Las Parábolas de Cristo – P.Leonardo Castellani

   PARÁBOLA DE LA PALOMA Y LA SIERPE (Mt. X, 16)

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«He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed pues prudentes como serpientes y simples como palomas. Y tened cuidado con los hombres». 


Esta parábola «zoológica» está en la mitad de las instrucciones de Cristo a los Doce, al enviarlos a su primera misión, que sigue de cerca a su Elección o Nombramiento, en el 2° año, poco antes del asesinato del Bautista. Esta instrucción o reglamento está toda junta en Mateo, fragmentada y diseminada en Marco y Lucas. La parábola está precedida por los consejos de Cristo acerca de la Pobreza de misionero (“ni oro, ni plata, ni moneda, ni dos túnicas, ni calzado, ni valija, ni bastón… «) de los cuales hay que retener el espíritu, pues la letra se acomoda a la comarca hospitalaria que era entonces Palestina; y está seguida por el prenuncio crudo de la persecución, y una serie de dichos fulgurantes que parecen esbozar toda la futura vida de la Iglesia; y son como sus asisas y basamentos.

Esta comparanza de la Víbora y el pájaro de Venus (que para los griegos no era símbolo de sencillez sino de lascivia) dice Maldonado que no tiene dificultad, y lo salta, «para no enturbiarlo con mis filosofías». A mí también me resultaría cómodo saltarlo; pero resulta que para los Padres antiguos tuvo dificultades. Porque, primero, ese bicho que repta y pica no parece «de tout repos» para modelo de un apóstol; después, que no es fácil determinar en qué la sierpe es tan prudente; y por último no se ve cómo se puede conciliar el ser a la vez dos cosas tan contrarias; por un lado simple, sencillo, cándido, franco e ingenuo y por otro cauteloso, astuto, taimado, retrancado y maula. Ese picarón de Maldonado me parece que siguió a la letra el consejo de Cristo; ante un lugar difícil, se escabulló como una culebra.

El P. Segundo Llorente, misionero en Alaska, predicando este evangelio a los esquimales, se dio cuenta que no les decía nada, pues no conocen esos dos animales; y así les dijo: «Hay que ser sencillo como el reno y prudente como la foca… ¡que cuando se ve rodeada, atropella!» En la pampa habría que decir: «sencillo como la torcaza y prudente como la comadreja»; y allá arriba en mi tierra «sencillo como el yacaré y prudente como el yaguareté», porque las víboras del Chaco, las yarará, son enteramente imprudentes, y más malas que el diablo. Pero la mejor versión de la parábola me la dio una chica del Catecismo, que me respondió que Cristo quería que fuésemos inteligentes como el diablo. Y como yo protestara, añadió: «Ya la vez, como el Espíritu Santo», que efectivamente apareció en forma de paloma. Para una chica de doce años, no está mal. Puesto que somos de Dios y vivimos en la tierra del diablo… hay que agarrarse con las dos manos; lo cual no quiere decir prenderle una vela a san Miguel y otra al diablo; que es falsa prudencia.

En efecto, lo que Cristo quiso decir es que fuésemos a la vez extremadamente abiertos y extremadamente cautos; y aquí tiene razón Maldonado. Lo difícil es conseguirlo, sin que uno de los dos extremos no se engulla al otro; sobre todo, que la serpiente no se engulla a la paloma; como pasó en el caso de Salvador del Carril; ni la paloma se engulla a la serpiente; como pasó en el caso de Sarmiento. Los doctores antiguos, Crisóstomo, Agustín, Teofilacto, el Opus Imperfectum, buscaron una cantidad de atributos de la serpiente prudente; por ejemplo, que la serpiente lo primero que defiende es la cabeza (lo cual no es verdad) y así el cristiano debe defender su fe; que la serpiente se esconde y no se ve (no siempre) y así el cristiano, etc.; que la serpiente cae sobre su enemigo sin ser vista; lo cual más que prudencia es felonía; que la serpiente cuando envejece mete la cabeza por una estrechura y sale del otro lado con una piel nueva dejando la vieja; y que la serpiente derribó a Adán por medio de la mujer («invasit fragiliorem sexum», dice santo Tomás) y así los predicadores deben convertir a los pecadores por medio … de sus mujeres; sería la conclusión, pero S. Tomás dice: «per magis aptos» -por medio de los más aptos; de donde se ve piensa que ve el caso del Edén, la mujer era la más apta… para hacer macanas Todo esto, de verdad, hoy no sirve, y solamente confunde. Cristo simplemente tomó el animal que proverbialmente es astuto, pues el Génesis dice: «la serpiente, siendo el más astuto de todos los animales…» y a ese versículo aludió Cristo. La prudencia y la astucia, aunque son diferentes, se confunden en la lengua vulgar; y así Martín Fierro (cuyos primeros 7 consejos versan sobre la Prudencia y los demás sobre todas las Virtudes Cardinales) dice: «Nace el hombre con la astucia – Que ha de servirle de guía – Sin ella sucumbiría – Pero sigún mi esperiencia – Se vuelve en unos prudencia – Y en los otros picardía».  Las Virtudes Cardinales están recomendadas en el libro de la Sapiencia (VIII,7) donde dice: «No hay nada más útil para los hombres en esta vida que la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza», de donde lo tomaron nuestros Catecismos. Mas la prudencia es la primera; sin ella ninguna virtud es virtud; con ella, están allí todas las otras, porque ella las condiciona a todas en el orden natural, así como la caridad las corona a todas en el sobrenatural. Así que para el cristiano no hay acto bueno sin la caridad o amor de Dios; como para el filósofo, sin prudencia no hay acto bueno.

