FIESTA DEL CORPUS CHRISTI
La devoción de la Iglesia para con el Santísimo Sacramento se fue desarrollando poco a poco; se fue conformando el culto externo a la Eucaristía, hasta llegar a la cumbre con la institución de su fiesta especial, la del Jueves del Corpus Christi, jueves eucarístico por antonomasia en la Sagrada Liturgia.
Haciendo un poco de historia, sabemos que en 1230 fue elegida Priora del Monasterio de Monte-Cornillon, de las religiosas Hospitalarias, cerca de Lieja, la Bienaventurada Juliana, la cual fue el instrumento del que se sirvió Dios para el establecimiento de esta fiesta.
Los pedidos de la beata determinaron al Obispo de Lieja a establecer esta fiesta en su diócesis, en un Sínodo celebrado en 1246.
El Papa Urbano IV no se determinaba todavía a introducirla en la Iglesia universal. A esto le movió el hecho del famoso milagro acaecido en la iglesia de Santa Cristina de Bolsena.
En la Basílica de Santa Cristina de Bolsena se guardan con celo, desde hace siete siglos, las reliquias menores del Milagro de Bolsena: una de las piedras sagradas sobre las cuales se perciben todavía bien visibles grumos de la preciosa Sangre del Redentor, que han alimentado la piedad de generaciones y generaciones de fieles.
El hecho eucarístico milagroso acaeció en 1263, en una región vinculada al nombre de dos de los más poderosos exponentes del pensamiento teológico: Tomás de Aquino y Juan Fidenza, más conocido con el nombre de San Buenaventura.
Un sacerdote de Praga, atormentado por dudas acerca de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, mientras dividía la Hostia santa en la celebración de la Misa, vio el corporal lleno de sangre que brotaba de las sagradas especies. Asombrado y aturdido por tan gran prodigio, le vino la duda de si había de terminar o seguir la Misa.
En la esperanza de ocultar a los presentes lo sucedido y con el deseo de pedir ayuda y explicación a la competente autoridad, resolvió suspender la celebración de la Santa Misa.
Recogidas las sagradas especies en paños sagrados, corrió a la sacristía, sin reparar que en el trayecto algunas gotas de la Preciosísima Sangre habían caído sobre el mármol del pavimento.
Cuando acaecía este milagro, era Ministro General de los Franciscanos Juan Fidenza, conocido bajo el nombre de Buenaventura de Bagnorea, ciudad natal del Santo, a pocos kilómetros de Bolsena.
Profundo conocedor de los hombres y de los lugares, el Doctor Seráfico fue encargado por el Papa Urbano IV de presidir la comisión de teólogos instituida para controlar la verdad de los hechos.
Realizado su cometido por la comisión, confirmó la verdad del milagro, y el Papa ordenó a Jaime Maltraga, Obispo de Bolsena, que le llevase a Orvieto, donde tenía su residencia, el sagrado corporal, el purificador y los paños de lino manchados de la Preciosísima Sangre.
Acompañado el Papa de su corte, salió al encuentro de las sagradas reliquias, y en el puente de Rivochiero tomó entre sus manos el sagrado depósito y lo llevó procesionalmente a Orvieto.
A raíz de este suceso estableció la fiesta, el 11 de agosto de 1264, por medio de la Bula Transiturus de hoc mundo ad Patrem.
El fin de la solemnidad es honrar la divina Eucaristía con un culto más solemne, y reparar por medio de esta pública celebridad las irreverencias y la falta de respeto a este adorable Sacramento.
A la verdad, dice el Papa en su Bula, la Iglesia celebra esta fiesta con solemnidad en el Jueves Santo, que es el día en que Jesucristo instituyó este divino Sacramento; pero está entonces tan ocupada en llorar la muerte del Salvador y en tantas otras ceremonias sagradas, que no puede dedicarse con la atención debida a la solemnidad de este divino misterio, la cual debe celebrarse con una alegría santa y una pompa del todo extraordinaria, para de este modo hacer sentir más la gloria y la dicha que tenemos de poseer el Cuerpo vivo de Jesucristo, Nuestro Salvador y Nuestro Dios.
