Para variar un poco, en lugar de hablar de obispos y teólogos, hoy traigo al blog y a esta serie de “Polémicas matrimoniales” unas palabras de J.R.R. Tolkien. Se trata de una carta a su hijo Michael Tolkien, en la que Tolkien padre comparte sus opiniones y experiencias sobre el matrimonio y la relación entre hombres y mujeres.
A mi juicio, precisamente el hecho de no ser palabras de cara a la galería, sino el consejo sincero y de corazón de un padre a su hijo, otorga un valor especial al texto. Además, esta carta nos puede ayudar a comprender mejor los libros de Tolkien al vislumbrar cómo entendía su autor el amor, la fidelidad, el sacrificio y el compromiso, temas que son fundamentales en sus escritos.
Los hombres no son [monógamos]. No sirve de nada fingir otra cosa. Simplemente no lo son, al menos no según su naturaleza animal. Para nosotros, la monogamia (aunque hace mucho tiempo que es fundamental para las ideas que hemos heredado) es un elemento de ética revelada, según la fe y no la carne. […] Es un mundo caído y no hay consonancia entre nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestras almas. La esencia deun mundo caído consiste en que lo mejor no se puede alcanzar mediante el libre disfrute o lo que se suele llamar “autorrealización” (que es generalmente un nombre bonito para la autocomplacencia, absolutamente contraria a la realización de los demás), sino negándose a uno mismo, sufriendo. La fidelidad en el matrimonio cristiano conlleva precisamente eso: una gran mortificación.
Para un cristiano, no hay vía de escape. El matrimonio puede ayudar a santificar y dirigir hacia su objeto adecuado sus deseos sexuales, y su gracia puede ayudarlo en la lucha, pero la lucha sigue estando ahí. El matrimonio no le saciará en el sentido en que comer regularmente sacia el hambre, sino que le ofrecerá tantas dificultades para vivir la pureza propia del estado matrimonial como facilidades.
Ningún hombre, por mucho que haya amado a su prometida y novia en su juventud, ha sido fiel a ella como esposa en cuerpo y alma sin un ejercicio consciente y deliberado de la voluntad, es decir, sin negarse a sí mismo. Apenas se le dice esto a nadie, ni siquiera a los educados “en la Iglesia”. Los que están fuera no parecen haberlo oído prácticamente nunca.
Cuando el encanto desaparece, o simplemente se atenúa un poco, creen que han cometido un error y que aún no han encontrado su auténtica alma gemela. Entonces,la “verdadera alma gemela” suele pasar a ser la siguiente persona sexualmente atractiva con la que se encuentran, alguien con quien podrían muy bien podrían haberse casado, si no fuera porque… De ahí el divorcio, para proporcionar el “no fuera”.
Y, por supuesto, suelen tener razón: cometieron un error. Sólo un hombre muy sabio, al final de su vida, podría realmente tomar una decisión sensata sobre con qué mujer, entre todas las posibles, debería haberse casado. Casi todos los matrimonios, incluso los felices, son errores, en el sentido de que casi con seguridad (en un mundo más perfecto o incluso con un poco más de esfuerzo en este mundo tan imperfecto) ambos cónyuges podrían haber encontrado un esposo o una esposa más adecuados). Sin embargo, tu “auténtica alma gemela” es aquella con la que de hecho estás casado. En realidad, uno elige poco: la vida y las circunstancias lo hacen casi todo (aunque, si existe un Dios, la vida y las circunstancias deben ser instrumentos suyos o sus intervenciones). […] En este mundo caído, nuestras únicas guían son la prudencia, la sabiduría (poco frecuente en la juventud, demasiado tarde en la vejez), un corazón limpio y la fidelidad de la voluntad…”
(Original tomado de Cartas de J.R.R. Tolkien)
Ya me parece oír a algunos poniendo el grito en el cielo: ¿Mortificación? ¿Negarse a uno mismo? ¿Un mundo caído? ¡Eso son oscurantismos medievales ya superados! Ahora sabemos que la vida hay que disfrutarla al máximo. ¿Cómo que mi auténtica alma gemela es aquella con la que de hecho estoy casado y que no puedo divorciarme y rehacer mi vida con otra? ¡Será insensible, intolerante, integrista y políticamente incorrecto! Eso podía valer para tiempos antiguos, cuando la esperanza de vida era más corta, pero no ahora. ¡La Biblia dice que Dios quiere que todos los hombres sean felices, así que no puede prohibir lo que me haga feliz! Es una forma de pensar inhumana e inaceptable para el hombre moderno. Este Tolkien casi parece un infocatólico.
