Las Parábolas de Cristo – P.Leonardo Castellani

  PARÁBOLA DEL LETRADO DOCTO  

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«¿Entendisteis todo esto? Respondieron: Claro. Les dijo: Por eso todo letrado docto se parece a un padre de familia que saca de su Tesoro lo de ayer y lo de hoy». – «Mas viendo a las turbas se compadeció, pues estaban vejadas y oprimidas como ovejas sin Pastor» – «Rogad pues al Señor que mande operarios a su mies» – «Las zorras tienen cuevas y los pájaros nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza». (Mt. XIII, 51; Mt. IX, 36; Lc. X, 2; IX,58).


Esta breve comparación, puesta después de las de la Semilla y la Cizaña, se refiere al oficio de Cristo profeta; y al de los Apóstoles, los «hijos de profeta». Casi no hay poeta que no haya hecho un poema sobre su propio arte. Después de ella, dice el Evangelio que Jesús salió de allí y predicaba por las Sinagogas de ellos -es decir, recitaba; y que se admiraban mucho; y al final se escandalizaban, despreciando el humilde linaje, la pobre extracción y la apariencia común del Profeta; lo cual dice santo Tomás viene de la malicia humana, pues el vulgo, según Aristóteles, «paralogiza»; es decir, generaliza demasiado y juzga por las apariencias. Mas Él, por medio de la mies madura, iba.

Cristo, de por su oficio, era «nabí» o recitador. Hemos dicho lo que es esto en la introducción de El Evangelio de Jesucristo. Era un oficio importante, como si dijéramos periodistaprofesorpoeta, ahora, y más aun: todos los antiguos Profetas no fueron otra cosa. Materialmente considerado (aparte la inspiración divina) era un arte necesario y sutil; y el que lo poseía era «letrado»; y si era versado y avezado era «docto» (el griego dice «bien enseñado») y en este caso no en cualquier cosa versado sino en «el Reino de los Cielos», lo cual indica la vocación o inspiración divina de los grandes Profetas, contradistintos de los meros repetidores, o «hijos de Profeta» y de los profesionales o pseudoprofetas. Dice J. Chaine en «Introduction a la lecture des Prophétes»: «Los profetas oradores (recitadores) como Amós, Oseas, Isaías, componían oralmente en un estilo rítmico. Este ritmo consiste en una cierta cadencia, con un desenvolvimiento por junción de una palabra (misma) en sitios paralelos (palabra broche) y por frases repetidas a modo de estribillo, Las leyes de este ritmo son muy vagas; y en quererlas precisar mucho, se arriesga atropellar los textos» … (las leyes del estilo oral son más sencillas y menos rígidas que las del actual verso; y se pueden precisar, como ya está dicho, sin atropellar más que las traducciones, abrevias y arreglos de los textos finalmente escritos. Paréntesis nuestros). Chaine introduce después los »profetas escritores-no-oradores»; que no son más que los repetidores-escribas, como Mateo y Juan, cuando al fin de su vida pusieron por escrito sus recitados de «meturgemanes». El «tesoro» llamaban los meturgemanes a su «repertorio».

Creo que es cosa tremenda poder penetrar los abismos de futuro, como Cristo. Se me ocurrió una vez (cuando estudié en teología «las tres ciencias de Cristo») que por tener la «ciencia profetal» el Señor se hubiese muerto, de no tener al mismo tiempo la ciencia divina: los dolores y los horrores del futuro, irrumpiendo en su corazón sensibilísimo, se lo hubieran detenido. La ciencia divina, llamada también «visión beatífica» estaba en Cristo como suspendida-no-anulada, como una especie de «background» de sus otras dos ciencias, la «experimental» y la «infusa»: de otra manera, Cristo no hubiese podido sentir ni sufrir ni morir: la visión beatífica inmortaliza y beatifica; y Cristo en su vida mortal no fue beatífico ni beato. Mas la visión de Dios suprimía o contenía en Él el efecto devastador de la visión de los males de la Humanidad, a la cual amaba demasiado. Esta es para mí la explicación única de ese enigma o misterio de «las tres ciencias de Cristo»; las cuales consideradas racional o racionalísticamente dan de Cristo (hablando con reverencia) una especie de monstruo inconcebible; pues no se puede ver cómo pueden coexistir tres conoceres contrarios y aun excluyentes. La ciencia divina estaba en «background»; y así pudo decir con verdad: «Eso no lo sé» – siendo así que lo sabía todo. Si la ciencia divina deja el «back-ground», las otras dos se vuelven de golpe superfluas, y aun imposibles.

