PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Sermones-Ceriani

FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Dice San Juan Crisóstomo que tener un concepto altísimo de Jesucristo y obrar inspirados por tal concepto, es una virtud eximia.

En efecto, no es posible convencerse de las grandes ideas, a no ser concibiéndolas de una manera sublime y entusiasta.

Pero no hemos de detenernos en los conceptos, no basta la razón, se necesita también el corazón…

Los pensamientos no llegan a brillar y arder si no los calentamos sobre las llamas de nuestro corazón…

Hemos de tener, pues, sentimientos magnánimos para con Jesucristo, ser magnánimos; de modo que nos entreguemos a Jesús, que perseveremos heroica, consecuente y decididamente junto a Él; ofrendar la vida, unir con Él nuestras luchas, nuestras esperanzas, vivir de Él…

Este pensar y sentir magnánimos para con Cristo es una gran virtud.

Por consiguiente, si queremos pensar y sentir magnánimamente, acudamos a la escuela del corazón; si queremos lanzarnos a las alturas en nuestros pensamientos, no nos confiemos a la luz de la razón, sino añadámosle el calor del corazón…; acudamos al Corazón Sacratísimo de Jesús, acerquemos nuestro corazón al suyo, apropiémonos sus latidos, para ir al unísono con Él…

Entonces, y sólo entonces, podremos sentir y pensar magnánimamente con el Señor.

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Ciertamente, hemos de considerar la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús como un don especial del Espíritu Santo, el cual confiere distintas gracias a su Iglesia según las distintas épocas de la historia y sus vicisitudes.

En efecto, hace trescientos cuarenta años que brilla el Corazón de Jesús en el firmamento de nuestra devoción. Fue en 1675, durante la octava del Corpus Christi, cuando Jesús se manifestó con el Corazón abierto a Santa Margarita María Alacoque y, señalando con la mano su Corazón, exclamó: He aquí el corazón que ha amado tanto a los hombres, que no se ha ahorrado nada, hasta extinguirse y consumarse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud.

¿Dónde estuvo el Corazón de Jesús durante dieciséis siglos? ¿No sabía el mundo que Jesús tiene Corazón? Aquellos insignes Padres griegos y latinos, ¿no tenían un sentido exquisito y tierno para llegar por el camino de un sentir magnánimo al Corazón de Jesús?

Dejemos de lado las cavilaciones; no hay más que una sola respuesta: el mismo Espíritu Santo propone a la Iglesia lo que a Ella le conviene en cada época.

Lo que quiere Dios en la época de la Revolución Anticristiana es que el hombre saque el celo, el profundo cristianismo, del Corazón Sacratísimo de Jesús.

Las antiguas herejías dirigieron la atención de los fieles al misterio más profundo del cristianismo, la divinidad de Cristo; y las luchas suscitadas en torno del miSmo hicieron perder un poco de vista el aspecto humano, el del Corazón Misericordioso.

No es que faltaran entre las primeras herejías algunas referentes a la humanidad de Cristo; las hubo; dijeron que Cristo no tenía cuerpo porque Él es Dios y la materia es mala; afirmaron que Cristo no tenía voluntad humana, porque ésta podría ser contraria a la divina…

Pero al estudiar la Humanidad Sacratísima del Señor, los Doctores lo hacían partiendo de puntos de vista filosóficos, teniendo a la vista la esencia de las cosas y principalmente la majestad de Dios. La psicología del Hombre-Dios, sus sentimientos divino-humanos quedaban un poco relegados.

Quiso la divina Providencia que la divinidad de Cristo y la fe en la misma llegasen a tener sólida consistencia. Solamente más adelante, brotó la flor del sentimiento más tierno, la devoción a la Humanidad de Cristo y principalmente a su Corazón Sacratísimo.

Sin embargo, no falta por completo este rasgo en la historia antigua y medieval; pero no es el momento de detenerse en este punto.

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¿Qué desea el Corazón Sacratísimo de Jesús a partir del siglo XVII?

Hemos de pensar que tiene designios especiales… Y nos confirma en tal parecer San Juan Evangelista, quien al ser preguntado por Santa Matilde (+ 968, siglo X):

¿Cómo es que tú, que has descansado sobre el Corazón de Jesús, no hablas en tu Evangelio de este Corazón Sacratísimo?

Le respondió: — Eso está reservado por la Divina Providencia para los tiempos futuros, en los cuales, oyendo los milagros de su amor, el mundo envejecido se renueve, encendiéndose su resfriada caridad en el fuego ardiente del Amor Divino.