Justamente esa forma de pensar, sin embargo, es la que se refleja en las obras de Tolkien. Como señala Elizabeth Kantor, “Aragorn debe de ser el personaje masculino más monógamo de toda la literatura moderna: se enamora de Arwen cuando tiene veinte años; espera, trabaja y gana un reino para ella; por el camino afronta que otra hermosa mujer se enamore de él como un perfecto caballero, hasta el punto de que el hermano de la mujer puede decirle ‘No tienes ninguna culpa en este asunto’; finalmente se casa con Arwen sesenta y ocho años después de haberse enamorado de ella y disfruta ciento veintidós años de un matrimonio feliz y fiel”.
¿Y qué decir de Beren y Luthien? Es una historia épica, pero también de un amor fiel, que sabe sacrificarse por la persona amada. El padre de la hermosa e inmortal doncella elfa Luthien le asigna a Beren una misión prácticamente imposible si quiere casarse con su hija: la recuperación de uno de los tres legendarios silmarils. Beren y sus compañeros emprenden la búsqueda, conscientes de que probablemente morirán, y, en efecto, son hechos prisioneros por los orcos, encarcelados y asesinados uno por uno, hasta que sólo queda Beren. Luthien sigue a Beren y también es capturada, pero consigue finalmente liberar a su amado con ayuda de un sabueso prodigioso. Beren quiere continuar la búsqueda solo, pero Luthien lo acompaña y ambos consiguen llegar a la fortaleza del Señor Oscuro. Allí las cosas terminan mal y Beren pierde una mano, devorada por un gran lobo, que también se traga la joya buscada. Posteriormente, intentando cazar a la bestia, sufre heridas tales que le provocan la muerte y Luthien muere también, destrozada por haber perdido a su amado. Finalmente, por un milagro, ambos vuelven a la vida y viven juntos como esposos hasta la muerte, que había sido asumida por la elfa como condición necesaria para casarse con un ser humano.
Esta idea de aceptar la propia muerte como precio del amor, que se repite en la historia de Arwen y Aragorn, es profundamente cristiana. No hay mayor amor que dar la vida por los que amamos. Amar, de hecho, es dar la vida. Por eso, los esposos cristianos están llamados a quererse con un amor al estilo de Cristo: amor al enemigo, que no se irrita, no toma en cuenta el mal; amor hasta la muerte, que no se acaba, sino que todo lo cree, todo lo espera, soporta todo.
Según indican varios de sus escritos, el propio Tolkien veía en la historia de Beren y Luthien un reflejo de su amor por su esposa. Aunque él no luchó contra orcos y lobos, sí que tuvo que superar dificultades para casarse con el amor de su vida. Se enamoró de Edith a los 18 años, pero era huérfano y su tutor, al descubrir su enamoramiento, le prohibió volver a tener cualquier contacto con ella hasta los 21 años. Él obedeció y durante casi tres años no la vio ni la escribió. El mismo día de su vigésimo primer cumpleaños, sin embargo, le escribió una carta pidiéndole matrimonio. A pesar de que Tolkien estaba sin trabajo, Edith aceptó su oferta y permanecieron casados cincuenta y cinco años, hasta la muerte de Edith, dos años antes de la del propio Tolkien. Están enterrados uno junto al otro y, bajo sus nombres, la inscripción de la lápida dice, simplemente, “Luthien” y “Beren”.
¿Por qué los libros de alguien con unas ideas tan reaccionarias y tan pasadas de moda atraen a tantísimos jóvenes? Precisamente porque perciben en esos libros el eco de algo más, algo que no está presente en la cultura secularizada que los rodea, obsesionada por la “autorrealización” y por la satisfacción inmediata y sin ataduras. En efecto, difícilmente encontrarán algo parecido a Tolkien en la dieta de materialismo ramplón e hipersexualizado bien masticadito que les prepara la televisión o en unos amigos que, probablemente, están tan desorientados y desesperanzados como ellos.
En una de las series de televisión tan habituales hoy, un Aragorn alérgico a la mortificación y a negar sus deseos inmediatos habría tenido un breve affairecon Eowyn y luego le habría dado la patada, diciendo: “No eres tú, soy yo. Pensé que eras la indicada, porque el amor es eterno mientras dura, pero ahora (que ya me he divertido unos días contigo) veo que no somos compatibles. Espero que podamos ser amigos”.
