PARÁBOLA DEL SEÑOR Y EL SIERVO
«El siervo no es más que el Patrón ni el Discípulo más que el Maestro; mucho es que el Siervo sea tratado igual que el Patrón; pues bien, si al Señor de la Casa han perseguido (a Mí me han llegado a llamar Betzebul) a vosotros también os perseguirán…” Mt. X, 24. “Vosotros me llamáis Señor y Maestro, y decís verdad, porque lo soy; pues bien, he aquí que estoy en medio de vosotros como un Siervo” (Jo. XIII, 11). .
«La amistad exige igual -o «iguala» («iguala», sustantivo o verbo) el dicho latino tiene dos sentidos en castellano, verdaderos ambos. En latín dice: «Amor aut pares invenit aut facit»: el amor busca iguales o los hace. Para poder llamarnos amigos o hermanos, Dios se nos igualó, se hizo hombre; y al fin de su carrera Cristo, estribando en el nombre de «siervo» que nos aplicó siguiendo la tradición del A. T., proclamó que nos había levantado de categoría: «Ya no os llamaré más siervos, sino amigos». Primero les lavó los pies, no ya igualándose, mas postergándose a ellos.
«Se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo (abdicando su forma de Dios no usurpada) hecho en semejanza de hombre y en hábito encontrado de hombre; se humilló hecho obediente (virtud de siervo) hasta la muerte, y muerte de cruz (suplicio de esclavo), por lo cual Dios lo exaltó, dándole un Nombre que está por encima de todo nombre» -dice san Pablo (Phil. n, 7). Desta «forma de siervo» no cesa de asombrarse Kirkegor: esa es la que se nos propone para que reconozcamos a Dios, y eso es la que dio en rostro a sus contemporáneos: «¿Quién es éste, que habla así? ¿No es un carpintero, hijo de José? ¿No conocemos sus parientes aquí en Nazareth? ¿De Nazareth puede salir el Mesías?» Los coevos de Cristo tenían una ventaja sobre nosotros, quién lo duda: la impresión que provoca a la fe era inmediata; pero también la impresión contraria, la del «escándalo», o choque ante la «Paradoja», era más fuerte. En cuanto a la fe, somos tan dichosos y proveídos como los Apóstoles y los primeros Cristianos: «no hay Discípulos de 2a mano» dice Kirkegor; a cada uno de nosotros se revela Cristo directamente: la «ocasión» de la fe, que es el conocimiento histórico de Su vida, en aquellos fue visual, en nosotros es a través de ellos, de los «testigos»; pero la «ocasión» de la fe no es la causa de la fe. Las concausas de la fe, que son la Gracia y nuestro Albedrío, son idénticas en todos los siglos cristianos. Por tener más información que nosotros no es que creyeron los Apóstoles: con directísima y copiosa información histórica no creyeron los fariseos. Si en vez de los Cuatro Evangelios nos hubiese llegado de Pedro y de Juan la escueta información: «nosotros hemos creído que Dios apareció en tal año en humilde figura de siervo, que vivió y enseñó entre nosotros, y después de muerto», bastaba y sobraba para la fe. Y si nos hubiesen llegado los «mil libros» con datos de Cristo que san Juan dice él hubiese podido escribir, no bastaba para que creyesen Harnack y Albert Schweitzer. Pero, en fin, sobre ésto ya hablé (Evang. de Jesucristo, pág. 158) y hay que leer a Kirkegor, «Philosophische Brocken», o sea, «Riens philosophiques”.
Aunque Adán no hubiese pecado, Cristo se hubiese encarnado; pero entonces no como Siervo Sufriente sino como Rey y Corona de la Creación.
Esta es una teoría teológica que se atribuye a san Agustín (aunque dónde se halla en san Agustín, yo no lo sé) y comparten grandes teólogos -aunque santo Tomás se pronuncia en contra dudosamente. Pero más que san Agustín está en la Sagrada Escritura, como explica egregiamente Fray Luis en el primero de los «Nombres de Cristo», PIMPOLLO Y FRUTO; siendo de notar que la única razón de santo Tomás para dudarlo es «que él no lo halla en la Escritura» (S. Th., III, 9.1, a.3); nada impide que Fray Luis haya hallado en la Escritura algo que Fray Tomás no halló. «En aquel día será el Pimpollo de Dios magnifico y glorioso y el fruto de la tierra subirá a grandísima alteza» dice Isaías en el IV, 2; y toda la Escritura en diversos lugares apunta a que Cristo corona la Creación que por Él y través de Él y para Él fue hecha; pues si es el Fruto de la tierra como hombre; y para el hombre se hizo la tierra, se sigue que de todas maneras tenía que hacerse hombre: y así al nacer fue la «flor de Jessé», y Jessé era la flor del pueblo israelita, como Israel la flor de la humanidad; y al final déste proceso de la Redención, dice san Pablo que todas las cosas serán sujetas a Cristo, y Cristo las sujetará a Dios; y cerrado así el círculo de la Creación, será la Recapitulación o síntesis armoniosa de todo lo que ahora continúa dividido y desgarrado. «Porque todavía tan solo en esperanza somos salvos».
