PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA INFRAOCTAVA DEL SAGRADO CORAZÓN

Sermones-Ceriani

DOMINGO INFRAOCTAVA DEL SAGRADO CORAZÓN

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Este recibe pecadores, y come con ellos. Y les propuso esta parábola diciendo: ¿Quién de vosotros es el hombre que tiene cien ovejas, y si perdiere una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se había perdido, hasta que la halle? Y cuando la hallare, la pone sobre sus hombros, gozoso. Y viniendo a casa, llama a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Dadme el parabién, porque he hallado mi oveja que se había perdido. Os digo, que así habrá más gozo en el cielo sobre un pecador que hiciere penitencia, que sobre noventa y nueve justos, que no han menester penitencia. O ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si perdiere una dracma, no enciende el candil y barre la casa, y la busca con cuidado hasta hallarla? Y después que la ha hallado, junta las amigas y vecinas, y dice: Dadme el parabién, porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo, que habrá gozo delante de los Ángeles de Dios por un pecador que hace penitencia.

El capítulo XV de San Lucas presenta las tres Parábolas de la Misericordia. Dos de ellas son motivo de meditación en este Domingo dentro de la Octava del Sagrado Corazón.

El comienzo de este pasaje de San Lucas coincide con aquellos de su capítulo V y el de San Mateo, capítulo IX, que narran la conversión de Leví:

Pasando de allí, vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en la recaudación de los tributos, y le dijo: “Sígueme”. Y él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en la casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a reclinarse con Jesús y sus discípulos. Viendo lo cual, los fariseos dijeron a los discípulos: “¿Por qué vuestro maestro come con los publicanos y los pecadores?” Él los oyó y dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Porque no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Leví vio al Señor; sabía quién era; sintió cuán lejos se encontraba de Él; vio al Señor nimbado de sublimidad excelsa y se veía a sí mismo allá… en el abismo, sentado en el banco de los tributos…

Allí estaba atormentando y engañando a los hombres… Algunos le despreciaban y le odiaban, mientras que otros amaban y seguían a Jesús.

Jesús no exigía nada a nadie, y con todo era rico; tan rico que podía dar a todos…

¿Cómo podía mirarle a él, ¡al publicano!, ese Señor rico y poderoso? Pero, sí, le miró, y con una mirada de profunda intuición, con una mirada de esas que sacuden.

Y le llamó…, le llamó para lo más excelso; a otros los ha rechazado, a éste le escogió para apóstol, porque conoce su interés, su deseo, su desasosiego.

También a nosotros nos llama el Señor…, haciéndonos cumplir el deber, dándonos un conocimiento más profundo, una comprensión más recta y un celo más fervoroso.

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Sígueme… ¡Qué palabra, qué revelación! El rostro de Cristo empieza a brillar en el alma del publicano, y la llena de luz y de fuerza.

Sígueme…; frente a esa palabra poderosa se achica el interés, el corazón se alivia, siente impulsos, se lanza…

Palabra creadora, que forma un hombre nuevo.

No dudemos; su fuerza puede hacer cosas grandes, si se encuentra con un alma bien dispuesta.

Y levantándose al instante, le siguió... Se levanta, ya es otro hombre, no es el mismo que solía estar sentado allí. Y se separa, se aleja de todo lo antiguo; su corazón sufre, le duele, pero triunfa la gran decisión.

Jesús concedió a San Mateo una gracia dulce y profunda, una gracia que conquistó al publicano, y le impulsó a seguir con gozo al Señor. Por tal motivo le prepara él un banquete, se regocija y desea exteriorizar su gratitud.

La Sagrada Escritura compara a menudo la relación del alma con Dios a un banquete, lo hemos considerado el Domingo pasado…

Los que han visto que un publicano, convertido del pecado a una vida mejor, es admitido a la penitencia, no desesperan ya de su propia salvación; pero tampoco siguen a Jesús perseverando en sus antiguos vicios −como murmuran los escribas y los fariseos− sino haciendo penitencia.

El Señor iba a los banquetes de los pecadores para tener ocasión de enseñarles, y dar alimento espiritual a los que lo invitaban.

Esto se adapta perfectamente con las figuras de los misterios, porque el que recibe en su interior a Cristo, goza los mayores deleites del espíritu.

Por eso el Señor entra voluntariamente y reposa en el afecto del que cree en Él; y éste es el banquete espiritual de las buenas obras, en el cual sufre hambre el rico, y se harta el pobre.

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Los fariseos critican esto, considerándose ellos puros.

Son los secuaces de la justicia y santidad engreídas; repelen en vez de atraer; no saben sentir profundamente ni juzgar rectamente.

Arguyen contra el Señor, movidos por la envidia; censuran a los pecadores, por orgullo.

