QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
No vayáis a pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Yo no he venido para abolir, sino para dar cumplimiento. En verdad os digo, hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una iota, ni un ápice de la Ley pasará, sin que todo se haya cumplido.
Por lo tanto, quien violare uno de estos mandamientos, aun los mínimos, y enseñare así a los hombres, será llamado el mínimo en el reino de los cielos; mas quien los observare y los enseñare, éste será llamado grande en el reino de los cielos.
Os digo, pues, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Oísteis que fue dicho a los antepasados: «No matarás; el que matare será reo de condenación.»
Mas Yo os digo: «Todo aquel que se encoleriza contra su hermano, merece la condenación; quien dice a su hermano «racá» merece el sanhedrín; quien le dice «necio» merece la gehenna del fuego.
Si, pues, estás presentando tu ofrenda sobre el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo que reprocharte, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
La lección está tomada del Sermón de la Montaña, en que Jesucristo condensa toda la doctrina del Evangelio. Resumamos la enseñanza de los Santos Padres sobre este pasaje evangélico.
La justicia farisea, que aquí se condena, era puramente exterior. Para los fariseos, la Ley de Moisés era puramente jurídica y regulaba los actos externos, sin tomar en cuenta para nada las disposiciones del corazón.
Nuestro Señor, que es la Justicia, el Legislador Supremo, venido a la tierra para enseñarnos la Ley divina en todo su alcance y perfección, declara aquí que la Ley prohíbe no sólo el hecho material, el hecho exterior del homicidio, sino también la mala voluntad de cometerlo y las funestas pasiones que conducen a él, tales como la ira, el odio, los insultos y las palabras injuriosas…
Jesús comienza por declarar insuficiente para entrar en el Reino de los Cielos esta justicia farisaica, a la que tantas veces calificó de hipócrita.
Luego declara el sentido divino del Decálogo, empezando por el precepto que dice: No matarás.
La Ley Mosaica, que tiene mucho de ley social, condena el homicidio como el acto más contrario a este orden.
Y no se contenta con imponer el respeto a la vida del prójimo; castiga con la última pena la infracción de este precepto.
Sin embargo, los escribas y fariseos, en la explicación del quinto mandamiento, enseñaban que Dios prohibía la muerte; que solamente el homicidio propiamente dicho caía bajo la fuerza de la ley. Por lo tanto, permitían la ira, el odio, el rencor y el deseo de venganza.
Pero el divino Legislador aspira a algo más en este precepto, mira a que todos los hombres vivan en paz.
Por lo tanto, peca contra el quinto mandamiento el que mantiene y fomenta en su alma sentimientos de ira, de animosidad, de odio contra su vecino; o el que lo desprecia por medio de palabras de indignación u ofensivas.
Por eso era preciso eliminar de entre ellos, no solo las obras malas, sino también las palabras, de las que suelen nacer las reyertas y los homicidios.
La misma ley humana no se contenta con condenar las obras malas; reprueba también las ofensas de palabra, como contrarias a la paz social.
Pero Jesús va más en profundidad aún.
¿De dónde nacen las obras y las palabras malas? Del corazón. Pues ahí hay que aplicar el remedio.
Y el divino Maestro lo aplica cuando establece como norma de su Evangelio, después del amor de Dios, el amor del prójimo.
La Ley ya lo prescribía, pero era un amor limitado a los hebreos, y que los fariseos restringían, todavía más, a los de su secta.
Jesús hace de este precepto una ley universal.
Hay que amar al prójimo; y este amor ha de ser semejante al que nos tenemos a nosotros mismos.
Ahora bien, amor significa desear el bien y procurarlo en la medida de lo posible. Conforme a esto, pues, se ha de entender semejante precepto.
El que, en lugar del amor, anide en su corazón el odio al prójimo no puede tener parte en el Reino de los Cielos, que Jesucristo nos promete.
Esta es, pues, la justicia evangélica, superior a la justicia de los fariseos.
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No he venido a destruir la ley, sino a cumplirla, debe entenderse de aquellas adiciones que pertenecen a la exposición de las antiguas sentencias o a la vida en conformidad con ellas. Así es como el Señor nos enseña que hasta el deseo inicuo de hacer daño al hermano pertenece al género de homicidio.
Os digo en verdad, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Con tan magnífico exordio empezó a plenificar la obra de la Ley Antigua.
No llamó inicuos a los escribas y a los fariseos, porque no negó que tenían justicia. Es más, confirma el Antiguo Testamento delante de sus Apóstoles, comparándolo con el Nuevo, resultando el más y el menos dentro del mismo género.
La justicia de los escribas y los fariseos son los mandamientos de Moisés.
