LOS HIJOS DIFERENTES
(Lc. XIX, 11; Mt. XXV, 14)
«Mas ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y llegándose al primero le dijo: Hijo, anda a trabajar a mi viña; a lo cual respondió: No quiero; mas luego recapacitó y fue. Llegándose al otro le mandó lo mismo; y respondió: Voy, padre, y no fue. ¿Quién de los dos guardó la voluntad del padre? Respondieron (1os príncipes de la curia y ancianos del pueblo): el primero… (Mt. XXI, 28).
La exégesis antigua unánime interpretó esta sencilla parábola del pueblo Gentil y del Judío (excepto el anónimo autor del Opus Imperfectum); que es, cierto, el significado de la Parábola siguiente (1os Viñadores Homicidas) en Mateo; mas no de ésta. Pues no se puede mantener esa interpretación y ningún moderno la sostiene. Cristo mismo explicó la comparación aplicándola no a Gentiles y Judíos, sino a dos clases en el mismo pueblo judío; justos y pecadores: no cualesquiera justos sino «los que se tenían a sí mismos por justos» (Lc. XVIII, 9); no cualesquiera pecadores, sino los que se arrepentían. Inesperadamente santo Tomás después de proponer la exégesis antigua, introduce una propia de «los Laicos y el Clero», identificando a los laicos con el hijo que primero puteó y al fin hizo el trabajo; y al clero con el que no hizo nada sino buenas palabras. Parece demasiado anticlerical.
Los Santos Padres antiguos estaban demasiado entusiasmados con la construcción de la Cristiandad, en la que los Gentiles habían sido preferidos a los Judíos reprobados, de modo que todas las sobrehumanas promesas proféticas del Antiguo Testamento se trasladaban a ellos mismos, y a nosotros cuitadillos; tanto que para poder acomodarlas a la realidad fáctica de la Iglesia, hacen a veces unas distorsiones alegóricas que ya, ya… Mucha más luz y sobre todo espíritu de sobriedad ha entrado desde entonces, aunque no en todos. Quedan aun escrituristas que continúan aplicando las desmesuradas profecías parusíacas de Isaías por ejemplo al estado actual de la Iglesia: lo cual constituye un grotesco. La devoción de los Doctores antiguos es comprensible ante el medro continuo y los triunfos de la fe creciente en Europa; hoy día ya no es devoción, sino devaneo.
Cristo aplicó por sí mismo la parábola y eso (además de su contexto) excluye toda duda o discusión: «De verdad os digo que los publicanos y meretrices os preceden hacia el Reino de Dios; pues vino a vosotros Juan en el camino de la justicia, y no lo creísteis; mas los publicanos y las meretrices creyeron; y vosotros, ni siquiera después de verlos, os convertisteis a creer… Al decir «os preceden» no significa que los Príncipes de los sacerdotes (o funcionarios de la Curia) y los Masviejos del Pueblo (o miembros del Sanedrín) también iban por la vía de la justicia aunque un poco más atrás; significa que los pecadores habían entrado (la frase griega dice «hacia», y no «en» el Reino de Dios) y los «justos» no todavía; y eran exhortados a hacerlo con su ejemplo -aunque sin esperanza. La expresión griega traducida por «os preceden» equivale a nuestra expresión vulgar: «os han ganado de mano». El contexto confirma todo: la parábola está precedida por la discusión sobre la autoridad del Bautista y de Cristo (Evang. de Jes., pág. 336) y seguida por la terrible parábola de los Viñadores Homicidas en que Cristo concluye solemnemente que «será quitado de vosotros el Reino de Dios y dado a otra gente que haga fruto», por lo cual lo quisieron matar (tercera tentativa de asesinarlo en tumulto), mas se retrajeron de miedo al pueblo «que lo tenía por profeta». Y de hecho allí les hizo una amenaza profética, que se cumplió por cierto: «La piedra que los albañiles desecharon, se hará el sillar angular. Dios lo hizo y es admirable en nuestros ojos. Y el que caiga sobre esta piedra se descalabrará, y al que le caiga la piedra encima, lo hará trizas». Él era la piedra desechada por la Sinagoga: «Petra autem erat Christus», dice san Pablo. Y la Sinagoga fue hecha trizas.