Y lo que hacen, en realidad, es mostrar la pobreza espiritual y la fría esterilidad de su espíritu engreído; no trabajan en el propio ennoblecimiento, ni procuran enmendar a los demás.

Los sanos no tienen necesidad de médico… De este modo avergüenza Jesús a los escribas y fariseos, que, considerándose justos, evitaban el trato con los pecadores.

Se llama médico a sí mismo, porque herido a causa de nuestras iniquidades, nos ha dado una medicina admirable y nos ha curado con sus llagas.

Llama irónicamente sanos y justos a los que, queriendo establecer su propia justicia, no se someten a la justicia de Dios.

Llama con verdad enfermos y pecadores a los que, convencidos de su fragilidad, y viendo que no pueden justificarse por la ley, bajan su cabeza ante Cristo por la penitencia.

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No he venido por los justos, sino por los pecadores; no para que permanezcan pecadores, sino para que se conviertan a la penitencia.

Este buen médico nos ha proporcionado remedios contra el error. Y como Juez misericordioso, no nos niega la esperanza del perdón. Por esto dice que se acercaban a Él los publicanos.

Esto lo consentía, porque con este fin había asumido nuestra carne, acogiendo a los pecadores como el médico a los enfermos.

Pero los fariseos correspondían a esta bondad con murmuraciones.

Los que acostumbran a ensoberbecerse por la falsa justicia, desprecian a todos los demás, sin tener ninguna misericordia de los que están enfermos. Y porque se creen sin pecado, vienen a ser más pecadores.

De este número eran los fariseos; quienes, cuando censuraban al Señor porque recibía a los pecadores, reprendían con un corazón seco al que es la fuente misma de la caridad.

Pero como estaban enfermos o ignoraban que lo estaban, el médico celestial usa con ellos, hasta que conociesen su estado, de remedios suaves.

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Sigue, pues, con la parábola. Propuso esta semejanza que todo hombre puede comprender y, sin embargo, se refiere al Creador de los hombres.

¡Cuán consolador es el Evangelio de hoy y cómo penetra en el corazón humano!

Si se nos dijera:

Imaginaos al Redentor tal como le quisierais, tan llano que no os infunda miedo…, tan benigno que os inspire confianza…, tan amable que os atraiga…, ¿nos atreveríamos a pensar en esa imagen sugestiva que Él mismo nos ofrece: la imagen del Buen Pastor? ¿No pensaríamos engañarnos a nosotros mismos al imaginarle demasiado bueno, benigno, compasivo, al suponer que mira a cualquiera de nosotros como oveja querida… que Él busca y carga sobre sus hombros? Y, sin embargo, no nos engañaríamos, al contrario, adivinaríamos los sentimientos de su Corazón Sacratísimo, el pensamiento de su alma adorable, pensamiento que Él no olvidaba nunca y al cual dio expresión en el Evangelio de hoy: Yo soy el Buen Pastor.

De modo que Jesucristo se compara con el pastor que guarda a manera de tesoro su rebaño, que le consagra toda su vida, que comparte con él los azares —buenos o malos—; el Señor ve reflejados sus propios pesares, desvelos y fatigas en los pesares, desvelos y fatigas del pastor.

Pero, ¿cómo?… ¿Acaso abandona todas las demás y sólo tiene caridad respecto de una sola? De ningún modo. Todas las demás se encuentran, si bien en el desierto, en su redil, defendidas por su diestra poderosa. Pero debía compadecerse más de la perdida.

¿Qué hace el buen pastor con la oveja descarriada? Se pone inmediatamente en camino para buscarla. Y esto mismo hace Jesucristo. Su corazón siempre está ardiendo, siempre está en fuego; el peligro de las almas es para Él como una espada afilada; en cuanto éste la roza, se estremece y exclama: Se ha perdido una de mis ovejas que yo he redimido; voy inmediatamente en busca suya.

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Cuando la encuentra, no le pregona: ha llegado tu fin, has de morir; nunca podrás librarte ya de las garras del demonio.

El Buen Pastor no conoce este lenguaje.

Así suele hablar el mundo, así suele hablar el diablo…

Nosotros creemos que hay infierno; pero al creerlo, lo creemos para no llegar a parar en él.

El infierno no es para precipitarnos en la desesperación. Esto lo afirma tan sólo el mundo, que ni conoce la fe ni conoce al Buen Pastor.

¿Acaso los precipicios de los montes tienen por objeto el que se despeñen las ovejas? ¿Verdad que no? Mas, si las ovejas no se preocupan de los precipicios, si adormecen su conciencia y cierran los ojos, ¿no van a caer?

¿De qué sirve no mirar el abismo, cuando allí cerca abre sus fauces?, ¿de qué sirve proseguir la marcha despreocupados, confiando en la buena suerte?

