Las Parábolas de Cristo – P.Leonardo Castellani

    PARÁBOLA DE LA PERLA Y EL TESORO

(Dedicado a Perla Borzani)

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Semejante es el Reino de los Cielos a un tesoro escondido en un campo; al cual el hombre que lo topó, lo escondió, y lleno de gozo va, y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. Ítem, semejante es el Reino de los Cielos a un mercader que busca perlas preciosas; y encontrada una perla muy preciosa, fue, vendió todo lo que tenía y compró aquella margarita. (Mt. XIII,44).


La idea capital de esta parábola es el gesto de desprendimiento total para conseguir los bienes espirituales: -no hagan caso de lo que dice el P. Nieremberg que la perla es la Compañía de Jesús, aunque para algunos pueda serlo; – TODOS los bienes espirituales, que en el fondo forman unidad: primero la fe, luego la gracia santificante, la ley de Dios, la vida de amor de Dios o «vida interior», el don de la perseverancia, y al fin la gloria eterna o salvación, que se continúan y se implican mutuamente. Se trata de una sola perla única enormemente valiosa, no de un cofrecillo de joyas; y de un tesoro, no de varios tesoros, como los tesoros de los Jesuitas que están escondidos en el Paraguay, me dijo el albañil Trevisano, y que ni los mismos Jesuitas pueden encontrar ya; y por la pinta, el que los ha encontrado es Stroessner. Los Santos Padres han mencionado variamente, según su humor o la necesidad del auditorio, desde la fe hasta la felicidad, o la Iglesia o la Gracia, o el perdón o la perseverancia, como esta perla preciosa; pero no nos engañemos, la Perla es todo ello junto, pues ello es indescuartizable. La Magdalena por el perdón de sus pecados tiró todo lo que tenía; y encontró mucho más.

¿Quién no sabrá tu lloro

Tu bien trocado amor, oh Magdalena;

De tu nardo el tesoro

De cuyo olor la ajena

Casa y la redondez del mundo es llena?

La Perla es un bien absoluto; todo lo demás se puede tirar por eso; y un «mercader» no se va a engañar en eso. Siempre decimos que Dios es lo Absoluto; y todo lo creado, incluso nuestro propio «ipsum», es relativo; pero no sé si sabemos siempre lo que decimos. Eso significa que todas nuestras relaciones con Dios tienen algo de absoluto, y por tanto de infinito, y por tanto de incomprensible. Esas relaciones que tenemos (desde el momento que pertenecemos a esta religión o estotra) son una línea que por un lado tiene punta y por el otro no tiene punta, que «se pierde en el infinito»; como dicen los geómetras que sucede con las paralelas, las cuales (no se sabe por qué) «se juntan en el infinito». Así nuestra razón con los «dogmas» a los cuales prestamos asentimiento, «se juntan en el infinito» solamente.

Cristo nos comparó a un mercader y a un cavador, porque sabía que éramos interesados y logreros, y que nuestro destino es trabajar la tierra; y nos propuso una simple transacción ventajosa, un «gran negocio» seguro por un lado, pero que demanda un singular arrojo por otro. Es un negocio «absoluto» en todos los sentidos: en el de que implica una totalidad por ambas partes («vendió todo lo que tenía» – «una perla única») y en el de que es incomprensible. Lo absoluto no es de la esfera del hombre, por más que el hombre hable de él cuanto quiera.

Dios nos ha hecho el intolerable cumplimiento de amarnos. Así como la Pastora en el cuento de Grimm, que empezó a declinar, rehusar y huir el amor del Emperador en cuanto vio adónde llevaba todo eso, preferiríamos que Dios nos dejara solos; sin darnos cuenta que esa frase equivale simplemente al infierno: «dejados de Dios». Para dejarnos Dios tendría que no crearnos; una vez creados, una relación indestructible se ha establecido, basada en nuestro mismo ser: que es una cosa (nuestro ser) que no podemos renunciar ni siquiera querer renunciar. «Mejor sería para mí no haber existido»: el que dice esta blasfemia dice una frase enteramente sin contenido, como «dos y dos son cinco». ¿Qué significa ese «no existir» junto a ese «para mí»? Nada Es una contradictio in términis. Lo que no existe no tiene ni «mí» ni «para». «No quiero querer a Dios: que me deje solo»: el que esto dice no sabe lo que dice; y al decirlo, quiere a Dios.

