SEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Por aquellos días, habiéndose juntado otra vez un gran concurso de gentes, y no teniendo qué comer, convocados sus discípulos, les dijo: «Me da compasión esta multitud de gentes, porque hace ya tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos». Le respondieron sus discípulos: «Y ¿cómo podrá nadie en esta soledad procurarles pan en abundancia?» Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?» Respondieron: «Siete». Entonces mandó Jesús a la gente que se sentara en tierra; y tomando los siete panes, dando gracias, los partió; y se los daba a sus discípulos para que los distribuyesen entre la gente, y se los repartieron. Tenían además algunos pececillos: los bendijo también, y mandó distribuírselos. Y comieron hasta saciarse; y de las sobras recogieron siete espuertas; siendo unos cuatro mil los que habían comido; en seguida Jesús los despidió.
Esta es la segunda multiplicación de los panes.
Relata el Evangelio que, antes de la primera, dijo a sus discípulos: Venid vosotros, aparte, a un lugar desierto, para que descanséis un poco. Partieron, pues, en una barca, hacia un lugar desierto y apartado.
A solas con Dios… en un lugar desierto…
Hoy leemos: ¿Cómo podrá nadie en esta soledad procurarles pan en abundancia?
Esto nos hace comprender la atracción de Jesús… ¡cómo atrae el Señor! Y atrae a la soledad…
Venid, vámonos, salgamos de aquí…, dirijámonos a la cercanía de Dios…, dejad el comercio del mundo, la preocupación superficial, la región por donde caminan unos pobres seres afligidos, que arrastran las cadenas de las costumbres y de las miras humanas…; dejad el círculo en que se mueven los hombres de rostro cansado, marchito, decaído…, pongamos entre nosotros y ese mundo miserable la vastedad del desierto…, vámonos…, vayamos a la soledad…
Nosotros traducimos a nuestra situación actual de esta manera: Salid de ella, pueblo mío… Huyamos a las montañas… El Señor nos llama a la inhóspita trinchera…
Nos llama Dios, nuestro Creador, nuestro Redentor, nuestro Juez eterno; nos llama el Omnipotente, el Misericordioso; ¡qué gracia es ésta!…; ¡y con qué rebosante gozo hemos de emprender el camino que nos conduce a las dulces fiestas del retiro, de la soledad!
Venid aparte… Hay un mundo donde nos encontramos Dios y nosotros a solas. Allí está su luz, su fuerza, su poder creador y regenerador, su espíritu purificador…
He ahí el mundo de Dios…; en este silencio se perciben el leve ruido de sus pasos y su voz que nos llama: Quítate los calzados, pisas tierra sagrada; arrodíllate, pega tu rostro al polvo; he ahí la tierra en que Dios va educando a sus Profetas y a sus Santos.
Sea ésta también nuestra patria. Apreciémosla…
Para que descanséis un poco… Sí, reposaremos… Si se apaga el ruido y se apacigua la agitación de nuestra alma, entonces nos daremos cuenta de su misteriosa presencia… y descansaremos espiritualmente, aunque el cuerpo se fatigue… o sienta hambre…
Ante el llamamiento divino, sólo cabe:
– admirar la misteriosa grandeza;
– humildad;
– agradecimiento;
– cálida confianza;
– absoluto abandono;
– no medir las consecuencias.
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Cinco mil hombres una primera vez, cuatro mil la segunda, se reúnen en torno a Jesús; le siguen con confianza y entusiasmo; porque Él es el Maestro de sus almas.
¡Tanto entusiasmo en el desierto… y con hambre!
Son almas en cuerpos hambrientos; necesitan pan; el desierto no puede ofrecérselo. Se lo da el Señor. De Dios vienen las simientes, los gérmenes, las energías; son misterios divinos; de Él, como de un abismo sin fondo, brota esta vida henchida, abundosa.
¡Qué misterios!
El pueblo no se atrevía a pedir pan. Por eso el Señor, que ama a los hombres y cuida de ellos, da pan aun a aquellos que no se lo piden.
Dios, bondadoso en extremo, exige celo, pero da las fuerzas; no quiere despedirlos sin que coman antes, para que no desfallezcan en el camino.
Aquí debemos de observar que Jesús no despidió a nadie sin comer, porque quiere que todos se alimenten de su gracia.
Si no extiendes tus manos para recibir tu parte, desfallecerás en el camino y no podrás culpar por ello al que, lleno de misericordia, ha repartido el pan.
Por otra parte, no son las muchedumbres, que comieron hasta saciarse, las que recogen los restos del pan y se los llevan, sino los discípulos; lo cual nos enseña a contentarnos con tener lo necesario, que es lo conveniente, y a no pretender más.
