LA VISITACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA A SANTA ISABEL

EL ROSAL DE NUESTRA SEÑORA

Leonardo Castellani

***

visitacion

SEGUNDO MISTERIO GOZOSO

«LA VISITACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA A SANTA ISABEL»

Apenas se verificó el anuncio del Ángel y la concepción virginal del Hijo de Dios, la Virgen María se puso en camino con prisa hacia la montaña, a la casa de Isabel su prima, esposa de Zacarías y madre de san Juan Bautista. Porque el Ángel le había dicho: “Para Dios no hay imposibles; mira tu prima Isabel dentro de tres meses tendrá un hijo; la que fue estéril y ahora es ya vieja”. Desde este momento comienza en este rincón del mundo, la Palestina, una serie de explosiones religiosas silenciosas: son explosiones de luz sin ruido: un mundo nuevo nacía y los periodistas de aquel tiempo no se enteraron: un Ángel aparece a una jovencita, dos mujeres encinta entonan himnos a Dios, nace un niño en Belén en un galpón o caravanera, es presentado en el Templo, y dos ancianos, varón y mujer, lo festejan; y doce años más tarde se queda en el Templo de Jerusalén sin avisar a sus padres; y después de 21 años más de silencio, sobreviene la gran explosión de la mañana de Pascua, que dura hasta nosotros: los discípulos deste Niño hecho adulto y crucificado como un malhechor se lanzan audazmente ante los ejecutores, y les dicen a gritos que han crucificado al hijo de Dios, y que el Hijo de Dios ha resucitado y ellos lo han visto; y como digo, esa explosión dura hasta nosotros que la recordamos cada año en Pascua Florida, que para nosotros es más bien Pascua Frutal.  Los gaceteros de Roma (o sea, los periodistas de aquel tiempo) anunciaban en las plazas (“gazza” significa plaza) que el César Augusto había viajado a Capri y que Livio Druso había derrotado a las salvajes tribus de Germania; y no soñaban que en el término de una vida de hombre habían de anunciar que el Emperador quemaba vivos y arrojaba al fuego a los discípulos “de un tal Chrestos” que sin embargo aumentaban en vez de acabarse; y que tres siglos después todo el Imperio Romano iba a ser discípulo del tal “Chrestos”.

Los periodistas en Palestina eran los “nabbíes” o recitadores de estilo oral; la Virgen se mostró hoy día una gran recitadora: improvisó el cántico que llamamos el «Magníficat”. Su prima al verla la saludó llena de humildad y asombro, llamándola » Madre de mi Señor», inspirada por el Espíritu de Dios y sabedora del misterio de la. Encarnación. María levantó los ojos al cielo, y también llena del Espíritu Santo, dijo:

Engrandece mi alma al Señor

Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,

Porque miró la pequeñez de su esclava

Desde hoy me llamarán dichosa todas las generaciones.

Porque ha hecho en mí grandezas el que es Poderoso

Y cuyo nombre es: el Santo.

Y su misericordia de generación en generación

Para todos los que lo temen.

Hizo pujanza con su brazo

Y deshizo los pensamientos de los soberbias…

El Brazo de Dios llamaron los Profetas al Mesías venidero, al Hijo de Dios: la Virgen profetiza la obra del Hijo de Dios. Profetiza también su propia glorificación a través de todos los siglos, y después dice:

 

A los poderosos depuso del trono

Y levantó a los humildes.

Sació de bienes a los hambrientos

A los ricos los mandó vacíos.

Acogió a Israel su siervo

Acordóse de Su misericordia,

Conforme a las promesas hechas a nuestros padres

A Abrahán y a los que de él descienden

Por los siglos de los siglos.

Es la definición del Reino de Cristo: una trasformación invisible se iba a verificar en el mundo: un nuevo Israel iba a surgir y heredar las promesas hechas a Abrahán, padre de los creyentes, y renovadas siglo tras siglo por los profetas, juntas por cierto con las amenazas a los no creyentes, que también se cumplieron. Los hambrientos de justicia y santidad recibirían toda clase de bienes; los atiborrados, los que se creen seguros, poderosos y mejores que los demás, quedarían vacíos en su espíritu: porque la Virgen llama aquí “ricos” no precisamente a todos los que poseen bienes materiales, sino a los que más arriba llamó «soberbios»; pues nada hay como la soberbia para cerrar el alma a los dones de Dios.

El Cristianismo se compone de pobres: o pobres en el efecto, o pobres en su ánimo, los que no adoran al dinero ni se esclavizan a él, más lo tienen solamente como lo que es en realidad: como un instrumento o un depósito; que es un bien muy relativo comparado con los bienes del intelecto, del corazón y del espíritu.