Lo primero que admiraban los auditores era el «metier» de Cristo, y se extrañaban de él en un hombre sin estudios, venido de aquí no más, «de entre nosotros»; después se escandalizaban del contenido de esa recitación sabia y hábil, es decir, de la Profecía, que era desmesurada, y parecía romper la Ley y aun blasfemar. Ella introducía «nova et vetera», cosas nuevas y antiguas; más parecía toda nueva -y lo era.

En la interpretación espiritual de esta parábola por san Gregario se dice que «nova et vetera» significa el Antiguo Testamento iluminado y transfigurado por el Nuevo; y así es. Mas lo que designa inmediatamente era que Cristo hacía recitados nuevos, propios, originales; y no se limitaba a declamar de memoria los antiguos profetas.

Profeta significa literalmente el que habla en nombre de otro (y no viene de procul y fanus, que dice santo Tomás; sino de pro y faoo, hablar por) y así Aarón fue el «profeta» de Moisés; mas en los profetas de vocación ese «otro» era Dios. Había nubes de recitadores profesionales, que formaban escuelas y círculos como nuestros literatos; que acompañaban sus declamaciones con danzas y músicas, más o menos como Berta Singerman; y que incluso quizás se hacían incisiones y cortes con cuchillos y espadas cortas con que danzaban; mas esto último solamente consta de los profetas idólatras de Baal (III Reg., XVIII, 26) de los cuales se burla Samuel. Chaine en su libro extiende el «dervichismo» y el «yoguismo» de musulmanes e hindúes a toda el Asia y a todos los tiempos; sin reparar que el pueblo hebreo era excepcional. Esas locuras y grotescos que aparecen en cultos diversos y posteriores, no existieron en Israel, si hemos de creer las Escrituras: bástenos indicar que Isaías y Miqueas desprecian a los «repetidores» y Jeremías y Ezequiel los atacan; y que de ellos salían los «pseudoprofetas», poetas sin inspiración, aduladores de reyes y divertidores de la plebe, politiqueros y patrioteros, como entre nosotros también. Zacarías (el penúltimo de los profetas) no vacila en atribuir su ruidosa «inspiración» dellos al espíritu impuro.

No hay pues «profetas de vocación y profetas de profesión» sino profetas, y repetidores y pseudoprofetas; o sea mistificadores peligrosísimos. No se dice que los repetidores carecieran del «metier» rítmicoral, pues con ellos se instruyó el Profeta Samuel; pero los Profetas tenían la inspiración religiosa, más aun la revelación; y esto se transparentaba en sus vidas y acciones. No vacilaban en retar a los reyes, increpar a los sacerdotes o disgustar a la plebe, para llevar adelante la palabra de Dios; y en consecuencia, eran perseguidos.

A este oficio llama Cristo a los Doce, poniendo el acento en lo «nuevo» que todo profeta profiere: en su desposar la actualidad, como diríamos hoy. De inmediato añade: «la mies es mucha los operarios pocos; rogad pues al Señor de la mies que envíe operarios a su mies». Lucas amplía esta palabra diciendo que miró Cristo el entonces trigal dorado, plateado de puro maduro; y seguramente miró más allá todavía, la inmensa extensión de los años y de las comarcas de su Reino terreno, donde hay tan pocos veros profetas contra tantos pseudoprofetas e innúmeros repetidores.

«Me da lástima el pueblo porque están como ovejas sin pastor»: pululaban los pastores, pero eran malos pastores, que decían solamente «lo viejo», y eso desacreditándolo con su conducta; y hacía casi cinco siglos que «no se levantaba ningún profeta en Israel»; quizá como consecuencia de la maldición del último profeta, cuando lo mataron.