Mas Dios nos conoce, y así nos propone su amor como un negocio, no como una obligación forzosa o una imposición (aunque podría) pues eso es propio del amor: no hay amores por imposición, como creen los gobiernos que quieren «imponer» su popularidad. El amante se agacha si es necesario para atraer la voluntad amada, es una rendición, un vencimiento. ¿Aniquilación quieren? Pues aniquilación. «Annihilavit semetipsum», dice san Pablo. ¡Frondizi, aniquílate para amarnos! dicen los pobres peronistas; que quieren a Frondizi en el fondo; pues Frondizi es el «poder».

De ahí que todo lo que expresa nuestra relación con Dios termina en lo incomprensible, aunque no ininteligible; pues cualquier amor se entiende pero no se comprende. Hay que ver las dificultades de los teólogos para explicar (no se puede) o al menos entender la «gracia santificante» o «adopción divina» o «habitación de Dios en nosotros». Y así es con todo. El Pecado Original…

El Pecado Original: pertenecemos a una especie decaída o arruinada por UN pecado, que no hemos hecho nosotros; y uno solo bastó; y que en cierto modo es irremediable; pues Dios remitió a Adán su pecado (en virtud de los méritos futuros de Cristo) pero no sus efectos; porque no pudo. Pero entonces ¿qué diablos es el pecado? Una manera de relación con Dios y con el Cosmos todo entero: separación de para con Dios y con toda la trabazón intangible del orbe creado. ¿No pudo Dios con un milagro quitar los efectos del pecado de Adán? Aparentemente no, porque sin duda lo hubiese hecho. ¿No puede Dios todo lo que quiere? No puede querer lo que es intrínsecamente imposible; porque eso es un no-ser, una no-entidad, y ningún acto positivo puede tener como objeto una no-entidad; como 2 y 2 son 5 no puede ser objeto de un acto de intelecto, sino de un simple «flatus vocis», que es una debilidad del hombre: palabras vacías.

El pecado es un acto de voluntad que en vez de tender hacia el Ser se va hacia la nada; y como eso es imposible, se centra en su propio ser, en el «ipsum» del pecador, y efectúa una inversión trascendental (salio la palabreja comodín) que quiebra una relación cuasi infinita. «No entiendo nada». Consuélese. Yo entiendo poco. Lea todo de nuevo.

El Infierno: un castigo que dura para siempre por un acto que dura un instante. A causa de que somos humanos, nos es fuerza imaginar el Infierno y el Cielo como la sentencia de un tribunal humano, un castigo o premio «de afuera», una sentencia judicial, un «Juicio»; y así tuvo que representarlos el mismo Cristo. Pero Cristo advirtió que es otra cosa o más que una sentencia, es un «estado» voluntariamente incurrido, una elección: «el que rechaza el Verbo de Dios no necesita que lo juzguen, ya está juzgado». Se juzgó a sí mismo, se condenó él solo, se «destinó», se prefirió, se ensimismó, se perdió.

El Infierno no significa sino que llega un momento en que Dios abandona su cortejar, y deja simplemente que el Pecador sea lo que él quiere (cede Dios humildemente como si dijéramos a la voluntad creada) como hace cualquier amante humano: el cual desdeñado no se venga propiamente, sino la deja allí simplemente, y se va; mas aquí el que se va es «ella», el pecador. Abandona el amor divino su intolerable solicitación; y comienza la solicitación invertida; pues esa relación trascendental (que Dios es nuestra única felicidad posible) es primaria y existencial, no tiene destrucción posible, Dios mismo no la puede destruir. Mi propio ser no puede ser mi propia felicidad, lo experimentamos incluso aquí abajo; más bien es nuestra infelicidad. «Quedarse solo». Los solitarios huyen a la soledad, para NO quedarse solos: quedarse en medio de ESTA sociedad en que el Destino los puso, es hallarse horriblemente solos. Dejan ESTA sociedad sin ser asociales, a ver si por caso pueden hallar a Dios, o al menos algún modesto ángel -o demonio.