Así que para avivar más la fe de los fieles y hacerla más brillante acerca de este augusto Sacramento, además del honor que todos los días se le tributa, mandamos que todos los años se celebre una fiesta particular con toda la solemnidad posible y con toda la pompa y magnificencia que es debida al Sagrado Cuerpo de Jesucristo, en quien reside sustancialmente toda la divinidad; designando para esta augusta solemnidad el jueves después de la octava de Pentecostés, a fin de que en aquel día se apresuren a porfía el clero y el pueblo a dar muestras nada equívocas de su fe viva y de su tierna devoción al Santísimo Sacramento, por medio de un culto público más religioso, y de cánticos de alabanzas.
Santo Tomas de Aquino, una de las más brillantes lumbreras de la Iglesia, fue quien compuso el Oficio, el cual es considerado como uno de los más devotos, de los más acabados y de los más bellos que tenemos, tanto por la energía de las expresiones, como por el resumen de la doctrina de todo el misterio eucarístico.
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Es cierto que nuestra Religión no tiene aquí en la tierra cosa más santa ni más divina que el Santísimo Sacramento… El mismo Dios no podría hacer nada más grande ni más respetable que el Augusto Sacrificio de la Misa.
Institución divina…, oblación santa…, víctima de un precio infinito…, inmolación del Cuerpo y de la Sangre del Hombre-Dios…
Aquí se ve la obra maestra de la Sabiduría, de la Omnipotencia y de la Bondad de Dios…
Por lo que hace a nosotros, que creemos firmemente en la divinidad de Jesucristo, profesamos también firmemente el misterio adorable de la Eucaristía; lo que vale tanto como decir: negar la realidad del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo en la sagrada Eucaristía, es negar la divinidad de Jesucristo.
Y pues que el Verbo dice: Esto es mi cuerpo, persuadámonos de la verdad de sus palabras; creamos y contemplemos a Jesucristo con los ojos de la fe en este Sacramento.
Jesucristo está realmente en este adorable misterio; pero invisiblemente, bajo de las especies visibles.
No creer la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento es ser hereje; creerla y tratar a Jesucristo en este divino Sacramento con indiferencia, con tedio, con poco respeto, y alejarse de Él, es impiedad, es irreligión.
En la Eucaristía está verdaderamente presente el mismo Jesucristo, que estuvo durante treinta y tres años sobre la tierra, y que ahora reina glorioso y triunfante en el Cielo.
Jesucristo en la Eucaristía, está vivo e inmortal como en el Cielo.
En la Santa Misa, cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la Consagración, el pan se convierte en el Cuerpo, y el vino en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
Esta maravillosa conversión se llama transubstanciación.
Jesucristo, que es Dios todopoderoso, es quien ha dado tanta virtud a las palabras de la Consagración.
Después de la Consagración, todo Jesucristo está en la Hostia y todo Jesucristo está en el Cáliz.
En virtud de las palabras de la Consagración, en la Hostia está el Cuerpo de Jesucristo; pero por concomitancia, o compañía, está también la Sangre, porque un cuerpo no puede estar vivo sin la sangre.
En virtud de las palabras de la Consagración, en el Cáliz está la Sangre de Jesucristo; pero por concomitancia, o compañía, está también el Cuerpo, porque la sangre no puede estar viva sin el cuerpo.
Donde está su Cuerpo, allí está también su Sangre, Alma y Divinidad; y donde está su Sangre, allí está también su Cuerpo, Alma y Divinidad.
Si se hubiera consagrado el pan y el vino cuando Jesús estaba muerto, puesto que entonces el Cuerpo y la Sangre estaban separados, bajo la apariencia del pan habría sólo el Cuerpo, y bajo la apariencia del vino habría sólo la Sangre, ambos unidos a su Divinidad, al igual que al Alma que había descendido al Limbo de los Justos.
Fue muy conveniente que la Consagración fuera bajo las dos especies:
1º) Porque así se renueva sacramentalmente más vivamente la Pasión y Muerte de Jesucristo, cuando su Sangre se separó del Cuerpo.