«El que quiera ser Señor entre vosotros que se haga como siervo «, mandó Cristo a los Prelados Eclesiásticos, dándoles primero el ejemplo: principalmente en ese lavado de los pies de los Apóstoles, símbolo de humildad extrema, en que hubo un gracioso coloquio con san Pedro («¡no me lavarás a mí los pies jamás de los jamases! «) Y una misteriosa réplica de Cristo que sujetó a Pedro («si no te lavare los pies, no tendrás parte conmigo»); pero que es símbolo también de su Encarnación y de su Pasión, en las cuales se hundió hasta lo más bajo para poder levantarse… y levantarnos; la cúspide del Servicio y del Amor. «Los Potentes de la tierra gobiernan prepotentemente y encima se hacen llamar Excelencia, Eminencia, Su gracia, Su Reverencia y Su Caridad; mas vosotros no así; sino el que quiera mandar a otros, que se haga siervo de todos. «Siervo de los siervos de Dios» es el título del Papa y vale más que «Su Santidad». Los dos deben marchar juntos; si no, no vale. No digo que esté mal siempre, por el uso, llamar a uno Reverencia o Eminencia; con tal que no sea a mí.
La Cruz y la Persecución, que poco después el Siervo de Jawé por antonomasia predijo a sus seguidores, son la cúspide del Servicio transformado en Amistad: ambos son sobrenaturales, es decir, incomprensibles a la razón. ¿Por qué ha de suceder que cuando un humano llega a un alto grado de virtud deba ser odiado o malentendido por los otros? La razón humana reconoce y aprueba la virtud y la santidad, mas los hombres se enfurruñan, gruñen y muerden cuando ellas se realizan en cualquiera. Ese hecho sólo bastaría para sugerir a la razón filosófica la posibilidad de un «pecado de origen», una caída o quiebra en la natura humana. Platón escribió que si surgiera en el mundo un Justo perfecto, sería cruelmente muerto por sus semejantes… desemejantes; los Santos Padres vieron en esta líneas una «profecía natural» del destino de Cristo, hecha cinco siglos antes; mas Platón profetiza hacia atrás, no hace más que describir en abstracto la escandalosa ejecución de Sócrates, que había presenciado; y deducir con simple lógica que si uno mejor que su Maestro surgiera peor le iría entre los hombres.
«El Justo será azotado, torturado, encadenado, le quemarán los ojos y finalmente después de haberlo torturado en toda clase de padecimientos, será empalado en una cruz para que conozcan que no hay que querer ser justo, sino parecer justo». (PLATÓN, Politeia, n, 361-e).
El misterio de la Redención, de la función vicarial del Dolor, de la solidaridad del género humano… Nos predican que Cristo sufriendo «pagó» por nosotros, por el pecado de Adán y los nuestros, solventó nuestra «deuda» y así nos salvó: comparación comprensible al vulgo, pero vulgar. La juridicidad romana labró por manos de los Padres Latinos esa doctrina que es una metáfora al fin, metáfora que hoy se ha vuelto peligrosa, y que la teología oriental jamás aceptó; y que se corrompió después de Lutero. San Agustín menciona a veces la «deuda» y el «pago»; pero la razón capital con que explica la Redención es que el Fuerte Armado tenía poder mortífero sobre el hombre por el Pecado; y lo perdió por hacer dar muerte injustamente a un hombre sin pecado.
«Emptio» es el latín por «compra»; «redemptio» es comprar de nuevo, pagar por un esclavo para rescatarlo; y hay un texto de san Pablo (el del «chirágraphum decretum»), que se prestaba a la metáfora mercantil; pero entendida ella crudamente o no entendida, Dios aparece como un mercader bastante irrazonable e injusto.