El infierno es la terrible sociedad de los que se han quedado solos interiormente, sin Dios, por su voluntad, con su propio y miserable «ipsum» hecho un abismo. No han querido a Dios. ¿Y por qué no lo quieren ahora? No se puede ya. ¿No quieren más la felicidad? La quieren, pero donde ella no está. Un avaro o un envidioso empedernidos querrían la felicidad, quién lo duda; pero quieren que ella esté en las riquezas o en el mal del prójimo; y, desdichados, allí no está. ¿Y el fuego? El fuego viene simplemente de todo eso.

Pero ¿no podría Dios darle al pecador otra «chance»? Pueden estar segurísimos que si Dios previera que con otra «chance» tendría éxito, le daría mil millones de «chances».

El cielo: Una etemidad con una palma en una mano y dos alitas, parados en una nube y tocando la cítara, que no sé cómo se puede tocar con una mano; como lo pintan los estúpidos caricaturistas o chisteros gráficos yanquis -y de todo el mundo: el edén del dormilón, una eternidad sin hacer nada; un serrallo con una docena de «huríes» («hure», dicen los alemanes, en español no se puede decir), el paraíso de Mahoma.

El Cielo es la compleción total del ser humano, de todas sus facultades y aspiraciones reales: es la realización del ideal que ha estado detrás de todos nuestros ideales en la vida, nunca realizado ni siquiera claramente expresado; ni visto, solamente atisbado; pues si pudiéramos expresarlo, podríamos expresar a Dios. Ese ideal que una vez fue modestamente un año sin escuela, muchos chocolatines y una bicicleta; después una mujer; después mucha plata o bien un gobierno cualquiera aunque sea de un hato de cabras con además (en la Argentina) plata; siempre plata; o bien la gloria y el renombre con plata y para adquirir plata; o en naturas más nobles, una gran obra de arte o un estupendo libro de filosofía… mía, que deje plata; después una salud perfecta o aunque sea imperfecta, pero con plata; después que les vaya bien a los nietos y que me hagan todos los caprichos, y plata; y así: «la lima de los deseos», que dice Pereda: nunca realizados, y los realizados, tremendas desilusiones. Pues bien, detrás de todo eso hay una cosa que no se ve, que se formulará al instante de morir («y entonces ella vio… y entendió», dice Benson en Señor del Mundo) y será cumplida, colmada y desbordada en una forma que no puede entender el intelecto humano… ni los caricaturistas. Bueno, estos no entienden ni siquiera lo humano. Digo, los yanquis, no mi amigo Medrano.

Esta es la Perla que muy propiamente Cristo llamó «escondida». El Cielo es nuestra incorporación a una empresa de conquistas sobrehumanas que se extiende por siglos y por Universos, en donde Ud. y yo tenemos algo que hacer que ningún otro puede hacer, y para lo cual justamente fue diseñada y combinada nuestra persona individual, diferente de todas las demás: el albañil Trevisano lo que quiere es construir una iglesia; pues la construirá, hasta cansarse. No es pasividad, es actividad. No es placer, es algo más allá del placer y aun del gozo, cuyo nombre no existe sobre la tierra. No es un estado sin penas, porque así no es la vida, sino con penas que no se querrían perder por nada, penas de amor; como yo rehusaría no tener el dolorcito cansado y agradable en las piernas que han paseado, cuando me acuesto a dormir; ni la pena que me dan las imperfecciones de los que yo quiero. Cristo anduvo toda la vida pasado de penas de amor porque quiso, y aun ahora las tiene, creo. Y toda esta música celestial ¿quién la comprende? Justamente: por ahora es incomprensible.