Dios necesita de los hombres, pero no los fuerza; y así hay que rogarle que envíe operarios, pues en el orden de la salvación nada es hecho sino mediante la oración. Hay que hacer pues «semanas de vocaciones» aunque los que las hagan sean capaces quizás de arruinar o tratar de arruinar después al primer hombre que salga con verdadera vocación divina; pues la vocación divina circula a través de las manos y bocas imperfectas y aun malvadas: gentes que quieren repetidores y no profetas, a modo de gerentes comerciales que tienen prisa por establecer «sucursales», y claman que «¡en la Argentina no hay vocaciones!» al mismo tiempo que obstaculizan con su conducta el logro de las vocaciones.

Hay que decir con toda sencillez esto: no tendrán vocaciones en las condiciones actuales. Tienen el deber de llamar a los jóvenes al Sacerdocio, pero ese deber implica otros deberes más difíciles que el mero chillar, a saber: el deber de instituir casas de estudios sacros donde realmente se estudie y por ende haya reales «doctores» y no mistificadores o macaneadores; el deber de observar con los sacerdotes el Derecho Canónico por lo menos, tan modestamente favorecedor del de abajo, y sin embargo ni eso se respeta; y el deber de no violar el derecho natural, y menos la caridad; en suma, de ser por lo menos honrados; de modo que el contrato tácito que se establece cuando el joven se entrega al servicio de la Iglesia, sea respetado y no se vuelva una monstruosidad donde toda iniquidad sea posible, y puedan surgir incluso «canalladas»; como de hecho han surgido entre nosotros -y son del dominio público- y no ha sido retractadas. Por ahí vamos muy mal; y no piensen que «el Señor de la Mies» va a hacer la vista gorda. Esto es lo que hay que decir, lo menos que se puede decir, el mínimum obligatorio.

Mas Cristo previó esto también: no era otra la condición de las «vocaciones» en su tiempo. A un joven que le dijo: «Te seguiré dondequiera fueres”, le respondió secamente: «Mira: las raposas tienen madrigueras, los pájaros nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Los comentadores pasan por alto esta sobria y amarga observación, o se extienden en consideraciones devotas acerca de la pobreza de Cristo; mas ella tiene un sentido «profesional», son las condiciones del discipulado las que son presentadas al candidato. Y Cristo no puso en el segundo miembro la secuencia lógica, que sería «y yo no tengo techo que me cubra», sino que fue más allá, «no tengo donde reclinar la cabeza». Alude a la soledad interior propia de todo Singular (no puede verter sus lágrimas sobre el pecho de una mujer o un amigo) pues eso del techo material lo tenía generalmente, ya que era hospedado por doquiera andaba, incluso en Sirofenicia; y justamente fue a Sirofenicia e hizo un largo camino gentil (este camino de hoy) casi hasta el Mediterráneo, por la saña de sus enemigos, que lo disturbaba, no tanto a Él, cuanto a los Doce; como veremos en la parábola siguiente.

La soledad cerca a todo hombre que tiene una misión en este mundo, sobre todo una misión religiosa -entonces ese cerco suele devenir persecución. Él tiene que servir a lo General. ¿Por qué razón el Presente va a pagar al que está al servicio del Futuro? – Mas eso es estar al servicio de lo Actual en forma eminente; es estar en contra de sus abusos; y entonces los abusos se defienden a patadas. Ni siquiera su Santísima Madre, que era la más capaz de entenderlo, rompía la soledad de Cristo; al contrario, son los más allegados los peligrosos, los que pueden más fácil torcerlo o ablandarlo a uno, y hay que evitarlos; y eso hizo Cristo en dos o tres ocasiones, con su Santísima y Amadísima madre; en las cuales como expliqué (Evang. de Jes., pág. 92) los impíos modernos ven lo que no hay; es decir, NO VEN.