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En base a lo que llevamos dicho, seguir a Jesús a la soledad, a la inhóspita trinchera, sin preocupaciones ni temores, me parece oportuno recordar y repetir algunos puntos esenciales de la situación actual:
1º) Las profecías bíblicas que se refieren al triunfo de la Iglesia en la presente edad señalan un crecimiento de la iniquidad que culminará con la apostasía. Y vemos que la historia va confirmando esta visión profética.
Estamos muy lejos, después de veinte siglos de cristianismo, de ver algún país en el cual el Reino de Cristo sea efectivo, y ni siquiera se vislumbra en el futuro una semejante realización, sino más bien lo contrario.
2º) La Iglesia no ha de reinar ahora sobre el mundo, puesto que es entresacada del mundo. No ha sido encargada de conquistar al mundo. La conversión de todas las naciones no es la tarea de la Iglesia en la presente edad; sino que debe congregar a la Esposa de Jesús de entre las naciones.
No hay ningún texto en las Escrituras que demuestre que la Iglesia ha sido encargada de conquistar al mundo, o que en la presente edad obtendrá un dominio espiritual que abarcaría a todas las naciones.
La tarea de la Iglesia no está en llevar todo el mundo a Cristo, sino indudablemente en hacer conocer a Cristo a todo el mundo. Desde su fundación, la Iglesia ha recibido el mandato, no de conquistar al mundo, sino de evangelizarlo.
Jesús nos manda, repetidamente y del modo más solemne, que no esperemos la realización del Reino Mesiánico, sino la vuelta del Señor para que realice este Reino.
3º) No se trata de cruzarse de brazos en una espera estéril de la Venida del Señor, sino de ser dóciles instrumentos en las manos del Espíritu Santo con el fin de apresurar la congregación y presentación de la Esposa.
Querer fundar en la presente edad el Reino espiritual que abarque todas las naciones, es usurpar la tarea que el Padre tiene reservada para su Hijo.
4º) ¿Cómo es posible afirmar que la Iglesia es la llamada a conquistar el mundo, llegando a una dominación espiritual que abarque a todas las naciones, si el mismo Jesús nos enseña explícitamente, y sin lugar a dudas, lo contrario en la parábola de la cizaña?
¿Qué otra enseñanza se puede sacar de esta parábola, sino la de que la pequeña grey de verdaderos fieles ha de estar mortificada, acrisolada por la continua y creciente infiltración de los hijos del maligno entre la colectividad cristiana?
Aunque es doloroso decirlo, el completo olvido de esta enseñanza entre la gran mayoría de los cristianos es una de las pruebas más palpables de la verdad que Cristo anunció.
5º) Terminantemente se nos enseña no sólo que el mundo no mejorará poco a poco, sino que, por el contrario, irá obrando el misterio de iniquidad en el seno de la Cristiandad.
El misterio de iniquidad va en aumento. Presenciamos tiempos peligrosos, y vendrán aún mayores.
6º) En la presente edad, no será la Iglesia, mediante un triunfo del Espíritu del Evangelio, sino Satanás, mediante un triunfo del espíritu de apostasía, el que ha de llegar a un reino que abarcará a todas las naciones. Pues el Reino Mesiánico de Cristo será precedido del reino apóstata del Anticristo.
7º) El estado normal de la Iglesia en la presente edad es la persecución y no el dominio del mundo. Esta persecución no es su muerte, sino su vida; y el peligro mortal que amenaza a la Iglesia consiste en la fornicación con los reyes de la tierra, con que Satanás tienta constantemente a sus miembros.
8º) Se ha objetado que esta doctrina presenta una sombría perspectiva del futuro; que es la filosofía de la desesperación; que es opuesta a la idea popular de que el mundo va progresando en el bien. Muchos agregan, sarcásticamente: «si todo esto es verdad, podemos cruzarnos de brazos y esperar la Venida de Cristo».
La Verdad Divina no es agradable al cristiano mundano. ¿Acaso la predicación de Noé agradaba a los que la oían? Sin embargo, el diluvio vino. ¿Acaso era agradable lo que Jeremías profetizaba al pueblo judío? Sin embargo, sobrevino la terrible suerte de la ciudad y la cautividad de Babilonia. ¿Acaso era agradable lo que anunciaban los Profetas al pueblo judío, vaticinando la ceguera y la ruina? Sin embargo, rechazaron a Cristo, atrayendo sobre sí la ruina y la dispersión.
9º) La Iglesia, lejos de vencer la iniquidad que hay en el mundo, será acrisolada por esa misma iniquidad, que va penetrando desde el principio entre los cristianos. De este modo, la iniquidad irá aumentando hasta llegar esos tiempos peligrosos, que las Escrituras anuncian con tanta insistencia. Y agradable o no, tenemos que clamar a voz en cuello para que el trigo no sea sofocado por la cizaña, y los panes ázimos se guarden de la levadura.