Algunos impíos actuales pretendieron que este cántico de la Virgen, el Magníficat, era una invención de san Lucas; porque no era posible según ellos que una muchacha de menos de 20 años improvisara impromptu un exquisito poema hebraico, donde hay once alusiones a los libros del Viejo Testamento. Hoy sabemos que eso no solo es posible sino común en los medios llamados «de estilo oral”; donde no existe la escritura y menos la imprenta; y las cosas importantes son conservadas de memoria en el pueblo por medio de recitados mnemotécnicos muy hermosos: una especie de poesía primitiva, pero mucho más natural y más importante que nuestra actual poesía. Así fue escrita la Biblia, que fue recitada primero que escrita; la Virgen se había educado en el Templo, y la educación hebrea reposaba sobre la memorización de la Biblia; y así aquí la Virgen imita el cántico de Ana la Profetisa, que está en el Primer Libro de Los Reyes, el cual sabía de memoria.

San Juan más tarde llamado el Bautizador fue santificado (o sea, bautizado) en el seno de su madre por la presencia de su Dios; el cual había bajado al seno de una mujer para hacerse su primo segundo y hermano de todos los hombres; Santa Isabel conoció por revelación el misterio del Verbo Encarnado; la Virgen María improvisó un cántico que ha sido hermosamente parafraseado por Alejandro Manzoni, Mary Cóleridge y muchos otros grandes poetas cristianos; y puesto en música por Rossini, por Bach y otros grandes músicos; y la Madre de Dios permaneció modestamente en la montaña tres meses sirviendo a su prima hasta que nació el niño; y después se volvió a la casa del carpintero a esperar el otro Nacimiento.

Dijo Alejandro Manzoni:

¡Oh palma, oh lirio, oh delicada rosa!

Signo de Bendición en las naciones

He aquí que todas las generaciones Te han llamado “dichosa”.

 

EL MAGNIFICAT

Nuestra Señora no fue señorona

aunque las reinas hoy besen su huella,

niña de delantal y de borona

hija del pueblo y pueblo ha sido ella.

No pudo ser señora de alta cresta

ni de alto bordo, si hubo de aceptar

con mano que hizo el pan para la fiesta

a un carpintero pobre en el altar.

Cantó una vez improvisando un cántico

(que no creo entre damas se acostumbre)

un cántico cantó nada romántico

bajo un alero de vulgar techumbre.

Sin arte, sin cultura, hasta sin rima

fue un canto simple dedicado a Dios

y a una viejuca Elisabet, su prima,

que aún hoy repite el mundo entero en pos.

Oíd su canto. Dijo: — “A los hambrientos

Dios ha saciado o saciará en su día”

Esto lo dijo dos o tres momentos.

Dijo: — «A los ricos los dejó en la vía»

Dijo: — “De nuestros padres el arcano

Testamento se cumple”. Dijo así:

—Miró al humilde y su potente mano

magnificó la humana estirpe en mí”.

— «Doy gloria a Dios. ¡Salud Omnipotente!” —

dijo la virgen con el rostro rosa,

dijo la virgen: “Toda humana gente

me llamará dichosa — la Dichosa”

Más de una señorona se dejaba cortar la mano por decir igual…

Dijo María: “Dios miró su esclava

y grande me hizo Aquel que es sin igual”.

Hombre común fue Cristo,

y fue su Madre mujer común de una común aldea.

Dios lo dispuso, cuádrele a quien cuadre,

y así cantaba aquella niña hebrea.

Los ángeles callaron media hora

probablemente a oírla y aprender.

Se «hizo un silencio como media hora…

y ella ya estaba puesta en un quehacer.

MARY COLERIDGE

(Versión L. C. C. P.)

VIDA Y COSTUMBRES DE NUESTRA SEÑORA

Vistió la humilde Virgen lino y lana,

honró en su estado al grande y al pequeño,

ira, cólera o risa, ni por sueño

mostró tener, ni turbación humana.

De estatura de cuerpo fue mediana,

rubio el cabello, y el color trigueño,

afilada nariz, rostro aguileño,

cifrado en él un alma humilde y llana.

Los ojos verdes de color oliva,

la ceja negra y arqueada, hermosa,

la vista santa, penetrante y viva.

Labios y boca de purpúrea rosa,

con gracia en las palabras excesiva,

representando a Dios en toda cosa.

ANDRES REY DE ARTIEDA

(Español – Siglo XVI)