosas “abominables ante Dios”.

La mujer fuerte piensa en su esposo y no en sí misma, y piensa en él porque lo ama. Ve un campo que es fértil y que podría producir muchos frutos, y lo compra, renunciando a lo que podría adornarla, privándose de lo que podría hacer más cómoda su vida, hacerla majestuosa delante de la gente.

Los frutos del campo procuran el alimento, el pan; y los frutos de la viña procuran la alegría y, además, el vino para el sacrificio. Y este vino no significa alegrías sacrificadas, sino sacrificio de júbilo. Para que el esposo tenga alegrías y tenga también con qué ofrecer sacrificios de júbilo, la mujer fuerte, con el fruto de sus manos, planta una viña. Pues la mujer fuerte no vive para sí, vive para su esposo y su familia.

Dice Fray Luis de León, en su obra La Perfecta Casada, que Tres cosas le pide Dios a la mujer: que sea trabajadora, que vele y que hile. Por manera que, en suma y como en una palabra, el trabajo da a la mujer o el ser, o el ser buena; porque sin él, o no es mujer sino asco, o es tal mujer que sería menos mal que no fuese.

No se apaga su lámpara. La lámpara es símbolo de la vigilancia y solicitud. La mujer fuerte descansa, pero sólo para permanecer fuerte; duerme, pero sólo para reponer sus fuerzas. Y cuando ella maneja la rueca y el huso, símbolos de la laboriosidad femenina, descansa espiritualmente en Dios, “está con Aquél que hace crecer el lino, con Aquél que viste los lirios del campo sin que hilen, con Aquél que pide para su culto el casto lino de blancura inmaculada.

La virtud de la esposa acrecienta el prestigio del marido, así como una mujer vanidosa y ambiciosa dificulta la actividad pública de su esposo.

Se habla hoy día mucho de la participación activa de la mujer en la vida pública, pero se piensa poco en la actividad indirecta que ella ejerce como madre y esposa por medio de sus hijos y de su marido.

La investigación biológica ha demostrado que los grandes hombres de la historia deben su originalidad más a la madre que al padre, lo cual significa que la verdadera, pero invisible, formadora de los pueblos es la madre, la madre humilde y abnegada, que ni siquiera transmite su nombre a las futuras generaciones.

Santa Ana nos dejó el modelo más perfecto que tenemos de la vida interior y escondida, con el compendio de las más elevadas virtudes.

Era preciso que la santidad de su vida correspondiese a la santidad de la Hija que engendró, y que había de ser Madre del Santo de los Santos.

De este modo vivió el santo matrimonio durante largos años sin que la menor sombra alterase la serenidad de aquel cielo doméstico en el que reinaban, con absoluto imperio, la paz espiritual, el amor honesto y desinteresado, y la pureza de costumbres.

Un solo sentimiento empañaba a veces la felicidad de aquel hogar, y traía al ánimo de Santa Ana motivos de resignada tristeza: la esterilidad privaba a estos esposos de la alegría más dulce que podía desear un matrimonio en Israel, la esperanza de ser los ascendientes del Mesías, o al menos de poder presenciar en su posteridad los días del Salvador.

Dichoso seré —exclamaba el anciano Tobías moribundo— si queda algún descendiente de mi linaje para ver la claridad de Jerusalén.

Por esto la esterilidad era considerada entre los judíos como una especie de oprobio y como una maldición de Dios.

El dolor de Ana y Joaquín no era debido a aquella aparente humillación que recaía sobre ellos, pues la sobrellevaban con resignada paciencia, y con sumisión a la voluntad de Dios, sino más bien a la consideración de la venida del Mesías, tanto más que los tiempos prescritos para la realización del augusto misterio estaban ya próximos, y el Salvador, según las profecías, había de nacer precisamente de la familia de David.

Sin embargo, la esterilidad de Ana obedecía a motivos sobrenaturales y misteriosos…

Ana era figura del mundo, estéril hasta entonces; pero que muy pronto y para la salvación del género humano iba a producir el milagroso fruto.

Por otra parte, nada de lo acaecido en la tierra desde el principio del mundo podía compararse con la maravilla que Dios iba a realizar con el nacimiento de María Santísima.

Este prodigio de prodigios, este abismo de milagros, como lo llama San Juan Damasceno, sólo podía comenzar por un milagro. Esta Virgen, cuya maternidad será tan admirable, debía también nacer de modo maravilloso.

Además, la llena de gracia debía ser hija más de la gracia que de la carne y de la sangre, debía venir del Cielo más que de la tierra, y sólo Dios podía dar al mundo un fruto tan celestial y divino.

Tesoro tan inestimable reservado por el divino beneplácito a San Joaquín y a Santa Ana hizo que el Cielo les prodigara de antemano bendiciones y gracias sin cuento.

Pero quiso dejarles el honor de pagar, en cierto modo, el precio de tan gran distinción, con años de oraciones, promesas, ayunos, limosnas y con la práctica de virtudes admirables.

A todo esto juntaron los dos santos esposos la promesa de consagrar al Señor el ser querido que les concediera.

