Las Parábolas de Cristo – P.Leonardo Castellani

  PARÁBOLA DE LOS DEUDORES

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Esto está en el episodio de la Pecadora que ungió los pies de Cristo en la casa de un «fariseo» en… donde sea, Naím, Magdala, Betania o Jerusalén, no lo dice Lucas; y la especulación que hace nuestro Lugones acerca de Naím 1°, Naím 2° y Betania, es una desgracia.  La llamamos desde hace siglos María Magdalena. Es la misma María Santa de Betania que repite el gesto chocante las dos veces. Es una mujer altiva, sensual, golosa, amante del lujo y los gastos, rencorosa, vengativa y muelle; de la cual Cristo «expulsó siete demonios».  Contaré la historia de Santa Magdalena como se la contó a Santo Tomás de Aquino su madre la condesa Teodora (Cf. In Matth., XXVI,7) y mi abuela doña Magdalena de Diana de Castellani a mí, que también fue de familia condal según parece; o según me dijo a mí cuando tenía yo 9 años y hacía la Primera Comunión, solemne ella, con el fin de que fuese bueno cuando grande; o sea noble; lo cual en este país es una ruina y una especie de suicidio, pero no importa. No sé por qué no voy a honrar a la noble mujer al escribir sobre su «patrona», a la cual tuvo tanta devoción; pues al hacerlo evoco la tradición católica, prescindiendo de las erizadas disputas de los «exégetas» que son un lío; pues esa tradición es más segura.  Cristo salvó a una adúltera de ser apedreada, salvándose El al mismo tiempo de una trampa (la de ser acusado o de cruel o de laxo) por medio de otra trampa; después una mujer malfamada irrumpió en una comida donde Él estaba, le besó los pies, los cubrió de lágrimas, los secó con sus cabellos, los ungió con perfume de nardo, fue defendida por Él y elogiada; después una María de Magdala «de quien Cristo había echado siete demonios» se une a Nuestra Señora y las otras accióncatólica que seguían a Cristo por donde iba y «le servían con sus bienes»; después una María, hermana de Marta se sienta a los pies de Cristo de Betania, y es defendida y elogiada de nuevo «por haber elegido la mejor parte»; esa misma obtiene de Cristo con sus lágrimas la resurrección de Lázaro; ella misma vuelve a ungir a Cristo pies y cabeza en una comida de «Simón Leproso»; al pie de la cruz con María Santísima reaparece Maria Magdalena; y finalmente ella es la primera (después de la Madre de Dios) que ve a Cristo resurrecto antes que Pedro y que Juan. Añadan si quieren que después de esto durante 30 años hizo penitencia y oración en una caverna cerca de la ciudad de Marsella, la tremenda «Marsiho» pagana de aquellos tiempos, donde (según la Leyenda Aurea) su hermano san Lázaro el Resucitado, servido por su hermana Marta, fue obispo misionero entre galos y latinos, celtas y africanos, y toda clase de «crisol de razas».

Orígenes opinó que son cinco mujeres, Teofilacto que fueron cuatro; san Jerónimo tres, san Bernardo dos; y nosotros con la tradición popular, una. Si quieren leer discusiones intrincadas, ingeniosas y de poco provecho, pueden ver esta disputa en Cornelio Alápide o Maldonado. Pero el pueblo cristiano siempre, desde los poemas latinos (Sedulius) hasta las Vidas clásicas de la Magdalena, como las de Malón de Chaide y Lacordaire, pasando por los «Misterios» del Medioevo, y confirmado todo por santo Tomás, la vida de la Magdalena la ha contado de esta manera.  Todas esas mujeres son una y la misma mujer.  «Cristo siempre se hace el abogado de esta mujer» -dice santo Tomás; identificando por tanto a la Pecadora, a María de Betania y a la hermana de Lázaro, las tres defensas de Jesús; que si además fue la Adúltera del Templo, son cuatro defensas. Y el gesto de echarse a sus pies está repetido también cuatro veces. ¡Es la misma mujer, déjense de historias!  Digo «cuatro veces», porque veo a la Adúltera también a sus pies, aunque la Vulgata diga «stans in medio» y las biblias castellanas traduzcan el «stans» por «estar de pie». El texto griego dice: «ousa», no dice que estaba de pie; y toda la escena trasluce que estaba postrada. Uno cree ver en el versillo 10 el movimiento de Cristo sentado que se levanta y la levanta. No se ve en cambio la otra posición, Cristo sentado, y la acusada de pie.  Bien, poco importa eso por ahora.  Aquí hemos de hablar del primer gesto indudable de la Magdalena, la primera unción, en casa de «un fariseo», probablemente el mismo Simón de la segunda vez: «padre» de los tres hermanos de Betania, como dice una leyenda, muy improbable; «pariente», casi seguro.  La primera vez este Simón, Leproso de sobrenombre, no de veras (como hoy hay gente que se llama Rubio, Calvo, Moreno, Clarita o Blanca sin serlo), aparece despreciador de la Magdalena y de Cristo; y retado severamente por Cristo. Hay que traducir todo esto:

«Un fariseo lo invitó a comer. Y entrando se reclinó en el triclinio. Y una mujer que era en la ciudad pecadora, sabiendo que comía en lo del fariseo, llevó un alabastro de ungüento, y rendida a sus pies comenzó a regarlos con lágrimas; y con sus cabellos los secaba; y besaba sus pies; y los ungía con el perfume. Viéndolo el fariseo que lo había invitado, decía entre sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién es y qué clase de mujer es esta que lo toca, que es pecadora». Y respondiendo Jesús dijo: «Simón, te vaya decir una cosa» – «Dígame», dijo él. «Había dos deudores de un prestamista: uno debía quinientos dólares y otro cincuenta. No teniendo con qué pagar, les perdonó todo a ambos. ¿Quién de los dos lo quiere más? Respondiendo Simón dijo: «Me figuro que quien fue más perdonado». «Muy bien», dijo Jesús. Y vuelto hacia ella dijo: «¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; y ésta me los lavó con sus lágrimas y secó con sus cabellos. No me saludaste con el beso en la mejilla; y ésta desque llegó no ha cesado de besar mispies. No perfumaste con óleo mi cabeza; y ésta ungió mis pies con perfumes. Por lo cual te anuncio: muchos pecados se le perdonan porque amó mucho. Mas a quien menos se perdona, menos ama». Díjole a ella: «Se te perdonan tus pecados». Y comenzaron los comensales a decir entre sí: «¿Quién es éste que se atreve incluso a perdonar pecados?» Más Él  vuelto a la mujer le dijo: «Tu fe te ha hecho salva: vete en paz».

La narración es clara, no hay para qué buscarle pelillos: son las costumbres palestinas, y la incómoda costumbre romana adoptada por los palestinos ricos de banquetear reclinados sobre el brazo izquierdo, con los pies al exterior del estrado mullido y redondo. Hay una escena enteramente insólita y dramática, y un reproche manso en la forma al desdeñoso fariseo que termina en una insinuación terrible; la de que él, que «tenía menos pecados» (ninguno de estos santulones, en su concepto) también amaba menos y era menos amado. Nada, quizá. Terrible palabra en boca de un Dios.  Aquí Cristo comete una falta de lógica: la conclusión lógica era de este tenor: «Por tanto a ÉSTA, a quien se ha perdonado más, amará más». ¿Y qué dice? «Le perdoné mucho porque amó mucho», al revés.  ¿No había lógica? ¿Se olvidó de las reglas del «sentido ilativo» de Newman? ¿Hubo un proceso mental subconsciente que saltó un silogismo? ¿Quiere desconcertar al fariseo? ¿Quiso ser original? ¿Designó sugerir otra verdad profunda y oscura? ¿El evangelista saltó una parte? No sean sonsos, queridos comentaristas ociosos.  Si quieren leer discusiones intrincadas, ingeniosas y de poco provecho, pueden ver los autores que dije arriba -o muchos otros. Mas si la pecadora era la misma a quien Cristo salvó de la muerte en Jerusalén (o en donde fuere) la dificultad no existe. Cristo la conocía, la había perdonado allá «mucho», ella en consecuencia lo amaba mucho, como estaba a la vista en extremos de devoción y ternura. Pero entonces, ¿por qué le dice Cristo: «remitidos te son tus pecados»? Toma, pues porque ella pide perdón de nuevo, esta vez públicamente, y quizá en presencia de su hermano Lázaro. No está mal sino muy bien pedir muchas veces perdón de los pecados. Cristo la desató públicamente de la bendita «sanción social», que no diré sea mala, Dios me libre, no soy anarquista; pero está debajo de la misericordia, que es la ley del cristiano.  Esta suposición de que Cristo ya antes la había salvado, deja del todo explicables esos extremos de devoción y ternura, que del otro modo parecen desproporcionados y casi alocados, como parecieron por cierto a los presentes, incluso Pedro.  Para los que no admitan que ésta pueda ser la Adúltera de Juan VIII, 1 (por la razón muy fuerte que diré luego), daré la otra explicación del» error de lógica», la mejor entre las siete que hay. ¿Qué quiere decir esa inversión de términos, eso que los lógicos llaman «conversión»?  Primero diré lo que NO quiere decir. No quiere decir que el amorpasión excuse del pecado o incluso lo justifique. Esto lo inventaron los románticos del siglo pasado (los franceses, no los españoles ni los alemanes) como el pavote que dijo:

«Si el ruego de un pecador

Halla gracia en tus estrados

¡Misericordia, Señor!

Perdóname mis pecados

Que son pecados de amor… » 

Dios le perdonará, no porque sean pecados de amor, sino porque se arrepiente de ellos, si acaso; para lo cual mal camino es comenzar a excusarlos o alindarlos. Todo pecado es una gansada, no hay ningún pecado bonito. Zorrilla alinda los pecados de Don Juan Tenorio y al fin le salva el alma con un acto de contrición (?) subitáneo en tres octosílabos; porque a pesar de ser español era romántico. Salvación barata. La Magdalena los lloró 40 años; aunque dulcemente, según dicen. Salvación verdadera. Los poetas románticos mediocres inventaron que «el amor tiene derechos absolutos»; y la novelista Jorge Sand (o sea Aurora Dupín) que cambiaba de barragán cada siete meses y arruinó Chapín y al poeta Musset que murieron tísicos … y atontados, mientras ella andaba reventando pantalones por París (pues vestía pantalones y se ponía cada vez más gorda) escribió muchas páginas en pro de «los derechos del amor». Pero ¿qué amor entendía? La pasión. ¿Y qué es la pasión? Discúlpenme que no lo diga. Eso no lo dijo Cristo, aunque lo crea Jorge Sand e incluso Lugones. ¿Habrá querido decir que las almas apasionadas y generosas son más ocasionadas a pecar que los apocados, que ni para pecar valen, pero aquellas sirven más para la santidad, si se convierten como interpreta Max Scheler? Eso puede tener su verdad, pero no está en la parábola. La verdad verdadera es que el arrepentimiento vero de los pecados, la contrición, nace del amor de Dios, al menos incoado; y el perdón de los pecados aumenta el amor de Dios: son dos «causas recíprocas», como dicen los filósofos; y así pueden invertirse. Bien pudo pues, decir Cristo que ÉSTA amaba mucho a Dios (a Él mismo), a la vista estaba, y por eso se le perdonaba mucho. No hay más error de lógica ni misterio que éste; no es necesario hacer cabriolas dialécticas e incluso corregir el texto sacro, como hacen algunos intérpretes. El profesor Ricciotti, por ejemplo, en su Vida de Cristo traduce así el texto: «Sono rimessi i peccati di lei, i quali sano molti, perche essa amó molta» (página 402), lo cual es caer en el error romántico; aunque después el buen gringo recapacita y da la explicación correcta. Mas la acción invisible de la gracia en el alma, ésa es misterio. Lo flojo en esta historia mía (o de la Tradición) es que María Magdalena haya sido también la Adúltera que Cristo salvó de ser lapidada; más aún, parece imposible; pues este episodio está puesto en el Evangelio DESPUÉS de la unción de la PECADORA; y todas las «Concordias» lo traen así; y así yo lo puse en la Concordia que incluí en El Evangelio de Jesucristo, conforme a Perk y Rosadini, por no innovar. Bien, retiraré esta afirmación (de que la Adúltera pudo ser la Magdalena), después de defenderla. La defensa es ésta: esta perícopa de la Adúltera de san Juan está fuera de su lugar. Esa perícopa es dudosa: falta en los principales códices griegos y algunos latinos, y en otros está cambiada de lugar; algunos autores pensaron que es de San Lucas, desplazada por error al Evangelio de San Juan; e incluso el códice Fi (Q) la pone después de Le. XXI, 38. Hoy día se admite su autencía; pero ¿su colocación? Su colocación salta a la vista que está equivocada: el evangelista dice que Jesús entró al templo, y allí se sentó y enseñaba; y después le arrojan a sus pies a la Adúltera. Mas en el curso del dramático juicio, Jesús se pone a escribir en la tierra dos veces. No puede estar en el Templo. No hay tierra o arena en el Templo. Para resolver esta dificultad, los intérpretes, comenzando por Agustín, han hecho suposiciones rebuscadísimas; la más rebuscada, la de Maldonado, que dice «Cristo simulaba escribir para hacerse el distraído, y dibujaba garabatos» (sic). Pero el texto dice: «escribía», Mas si la perícopa está fuera de lugar, toda dificultad desaparece. Por lo demás, sabemos que los Evangelistas, incluso Juan, no se sujetan mucho a la cronología, y han escrito «según y a medida que recordaban», dice Maldonado tantas veces.

