Las Parábolas de Cristo – P.Leonardo Castellani

  PARÁBOLA DE LOS HIJOS Y LOS CUZCOS

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Mujer, no es recto el pan de los hijos tomarlo y echarlos a los perrillos.  Cierto, Señor; pero los cachorros también comen de las migajas que caen de la mesa del patrón. (Mt. XV, 26; Mc. VIl, 27). 


Cristo puso en acción esta vez dos parábolas suyas acerca de la perseverancia en la oración, la del Amigo Insistente y la Viuda Fastidiosa, que veremos luego: son dos parábolas humorísticas, y este episodio dramático también es levemente humorístico, y no rudo, como parece a prima faz; aunque también dramático; pues el «humor» (que no es simple «chiste») no está reñido con el drama, al contrario.

Cristo había salido de la Judea hacia el nordeste, para descansar, o para dar descanso y tranquilidad a sus apóstoles, pues rugía la tempestad en Judea y ya los envolvía también a ellos; no fue a predicar a los paganos e idólatras, pues eso había prohibido Él a los apóstoles cuando los mandó en misión; y dos veces había declinado ruegos de Gentiles (quizás del Rey Abgar de Edesa) de que fuera donde ellos, pues “no he sido enviado sino a las ovejas que se perdieron de la casa de Israel». 

Cualquier hombre que quiera hacer algo sólido debe limitarse, pues las fuerzas del hombre son limitadas; y de ordinario no salir de su tierra y raigambre; como se rehusó Sócrates a huir de Atenas y refugiarse en la Eubea, incluso ya sentenciado a muerte. Y como, más heroicamente aun, Joaquín Calvo Sotelo se rehusó a salir de España.

Hoy sabemos que Cristo no anduvo simplemente por la frontera (“in fines Tyri et Sidonis», Mc. VII, 24), sino que se internó en lo que antes fuera Fenicia, al Nordeste de Galilea, llegó a la antaño opulenta capital Sidón, entonces modesto puerto romano, cruzó el Líbano y el Antilíbano y se aproximó al Mediterráneo, si es que no llegó a él. Es lindo verlo a Cristo de «turista»; aunque no lo dejaron «turistear» mucho. El rumor de sus hechos lo habían precedido y sabían por lo menos llamarlo «Hijo de David»… Cristo nunca se nombró «Hijo de David» sino «Hijo del Hombre»; era verdad que por sangre venía de David; pero para los judíos ese nombre designaba al Mesías. Mas no repugnaba a que los demás lo llamaran así.

La mujercita que Mateo llama con el nombre odiado de» cananea» y Marcos con el nombre de la actual administración romana» sirofenisa» (que nos recuerda que Marcos -o sea Pedro- habla aquí para los latinos) llamó a Cristo Hijo de David (como el ciego de Jericó); en qué sentido no lo sé; pero el hecho es que después, arrodillándose, «lo adoró». Sin duda alguna, ella lo persiguió por la calle, habló primero a los apóstoles, soportó la injuria de que Cristo no le respondiera palabra, y al fin lo atrapó para adorarlo en la casa o en la escalera de la casa- donde Cristo iba a «disimularse» -puesto que los Santos Padres no quieren que digamos «esconderse»; pero Marcos dice que Cristo quería andar de incógnito… «y no pudo».

Tenía una hija «malamente vejada» por el demonio; y sentía sus dolores como propios: «ten piedad de mí y ayúdame», le dice a Cristo; lo cual no es ninguna excepción, siendo una madre. Alguna enfermedad que no sabemos debe haber sido: vemos que Cristo en el Evangelio una vez por lo menos atribuye una enfermedad a la acción del demonio; la de la viejita encorvada. «Nervios» dirán los médicos hoy día; pues hoy día lo sabemos todo acerca de todas las enfermedades -menos curarlas. «Despáchala, Señor, porque viene embromando detrás de nosotros» pidieron los apóstoles: sin duda primero los abordó con su insistente petición a ellos, y ellos en virtud de la consigna de incógnito que tenían de Cristo, la desahuciaron. Cristo no respondió ni al ruego de los Apóstoles, ni al ferviente de la madre. No responder nada, y más a un menesteroso, es cosa dura; como hace ya diez años se ha conmigo… mi gente de Roma… y de aquí, supongo que con las mismas excelentes intenciones de Cristo. ¿Por qué lo hizo Cristo? Supongo que porque andaba de incógnito y de malhumor: los hombres lo habían cansado. Por cinco razones, dice Teofilacto, por tres razones, dice santo Tomás; mas buscar razones devotas y rebuscadas, no cuesta mucho. La razón inmediata por la cual uno no puede contestar es el malhumor –aunque si dura 10 años es demasiado: el de Cristo duró minutos, y no suprimió su bondad. Cristo era hombre; y tenía motivos de sobra entonces para estar cansado de los hombres.