Y aunque pasaban los años y cada día parecía disminuir su esperanza, no cesaban de suplicar y confiar en Aquel que, según la Escritura, de las piedras del desierto puede hacer nacer hijos de Abrahán.

Dios iba a premiar aquella confianza con gran esplendidez.

San Joaquín fue a una montaña cercana a apacentar sus rebaños, y allí permaneció por espacio de cinco meses, llevando vida de intensa oración y ayuno. Ana, por su parte, rogaba ardientemente al Altísimo que les concediera por fin lo que tanto deseaban.

Un día en que, sentada en su jardín de Nazaret, suplicaba con mayor fervor al Señor, se le apareció el Arcángel San Gabriel y le anuncio, de parte de Dios, que sus oraciones habían sido oídas; le predijo el nacimiento de una hija que se llamaría María, objeto de la predilección de Dios y de la veneración de los Ángeles. Al mismo tiempo, era comunicada a Joaquín la grata nueva, quien regresó a su casa.

Pronto comprendió Ana que ella misma era un santuario en donde el Altísimo había realizado el más admirable prodigio que había salido de sus manos y que únicamente la maravilla de la Encarnación había de superar.

En su seno acababa de cumplirse la Inmaculada Concepción de la Virgen María, misterio inefable de amor y de gracia.

Después de María, que fue el objeto directo de la Inmaculada Concepción, no hay nadie más íntimamente unido a este misterio que Santa Ana, lo que nos hace suponer cuál sería su eminente santidad.

Si Santa Isabel fue llena del Espíritu Santo al ser santificado en su seno San Juan Bautista, fácil es imaginar el grado de santidad que inundó a Santa Ana al concebir a Aquella que sería la Madre de Dios.

Si San Juan Bautista atrajo grandes gracias a su madre al ser santificado, fácilmente se comprende los tesoros de bendiciones y el caudal de gracias que la Santísima Virgen mereció para su propia madre.

Siendo depositaria de este precioso don por espacio de nueve meses, ¡de cuántos favores celestiales sería colmada Santa Ana!

Como San Zacarías, rebosaba en San Joaquín la felicidad con que el Cielo había premiado sus esperanzas, y el altísimo honor que aquella traía aparejada.

Cuando se cumplieron sus días, nació de Santa Ana la que había de ser Madre de Dios. La alegría de aquel acontecimiento desbordó el alma de los padres, y brilló en el mundo la aurora incomparable del gran día de la Redención.

Santa Ana, en cuanto la futura Madre de Dios empezó a balbucir las primeras palabras, se encargó de enseñarle los Mandamientos de la Ley divina, los Salmos y todas las demás oraciones que la Ley y la costumbre habían determinado se hicieran aprender a los hijos de los israelitas.

No se olvidó Ana del voto que, junto con Joaquín, habían hecho; y cuando a los tres años María pudo pasar sin los cuidados maternales, pensaron en consagrarla al Señor que se la había concedido.

Ella misma la presentó al Templo de Jerusalén, para hacer al Altísimo la ofrenda de más valor que le ha sido dedicada desde los comienzos del mundo.

La santa Niña subió las quince gradas del santuario y, admitida por los sacerdotes entre las vírgenes y viudas que vivían a la sombra de la casa de Dios, se consagró de lleno a su santo servicio, permaneciendo en el lugar santo hasta sus desposorios con San José.

Cumplida ya su misión en el mundo, falleció San Joaquín al poco tiempo; y pasó Santa Ana el resto de sus días entregada a continua oración y regalando su espíritu con la contemplación de las perfecciones de la Santísima Virgen.

Santa Ana, modelo de la mujer honesta y recogida cuya dicha se cifra en servir a Dios desde el lugar de sus deberes, cuidando amorosamente del hogar y de los hijos, lejos del bullicio del mundo, ha sido siempre considerada como Patrona del hogar doméstico, y es piadosa y muy fundada la creencia que la invocación de su nombre convierte en hacendosas a las mujeres un tanto descuidadas, y protege a las trabajadoras.

Dios, su marido y su hija, fueron los objetos en que se concentraron todos los afectos de Santa Ana, sin que fuera de ellos hubiera nada en el mundo que atrajera su atención.

Por eso la vemos, cuando la aflicción de su esterilidad dominaba su espíritu, correr al Templo a desahogar su corazón en el seno amoroso de Dios, en vez de andar de casa en casa como suelen hacer gentes poco discretas que van dando fama a sus desventuras y buscando en charlas inútiles un lenitivo a sus penas.

La vemos también, una vez colmados sus deseos maternales, recogerse en su casa para dar gracias al Señor y prepararse dignamente a educar a su hija en el santo temor de Dios y en el amor a las virtudes domésticas, que tan fielmente practicaba ella misma.

El fundamento de la devoción a Santa Ana estriba en el apretado vínculo que la une con la Santísima Virgen María y con el Verbo Encarnado. Por eso, la Santa Iglesia en su Liturgia nos hace rezar de este modo:

Oh Dios, que te dignaste conferir a Santa Ana la gracia de merecer ser madre de la que dio a luz a tu Unigénito Hijo; haz propicio que seamos ayudados con la protección de aquella cuya festividad celebramos.