NUESTRA SEÑORA DEL MONTE CARMELO
Para conocer una de las intervenciones marianas más antigua e importante en su lucha contra el dragón infernal y por la salvación de sus hijos debemos remontarnos al Antiguo Testamento y ascender al Monte Carmelo.
Es este un monte de Galilea, del cual la Sagrada Escritura hace descripciones maravillosas, por las cuales podemos deducir que antiguamente la tierra del Carmelo era rica y jugosa, fértil y fecunda en toda clase de frutos.
Así como el Sinaí es llamado Monte de la Ley, el Tabor el Monte de la Transfiguración y el Calvario el Monte de la Redención, de la misma manera a la santa montaña del Carmelo se le da el nombre de Monte de la Virgen.
El Monte Carmelo fue el teatro donde se deslizó la vida del Profeta Elías Tesbita, a quien la Orden de María siempre consideró como a Padre y cuya vida trató siempre de imitar.
San Elías ganó en el Monte Carmelo la victoria contra los idólatras. En efecto, ante la defección del pueblo, en el monte Carmelo hizo reunir a todo Israel y a los 450 profetas de Baal que comían a la mesa de Jezabel. Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste. He quedado yo solo como profeta de Yahveh, mientras que los profetas de Baal son 450. Que se nos den dos novillos; que elijan un novillo para ellos, que los despedacen y lo pongan sobre la leña, pero que no pongan fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, pero no pondré fuego. Invocaréis el nombre de vuestro dios; yo invocaré el nombre de Yahveh. Y el dios que responda por el fuego, ése es Dios».
Una vez obrado el milagroso sacrificio, Elías les dijo: «Echad mano a los profetas de Baal, que no escape ninguno de ellos»; les echaron mano, y Elías les hizo bajar al torrente de Cisón, y los degolló allí (cfr. III Reyes, 18: 17-40).
Más adelante el texto sagrado nos narra el diálogo entre Dios y su Profeta. Elías dijo: «Ardo en celo por Yahveh, Dios de los Ejércitos, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela». Yahveh le dijo: «Anda, vuelve por tu camino hacia el desierto de Damasco. Vete y unge a Hazael como rey de Siria. Ungirás a Jehú, hijo de Namsí, como rey de Israel; y a Eliseo, hijo de Safar, de Abelmehulá, le ungirás como profeta en tu lugar. Al que escape a la espada de Hazael le hará morir Jehú, y al que escape a la espada de Jehú, le hará morir Eliseo. Pero me reservaré 7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron» (cfr. III Reyes, 19: 14-18).
Dios consuela a Elías; dos nuevos reyes castigarán los pecados de Acab y Jezabel, y un nuevo profeta aparecerá en Israel. Es muy consoladora la promesa del Señor de un «pequeño resto» como divina respuesta al celo dolorido de Elías. A medida que nos acerquemos al fin de los tiempos los verdaderos fieles serán cada vez menos, pero Dios se reservará siempre un «pequeño rebañito».
Además, mientras Elías dirigía fervientes súplicas al cielo en favor de su pueblo a causa de la sequía de tres años y medio, desde ese Monte Sagrado divisó el Profeta la Nubecilla del Carmelo, figura de María Santísima.
La Sagrada Escritura nos enseña que Elías subió a la cima del Carmelo, y se encorvó hacia la tierra poniendo su rostro entre las rodillas. Dijo a su criado: «Sube y mira hacia el mar». Subió, miró y dijo: «No hay nada». Él dijo: «Vuelve». Y esto siete veces. A la séptima vez dijo el criado: «Hay una nube como la palma de un hombre, que sube del mar». Entonces dijo el Profeta: «Sube a decir a Ajab: Unce el carro y baja, no te detenga la lluvia». Poco a poco se fue oscureciendo el cielo por las nubes y el viento y se produjo gran lluvia (cfr. III Reyes, 18: 41-45).