Eso está reservado a tiempos posteriores…; para aquella época del mundo en que el amor se apague…, cuando los corazones apenas sepan ya amar…, entonces se revelará el Corazón Sacratísimo de Jesús…

Cuando el Sagrado Corazón se revela a Santa Margarita Alacoque (1673), ¿no pulsa las mismas cuerdas? El Sagrado Corazón tiene por objeto enardecer esos corazones que están como embotados y ya no son capaces de concebir grandes pensamientos y sentimientos abnegados.

¿Quién resistirá a tal llamamiento y despreciará la fuerza atrayente, embelesadora del Sagrado Corazón? ¿Quién echará al olvido las sublimes promesas con las cuales el Sagrado Corazón, como en un contrato de largo articulado, se obliga con las almas que se acerquen a Él con confianza a formar nuevos hombres de sus devotos?

Es posible que haya quien no sienta todavía ese afecto profundo al Corazón de Jesús, y acaso no sepa aún entusiasmarse, confiar y descansar en Él como corresponde, ni sacar empuje y amor ardoroso de esta fuente…

No hay que desesperar; es una gracia que hay que pedir… Tener sentimientos magnánimos para con Cristo, es una virtud excelsa.

Si el Corazón Sacratísimo calienta y enardece el corazón de su devoto, es una gracia grandísima, excelsa. ¿Y no hemos de sembrar los grandes y hermosos pensamientos que sacamos —mediante el Evangelio y los Santos— del Corazón de Jesús en los surcos de nuestra abnegación? Solamente así podemos esperar que nuestro corazón lata por una sola cosa, y que su latido sea sentimiento cálido, compasión, amor, entusiasmo por el Corazón divino.

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No sólo la historia de la Iglesia, sino también la orientación del mundo moderno nos mueven a la devoción del Sagrado Corazón.

Nuestra época busca en todas partes lo humano, busca al hombre; hasta rebajó al orden natural la misma religión.

En el arte reina el naturalismo; se quiere espontaneidad, naturalidad por todas partes; educar al hombre, venerar al hombre, sentir a lo humano, ésta es la orientación del mundo.

Se quiere que seamos religiosos y virtuosos, pero humanamente; que sean llanas las relaciones entre Dios y el hombre.

Hemos de acercarnos a Dios con los mismos sentimientos del Sacratísimo Corazón de Jesús, como quien se acerca a su Señor, a su Rey, a su Padre.

Jesús es nuestro Maestro; de Él aprendamos a pensar, a sentir y a amar. Miremos este Corazón, si es que queremos pensar en Dios y amarle de un modo digno.

Los pensamientos y solicitudes de Dios son las grandes preocupaciones del Corazón de Jesús; los planes de Dios son los anhelos del Sagrado Corazón oprimido de penas.

Podemos, por otra parte, divinizar toda nuestra vida, nuestras alegrías, nuestras tristezas, nuestros desalientos, nuestras preocupaciones, nuestras congojas, nuestros temores, uniéndonos con el Sacratísimo Corazón de Jesús.

Lo que nos atormenta en nuestra vida particular, lo que aumenta el entusiasmo, lo que enfría el fervor, todo ello lo encontramos en el Corazón Sacratísimo de Jesús.

Y, principalmente, cuando nos duele el pecado, cuando nos espantan nuestras propias culpas y nos amargan los crímenes del mundo y buscamos paz y consuelo, nuestra amargura y nuestro dolor pueden constituirse en un sublime acto de propiciación por medio de la devoción al Sagrado Corazón.

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Jesucristo tiene sus intereses peculiares en esta tierra, y estos intereses se hallan en medio de luchas; y que el soldado nunca sufra ni reciba heridas, sería asombroso y no suele ocurrir.

La misma virtud progresa mediante la lucha. Jesucristo, el Dios humanado, por el hecho mismo de colocarse en este mundo, aceptó las relaciones del amor, del sufrimiento, de la lucha, del triunfo y de la compasión.

Lo mismo nos ocurre con la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. ¡Qué luchas se desencadenan en torno a Ella!

¿Acaso se da un trato mejor al Cuerpo místico que el que se dio al Cuerpo real?

¡Qué desprecios, qué persecuciones, qué corazones helados le reciben por todas partes!

Esta es la suerte que cabe a Jesús en la tierra. Espinas y cardos crecen en abundancia también para Él; aún más, no parece sino que en ninguna parte haya tantos sufrimientos y tormentos como en los asuntos de Dios.