Y las otras piedras con que estaba edificada su Iglesia, también era gente «desechada», e incluso desechos humanos, por regla general. ¿Por qué dice justamente «publicanos y prostitutas»?
Toma los extremos más despreciados, pues de hecho con la predicación de Juan se convertía «toda clase de gente» nos dice el Evangelio; y lo mismo sucedía con la propia, la cual Él no nombra aquí, pero continuaba la de Juan: de hecho el «entrar hacia el Reino de Dios» de esa pobre gente, era ir hacia Él, buscarlo a Él, como les mandaba el Bautista.
Cristo no nombró justamente a las prostitutas y publicanos por sentimentalismo morboso; por el romanticismo, resentimiento y demagogia de hoy en día. No existía entonces, ni era propia de Cristo, la tendencia enfermiza actual, creada a mi parecer por los románticos franceses del XIX, a preferir la «traviata» a la mujer honrada (como Dumas, Verdi; y también Tolstoy … y Dostoiewsky) o el ladrón y asesino al juez (como Víctor Hugo, Galsworthy y también más inocentemente O. Henry y Steinveck); es decir, a romper los cuadros sociales y los dictámenes de la moral común: eso es «democrassia»: es obra del liberalismo que predicó una «igualdad» imposible y creó la desigualdad mayor que ha existido en la historia del mundo. Hay muchos autores (Sholem, Ludwig) que pintan hoy día a Cristo como un demagogo y un sentimental ruso que andaba recogiendo los desechos de la sociedad por el hecho de ser desechos, no por ser pecadores arrepentidos; y la misma gran cabeza de Nietzsche cayó en esta trampa y denunció con furor la «subversión de la tabla de valores» como obra del Cristianismo y del resentimiento social. Tiene razón en creerla hoy día un hecho; también tiene razón en creerla obra del cristianismo… corrompido. El cristianismo corrompido en los países latinos es el liberalismo con sus secuelas, falsa democracia y comunismo; en los países nórdicos es el protestantismo: el único cristianismo éste que conoció de cerca Nietzsche, descendiente de una fila de «pastores» calvinistas. Nietzsche es a la vez curiosamente un profeta del Anticristo y un profeta del cristianismo puro y profundo, con el cual nunca topó. ¡y pensar que vivió en Turín cuando andaba por allí Don Bosco! Pero el cabezote alemán andaba entonces ya medio enloquecido.
El liberalismo es una cosa pegajosa y viscosa, como una rana, propia de seres blandengues. Puede que denuncie una degeneración de la raza; a osadas sintomatiza una degeneración de la inteligencia.