La Santísima Virgen María está simbolizada por esta ligera nubecilla que, surgiendo del Mediterráneo, no bien empieza a dejarse distinguir, ya se dilata y derrama por la inmensidad del horizonte, cubriéndole de vastos y condensados vapores, y luego se disuelve en deshecha y fecunda lluvia.
También la Iglesia Católica en su historia, pero particularmente en nuestros días, sigue con su mirada aquella nubecilla, y se abandona a la más viva confianza al solo recuerdo de la prodigiosa señal que le hace descubrir a la gran Reina del Cielo, quien a manera de benéfica lluvia, con su amoroso patrocinio, cubre y defiende toda la tierra y dispone y restituye en las almas la vida de la gracia.
Carmelo y Carmelitas se hallan tan estrechamente unidos que no se pueden separar. Desde muy antiguo habitaron los Carmelitas en él y allí comenzaron a dar culto a la Virgen María, a la cual conocieron personalmente el día de Pentecostés.
Allí se organizó en el siglo XII la Orden del Carmelo; muchos y santos religiosos vivieron en su cima; a fines del siglo XIII, muchos seguidores del espíritu de San Elías derramaron su sangre en defensa de la fe de Jesucristo y del amor a María.
Desde allí, como consecuencia de las persecuciones de que los ermitaños eran objeto, se trasladó gran número de ellos a occidente y en muy poco tiempo llenaron casi todas las naciones.
San Simón Stock fue agraciado con la visita y la promesa del Santo Escapulario; él mereció recibir de manos de Nuestra Señora este don inapreciabilísimo. Estando amenazada de extinción la Orden del Carmelo, San Simón acudió confiadamente a María suplicándole su ayuda y protección, ya que era para propagar su culto que había sido fundada la Orden y se honraban sus religiosos con su mismo Nombre. La noche del 15 al 16 de julio de 1251 se le apareció la augusta Señora rodeada de coros angélicos trayendo en sus virginales manos el bendito y santo Escapulario, y se lo entregó diciéndole consoladoras palabras (ver más abajo).
María Santísima había hecho mucho por su Orden, pero aún no se sentía satisfecha; quería darle algo más. En 1316 se apareció al Cardenal Jacobo de Ossa, futuro Juan XXII, y le confió la llamada promesa sabatina para los cofrades del Santo Escapulario (ver más abajo).
Una vez recibidas la visión y la promesa, la devoción a la Santísima Virgen del Carmen se extiende, se agiganta, toma carta de ciudadanía hasta en los más escondidos parajes del mundo. La devoción al Santo Escapulario se adueña de los corazones, de papas, obispos y sacerdotes, de reyes y príncipes; de militares y marinos; de nobles y plebeyos; de ricos y pobres. Todos desean custodiar su pecho con el Santo Escapulario.
¿Y tú, estimado lector, tienes impuesto el Bendito Escapulario de la Virgen del Carmen? ¿Lo llevas siempre con fe, confianza, amor y devoción?
Recuerda que también hoy debemos librar un combate contra idólatras, y en medio de la defección del pueblo que cojea con los dos pies. Al igual de San Elías debemos arder en celo por Yahveh, Dios de los Ejércitos.
Para combatir los combates del Señor contamos con la ayuda y protección de la Santísima Virgen, vencedora del diablo y del infierno. Si somos hijos dóciles y fieles de la Inmaculada, Ella hará que triunfemos en nuestra lucha contra el demonio, el mundo y la carne.
Tesoro que encierra el Santo Escapulario
«Recibe, hijo querido, este Escapulario de tu Orden como signo distintivo de mi confraternidad y privilegio que yo he obtenido para ti y para todos los hijos del Carmelo. Quien muriese revestido de este hábito será preservado de los fuegos eternos del infierno. Esta es señal de salvación, defensa en los peligros, confederación de paz y pacto sempiterno»
Promesa Sabatina a los cofrades
«Después que salieren de este mundo y entraren en el Purgatorio, yo, que soy su Madre, descenderé graciosamente el sábado después de su muerte, libraré a cuantos hallare en aquel lugar de expiación y los llevaré al Monte Santo de la vida eterna»