Así que yo aventuro la hipótesis que el Episodio de la Adúltera Salvada va ANTES de la primera cena de Simón y ella fue María de Magdala; y esta hipótesis limpia tres dificultades y clarifica todos los textos. Refútenla si pueden. Un profesor de Escritura que anda por ahí «por los rincones» (dijo santo Tomás a uno parecido de aquel tiempo) echando venablos y aun calumnia a mis pobres Evangelios (que «son heréticos» nada menos) sin atreverse a escribirlo, como era su deber (pese a ser director de una revista «católica») que refute esta hipótesis, y le sacaremos el sombrero.  En resumen: si la perícopa Jo. VIII, 1, está fuera de lugar (como lo está), entonces la Adúltera anónima PUDO SER María Magdalena; Y SI PUDO SER, LO FUE; porque así desaparecen las dificultades, y cinco o seis fragmentos, que versan sobre una mujer apasionada, corajuda y altiva, se funden en una historia psicológicamente perfecta; y Cristo aparece haciendo la hazaña típica del caballero, que es salvar a una mujer.

Defender a las mujeres

Y no pelear sin motivo.

Pero defender a una mujer es motivo principal de pelear en este mundo, según la caballería cristiana; la cual hoy día está refugiada en el «tango» argentino.  Como quiera que sea, cierto es que (dejada aparte la Adúltera) la Pecadora de San Lucas, y María Magdalena y María de Betania son una y la misma mujer; que repite después el mismo gesto en otro ambiente, seis días antes de la Pasión. Las pruebas de san Agustín, Gregario, Ambrosio y Beda se pueden dar por concluyentes contra Orígenes. Pero yo quiero hablar otra vez de este paso: quiero pedirle a Ducadelia que me haga un comentario DESPUÉS DE LA PARÁBOLA en que ella quede más en relieve y en vivo.  Lugones escribió en su libro Filosofículas un comentario sobre SANTA María de Betania que es un puro disparate, lleno de errores y (digamos la verdad) de ignorancia. No vale la pena ni mentarlo. Quiso hacerse el original, como yo aquí, a osadas; pero yo he estudiado más el asunto, sin tener el talento de Lugones; y sobre todo, soy consciente de mi propia ignorancia. Lugones era argentino; y por tanto, así como fue el rey de nuestros poetas, tenía que ser el rey de los macaneadores; como se ve en sus obras en prosa, que están pidiendo a gritos un crítico que las edite comentadas en antología, aprovechando las partes buenas, que son muchas, y marcando los errores y macanas, que son también no pocos. Lo que hacen en Francia o Inglaterra con sus grandes escritores: volverlos «clásicos», es decir, aptos para las clases. ¡Para las clases pobres!, que son todos los chicos de este país, tratados como perros por el famoso «Monopolio Estatal de la Enseñanza».