Al segundo ruego hecho de rodillas, Cristo respondió con la frase susodicha de los Hijos y los Cuzcos. («Perros», trae la Vulgata Latina; «cuzcos» trae el texto griego: es lo mismo). Era una humillación y casi una contumelia hacia la mujer afligida. Los judíos tenían a los cananeos por los peores idólatras: el terrible recuerdo de los sacrificios de bebés vivos, arrojados al vientre candente de Baal, obsesionaba la mente judía, como obsesionó hasta la desesperación a los romanos el recuerdo de la misma abominación en Carthago; y produjo el célebre «delenda est Carthago»; -y lo mismo pasó con los seides de Hemán Cortés en Méjico ante la monstruosidad de la religión azteca; de lo cual no curan Enrique Heine, Prescott y todos los protestantes ignorantes que les enrostran sus «atrocidades»; cuando en realidad leyendo la verdadera historia (y no la «leyenda negra») uno se asombra más bien de lo moderados al par que heroicos como anduvieron aquellos españolazos. Bien, el caso es que la dureza de Cristo fue justificada y necesaria: el marcar la diferencia de las dos religiones era indispensable. Según dijo la Samaritana junto al pozo de Siquel: «no se tratan los judíos con los samaritanos», mucho menos se trataban los judíos con los cananeos, a los cuales abominaban -no de balde. Si los llamaban «perros» o no en ese tiempo no consta; ahora nos llaman «perros» a los «gohim» o cristianos, pero eso algunos solamente y cuando están entre ellos.

Cristo respondió con una metáfora enteramente inteligible en ese tiempo, pero que rebajaba a los orgullosos fenicios a la categoría de «perros».  La fenicia hizo la parábola completa con una frase «por las rimas» que es una maravilla de ingenio y humildad. No se defendió, se hundió más, a la categoría de cachorrito; y no pidió el pan sino las migajas, que (en la economía casera que ella conocía) les corresponden. Cristo quedó desarmado y debe de haber sonreído. Para que lo desarmen resiste el amor.

 Es posible ver cómo la dureza de Cristo no es enojo sino humor deja un resquicio abierto en sus réplicas. Los apóstoles habían contestado: «no»; Él no contesta nada. A la réplica insultante añade: «Deja que primero se sacien los hijos», volviendo la negativa en espera; y razonando con ella, como expresando una objeción más bien que un deniego; y ella responde a la objeción según todas las reglas de la escolástica; quiero decir, de los» contrapuntos» a que eran inclinados los doctores hebreos (de los cuales hay dos o tres en los Evangelios): tiroteo de preguntas y réplicas en que cada «payador» toma como suya la proposición del adversario para retorcerla en su pro. «Eso es verdad; y por eso mismo (kaí gar) los cachorritos comen de las migajas caídas de la mesa del Señor», replicó. Era ya su Señor, como lo había llamado al comienzo. ¡Oh ingeniosa piedad! ¡Oh aguda humildad! ¡Oh inventiva caridad!

Siguen en el Evangelio tres cortas frases, que son sublimes:

1°) Mujer, magna es tu fe.

 2°) Vete y hágase como quieres.

3°) Y fue sana su hija en esa hora.

Y así Cristo puso en discreto teatro lo que había predicado acerca de la oración pertinaz, por medio de una mujercita despreciada que había sufrido tres repulsas de parte de Dios y sus santos; y que no sabía estaba representando allí las partes del Amigo Insistente y la Viuda Fastidiosa, llevada por el hábil autor de «divinas comedias» que es Dios, o mejor dicho, su Verbo; del cual dijo audazmente san Clemente el Griego que «el Hijo de Dios, es el mimo de Dios», es decir el Actor o Representante.