Dios no mercanteó con el dolor de su Hijo o de la Humanidad: el Dolor no tiene ningún valor para Él sino sólo para nosotros como cauterio: Dios no bebe lágrimas ni masca carnes vivientes, como masca Satanás según el Dante allá en el fondo de su abismo. El Dolor es el mal físico, hijo del mal moral, y para huir del cual, a veces perpetramos el mal moral; y él y la Muerte, que es su foco, son propiedad del Diablo, que es el «Homicida desde el Principio», dijo Cristo; o sea, el Gran Matador Primigenio, jefe de todos los Asesinos. Pero si el Mal del mundo todo se concentra y cae como una punta de embudo sobre un hombre sin pecado (como tiene que caer estando gobernado por el Diablo «I’Imperatór del doloroso Regno), esa punta envenenada tiene que quebrarse; y así se quebró en Cristo el Aguijón de la Muerte, como dijo san Pablo. Se quebró por su Resurrección, en la cual todos virtualmente resucitamos. Si fuimos solidarios en el Pecado por Adán, somos también solidarios en la superación del Pecado por Cristo. Y así se entiende (algo) cómo el Dolor y la Muerte persisten a pesar de la «salvación», del Bautismo, de la Eucaristía. Si Cristo «pagó» por nuestros pecados ¿por qué diablos habríamos de sufrir más todavía, es insaciable ese Dios «Padre» ofendido? Solamente porque «somos Cristo», y lo continuamos a Él en solidaridad de natura; hasta que esté destruida en el Universo la obra del pecado, no hay descanso para la progenie adánica. Si un médico se inocula la lepra a fin de encontrarle un remedio y lo encuentra y sana, no quiere decir que la lepra desaparece del globo, sino que en adelante podemos ser sanados, por el mismo medio. «Sufrimos lo que falta de la Pasión de Cristo «, (o sea, sufrimos a veces por los pecados ajenos) porque somos Cristo en cierto modo, y en Él nos salvamos: Dios ama a Cristo solamente, sólo puede amar lo Perfecto, y a los hombres solamente a causa de Cristo. Ser Cristo «Juez de los Hombres» no significa sino que por parecidos o no parecidos a Él se salvan o se pierden: o se identificaron o no se identificaron; o fueron injertados en la Viña, y vivieron; o no fueron injertados.
A una persona crucificada en forma casi intolerable ya hace muchos años y que tiene presumiblemente para otros muchos; y que ha rechazado la fe a causa déso (aunque modestamente dice que «le falta algo en su natura para creer», verdad también en cierto modo) solamente se le puede decir: «Señora, esta es una época de crucificados; hay hoy día muchísimos crucificados de diversos modos, y cada uno cree que es el peor de todos… o el único. Si se quejan a Dios, lo único que puede responder Dios es: «Yo también». También lo estuve y en cierto modo lo estoy; pero eso no es el final: eso camina a una salida. No tenemos más remedio que apoderarnos como podamos de la resurrección de Cristo, pues Él se apoderó de nuestra muerte.
Hay personas que parecen haber derechamente nacido para sufrir. Por su sensibilidad exquisita, su excelencia espiritual, las malas condiciones de su «habitat», mala salud corporal, o todo junto, su vida está sembrada apriori de espinas y tropiezos -y fracasos. En algunos lados, como en nuestro país, basta haber nacido con excelencia intelectual a veces para incurrir ineluctablemente en semejante destino. Para esos no hay más remedio: Cristo nació para sufrir; su destino fue el ser VÍCTIMA; y Él lo supo. Aunque de buena salud, tenía una sensibilidad exquisita y una empresa tremenda por delante, en “habitat» de lo peorcito que ha habido en el mundo.
El hacer daño no es amor; amor es hacer bien. A los atribulados por grandes desgracias no hay que ir a decirles que Dios los ama, que eso es prueba de amor de Dios predilectivo: eso no es lenguaje humano. Más vale que piensen están bajo la ira que no bajo dese amor tan raro; pues esos son los efectos naturales de la ira. «Porque cuando Dios castiga -Es que quiere perdonar» -dijo un poeta; mas el amor está entonces en la intención, no en los efectos; y aunque un castigo proceda de amor, no es propiamente amor. Lo contrario, esas beaterías de que «al que Dios ama lo hace sufrir» (aunque lo haya dicho Kirkegor, o el que sea) es forzar el lenguaje humano. «Todos somos por natura hijos de ira».
Cristo anunció a sus Discípulos la Crucifixión, es decir la Cruz y la Persecución; y no les dio más razón sino que «ellos no eran mayores que Él». Si Cristo no hubiese sido crucificado, la Cruz sería solamente ira y abominación, es decir, simple infierno; pero Cristo tuvo que ser crucificado desde el momento en que el Pecado se enseñoreó del mundo sensible desde el Principio. La Redención no fue una compra sino una venta; como José Ben Jakob fue vendido por sus hermanos para salvar a sus hermanos. Cristo se sumergió en lo profundo de la Humanidad raída para surgir de allí por propias fuerzas, llevándosela tras sí en virtud de solidaridad de natura: “se llevó al cielo cautiva la Cautividad» en su ascensión; -que no deja por el momento de ser Cautividad hasta que se termine la gran Conquista del Universo contra el Pecado, conquista en que el Hombre, criatura creada pero también creadora, colabora con el Creador.