Nosotros creemos que hay infierno, que existe el abismo en que el alma puede perderse para siempre…

Mas, al borde del precipicio monta la guardia el Buen Pastor; continuamente está vigilando, va en busca de cada oveja descarriada; continuamente clama con la voz de la conciencia: «Oh, no endurezcáis vuestro corazón».

Nuestro Señor Jesucristo, que se nos presenta como Buen Pastor, no rehúye esta búsqueda diligente. Sigue al pecador por todos los caminos, en casa, en tierra extraña, en medio de la vida caótica y en la soledad, de día y de noche; y no se deja espantar. Le habla, ora con rigor, ora con blandura; ahora le atemoriza, luego le atrae con amor. Pide a las almas buenas que le ayuden; comparte sus desvelos con los padres, con los confesores, con los amigos fieles y fervientes cristianos. Y después de trabajar tanto, no se da por satisfecho, solamente despliega los labios para exhalar una especie de queja, y aun esto lo hace para expresar los sentimientos de su Corazón Sacratísimo y tener armas contra los corazones endurecidos. También en esta queja habla del camino malo por el cual tanto anda en busca de los suyos.

Y esta queja resuena ya hace más de dos mil quinientos años: «Extendí todo el día mis brazos hacia un pueblo incrédulo que no anda por buen camino».

Luego se queja de que si bien su Corazón está lleno siempre de anhelos ardorosos, si bien trabaja, se afana, y se sacrifica continuamente, con todo no es comprendido: «¡Jerusalén!…, ¡cuántas veces quise recoger tus hijos como la gallina recoge sus pollitos bajo las alas, y tú no lo has querido!»

Y dirá a Santa Margarita María: He aquí el corazón que ha amado tanto a los hombres, que no se ha ahorrado nada, hasta extinguirse y consumarse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud.

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No solamente busca, y no solamente busca con afán, sino que busca hasta encontrar a la oveja descarriada.

El pastor busca a los descarriados hasta el borde del abismo.

El abismo es la muerte. Allí al borde del precipicio salva, a veces, el pastor al alma; extiende sus brazos hacia el que lucha con la muerte, y en el postrer momento le salva.

Algunos han ido cansando al Buen Pastor durante treinta, cuarenta, sesenta años, sin haber agotado su paciencia; durante muchos años corrieron en derechura hacia el infierno y solamente en los últimos momentos abandonaron este camino de perdición; ¡oh, cómo sienten que Jesucristo es el Buen Pastor!, ¡y cómo sienten también la necedad y locura con que ellos le trataron! Se alegran de haberse salvado; pero ¡qué mezquinos y miserables se sienten ante el adorable Pastor de sus almas!

¿Y por qué no recoge ese Buen Pastor, por lo menos en la muerte, las almas de todos los pecadores? ¿Por qué mueren tantos en pecado a pesar del Buen Pastor? ¿Por qué? Porque quieren.

El Buen Pastor les habla al corazón, los atrae, los socorre; mas si ellos no quieren, Él no hace violencia a nadie. Presenta al alma del pecador la imagen del precipicio…, le muestra su Cruz, sus lágrimas…, le llama con voz persuasiva; mas, si el pecador es tan frívolo que no presta atención a la Cruz de Cristo, si es tan esclavo del pecado que por la sonrisa de los deleites pecaminosos relega al olvido las lágrimas de Cristo, pierde su alma…

El Buen Pastor no ayuda al que no tiene buena voluntad.

Esta es la doctrina de la Iglesia respecto de la gracia.

Nosotros podemos ofrecerle resistencia; y si queremos resistir, no nos forzará el Buen Pastor, ni la Cruz ni la Sagrada Escritura. Sabemos que cada cual recibe gracia suficiente; pero ¿de qué servirá si le resiste la voluntad? Cada cual tiene gracia suficiente; mas el corazón le cierra las puertas.

El Buen Pastor nos acompaña con su gracia; nos alienta, atemoriza, atrae; y, finalmente, coloca al borde del precipicio la Santa Cruz. El Señor no precipita a nadie en el infierno; son los hombres los que se lanzan al abismo. En el camino de perdición colocó el Señor la Santa Cruz.

¿Cómo es posible? ¿El Hijo de Dios clavado a la cruz? Es posible desde el momento que hay infierno. Si hay infierno se comprende que haya de haber la Cruz.

Pero, quien desprecia la Cruz hasta último momento, será precipitado en el infierno.

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Pero, ¿adónde hemos ido a parar? ¡Hablábamos del Buen Pastor, y ahora tratamos del infierno!

Sí, este Buen Pastor es tan celoso, porque las almas corren un peligro enorme; y se alegra tanto de poder cargar sobre sus hombros la oveja descarriada, porque la ha salvado de tal peligro.

En efecto, cuando el pastor encuentra la oveja, no la castiga ni la conduce al redil violentamente sino que, colocándola sobre sus hombros y llevándola con clemencia, la reúne con su rebaño.

