Las Parábolas de Cristo – P.Leonardo Castellani

 PARÁBOLA DEL PAN Y LA PIEDRA

(Mt. VII, 9)

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«¿Quién de vosotros si le pide su hijo un pan le da una piedra; o si le pide un pez le da un áspid? Y si vosotros, siendo malos sabéis dar a vuestros hijos bienes, ¿cuánto más el Padre que está en los cielos?» (Mt. VII, 9)


Esta parábola, que está repetida y acompañada de otra graciosa parábola sobre la oración, en Lucas, indica la condición fundamental del orar cristiano, que es la plena confianza en Dios como en un Padre, mayor que los padres terrenos. Es menester, por un lado, que aquel a quien rogamos, quiera favorecernos; y por otro, que pueda; y la bondad y el poder no pueden fallar en Dios, si es el Padre Celeste; si ni siquiera fallan en la imperfecta paternidad humana. Eso dice aquí Cristo -y otra cosa más: Dios no nos va a dar a comer una piedra si se la pedimos creyéndola un pan; ni una víbora, si la creemos un pescado. El pan y la piedra se parecen y un miope, como somos todos, puede confundirse. No se parecen un pescado y una víbora; mas parece ser que en el mar de Galilea hay una culebra de agua, «tropidonatus tesselatus», que se parece a los peces y sale a veces entre ellos de las redes. Sin oración no hay salvación: esta es una proposición absoluta y sin restricciones ni excepciones; pues no podemos salvarnos sin la gracia de Dios, dijo Cristo (“ni siquiera decir el nombre de Jesús con eficacia», dijo san Pablo) y la gracia se da únicamente por la oración. Es claro que Dios no niega a nadie al menos la gracia de orar. Es claro también que se puede orar de muchas maneras, y algunos incluso oran sin saberlo: sin ir a misa y sin decir el Padrenuestro; como oró el mártir musulmán Al Hallaj. «Es imposible que Dios deje suicidarse a uno que ora» -dije yo a un afligido y aterrorizado. Y es verdad «Dios aprieta pero no ahoga», dice… el Evangelio; pues ese refrán nació de la médula misma del Evangelio. La oración es el eje de toda la vida cristiana; y ella postula e implica las otras dos partes de toda religión conocida, que son el dogma y la moral. Algunos filósofos añaden un cuarto integrante de la religión: el sacrificio. Pero el sacrificio es una parte de la oración, como veremos más tarde… si nos animamos; pues el sacrificio es un misterio inmenso. ¿Cómo se les pudo ocurrir a los humanos que destruir una cosa puede ser agradable a la Deidad; y cómo pudo surgir esa aberración de los sacrificios humanos, destruir una vida de hombre? Mas para nosotros el sacrificio está representado por la Eucaristía y la Misa; donde sólo se destruye (o más bien se sustituye) la sustancia del pan. Es el sacrificio incruento y manso de Melquisedec. Sin embargo, pende místicamente de la pasión y la transformación real del cuerpo de Cristo: parece ser que una destrucción real es la esencia del sacrificio, después de la Caída. Además de la confianza, la oración demanda la perseverancia; como veremos en otra parte, simbolizada en otras dos parábolas de Lucas. Lucas es el Evangelista que más insiste sobre la oración, se complace en mostrarnos a Cristo orando, a Cristo saliendo de noche a orar, trepando una montaña para orar, enseñando a orar, exhortando a orar, y postrado bajo el peso de su tremenda oración en el Huerto; y es el que trae más oraciones vocales: el «magníficat», la oración de la Virgen; el cántico de Zacarías; la oración de Elizabeth y de Simeón; el laude de los Angeles en Belén; y varias breves oraciones exclamatorias o «jaculatorias» de Cristo. Y es el que pone en esta parábola una palabrita diferente que resuelve el tremendo enigma de la «oración eficaz». Porque Cristo promete que la oración siempre será eficaz; y la experiencia parece no darnos eso. Todas las religiones, como está dicho, incluyen la oración; de modo que si Cristo se hubiese limitado a eso, no habría dificultad. Cristo