Perseguida ha sido la Iglesia de Cristo siempre; y ella, créase o no, nunca ha perseguido. Es difícil de creer, porque ha habido Iglesantes (y los hay) persecutores; pero al mismo tiempo ha habido Santos que reprobaron esa persecución; o, lo que es más, la aguantaron; por ellos hablaba la Iglesia y no por los otros. La objeción que más frecuentan los impíos de hoy es de que «la Iglesia persiguió cuando pudo»; o como dijo Voltaire: «los cristianos se quejan de ser perseguidos cuando no los dejan perseguir a ellos»; objeción que Schopenhauer ha armado con todo su talento en su librito «Ueber Religion»; y todo el talento del amargo germano para en un bodrio, que lo acusa hasta de carecer de sentido histórico; mas las PARÁBOLAS de Cristo y el APOCALIPSIS de Juan responden a las dos objeciones principales de Schopenhauer, a saber, que «alegorizar» es mentir, y que la Religión «persigue»; pues las parábolas son alegorías perfectamente verdaderas y no mitos ni engaños; y la Religión verdadera NO persigue.
Llamó «perseguir» al intentar imponer la religión por presión externa o violencia; cosa repugnantísima a la conciencia cristiana y que la doctrina cristiana rechaza. Mas el reprimir la herejía en un país cristiano cuando se convierte en elemento antisocial o disociador, no es «perseguir»: es una medida política («impolítica» a veces, como fue la Renovación del Edicto de Nantes) que no crean ha desaparecido del mundo con la Inquisición, sólo se ha dado vuelta; ahora mismo, en el tiempo de la «Libertad», existe esporádicamente una «inquisición» política al revés, sin reglas y leyes, que quema sin fuego y que mata sin juicio, que encarcela y expolia, como lo saben bien por ejemplo los «colaboracionistas» franceses: sólo que antes la inquisición trabajaba, bien o mal, por la Verdad; y ahora trabaja por el error. La «Libertad» sabe matar a sus réprobos tan bien o mejor que el «Despotismo»: lean la historia de la «Libertad» liberal en España, por ejemplo; y por casa, no digamos… Cuentan que después del 25 de Mayo de 1810, con el entusiasmo patriótico del momento, un «chafIe» argentino agarró a un inocente tendero español, y lo llevaba preso a los planazos; y el «godo» gritaba: Pero ¿qué es esto?, ¿por qué me prende?, ¿yo que he hecho? y el chafIe decía: ¡Marche preso, maturrango, qué se ha pensao, que todavía estamos en los tiempos del despotismo! Admirable símbolo histórico: estábamos ya en el tiempo de la libertad; sólo que después no se ejercitó ya solamente con los españoles… la libertad de tomar presos…
El Veinticinco de Mayo
Día del Trueno y del rayo
Ultimo del Despotismo
Y… primero de lo mismo.
Esto expliqué ya en otra parte, y no hay para qué insistir: el que no lo ve, no sabe historia, sino solamente leyenda… negra.
La Leyenda Negra contra España: el drama de Schiller «Don Carlos», y su musicación por Verdi; una hórrida poesía de Heine sobre los «conquistadores»; y lo que es más espantable, una carta del gran místico ruso W. Solowief (la XVII – XX de las Österbriefe, Obr. Comp., 1, 2, pág.76 – Kommender Tag. Edit. Stuttgart, 1922) que se alegra de la derrota de España por los yanquis, atribuyéndola a castigo divino ¡por la Inquisición! -las tres cosas en un solo día, me hicieron vacilar un rato, y después me suscitaron este pensamiento: España es la única nación con «leyenda negra»; es decir calumniada sistemáticamente por la herejía, es decir «perseguida»; luego España es de Cristo: «si a Mí me persiguieron… » En efecto, España fue el único temor y rencor (después del Papa) de la herejía del siglo XVI; y lo sigue siendo. Y si España hoy día sucumbe, y el gran experimento que en ella se ha iniciado no sucede, crean que el mundo actual tiene ya poca esperanza. España es actualmente la misteriosa (y calumniada) esperanza del mundo. Pero yo desearía que Franco renunciara a tiempo, y no «ofreciera al mundo el mísero espectáculo de los Reyes decrépitos», como dijo Mussolini que él no haría… y lo hizo. Pero Franco sabrá lo que hace.
Por las dudas, conviene armarse mentalmente para la persecución; pues los nublados de hoy contienen en potencia una tormenta de persecución más maligna que todas las que han existido hasta ahora.