10º) Aunque esta doctrina dura desagrada y desespera al cristiano mundano, el verdadero discípulo de Cristo la guarda con fidelidad y amor. Ella lo confirma no sólo en su fe en Cristo, sino también en su acatamiento a los dogmas de la Iglesia, y lo orienta en los tiempos tormentosos por los que estamos pasando.
No se desespera ni pliega los brazos para esperar la Venida de Cristo, durmiendo. Lleno de una «viviente esperanza», la más «bienaventurada esperanza»; se esfuerza por salvar a algunos de esta mundana generación pecadora y adúltera.
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Luego de la primera multiplicación, viendo el pueblo el milagro, quiso proclamar rey a Jesús. Lo divino se presenta con fuerza conquistadora a la conciencia de la muchedumbre; advertirlo y entusiasmarse con Él viene a ser una misma cosa.
En Jesús nos presenta lo divino de esta manera sublime y conquistadora. Toda la vida, con sus profundos vínculos, con su sentido y significado misteriosos, se consagra, se glorifica y se ennoblece; el desierto, la existencia sin sentido, el campo de batalla se truecan en realeza.
Pero, conociendo Jesús que habían de venir para llevárselo por la fuerza y levantarle por rey, huyó solo otra vez.
Jesús abandona la muchedumbre que le ofrece una realeza terrenal; es esta una realeza débil; una realeza que se ejerce sobre el pueblo afanoso de bienes materiales, pero indiferente respecto de los bienes espirituales; ni siquiera barrunta los planes grandiosos del Señor, apenas comprende sus luchas.
Jesús no desea tal realeza. Se retira solo para orar, y también con esto indica las fuentes de los valores verdaderos.
Allá arriba se levanta el alma y siente dulce refrigerio…
A summo cœlo, del altísimo Cielo parte Jesús para levantar la tierra; viene no para dominar y oprimir, sino para levantar y enseñar los verdaderos senderos.
Por este camino debemos andar para imitar a Jesús. Sea Él nuestro rey. Quiere serlo del corazón; las demás realezas las rechaza.
Tratemos de comprender al Señor; de comprenderlo y seguirlo…
Comprendamos los planes del Señor…; eso nos ayudará a sobrellevar el mismo aparente fracaso.
Creemos en Dios, creemos que está en nuestros templos, que obra en nuestros Sacramentos; pero que esté aquí, aquí, en medio de las luchas crueles y tristes de la vida, que influya en ellas, y que todo esto sea territorio suyo en el cual quiere imponerse…, esto nos parece algo extraño.
Creamos que Dios está en medio de nosotros… en la inhóspita trinchera…
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Dice el Padre Calmel en su Theologie de l’Histoire:
Es por un designio de su amor que el Señor quiere que su Esposa, la Santa Iglesia, sea configurada a su Pasión; que Ella pase, en una cierta medida, por la experiencia de las tinieblas y del abandono absoluto del Jardín de los Olivos. Ella debe sufrir, a su medida, el peso misterioso de ese sinite usque huc (San Lucas 22:51 «dejad hacer hasta aquí»), que Jesús pronunció en su agonía.
Si el Señor ha querido para su Esposa, en ciertas épocas, una experiencia más profunda de los dolores del Viernes Santo, es también porque ha querido darle pruebas todavía más profundas de su poder y de la intensidad de su amor.
El efecto propio de la fe es darnos otra luz que la terrena, hacernos entrever misterios que no son de este mundo, introducirnos a una esperanza que sobrepasa al infinito toda instalación de la ciudad terrena.
Sé bien que la esperanza que procede de la fe fortalecerá la esperanza natural en la edificación, siempre imperfecta, de una ciudad justa; pero, para que ello sea así, no debemos hacer de ella un todo, poner en ella nuestra esperanza última, dejarnos llevar por sueños de un mesianismo terreno.
Mesianismo terreno es el mesianismo del diablo; el movimiento de reunión universal y de fraternización de los hombres en el bienestar perfecto. Es un mesianismo que eludiría las consecuencias normales del primer pecado y que, en lugar de asumirlas delante de Dios para hacerlas redentoras, buscaría suprimirlas de esta vida.
La lucha entre el diablo y la ciudad santa durará hasta la Parusía.
El Apocalipsis no nos presenta una domesticación progresiva de la famosa Bestia. El diablo, a medida que el mundo se apresura hacia el fin, perfecciona sus métodos y organiza más sabiamente su horrible contra-iglesia.
Estoy persuadido de que el Señor nos pide, a la vista del mundo actual ganado por la apostasía, no dejarnos vencer por el espanto o la angustia. ¿Cómo no ceder a la tentación de huir o desesperar? No hay más que un solo remedio: redoblar la fe.
Encontraremos fuerza y consolación en la fe y en las palabras de la fe. Es en las palabras de Dios que hallaremos confortación:
Me da compasión esta multitud de gentes, porque hace ya tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos… Y tomando los siete panes, dando gracias, los partió; y se los daba a sus discípulos para que los distribuyesen entre la gente…