 Los filósofos estoicos y más tarde los cristianos estudiaron muchísimo esta virtud y la dividieron y analizaron. Diremos la división más importante, el resto puede verse en el precioso librito del filósofo alemán Joseph Pieper: La Prudencia, recientemente traducido (Edil. Lohlé). La prudencia consta de cuatro partes, «rectitudo, perspicatia, sedúlitas y sollertia» que se pueden traducir por «derechura, penetración, maña y tacto». La «derechura» es la recta ordenación de la voluntad con respecto al Ultimo Fin, y precede a la prudencia, la cual la presupone; pues como dice Sto. Tomás, «según el fin que tenga el hombre, así juzga de todas las cosas»; de donde «los pecadores no pueden ser prudentes», pues están torcidos en la dirección misma, tienen un falso faro o un mapa equivocado; aunque pueden ciertamente ser astutos. La penetración o perspicacia es la visión clara de los fines intermedios. La maña es el conocimiento de los medios. Y el tacto o «doigté» (que dicen los franceses) es el conocimiento de todas las circunstancias y la discreción y el tino en el tocarlas; «tacto», en una palabra.

 Junto a la prudencia, Aristóteles enumeró otras tres virtudes (Ethica,l. VI) la eubolia, la synesis y la gnome, como subordinadas o auxiliares de ella; pero que en realidad la integran: consejo o miramiento, juicio o sensatez y agudeza o discernimiento. Muchas cualidades, pues, como ven, necesita el hombre incluso para gobernarse a sí mismo, que es prudencia monástica (de monós, uno solo); y más para la prudencia económica, que es gobernar una familia (oikós, casa) y más para gobernar una nación, basilíaca o regnativa; que es la que aparentemente hemos perdido los argentinos; que hoy día no somos ya prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas, sino al revés; de acuerdo a aquel poeta que escribió:

«Este Padre (lo dicen en Roma)

Es piadoso a la par que prudente

Es prudente como una paloma

Y es piadoso como una serpiente.” 

Es decir, que nuestra política en vez de ser derecha y fuerte se ha vuelto cobarde y retorcida, con más vueltas que un buscapié y más falsa que una cañada. Así pues siguiendo el consejo de Cristo la Iglesia ha sido siempre (o al menos debería ser siempre) a la vez abierta y cauta. Las dos cosas deben equilibrarse, y la una no devorar o atropellar la otra. Los protestantes achacan a la Iglesia Romana el ser «serpentina», y hay un entero sermón de J. H. Newman, precioso, en que defiende a su Madre de esta acusación inglesa, que no es sólo de allá, sino que se ha corrido por todo el mundo; y se la cargan sobre todo a los jesuitas. Dicen que Roma es tortuosa en su política, oculta en sus manejos, taimada en sus intenciones, acomodaticia en sus posiciones; oportunista y «manyacontutti»; que los curas no tienen virtudes varoniles, ni siquiera vicios varoniles, sino vicios de mujer: la lisonja, la maledicencia, la calumnia y la simulación. Hace un momento me lo dijo por teléfono un profesor socialista. Yo mismo oí una vez en San Antonio de Areco decir a un borracho: «¡No me vas a entrampar (él dijo otra palabra) aunque seas más jesuita que Don Juan Manuel de Rosas!» Me hizo gracia. Rosas se peleó terriblemente con los jesuitas; y en ese lance, ni uno de los dos pecó de exceso de diplomacia, sutileza y astucia, sino al contrario pecaron tanto Rosas como el P. Verdugo ¡de simplonería!, como se puede ver en el famoso Memorial del P. Verdugo.

Le dije al profesor que leyese el sermón de Newman; pero ni él lo tiene ni yo, a mano. En resumen, Newman explica por qué la Iglesia debe hoy día tener esa política supercauta, que a los que están fuera o prevenidos contra ella les aparece poco franca y aun poco honrada, sin razón. Una, que la Iglesia debe siempre, y más hoy, enfrentarse a la contradicción e incluso persecución: está en medio del Mundo, no está entre angelitos; y eso responde a lo de Cristo: «Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos». Otra, que no dispone de potencias mundanales o fuerzas materiales para su defensa («¿Cuántas divisiones tiene el Papa?» -preguntó irónicamente Stalin en Yalta) y por tanto no tiene más remedio que aguzar la inteligencia; y eso corresponde al «prudente como serpiente», pues muchas veces no puede conseguir sus fines derecho viejo, sino que tiene que navegar dando bordadas, como los veleros con viento contrario. Y en fin, que lo que enseña son cosas espirituales, las cuales «no estiende el hombre animal» (dijo san Pablo) y eso corresponde a lo de «No deis lo santo a los perros ni echéis perlas a los cochinos»; lo cual la hace aparecer a veces como «cachotiére», o sea, escondedora o disimulada. Disimular no es simular; y a veces no hay más remedio que disimular un poco. Naturalmente que puede en esto haber abusos (han existido Maquiavelo, Richelieu y Antonelli) y Dios quisiese que yo no tuviera tremenda experiencia de que los hay. Pero en fin, eso mismo lo previó Cristo. Previó que habría obispos melenos, puro palominidad; y obispos retorcidos, pura serpentosidad. Pero no se afligió demasiado por eso, como es bien no nos afligimos nosotros.
[jj4] Comentário: Como dice Bruce Marshall en su graciosa novela Red Danube, que es también una donairosa parábola, sobre este tema. Eso viene de no atender a lo que sigue después de la parábola, del versillo 17 al 42: esa profecía cruda de la persecución, esos dichos fulgurantes, absolutos y tremendos de Cristo, como ningún otro hombre en el mundo ha dicho; por ejemplo: «Dejad vuestro padre y vuestra madre» – «No he venido a traer la paz sino la espada» – y «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará … «. «El martirio no es chacota», me decía días pasados el poeta Demaría. La vida cristiana no es chacota.