Nuestro Señor puso la oveja sobre sus hombros porque, habiendo tomado la naturaleza humana, llevó sobre sí todos nuestros pecados.

El Buen Pastor se regocijará a causa de nosotros; convocará a sus amigos; invitará a su Padre, a su Madre, la Virgen Santísima, a los Ángeles y Santos: ¡Regocijaos conmigo!, ¡alegraos!

Debe advertirse que no dice: Felicitaos por la oveja encontrada, sino: dádmela a mí. Porque nuestra vida es su alegría; y cuando somos llevados al Cielo hacemos el colmo de ella.

¡¡Atención!! Dice San Gregorio que declara el Señor que habrá más alegría en el cielo por la conversión de los pecadores que por la perseverancia de los justos.

Y aclara el Santo Doctor: Porque todos aquellos que no viven bajo el yugo del pecado, están siempre en el camino de la justicia, pero no anhelan con afán la patria celestial. Y la mayor parte andan perezosos en las prácticas de las buenas obras, porque se creen seguros por no haber cometido las culpas más graves.

Por el contrario, aquellos que recuerdan haber cometido faltas, afligidos por su dolor, se enardecen en el amor de Dios. Y como ven que han obrado mal respecto del Señor, recompensan los males primeros con los méritos que les siguen. Por tanto, hay mayor alegría en el cielo.

Pero debe tenerse en cuenta que hay muchos justos cuya vida causa tanta alegría que no puede preferirse a ella ninguna penitencia.

Si le llena de alegría que el pecador condene por la penitencia el mal que ha hecho, de aquí debe deducirse que el Señor goza mucho cuando el justo llora humildemente.

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Al respecto, Santa Teresita, como sucede frecuentemente, tiene esta frase audaz: He oído decir que no se ha encontrado todavía un alma pura que haya amado más que un alma arrepentida. ¡Cómo me gustaría desmentir esas palabras…!

Esto es la conclusión de todo un razonamiento bien profundo. Dice ella:

No tengo, pues, ningún mérito por no haberme entregado al amor de las criaturas, ya que sólo la misericordia de Dios me preservó de hacerlo… Reconozco que, sin Él, habría podido caer tan bajo como Santa María Magdalena, y las profundas palabras de Nuestro Señor a Simón resuenan con gran dulzura en mi alma…

Lo sé muy bien: “Al que poco se le perdona, poco ama”. Pero sé también que a mí Jesús me ha perdonado mucho más que a santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer.

¡Cómo me gustaría saber explicar lo que pienso…! Voy a poner un ejemplo.

Supongamos que el hijo de un doctor muy competente encuentra en su camino una piedra que le hace caer, y que en la caída se rompe un miembro. Su padre acude enseguida, lo levanta con amor y cura sus heridas, valiéndose para ello de todos los recursos de su ciencia; y pronto su hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe de que a ese hijo le sobran motivos para amar a su padre!

Pero voy a hacer otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de su hijo hay una piedra, se apresura a ir antes que él y la retira, sin que nadie lo vea. Ciertamente que el hijo, objeto de la ternura previsora de su padre, si desconoce la desgracia de que su padre lo ha librado, no le manifestará su gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado… Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse, ¿no lo amará todavía mucho más?

Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. Él quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como Santa María Magdalena, sino que ha querido que yo sepa hasta qué punto Él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a Él ¡con locura…!

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El Señor, con estas dos Parábolas, quiso enseñar a los pecadores de qué manera pueden recuperar lo que perdieron, conservar lo que recuperaron y hacer penitencia de los pecados cometidos.

Dice el Santo Evangelio que los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús, para escucharlo; y que Él los recibía y comía con ellos.

Prestemos atención a estos cuatro verbos: ellos se acercaban, para escucharlo; Él los acogía y comía con ellos.

En el verbo “se acercaban” está indicada la contrición del corazón; en el verbo “para escucharlo”, están indicadas la confesión y la ejecución de la satisfacción; en el verbo “acogía” está indicada la reconciliación de la misericordia divina con el pecador; y en el verbo “comía” está indicado el banquete de la gloria eterna.

Hacer penitencia es llorar los pecados pasados y, llorando, no volver a cometerlos. Porque el que llora unos pecados a la vez que vuelve a cometerlos, o ignora qué es hacer penitencia, o la hace fingidamente.

La figura amable del Buen Pastor brilla ante nuestros ojos; comprendemos su alegría y su tristeza…, su celo y sus fatigas…; pidámosle la gracia de no vivir nunca en pecado mortal.

El Buen Pastor nos llama…; acudamos a Él.

Roguemos, pues, al Señor Jesucristo, para que nos permita a nosotros pecadores acercarnos a Él, para escucharlo, y que se digne acogernos, para alimentarnos con Él a la mesa de la vida eterna.