dijo que orásemos constantemente e incluso sin intermisión (en cuanto es posible), que orásemos alegremente, que orásemos insistentemente e incluso imperfectamente, como la Viuda Fastidiosa y Amigo Porfiado. Hasta aquí no hay nada: Buda, Moisés y Mahoma dijeron lo mismo. El asunto comienza cuando Cristo dice: «De verdad os digo que todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, será hecho» y «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid pues para que recibáis, y vuestro gozo sea cumplido». Estas promesas concretan demasiado para nuestro gusto (o poca fe) las otras indeterminadas que preceden esta parábola, a saber: «Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo aquel que pide recibe (alguna cosa), el que busca halla (algo) y al que llama le abren (a veces)». En esta generalidad está bien: no dudamos de que Dios que hizo los oídos, tiene oídos, que no es malo, y que si le hablamos como a un padre, ALGO saldrá de eso, y eso no será inútil. Pero que «todo lo que pida será hecho», es patraña -dice nuestro sentido humano. ¡Si le habré pedido yo cosas que no salieron; y otras que salieron al revés! Incluso le pedía estos días sacar la lotería; que si Dios hiciese caso a cuantos le piden sacar la lotería, se acabaría la lotería; y quizá también se acaba el pueblo argentino, cuya fe parece estar puesta actualmente en interminables loterías, que llevan nombre raros: (por ejemplo, «golpe») en vez de poner fe en Dios, en la luz y en el esfuerzo. El pueblo argentino pide a Dios actualmente (o el porteño al menos) le resuelva las dificultades políticas y también las deficiencias morales (de las que dependen las otras) por medio de una inconmensurable lotería. Estamos seguros que ha habido cristianos que han llevado una vida dura y requetedura hasta el fin, sin remisión: que han orado con fe, confianza, constancia, con «gemidos inenarrables» como san Pablo y aun con insolencias, como Job; que no veían por qué padecían, los motivos, el fruto el provecho de esos suplicios en la noche, que nadie habría de saber jamás; y que no levantaban, ennoblecían ni iluminaban sus almas, como dicen los libros de los filósofos… devotos, que hace SIEMPRE (y no es verdad) el sufrimiento; corno Ludwine o Ludovina o Luduina de Schiedsam -o sea Holanda- que fue canonizada; corno Kierkegaard que no será canonizado; como Baudelaire, que se salvó raspando y está aún en el Purgatorio, como se puede píamente conjeturar; y es «descanonizado» por medio mundo, comenzando por los doctores, que lo tienen por perverso y maldito. ¿De qué les valió la oración? En 1864 escribía Baudelaire al final de su palpitante diario «Mon coeur mis à nu» (Mi corazón desnudado): «Me juro a mí mismo tomar desde hoy las reglas siguientes por reglas eternas de mi vida: «Hacer cada mañana mi oración a Dios, depósito de toda fuerza y toda justicia, a mi padre, a Marieta y a Poe, como intercesores; rogarles que me comuniquen la fuerza necesaria para llenar todos mis deberes y otorguen a mi madre una vida bastante para que goce de mi transformación; trabajar todo el día, o al menos, hasta donde alcancen mis fuerzas; confiar en Dios, es decir, en la Justicia misma, para el éxito de mis proyectos; hacer todas las tardes otra oración pidiendo a Dios la vida y las fuerzas para mi madre y para mí; hacer de todo lo que gane cuatro partes: -una para gastos cotidianos, una para mis acreedores, una para mis amigos, y la cuarta para mi madre-; obedecer a las normas de la más estricta sobriedad, la primera de las cuales es la supresión de todos los excitantes, sean los que fueren». Hasta aquí la última página del librito del genio, del albatros con las alas rotas. «¡Reglas eternas! ¡Trabajar todo el día! ¡Todo lo que gane!