El infierno y el cielo son los dos términos naturales (por decirlo así, no ignoro lo sobrenatural, que es también natural, aunque sea sobre) de un movimiento esencial: el movimiento de nuestra natura, que como todo movimiento, algún día tiene que llegar; pues metafísicamente no puede haber movimiento sin un término «ad quem». Aunque el «llegar» aquí no significa pararse sino transfigurarse; pues nuestra natura es indestructible, y toda natura creada se mueve mientras «es». Ninguna natura sin operación, «operatio séquitur esse», dicen los pedantes.

Y todo esto comporta en el hombre una rendición total: «vendió todo lo que tenía». Este inciso hace eco a todas las exigencias, «absolutas» de Cristo a sus secuaces, desparramadas en el Evangelio; pues para que no vuele un pájaro no es necesario un grillete, basta un hilito en una pata, o «liga» en el ala. «El que no deja todo por mí no es digno de Mí» – «Véte, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y ven y sígueme» – «Deja que los muertos entierren a sus muertos» – «El que quiera poseer su vida la perderá, y el que la pierda por mí la hallará» – «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, no produce nada» «Nadie ama más que el que da su vida por el amigo» – «Os matarán por causa de mi nombre» – Y ferozmente: «odiar al padre y a la madre».

«No queremos vender lo que tenemos; queremos en todo caso dejar algo: una cosa razonable»; esta será la respuesta de muchos a esta explicación: pues bien, para eso la escribo, «para que oigan y no entiendan, y no se conviertan, y no hagan penitencia, y se pierdan», dijo Cristo con una ferocidad que en el fondo es amor, amor herido y disfrazado. «Para que no entiendan», lo mejor era callarse; pero, habló y habló hasta lo último, no retrocedió ni ante las palabras cuasi feroces; porque el amor es más fuerte que la muerte y los celos son duros como el infierno. Diga que nosotros ni sabemos casi en este siglo bruto lo que es el amor.

Menos mal que Dios no dejó del todo escondida la Perla, pues la medio descubrió en Cristo. La perla es Cristo, puesto allí en Palestina «en figura de siervo»: disfrazado pues, pero no del todo. Magdalena vio que había en Él una cosa insólita, inmensa, enorme, «que no se puede decir y casi no me atrevo a pensar»; san Ignacio vio que todo aquel que no fuese un «ruin caballero» no podía menos de escogerlo a Él como su Caudillo Incondicional, como el Gran Capitán Gonzalo de Córdoba; san Pedro vio que no se podía ir a otro lado si uno quería «palabras de vida eterna»; santa Teresa sintió que sufrir por Cristo todo lo posible era una felicidad, la única; y los mismos fariseos vieron claramente que era intolerable, que había que barrerlo de este mundo, había que eliminar cuanto antes para poder estar tranquilo el intolerable cumplimiento que nos hizo Dios cuando se puso a amarnos.

Pondré aquí la conversación con el albañil Trevisano en la Vascongada, para no terminar demasiado lírico. Es un correntino que dice que el mundo se termina pronto y que eso él desea fuertemente; y no sabe mucho de religión, me parece que cree que hay tres dioses, y una diosa que es la Virgen de Itatí, que está muy por encima de la Virgen de Luján. Me parece que en el fondo lo que quiere es que caiga Frondizi, aunque se hunda el mundo; pues hasta el mismo fin del mundo es poco precio para conseguir su deseo» absoluto». Toda la conversación no la puedo poner; la escribí, pero tiene cinco hojas, otro día la copiaré. Al fin me dijo: «Los curas nos esconden muchas cosas». -¿Sabe que eso es un endecasílabo? -le dije yo. -¿Cómo dice? -Que lo que ha dicho es un endecasílabo… (y este es otro) -¡SU abuela de usté! -me dijo-o ¡Es pura verdá! Pero yo tenía que irme, y discutir con él era imposible, tanto en religión como en política.