NOTAS SOBRE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

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– I –

Preocupaciones innecesarias

En San Marcos 16:1-4, leemos:

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. Se decían unas a otras: – ‘¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?’. Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande.

Estamos ante una escena que tuvo lugar al amanecer del Domingo de Resurrección. Aquellas mujeres se habían olvidado por completo de las promesas de Jesús en cuanto a que al tercer día después de su muerte, Él resucitaría.

Como consecuencia de ese olvido, se encaminaron al sepulcro con el propósito de ungir su cadáver. REPITO: iban a ungir el CADÁVER de Jesús. Para ellas, Él estaba tan muerto como Faraón.

Dicho sea de paso, ¡qué bueno que la Santísima Virgen no se juntó a aquel grupo de mujeres de mala memoria, y permaneció quieta en casa de San Juan, que ahora era su propia casa. En definitiva, Ella era la única que recordaba la promesa, la única que la creía y esperaba su cumplimiento.

Pero mientras iban caminando, se vieron asaltadas por preocupaciones innecesarias y comenzaron a pensar en la piedra del sepulcro. Ellas habían visto rodar aquella piedra tan grande y sabían que era una tarea imposible para tres mujeres cambiarla de sitio.

Así anduvieron por todo el camino – cavilando, pensando, angustiándose, amargándose, preocupándose…, dándose manija.

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Sin embargo, ¡qué inútil fue!; porque cuando llegaron al lugar donde estaba el sepulcro, encontraron, para su sorpresa, que la PIEDRA HABÍA SIDO RETIRADA.

¿No te sientes identificado, querido lector, con la experiencia de esas mujeres? ¡Cuántas veces te preocupas pensando en cosas que cuando llega el momento en que tienes que enfrentarte a ellas, resultan que no eran tan graves como las imaginaste!

¡Qué desperdicio de tiempo y de energías es tratar de cruzar el puente antes de llegar al río!

Cuando tu mente divague y comience a crear fantasmas que te asustan, recuerda que Jesús Resucitado es poderoso para retirar cualquier piedra, por grande que parezca, antes que tú llegues a ella.

¡Confía!

– II –

Vindicando al pobre Tomás

Todo el mundo critica a Tomás – ¡pobre Tomás! – y lo usan como el “ícono de la incredulidad”. Cuando alguien quiere decirle a otro que no tiene fe, le espeta en la cara: – “Eres más incrédulo que Tomás”.

Pero, ¿por qué culpan al pobrecillo Tomás de lo que los otros diez discípulos eran responsables?

Leamos atentamente en Juan 20, a partir del versículo 19:

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»

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¡Sí!, Tomás dudó… Que dudó es indudable (perdonen la redundancia), no hay duda de que dudó (y sigue la redundancia). Pero la culpa NO FUE DE ÉL, sino de los diez discípulos que estaban metidos en aquel aposento por miedo de los judíos.

Cuando Tomás llegó, se encontró –dice el versículo 19– que “las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, ESTABAN CERRADAS porque tenían miedo”.

Y ya dentro, ellos le comunican a Tomás que habían visto al Señor Vivo y Resucitado, y que les había dado el saludo de la paz, etc., etc. Estaban eufóricos, extasiados, exuberantes, gozosos, maravillados, atónitos, perplejos, fascinados, absortos, embelesados…. ¡¡¡PERO LAS PUERTAS SEGUÍAN CERRADAS!!!

Y eso fue lo que hizo dudar a Tomás… ¿Cómo es posible que, si estos hombres han visto a Jesús, sigan metidos aquí restregándose las manos heladas y secándose el sudor que corre de sus frentes por causa del miedo que sigue instalado en sus corazones? – Y por eso, dijo: – “NO CREO SEMEJANTE COSA”.

¿No sabes, mi amadísimo lector, que la responsabilidad de que el mundo NO CREA es enteramente nuestra? ¿Cómo van a creer si ven que nosotros actuamos de modo incongruente con la fe que profesamos?

En el Salmo 42, los hijos de Coré dicen:

Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días, ¿dónde está tu Dios?

¡Claro que sí! ¡¿Cómo no van a preguntarte?! Si lo que refleja tu rostro es una tristeza inconmensurable… ¡¿Cómo no van a dudar de Dios?!

El Apóstol San Pablo les escribió a los romanos y les dijo que “el nombre de Dios es blasfemado en el mundo por causa nuestra”.

Por tanto, cuando vayas a culpar a algún Tomás, piensa si el testimonio que tú le das está de acuerdo con lo que profesas. Si no lo está, pídele al Señor que te ayude a levantar esa fe, y entonces, podrás tú levantar la de ese pobre Tomás.

Y pídele también a la Santísima Virgen…, que no se unió a aquellas mujeres olvidadizas en su visita al sepulcro, por cuanto Ella sabía que el sepulcro estaba vacío…

Y tampoco se juntó con María Magdalena para llorar pensando lo que no era, porque Ella sabía que ese domingo no era día de llanto, sino de gozo…

Ni tampoco estaba reunida con esos discípulos, temerosos e incrédulos en el Aposento Alto a punto que confundieron al Señor con un fantasma.

Pídele que te haga participante de su fe…, de esa fe que no puso en duda jamás las Promesas de Dios.

 

Reynaldo