Él produjo esta gran confusión y farsa, que es al mismo tiempo una religión (herética) que llaman democrassia. «Cuá, cua» cantaba la rana -«Cuá, cua», debajo del río». «Democracia, democracia y democracia»: el que no repita ese shibolete es «nazi». Sí, yo la repito en todos mis discursos y audiciones radiales; pero hay verdadera y falsa democracia, señor, y yo estoy con la verdadera. -Exactamente; ¿y cual es la falsa? -«La democracia niveladora, aspirando (un gerundio mal usado) al monótono imperio de las medianías iguales, la democracia mal entendida, la que combatió Rodó…» Espléndido, ¿y cual sería la verdadera? ¡Ay, no es fácil de definir, tendría que copiar una página para eso, la que escribí en mi prólogo a la versión española de Los Héroes de Carlyle … Eche y no se derrame: que disponemos de papel y tinta. Ahí va, pues:
«La democracia es ya un hecho vencedor, es algo definitivo y además, BIEN INTERPRETADA, es legítima, es lo que piden el progreso y la justicia; se puede y se debe pues conciliarla con la idea de Carlyle, con la misión providencial del heroísmo impulsando la marcha de la vida. La democracia debe ser: igualdad de condiciones, igualdad de medios para todos, a fin de que la desigualdad que después determina la vida, nazca de la diferencia de las facultades, no del artificio social; de otro modo: la sociedad debe ser igualitaria, pero respetando la obra de la naturaleza que no lo es. Mas no se crea que la desigualdad, que después determinan las diferencias de méritos y energías, supone en los privilegiados por la Naturaleza el goce de ventajas egoístas, no: los superiores tienen cura de almas, y su superioridad (cacofonía, «cuá, cuá») debe significar sacrificio. Los mejores deben predominar para mejor servir a TODOS…»
¿Les gusta esa prosa? Supongo que la han acribillado de signos de interrogación… y admiración. Es de Clarín (Leopoldo Alas) en el prólogo del libro Ariel de Rodó. Clarín fue un liberal de talento; no me atrevo a decir inteligente. El librito Ariel es mediocre y viscoso; temo ofender a algún uruguayo con esto, pero seguramente no a todos. Muchos uruguayos saben ya qué cosa fue Rodó: un escritor que está bastante bien como «alumno aplicado» de los autores franceses (no los mejores) e ingleses (traducidos) de cuyas citas está atiborrado el libro -comenzando y acabando naturalmente con Renán; en suma, un «fot-en thème» (que dirían sus maestros) como fueron casi todos los «maestros» (discípulos) de su generación, en Uruguay y aquí. Tanto él como Clarín exponen bastante bien el ideal rusoniano de «la democracia bien entendida». Es en el fondo un disparate de gente flaca, aunque bienintencionada.
«No se puede hacer» -esa es la brevísima respuesta; y los hechos nos han mostrado que «no se hace»; como apriori se podría predecir. ¿Con qué consigue usted que sus «privilegiados por la naturaleza» se conviertan de golpe en «curas de almas», hambrientos de «sacrificio» con el fin de «mejor servir a todos»? ¿Lo ha visto usted en su pueblo? ¿Lo ha visto en todo el mundo una vez sola, y en toda la extensión de la historia? ¿Es usted así por si acaso? ¿Lo fue Rodó? Esa especie de completa santidad, que el liberalismo llamó «fraternidad», solo lo puede conseguir la más ardiente fe y caridad de Cristo (que usted combate como ateo y anticlerical); sólo lo puede conseguir la santidad heroica y HASTA AHORA NUNCA LO CONSIGUIÓ, Ni en sus épocas de más auge y esplendor, el Evangelio pudo hacer de los «privilegiados por la naturaleza» esos sacerdotes del bien común que usted sueña: salieron algunos tipos buenísimos y otros muy malos, Luis IX de Francia por un lado y Ricardo III por otro. ¡No se puede hacer! Usted ignora la naturaleza humana, ¡incluso la propia! ¡Y la ignora de blandengue que es!
«¡Hermoso ideal!» Un ideal que es irrealizable no es hermoso… ni feo: es nada. El ideal liberal es el ideal de la isla de Jauja, donde se atan los perros con longaniza y las viñas crecen solas y producen el vino ya embotellado, y la uva de mesa en cajones… para los liberales.
Es la idea rusoniana de que «el hombre es naturalmente bueno» y solamente dándole libertad «se vuelven todos buenitos, «iguales» y fraternos». Pero si a mí me dan libertad, si suprimen la policía y la Ley de Dios, le encajo un garrotazo en la cabeza a Rodó que lo hago morir antes de tiempo, Murió en Nápoles el pobre, a los 45 años, tísico y entontecido, un endeble; sobre todo de inteligencia.
Faguet, un liberal más talentudo que estos dos, pero liberal al fin, escribió: «El ideal verdadero del liberalismo es llegar a la Igualdad, Pero si se da Libertad a los hombres, crece la desigualdad; por tanto tiene que entrar a tallar la «Fraternidad», es decir, esa santidad extraordinaria que ni el cristianismo logró infundir en todos; un supercristianismo. ¿Cómo se crea ese supercristianismo? Diciendo macanas.