…» Estaba herido de muerte y no escribió una línea más. Sus altivos proyectos eran humo: «Trabaja seis horas sin afloje. Para hallar temas, gnothe seautón (conócete a ti mismo). Sé siempre poeta, incluso en prosa. Gran estilo (nada hay más hermoso que el lugar común). Comienza por doquiera; y después sírvete de la lógica y el análisis. Cualquier hipótesis pide su conclusión. Encontrar el frenesí cotidiano… « ¡Qué ilusiones! ¡Pobre hombre! Estaba herido de parálisis general treponémica; y si realmente ella fue heredada y no culpable (como quieren ahora Fumet, Gonzaga Reynolds, y otros) el más grande de los poetas franceses fue quizás el más grande de todos los «Injusticiados» del mundo -menos Cristo. ¿De qué le sirvió la oración, dicen? El había respondido de antemano, un tiempo antes, al escribir: «Se puede ser discreto y sin embargo buscar en Dios el cómplice y el amigo que siempre nos faltan. Dios es el eterno «confidente» en esta tragedia en que cada uno es el «héroe». Hay quizá asesinos y usureros que dicen al Señor: «Haced que mi próxima operación sea un éxito». Pero la oración de estos villanos no mancha el honor y el gozo de la mía…» ¿Y cuál era la suya? Unos días antes: «No me castiguéis, Señor, en mi madre; y no castiguéis a mi madre por causa mía. Os encomiendo las almas de mi padre y de Marieta. Dadme la fuerza de hacer inmediatamente mi deber todos los días y de volverme así un héroe y un santo…» y después de esto, pide inspiración, poemas, productos, dinero, salud, si todo esto va bien con esa otra petición fundamental del Espíritu de Dios (que es preciso para ser «un héroe y un santo»). No iba bien con eso. No se le dio. Por lo cual hemos de creer que lo otro, el Espíritu Santo, sí se le dio. Para mí, se salvó seguro. Esa es la palabrita iluminadora que pone san Lucas diferente de san Mateo. Mateo dice: «Si vosotros siendo malos sabéis dar bienes a vuestros hijos ¿no os dará el Padre de los cielos COSAS BUENAS, si se las pedís?» Pero Lucas, literalmente igual en lo otro, dice aquí: «No os dará el Padre Celeste SU ESPÍRITU BUENO, si se lo pedís?» Lo esencial, y que condiciona todo el resto, y por lo cual se ha de pedir el resto (todas las otras COSAS BUENAS, que al fin no son más que COSAS), es el Espíritu Santo, la gracia, la salvación. El resto es el «pan cotidiano» del Padrenuestro que también hay que pedir… después: en la cuarta petición. Si el Espíritu Santo mora en nosotros, entonces «Él rogará a Dios desde el fondo con gemidos inenarrables», y obtendremos todo lo que pidamos en Él: -lo que pida Él en realidad para nosotros; lo cual se hará infaliblemente: pues entonces Dios pide a Dios, y sabe lo que pide. Si Dios escuchase materialmente todos nuestros caprichos, ocurrencias, deseos aun lícitos, e incluso santos, nos tendría que dar muchísimas veces una piedra en vez de un pan, y un áspid, que nosotros creemos pez. «Aut dabit quod petis aut quod nóverit melius»: todo está en cifra en esta fórmula de san Agustín: «O te dará lo que pides, o lo que Él sabe mejor». La verdad es que ese MEJOR que Dios da, a veces es terriblemente duro y oscuro. Yo creo que esa promesa de Cristo a los «apóstoles» coevos y futuros: «El que dejare por mí: padre, madre, bienes, mujer e hijos, yo le daré el ciento por uno en este siglo y después la vida eterna» (Mc. X, 28) es una regla general que tiene excepciones; que a algunos, como los que mencioné arriba, Cristo simplemente no les devuelve el ciento por uno en esta vida, porque los ve fuertes como para pasarlos sin más a la otra vida: «los hace hacer el purgatorio en esta vida», como dice santa Teresa de las monjas neurasténicas -y buenas; porque las neurasténicas malas, esas hacer pasar el Purgatorio a las demás. En suma, creo que existe el misterio de la Conjugación a la Pasión de Cristo, que han pasado muchos en este mundo, que lo han pedido o lo han aceptado, y han dado a Dios gracias… a la que salga y como podían. Esto no invalida la promesa de la «oración eficaz». Dios respondió a sus oraciones, lo mismo que a san Pablo: «Bástate mi gracia» -y la