Pero, si alguno, además de los preceptos de la Ley, no cumple estos preceptos míos, que ellos consideraban como pequeños, no entrará en el Reino de los Cielos.
¿Por qué? Puesto que aquellos preceptos libran de la pena (debida a los transgresores de la Ley), mas no llevan al Reino de los Cielos; pero éstos libran de la pena y llevan al Cielo.
Y como los fariseos no comprendían que el homicidio era algo más que la destrucción de un cuerpo humano, el Señor les manifestó que todo movimiento malo que pueda contribuir a hacer daño al prójimo, debe considerarse como homicidio.
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Todo aquel que se encoleriza contra su hermano, merece la condenación…
El que se encolerice sin causa, será culpable.
Así, el que no se enfurece cuando hay causa para ello, peca.
La paciencia imprudente fomenta los vicios, aumenta la negligencia e invita a obrar el mal, no sólo a los malos sino también a los buenos.
La ira con causa no es ira, sino juicio, pues la cólera propiamente dicha es la alteración de una pasión. El que se enfada con causa, su ira no es de pasión, y por lo tanto juzga, no se irrita.
También debemos fijarnos en lo que significa enfurecerse con su hermano, puesto que no se enfurece con su hermano aquel que se enfurece por la culpa de su hermano. El que se enfurece con su hermano y no con su pecado, se enfurece sin causa.
Nadie que tenga su juicio cabal, podrá decir que se enfurece aquel que se incomoda con su hermano para que se corrija. Estos movimientos, que provienen del amor del bien y de la santa caridad, no pueden llamarse vicios, puesto que están en armonía con la recta razón.
Jesucristo no habla aquí de la ira carnal, sino de la ira espiritual. Cuando el hombre se enfurece y no quiere hacer aquello que la ira le impulsa, su carne se enfurece, pero su alma queda en paz.
Así, pues, en este primer mandamiento se trata de una sola cosa: la ira.
En el segundo se trata de dos: la ira y la voz que la expresa, como se dice en estos términos: quien dice a su hermano «racá» merece el sanedrín.
Es más probable que racá sea una voz sin significado alguno, pero manifestando la alteración de un alma indignada. Los gramáticos llaman a estas voces interjecciones, como cuando se dice por uno que padece: «¡Ay!»
El Señor, pues, quiso arrancar hasta los defectos más pequeños, y por ello nos manda que nos respetemos mutuamente.
En tercer lugar, se significan tres cosas: la ira, la voz que significa la ira y la expresión del vituperio. Por ello sigue: quien le dice «necio» merece la gehenna del fuego.
Se trata aquí de fórmulas abreviadas de maldición. Se pronunciaba una sola palabra, mas el oyente bien sabía lo que era de completar.
Tomado por sí solo, racá significa estúpido y necio en las cosas que se refieren a la religión y al culto de Dios. Necio es más injurioso que racá, porque equivale a impío, inmoral, ateo, en extremo perverso.
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Tengamos en cuenta que Jesucristo establece aquí tres grados del pecado contra este mandamiento:
Primero, cuando uno se enfurece, pero retiene el movimiento concebido en el corazón. Se trata de un sentimiento, un movimiento consentido de ira.
Si esfuerza la voz sin significación precisa, pero que por su fuerza es signo de la emoción, hay un grado más que en la cólera que calla. Es la cólera, expresada por palabras de desprecio.
Pero aún es más si expresa una palabra ciertamente injuriosa. Es la cólera manifestada por la injuria o el ultraje.
Fijémonos ahora en las tres clases de pena: el juicio, el Sanedrín y el fuego eterno, grados con los cuales subimos de lo más leve a lo más grave; pues en el juicio aún hay lugar a defenderse; al Sanedrín pertenece la pronunciación de la sentencia, cuando los jueces convienen entre sí en la clase de castigo que haya de aplicarse, y en el fuego eterno ya se expresa claramente la condenación y la pena del culpable.
El concilio esto es, el Sanhedrín o supremo tribunal del pueblo judío, constaba de 71 jueces y era presidido por el Sumo Sacerdote. Representaba la suprema autoridad doctrinal, judicial y administrativa.
Gehenna es nombre del infierno. Trae su origen del valle Ge Hinnom, al sur de Jerusalén, donde estaba la estatua de Moloc, lugar de idolatría y abominación.
De donde se ve cuán grande es la diferencia que hay entre la justicia de Jesucristo y la de los fariseos. Entre éstos la muerte de otro hace reo de juicio, y Aquél lo hace reo de juicio por la ira, de cuyas tres cosas ésta es la más leve.
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Es la primera vez que pronuncia el nombre de infierno, después que antes había hablado del Reino de los Cielos, manifestando que Él nos da éste por su amor, el otro por nuestra desidia.