Lo experimentan todos los que, ardiendo de amor a Cristo, luchan por sus intereses y sirven a la causa santa; muy pronto notan que ha ido trenzándose una corona de espinas en torno de su corazón…

No es posible vivir en amor sin dolor. Y cuanto mayor sea el amor tanto más profundo será el dolor…

En cuanto nuestra espiritualidad haya adquirido transparencia, en cuanto los sentimientos de nuestro corazón se hayan purificado como es debido, nuestra conciencia se llenará de dolor y compasión por la suerte que cabe a los intereses de Dios, que se ven lastimados a cada paso, y cubren los corazones amantes con la sombra del sufrimiento.

Nuestro Señor Jesucristo ha declarado, sin ambigüedad, que le duele el desprecio con que le tratan los hombres. Santa Margarita Alacoque ha manifestado explícitamente que el Señor sufre. Jesús le mostró su Corazón, que es infinitamente dichoso en su gloria, pero que al mismo tiempo está ceñido con corona de espinas y la cruz proyecta sus sombras sobre la sagrada llaga.

Los hombres, ofenden a Dios; lloremos, pues, por el Dios ofendido; el mundo sensual, soez escarnece a Jesús, es ingrato con Él, le trata con desamor, con frialdad; ha de dolernos este comportamiento y tenemos que dar satisfacción al Corazón de Jesús injuriado.

El que quiere aprender a amar, empiece por tener compasión. Nunca podremos amar tanto a Dios, como amándole con espíritu de amor compasivo.

No nos olvidemos, pues, de avivar nuestra compasión. Jesús desea que nos apiademos de Él, que le brindemos el amor de reparación.

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Al ver que el mundo olvida a Jesucristo, nos invade un horror santo; nos espantamos al contemplar al Dios ofendido; ese poder sombrío, es el único capaz de destruir la gracia y el amor.

Así concebimos realmente el pecado como ofensa de Dios, como causa de su dolor, y ya no nos vemos a nosotros mismos, ya no vemos nuestro propio castigo en el pecado, sino que nuestro pensamiento se fija en el Señor ultrajado; nos olvidamos de nuestros propios males y lloramos las ofensas cometidas contra el Señor.

Por este camino condujo el profeta Natán a las alturas del dolor puro al rey David. No le echó en rostro sus pecados, no le amenazó en nombre de Dios, sino que le habló de las fechorías, de la dureza de corazón, de la tiranía de un hombre, y así encendió el fuego de la venganza en el pecho del rey contra aquel malvado. David se compadeció de Dios; ¿por qué pecados? Propiamente por los suyos.

Así procede también con nosotros el amor compasivo; él es nuestro profeta; se acerca a nosotros y nos llama: ¡Alma cristiana!, mira qué hace el mundo con Dios; el más leve suspiro, el sentimiento más rastrero son más importantes para él que los intereses de Dios. ¡Hombre!, si llevas en tu pecho un corazón noble, preséntate y da reparación por el amor del Dios despreciado; frente a los sentimientos malignos del mundo demuestra tu celo, reparando las ofensas que se infieren a Dios.

He ahí cómo se enardece el corazón del hombre por los pecados ajenos. Y propiamente, ¿qué pecados condena? ¿No condena también los suyos? Así se convierte el amor compasivo en escuela de verdadero y sincero dolor.

Y no se detiene ahí este amor compasivo, sino que va creciendo y desarrollándose en amor apostólico, se lanza contra la abyección del mundo, nos mueve a obrar, a sacrificarnos, a llorar, a darlo todo, con tal de poner fin a la ignominia.

Dar reparación al Corazón Sacratísimo de Jesús, condolerse de los pecados ajenos; sentir vivamente la abyección del mundo, ésta es la manera segura de conseguir el amor divino.

El corazón compasivo participa de los dolores de Jesús y se alegra de poder hacer algo, que sea grato al Corazón divino ultrajado.

Y esta compasión acrecienta las fuerzas del alma; porque el amor de Dios no debilita nunca, ni siquiera cuando hace verter lágrimas; no mengua las fuerzas; sino que siempre unge al alma, la forma para los sacrificios, y le inspira el anhelo apasionado de hacer todo cuanto puede, de ofrendar todo aquello de que es capaz: lo da todo a Dios, sin reservarse nada para sí.

Con este amor compasivo, reparemos al Corazón Sacratísimo.

Y estemos convencidos de que al hacerlo le acercamos nuestro corazón…, compartimos sus pensamientos…, y lo que más anhela Él compartir con nosotros: su dolor.