gracia basta y SOBRA. «Medida llena y colmada y sobrante y redundante y rebosante, os darán por vuestras buenas obras» -dice en otro lugar. San Pablo padeció en su vida algo tremendo que él llama «aguijón en mi carne» y «bofetada de Satanás». Estas expresiones sugieren tentaciones carnales; no de las leves o de las medianas, sino de las «supremas», como sufrió san Alfonso Rodríguez lego jesuita y otro san Alfonso, el de Ligorio, doctor de la Iglesia y fundador de órdenes, en sus últimos días, cuando era viejo, e incluso en su lecho de muerte: netamente diabólico, «bofetón de Satanás». Mas todos los escritores devotos del mundo se horrorizan de que san Pablo nientedimeno haya podido tener hambre de mujer, como si fuese culpa de él; y han inventado que el «aguijón en la carne» era la vergüenza y la timidez que le daba ser petiso -o bien, eran ataques epilépticos- o que sufría de reuma; o de sarna, si vamos a imaginar. Sea lo que fuere, la cuestión es que de ESO tan feo que es llamado «licencia de Dios al ángel de Satanás para que me abofetee», Pablo le pidió a Dios «con gemidos inenarrables» tres veces que se lo quitara; y el Señor le respondió tres veces: «Te basta mi gracia; pues la virtud en la enfermedad se robustece» -o como dice el texto griego «en la flaqueza se perfecciona». Me dan ganas de hacer una parábola yo también: hubo un hombre que se pasó la vida pidiendo a Dios una cosa que era buena para él y los demás; o muchas cosas, mejor dicho. Oraba con constancia, pues hacía novenas tras novenas a los santos más reputados de la Corte Celestial; oraba con confianza, pues había sido abandonado por su padre y por su madre, y se había refugiado en Dios, de acuerdo a aquello: «Pater meus et mater mea dereliquerunt me, Deus autem suscepit me; que se puede traducir: mi Rector y mi Provincial me abandonaron, pero Dios me adoptó; -oraba con reverencia, porque componía continuamente prosa y verso para loar el nombre de Dios y hacerlo conocer; y resulta que nunca obtenía lo que pedía y siempre le iba de mal en peor; hasta que un día, ya viejo y cansado, pensó «¿ Qué le costaba a Dios haberme dado siquiera el dormir bien, que es una cosa que da a todos? Si Dios nos habla, y Dios se hizo hombre, tiene que hablarnos el lenguaje de los hombres; y en el lenguaje de los hombres yo debo decirle que conmigo no ha cumplido sus promesas. Las cumplirá en la otra vida, bien; pero yo estoy en esta vida y no en la otra; y ahora no tengo más remedio que pensar así». Se compadeció de él Dios; y esa noche le mandó un ángel en sueños que le mostró todo el mapa de su larga vida pasada; y él vio con asombro que todo lo que había pedido en serio a Dios, se había realizado de una manera secreta pero real. Estaba allí mirando estupefacto una cosa después de otra, como lechuza en jaula; y le dijo al Ángel: «¿Cómo es que no me he dado cuenta?» Dijo el Ángel sin enojo alguno: «Porque vos pedías como hombre, y Dios concedía como Dios». Dijo el soñador: «Jesucristo vino al mundo a salvar a los desagradecidos, de los cuales yo soy el principal». Después de lo cual, se murió; como les pasa a todos los que ven un Ángel.
Este fue Charles Baudelaire al fin de su vida: lo que le pidió en serio a Dios, Dios se lo había concedido. Le pidió hacer con sus negros días, su vida de «monje haragán» (Le Mauvais Maine) e incluso con sus pecados, un libro extraño y único, erizado y profundo. Y con sus días de «poeta maldito» escribió en efecto «Las flores del Mal» -un libro inmortal que no recomendamos a todos, sino a muy pocos; pero que a pesar de su título y de todos los pesares, es una gran libro católico comparable al «Infierno» de Dante, mas un Infierno moderno. Pues el saber fundamental del hombre lo da solamente la oración. Como dijo un frondizista:

En esta vida embromada 

Sin chicha y sin limonada

 El buen saber es la clave:

Quien sabe salvarse, sabe;

Y el que no, no sabe nada