La suerte de los profetas hebreos, de los que nos quedó noticia, ha sido brava. Cristo se la echa en cara a los Fariseos, que estaban en camino de martirizarlo a Él, último profeta de Israel y primero del Cristianismo: van a cargar con todos los crímenes de sus padres, y con el castigo acumulado, «desde la sangre de Abel» (dice con «violencia») hasta «la de Zakarias, que fue muerto sacrílegamente en el templo cerca del Altar»; e incluso los desafía a consumar todos esos crímenes con la muerte del «Hijo»: del Profeta de los Profetas -y desafiar al fuego que no se apaga. Este Zacarías no es el profeta del mismo nombre, el penúltimo de los profetas menores, hijo de Balaquías, sino un sacerdote, hijo de Ióyada, que fue apedreado por la plebe dentro del Templo de mandato del Rey Joás (II Par. XXIV, 20), y cuya identidad cambiaron por confusión algunos de los «copistas sabios» equivalentes a los «linotipistas letrados» de nuestro tiempos; y así algunos códices traen interpolado el inciso «hijo de Baraquías», (que pasó a la famosa traducción inglesa, King’s Version) y que hay que borrar. Cristo citó, el último profeta mártir que está en los libros históricos; después hubo muchos más, entre los nuevos profetas que Él envió; cosa que Él también predijo. A estos muertos les hacían» estatuas y ofrendas florales» al mismo tiempo que perseguían a sus hermanos vivos (estatuas no, sino «monumentos») como hacen hoy día también los «caníbales» con algunos muertos famosos.

Kierkegaard llama «caníbales» porque se nutren de muertos a esos figurones que se adjudican (por medio de «homenajes», apenas muere) a un pobre tipo que en vida lo han mantenido en la miseria, mientras siguen manteniendo en la miseria a sus iguales, como les dijo Cristo: «¿A Salomón honráis? Aquí está el Más-que-Salomán y lo deshonráis». Los santos muertos no dan que hacer a nadie, son los santos vivientes los que estorban. Y así en la Argentina hay gente que se adjudica la explotación de un prócer, uno a Sarmiento, otro a San Martín, otro a Belgrano; y tanto agrandan y honran al prócer, que si resucitara el prócer los agarraría a patadas. Por eso dijo un poeta sanjuanino (de adopción):

… En humor que fabrico y en juventud que miento

Se acaba la tercera salida que salí.

Sancho se fue en su rucio, tiene mi testamento,

Y Dama Muerte medio se ha aposentado en mí.

No duermo ya, el insomnio se me ha entrado en el pecho.

Me encontrarán un día muerto sin cura al lado:

Vi a Dulcinea erguida junto al mísero lecho,

Y el corazón quedóse suavemente callado.

Y después ¡que me entierren y me dejen en paz!

No me den al Caníbal que se nutre de muertos,

No sea que me entierren con los ojos abiertos

Lo que dije arriba sobre los «nabihim», su arte y su «status» es verdad averiguada. Alguien anda por ahí por los rincones diciendo que las descubiertas de Marcel Jousse S. J. que resumí en la Introducción de «EI Evangelio», pág. 35 están «superadas» (no por él, en cualquier caso, que ni siguiera las sabía) «passées, surannées, superannuated». Me produjo un choquecito de risueño asombro cuando me vinieron con el chisme; porque en ciencia no existen cosas «superadas», eso pertenece a la moda: hay solamente cosas verdaderas o falsas, probadas y no probadas; pero estamos en un país en que hasta la ciencia es moda, y hay muchos que saben «la última palabra de la Ciencia» e ignoran las primeras. Una hipótesis que es probada o desprobada no es superada, sino que cambia de naturaleza, desaparece como hipótesis. Una tesis o un conjunto trabado de nociones (doctrina) una vez probada ingresa (digamos) en lo eterno, no camina más, se quedó allí, su futuro y su pasado desparecen. Uno más uno son dos, no ha sido superado, anoser por los Gobiernos argentinos, donde una dieta más una dieta son cuatro millones. Digo esto en obligada defensa de mi finado maestro Marcel Jousse S. J.

Con igual derecho, el ingenuo «superador» (que como Fray Gerundio cree que el último libro es el mejor) podía decir que los Evangelios ya ventiseculares han sido «superados». Y yo quiero cerrarlos para siempre jamás.