2º) Porque la Eucaristía fue instituida para alimento de nuestras almas, y el perfecto alimento del cuerpo, que lo figura, consiste en comida y bebida.
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Debemos, pues, adorar la Sagrada Eucaristía, porque contiene verdadera, real y substancialmente a Nuestro Señor Jesucristo en Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad.
Cuando comulgamos recibimos, pues, el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, con su Alma, Sangre, y Divinidad, bajo las apariencias del pan. Sólo el sacerdote comulga bajo las dos especies.
Jesucristo anunció el misterio de la Eucaristía, diciendo: Yo soy el pan vivo, que descendí del cielo. Si alguno comiere de este pan vivirá eternamente: y el pan que yo daré, es mi carne.
Jesús instituyó la Eucaristía en la última Cena, antes de la Pasión. Y lo hizo para tres fines principales:
1º) Para que la Santa Misa fuese el sacrificio perpetuo del Nuevo Testamento.
2º) Para alimentar las almas con un manjar divino, por medio de la Comunión.
3º) Para perpetuar la memoria de su Pasión y Muerte, y darnos una prenda la más preciosa de su amor y de la vida eterna.
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En la Cruz y en la Misa el mismo Señor Jesucristo es el Sacerdote y la Víctima, esto es, quien ofrece el sacrificio y es ofrecido.
Por esta razón, la Misa, en su esencia, es el mismo Sacrificio de la Cruz.
La diferencia está sólo en el modo de ofrecerse y en el fin porque se ofrece.
En el modo. En la Cruz Jesús se ofreció con derramamiento de sangre.
En la Misa Jesús se ofrece sin derramamiento de sangre; pero este derramamiento se representa sacramentalmente: es decir, por virtud de las palabras de la Consagración, que hacen que en la Hostia esté el Cuerpo y en el Cáliz esté la Sangre de Jesucristo.
En el fin. En el Sacrificio de la Cruz, Jesús satisfizo por los pecados de todo el mundo y nos mereció las gracias para salvarnos.
Estos merecimientos y satisfacción nos los aplica Jesús por los medios que Él ha instituido en la Iglesia, de los cuales el principal es el Santo Sacrificio de la Misa.
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La Santa Misa, porque es sacrificio, se ofrece solamente a Dios.
Se dice que se celebra la Misa en honor de la Santísima Virgen o de los Santos, para agradecer a Dios las mercedes que les hizo, y alcanzar por su intercesión, más copiosamente las gracias que necesitamos.
Los fines de la Santa Misa son:
1º) Adorar y honrar a Dios tanto cuanto merece su divina grandeza.
En la Santa Misa tributamos a Dios un honor infinito, porque se lo tributa Nuestro Señor Jesucristo en nombre nuestro.
2º) Aplacar a Dios tanto cuanto exige su infinita justicia, satisfacer por nuestros pecados y ofrecerle sufragios para las almas del Purgatorio.
En la Santa Misa Nuestro Señor Jesucristo mismo pide perdón por nuestros pecados y da satisfacción infinita a la infinita justicia de Dios.
3º) Dar gracias a Dios por los inmensos beneficios que nos concede.
En la Santa Misa Nuestro Señor Jesucristo agradece infinitamente en nombre nuestro.
4º) Alcanzar de Dios todas las gracias que necesitamos.
En la Santa Misa Nuestro Señor Jesucristo pide por nosotros y nos alcanza todo lo que necesitamos.
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Los efectos principales que produce la Sagrada Eucaristía, en quien la recibe dignamente son tres:
1º) Conserva y aumenta la vida del alma, que es la gracia.
2º) Perdona los pecados veniales y preserva de los mortales.
3º) Consuela al alma y la fortalece, aumentando la caridad y la esperanza en la vida eterna de que es prenda.
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Nada hay más santo, pues, nada que dé más gloria a Dios que el Santo Sacrificio de la Misa.
Una sola Misa da más gloria a Dios que todos los méritos juntos de la Santísima Virgen y de los Santos.
El acto que más agrada a Dios, y que más aprovecha a nuestra alma es la Santa Misa acompañada de la comunión.