A muchos les parece demasiado fuerte eso de padecer por una sola palabra una pena tan grande, por lo que algunos dicen: Que esto se expresa de una manera hiperbólica.
¡Atención!: interpretando mal estas palabras, sufriremos allí el último suplicio.
No creamos que esto sea duro, porque la mayor parte de las penas y de los pecados proceden de las palabras. Las palabras insignificantes inducen muchas veces al homicidio y han destruido ciudades enteras.
No consideremos como cosa pequeña el llamar a nuestro hermano necio, puesto que le quitamos la prudencia y el entendimiento, por los cuales somos hombres y nos diferenciamos de los animales.
Por lo tanto, si todos estos pecados de pensamiento y de palabra merecen tal castigo, ¿qué decir de los pecados de acción, como golpear y matar?
Pregunta San Agustín: ¿Con qué suplicio más grave se castiga el homicidio, si la injuria ya se castiga con el fuego del infierno? Y responde: Obliga a comprender que hay varios infiernos.
En estas tres sentencias debe observarse que hay palabras que se sobreentienden, exceptuada la primera, que tiene todas las palabras: El que se enfurece, dijo, contra su hermano (sin causa, según algunos); en la segunda, cuando dice: Pero el que dijese a su hermano raca (se entiende sin causa), y en la tercera, cuando dice: Pero el que dijese fatuo, da a entender dos cosas: a su hermano y sin causa.
Y esto es con lo que se defiende aquel dicho del Apóstol, que llama necios a los de Galacia, a quienes también denomina hermanos. No hace, pues, esto sin causa.
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La enseñanza del Señor continúa con las palabras que siguientes: Por tanto, si fueses a ofrecer tu ofrenda al altar y allí te acordares que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primeramente a reconciliarte con tu hermano, y entonces ven a ofrecer tu ofrenda.
San Agustín dice: Si no es lícito enfurecerse contra su hermano ni decirle racá ni necio, mucho menos debemos tener ninguna animadversión que pueda degenerar en odio, y por esto añade: Por tanto, si fueres a ofrecer tu ofrenda al altar y allí recordares que tu hermano tiene alguna cosa contra ti.
No dijo si tú tienes algo contra tu hermano, sino si tu hermano tiene algo contra ti, como imponiéndonos con más dureza la necesidad de reconciliarnos.
Entonces, él tiene algo contra nosotros, si le hemos ofendido en algo; pero nosotros tenemos algo en contra de él, si él nos ha ofendido, en cuyo caso no es necesario procurar su reconciliación. No pedirás el perdón a aquel que te hace alguna ofensa, sino que lo que debes hacer es perdonarlo. Como deseas que Dios te perdone, perdona tú también a tu hermano.
El Señor no quiere recibir el sacrificio de los que están enemistados. De aquí podemos conocer cuán grande sea el mal de la enemistad, por lo cual se rechaza incluso aquello en virtud de lo cual se perdona la culpa.
Vemos aquí la gran misericordia de Dios, que da preferencia a las utilidades de los hombres sobre su honor, más bien quiere la unión de los fieles que sus ofrendas.
Cuando los hombres fieles tienen alguna disensión entre sí, no recibe ninguna ofrenda de ellos, ni oye ninguna de sus oraciones, mientras dura la enemistad.
Ninguno, pues, puede ser amigo fiel de dos que son enemigos entre sí, y por ello, Dios no quiere ser amigo de los fieles mientras sean enemigos entre sí.
Y nosotros no guardamos la fe a Dios, si amamos a sus enemigos y aborrecemos a sus amigos.
Aquel que ofende primero, debe ser el que pida la reconciliación.
Has ofendido con el pensamiento, debes reconciliarte por medio del pensamiento.
Has ofendido con palabras, con palabras debes reconciliarte.
Has ofendido con obras, con obras debes reconciliarte.
Todo pecado, del mismo modo que se comete, debe hacerse por él penitencia.
Una vez obtenida la paz humana manda volver a la divina, para pasar de la caridad de los hombres a la de Dios, y por ello sigue: «Y entonces ven a ofrecer tu ofrenda».
Y por eso San Pedro nos dice, en la Epístola de este Domingo: No devolváis mal por mal, ni maldición por maldición; por el contrario, bendecid, pues habéis sido llamados a heredar la bendición. Por lo tanto, quien quiera amar la vida y ver días felices, guarde su lengua del mal y sus labios de palabras engañosas; apártese del mal y haga el bien; busque la paz y corra tras ella. Pues los ojos del Señor miran a los justos y sus oídos escuchan su oración, pero el rostro del Señor está sobre los que obran el mal.