Una Luthien moderna exclamaría, exasperada: “¡Ya estás otra vez dejándote capturar por orcos y hombres lobo! ¡Todos los días lo mismo! Mira, Beren, lo siento, pero tenemos que dejar lo nuestro. Queremos cosas diferentes: tú quieres que te rescaten de las mazmorras de Tol In Gaurhoth, donde sufres terribles torturas, y yo lo que quiero es salir con mis amigas, divertirme y realizarme profesionalmente en mi trabajo de sub-asistente del ayudante de conserje de mi empresa”. O peor aún, al estilo de las propuestas del cardenal Kasper, podría decir: “Escucha, Beren, ya sé que nos casamos y todo eso, y yo te quiero mucho, pero resulta que, con los años, te has quedado de un viejo que da asco, mientras que yo sigo siendo joven y guapa. Y eso de que sólo tengas una mano… ¡Puaj! En fin, ¿qué le vamos a hacer? Me he enamorado de un enano que también es joven y guapo, como en la película esa. No lo busqué, pero pasó y ahora tenemos una relación irreversible, porque ¿cómo iba a volver con un viejo como tú? Entenderás que no podía esperar a que te murieras. A fin de cuentas, tengo derecho a ser feliz”. En definitiva, aburrimiento, aburrimiento y más aburrimiento.
En una modernidad decadente y cada vez más hastiada de todo, que ya hiede a tumba y descomposición, los libros de Tolkien son una brisa de aire fresco, porque sus páginas son agitadas por el mismo viento que soplaba en lo alto de Montecassino cuando unos locos se establecieron allí, el poniente que hacía ondear los pendones en Lepanto, las ráfagas tormentosas del mar de Galilea, la brisa suave de Elías, el Espíritu que aleteaba sobre las aguas antes de la creación del mundo y el último aliento de un Dios crucificado. Son libros que no mencionan a Cristo, pero en cierto modo no hablan de otra cosa.
En su carta, Tolkien recuerda con sencillez la sabiduría cristiana que inspiró tanto su vida como sus libros, comenzando por una verdad de primera comunión, que todos conocemos pero no parecemos recordar: este mundo es un mundo caído por el pecado original y, por lo tanto, el amor no es fácil, sino que requiere una lucha. Más importante aún: amar de verdad implica dar la vida, morir, negarse a sí mismo. Todos esos que intentan por todos los medios que la Iglesia apruebe el divorcio, las relaciones prematrimoniales, la gradualidad de la ley, las parejas del mismo sexo o la comunión estando en pecado, están negando que amar sea dar la vida y falsamente proponen un amor light, superficial, que no exige un auténtico sacrificio.
La otra gran verdad que Tolkien recuerda a su hijo es que tu “auténtica alma gemela” es aquella con la que de hecho estás casado. Es decir, que Dios no se ha equivocado con tu vida, que todo sucede para el bien de los que aman a Dios. Esta verdad es la que hace que el matrimonio sea una aventura y no una trampa, una obra de arte y no un azar sin sentido, un designio de amor y no un terrible error.
¿Quieren los padres sinodales saber el secreto del atractivo de Tolkien entre los jóvenes? No era aggiornarse a cualquier precio o decirle a la gente que hiciesen lo que les diese la gana sin preocuparse por nada más. Su secreto es muy sencillo: “vivir según la fe y no la carne”. O, dicho de otra forma por Tolkien en la misma carta:
“Desde la oscuridad de mi vida, con tantas frustraciones, pongo ante ti lo único verdaderamente grande y digno de amor en esta Tierra: el Santísimo Sacramento… En él encontrarás romance, gloria, honor, fidelidad y el verdadero camino de todos tus amores en esta Tierra y más aún, en la muerte. Por una divina paradoja, la muerte pone fin a la vida y exige la rendición de todos, pero sólo al probarla (o pregustarla), aquello que buscas en las relaciones terrenas (el amor, la fidelidad, la alegría) puede mantenerse o adquirir ese aspecto de realidad y de duración eterna que desea el corazón de todo hombre”.
Los cristianos podemos amar dando la vida porque nuestro destino es el cielo. Y no hay un ser humano en el mundo que no desee el cielo. Ese es el secreto.
Fuente: Bruno – http://infocatolica.com/blog/espadadedoblefilo.php