Si examinan la limpia página de Clarín, como cualquier página de otro liberal, incluso del Pontífice Rousseau, verán las macanas y empezarán a poner signos de admiración -o no creer a sus ojos. Todos tenemos que tener «igualdad de condiciones» a fin de que «la desigualdad que después determina la vida» no haga daño. Pues bien, eso tenemos ¿acaso al nacer no somos todos iguales? Después viene «la vida» y nos «desiguala»; sea que naciéramos en cuna de raso o de rosa, cosa que al bebé no le importa o que naciéramos en un pesebre. Bueno, pero ahora entra a tallar la «fraternidad»: los «privilegiados» por la vida tienen que ser santos. Lindo; ¿lo son ahora todos los que gobiernan en virtud de la «democracia bien entendida»? Ah, es que no se ha dado a todos «igualdad de medios… » «Igualdad de medios» en concreto significaría que todos los obreros de la bodega Colón deberían tener título de ingenieros y una bodega cada uno; pero entonces yo no tendría «igualdad de medios»: tienen que darme una bodega a mí también… y yo la fundo (de fundir no de fundar) en tres meses con toda mi literatura. La fundo sin querer.
«Entonces usted no está por la república como Clarín, sino en contra; y está por la Monarquía o más bien (¡qué horror!) por la dictadura de Franco». Y yo estoy solamente en contra de las macanas; por ejemplo, esa que dice allí sobre la «república española»: que «es legítima, y es lo que piden el progreso y la justicia». El sistema democrático es legítimo, lo han dicho todos los filósofos políticos; aunque es el más flojo de los tres sistemas legítimos; pero no es ni necesario, ni el más excelente; como implica eso de que «lo pide el progreso y la justicia»; lo pide a veces la «circunstancia» y nada más. Aquí ha mostrado la oreja la «religiosidad» liberal: la democracia es un «dogma», es lo mejor, lo necesario, lo santo. El que se le oponga es un malvado, un monstruo. Aquí está el error filosófico y teológico, que a mí me concierne como doctor sacro. Estos liberales que abominan tanto la Inquisición lo hacen porque ellos se la han apropiado: el que no es «democrático», es hereje; y debe morir. Por esa razón se ha fusilado en la Argentína a muchísima gente desde 1853 a 1890 (y también… después) porque resistían al liberalismo, por tener ellos otro sistema político… que era el verdadero. La Inquisición al fin castigaba por «fractura contumaz de la fe religiosa con daño desorden o peligro del orden social». Estos castigan por fractura de una opinión política -que es falsa. ¿Dije yo que eran blandengues? Para sus adversarios políticos no lo son, Cristo. La vieja fe en Cristo se les ha transformado en fe en Rousseau y son más herejes que los que quemaba la Inquisición; e incluso que los mismos quemadores; a los cuales yo no amo, porque he sentido sus garras en carne propia. Pero en aquellos tiempos eran necesarios, según dicen; al menos eso se puede defender. Ahora basta, Bastián, Lanza del Vasto.
El liberalismo ha desolado a este país y es la causa de su actual atraso político -y económico; e incluso religioso y cultural. La «fraternidad» liberal lejos de producir la santidad heroica, produjo lo contrario: actualmente en la Argentina ninguno puede tener éxito en política si no es un degradado. Los antiguos decían que «los virtuosos deben gobernar»; el liberalismo, sin dejar de invocar siempre la virtud, ha creado de hecho una selección al revés, que se formula así: «de hecho sólo pueden gobernar los pícaros». Hagan la prueba si quieren, traten de llegar a los tronos y a las cumbres (y al Tesoro Público) por medio de la veracidad, el honor, la honradez y la justicia; después me dicen. Me avisan rápido.
