El mensaje central de San Juan Bautista era muy sencillo. En el capítulo 3 del Evangelio según San Mateo lo vemos diciendo: – “Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca”.
Y cuando Herodes lo encarceló, Jesús retomó aquel mismo tema, y en el capítulo 4 de San Mateo, en el versículo 17, leemos que “desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca”.
La palabra “arrepentimiento” en el Nuevo Testamento es la traducción del vocablo griego “metanoia” (μετανοια).
Esta palabra posee un significado muy amplio. Lo que en realidad quiere decir es “tener otra mente”, “cambiar la mente”; y a través de todo el Nuevo Testamento se utiliza para referirse a un cambio de mentalidad o de actitud con relación al pecado, a Dios y a uno mismo.
Un ejemplo clásico de “arrepentimiento” se encuentra en el pasaje del Evangelio según San Mateo 21: 28-30, que a la letra dice lo siguiente:
“¿Que opináis vosotros? Un hombre tenía dos hijos; fue a buscar al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar a la viña”. Mas éste respondió y dijo: “Voy, Señor”, y no fue. Después fue a buscar al segundo, y le dijo lo mismo. Este contestó y dijo: “No quiero”, pero después se arrepintió y fue.”
En otras palabras, ese joven “cambió de opinión”, y por esa razón, aunque al principio se había mostrado reacio a obedecer a su padre, “después se arrepintió y fue”.
En el Evangelio también encontramos a otro personaje que “se arrepintió” de lo que había hecho y lloró con abundancia.
En el capítulo 22 de San Lucas, leemos:
“55. Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos.
Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él.»
Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!»
Poco después, otro, viéndole, dijo: «Tú también eres uno de ellos.» Pedro dijo: «Hombre, no lo soy!»
Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo.»
Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo,
y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.»
Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”.
Cuando el Apóstol San Pedro se dio cuenta de la atrocidad que había hecho, “se arrepintió” y “rompió a llorar”. Y no lo hizo de cualquiera manera, sino “amargamente”.
Pues bien, creo que hasta aquí, ya nos hemos dado cuenta de que para que el arrepentimiento sea auténtico, tiene que haber un regreso por otro camino, una conversión, un nuevo comienzo. Si confesamos un pecado y nos arrepentimos verdaderamente de él, es posible que caigamos de nuevo porque somos muy débiles, pero la posibilidad es remota.
Hay, empero, otro sentimiento que se parece al arrepentimiento, pero no lo es. Ese sentimiento se llama “remordimiento”. El arrepentimiento produce en nosotros un cambio de mente, un cambio de actitud. Pero el remordimiento solo, el que no va acompañado de arrepentimiento, conduce a la desesperación.
Un personaje que ofrece un marcado contraste con San Pedro es Judas Iscariote. Sabemos que él traicionó y vendió a Nuestro Señor, pero veamos ahora cómo reaccionó.
En el Evangelio según San Mateo, capítulo 27 dice así:
“3. Entonces Judas, el que le entregó, viendo que había sido condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos
diciendo: «Pequé, entregando sangre inocente.» Ellos dijeron: «A nosotros, ¿qué? Tú verás.
El tiró las monedas en el Santuario; después se retiró y fue y se ahorcó”.
El remordimiento que sentía le condujo a la desesperación y se suicidó.
En el Libro del Apocalipsis aparecen siete mensajes que Jesús les envió por medio de un Ángel a las siete iglesias del Asia. Y en el capítulo 2, a la iglesia en Éfeso le dijo estas palabras:
“2. Conozco tus obras: tus trabajos y paciencia; y que no puedes sufrir a los malvados y que pusiste a prueba a los que se dicen apóstoles sin serlo, y descubriste su engaño.
Y tienes paciencia: y has sufrido por mi nombre sin desfallecer.
Pero tengo contra ti que has dejado tu amor del principio.
Recuerda, pues, de dónde has caído, y arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera. Si no, iré donde ti, y quitaré de su lugar tu candelero, si no te arrepientes”.
Y tú, que lees estas palabras, ¿qué vas a hacer?
Reynaldo