Para poner un ejemplo en lo menor. Un viejo político me dijo cuando yo tenía 23 años: «¡Qué manera de robar ahora! Todavía si robaran como en nuestro tiempos, ¡pase!» Yo me reí; pero ahora pienso que tan mala era aquella semilla de hurto y coima que sembraron nuestros gigantes padres, como su actual floración exuberante: la semilla tenía naturalmente que hacerse árbol. Es casi imposible que un gobernante actual se abstenga de robar: lo empujan a ello con una fuerza casi irresistible. ¿Quién lo empuja? Siete motivos que son siete caracteres necesarios de la «democrassia mal entendida», tal como existe entre nosotros. «El gobernante que no roba es un sonso»; este juicio moral que tiene ahora expresión y vigencia en Buenos Aires, a los ojos de Dios será falso, pero a los ojos de los porteños es verdad. Y a mis ojos, que son santafecinos, es semiverdad. A esto nos ha conducido «los superiores que tienen cura de almas, cuya superioridad debe significar sacrificio para mejor servir a todos» del ingenuo Clarín. La democrassia es un régimen… alimenticio.
Un amigo que es burócrata me dijo cuales eran las siete tentaciones de san Burocracio, a las cuales él heroicamente (aunque con caídas) resistía: 1a no trabajar; 2 a, charlar de política; 3a chismear; 4a, murmurar del jefe; 5a, tratar guarangamente al público; 6a, coimear; 7a y 1a, robar. Cuanto más alto esté el burócrata, más fácil satisfacer la tentación; y si está a la cabeza y por encima del organismo burocrático, ayúdeme a pensar. No; la democrassia con su burocrassia, su plutocrassia y su idiosincrassia, (incluso la democrassia «bien entendida») no es el mejor de los regímenes políticos posibles. Es el más flojo… y el más caro. Obras y no palabras, caballeros. Vuestro «ideal» se ha realizado al revés; en vez de gobernar los «mejores» y «sacrificarse» por el «procomún», gobiernan los bueno bueno y no se sacrifican un rábano; por suerte (y porque las leyes morales son inexorables) casi todos acaban mal.
La «verdadera democracia» es la de Cristo, a saber: hacer justicia a todos y decir la verdad a todos, sean sacerdotes o prostitutas; y ayudar a los desechos humanos a volverse seres humanos, sin pintarlos para eso románticamente como seres sobrehumanos. El verdadero demócrata es el hijo que lanzó una puteada cuando su padre lo mandó trabajar, y trabajó; no el otro que desobedeció después de decir: «Con mucho gusto, Papi»; y si me hablan de filosofía política, existe una» democracia buena» -o sea lícita- que es «el peor entre los sistemas buenos y el mejor entre los sistemas malos» -dijo Platón. A ese yo pertenezco, pues soy republicano (no español) hasta los huesos, puesto que no tengo más remedio. Si hubiese nacido en Inglaterra sería monárquico; y me iría igual de mal que aquí. Pero esa «democracia lícita» que santo Tomás denomina «república» (dejando el nombre técnico «democracia» para la demagogia, o sea, su corrupción) debe ser reforzada para dar un buen gobierno, con elemento aristocrático y elemento monárquico, «régimen mixto» como fue la República Romana, la más exitosa que ha existido. Que es lo que hay que hacer en la Argentina, hoy políticamente invertebrada (o peor, quebrada como culebra tundida); pero yo no lo voy a ver.
Mas esto que tenemos ahora no es ni democracia ni república ni liberalismo siquiera: es una desintegración política, herencia de grandes pecados nacionales que han hecho crisis; la cual Dios puede arreglar pero yo no, anoser que Dios me ayudara con un milagro: pues Dios y yo juntos podemos casi tanto como Dios solo. Los molinos de Dios muelen despacio; Dios castiga pero no con palo; Dios no paga el Sábado sino cuando quiere, y ahora ha querido «pagar» los pecados nuestros y de nuestros padres todos juntos con algo que es indudablemente castigo suyo. No tenemos más remedio que putear un poco, y después ir y hacer su Voluntad.
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