PERLAS A LOS PUERCOS
(Mt. VII, 6)
«No debéis dar lo santo a los perros ni volcar perlas ante los puercos, no sea que las huellen con sus patas; y encima se vuelvan contra vosotros y os destrocen».
Yo he faltado a veces a este consejo o precepto de Cristo, en el empeño de conciliar la religión con el periodismo. El periodismo me era necesario, porque hoy día un escritor no puede vivir sino como periodista; y la religión también me era necesaria. Estas dos cosas están en dos planos, porque la religión está en la categoría de LO SERIO Y el periodismo en la categoría de lo NO SERIO. Tengo que pedir indulgencia a mis lectores y no lectores; y mi única excusa es que estas dos actividades coliden (o colidian ¿cómo se dice?) va, se chocan estas dos vocaciones: «colisión», del verbo «colídere», que se perdió en castellano; no confundir con «colusión» que es diferente. Siento que tengo los labios sucios, como Isaías. «Colusión», significa mezcla sucia de dos cosas. Esta parábola de Cristo tiene un significado claro: que hay cosas que no se deben decir a los que no entienden, y mucho menos a los que malentienden. Está en el Sermón Serrano, entre la de la Mota y la Trabe, y la del Pan y la Piedra; -o sea, de la Oración Eficaz. Los esfuerzos de los intérpretes por pegarla a una de las otras dos, han sido vanos. Anda sola. San Mateo juntó una cantidad de recitados de Cristo sin orden aparente, «a medida que se acordaba» -dice Maldonado. De esta parábola nació en la primitiva Iglesia la «disciplina del arcano», que ¡santo Dios!, no estaría mal resucitarla hoy día; y asegún van las cosas, yo creo probable que resucitará. Por esta razón también Felipe II prohibió las traducciones de la Biblia en castellano en su Reino amenazado por el Protestante (después de haberla permitido un tiempo) -y Cervantes dijo que hizo bien, y Lope de Vega (en la Dorotea) dijo que hizo bien… y Mister Dunce dice hoy día que hizo mal. Esta parábola tendría un significado indudable si no hubiera en otro lugar otra palabra de Cristo que parece netamente contradecirla, a saber: «Nada hay oculto que no vaya a ser un día revelado: lo que os enseñé al oído decidlo a gritos; y lo que os dije en la alcoba, predicadlo en la terraza». (Mt. X,27)). Abajo de la terraza puede haber perros y chanchos… pues. La «cosa santa» que no hay que dar a los perros alude probablemente a la carne de las víctimas sacrificadas en el Templo, que debían comer los sacerdotes hebreos; y las sobras quemarlas y no darlas a los animales. Las perlas se parecen a los granos de cereal; y es aparente que los chanchos, se pondrían furiosos. No ignoro que algunos lingüistas contestan la palabra «cosa santa», y la reputan un error de traducción, diciendo que en arameo había «sortijas» o bien «flores»; pero esta es la traducción recibida durante veinte siglos; y el sentido en el fondo es el mismo. Es humorística la imagen de uno echando un capazo de aljófar a los puercos, y a éstos atropellando a mordiscos al millonario porquerizo. Que haya gente capaz de eso, es decir, atacar al que los quiere honrar o levantar, y justamente por esa misma honra o provecho que se les quiere hacer, parece mentira, pero es realidad. Claro es que hay que ser chancho para eso, para pagar mal por bien. Es el caso de los envidiosos, por ejemplo. Fue el caso de los fariseos con respecto a Jesucristo: ‘su predicación, que tendía a levantar a Israel sobre todas las naciones, como el pueblo mesiánico, fue el motivo de su crimen y de su ruina. Jesucristo lo indicó cuando le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas? -Para que no entiendan… y se pierdan». (Mt. XXIII, 15) Este lugar tan desconcertante está explicado en El Evangelio de Jesucristo, pág. 109, 110. Ha hecho correr mucha tinta, demasiada quizás. Se trata de una profecía conminatoria, de una amenaza, de una advertencia indignada: pertenece al género «ironía», como cuando un padre dice a su hijo: «Vos vas a acabaren la cárcel»; y no es que lo desee, al contrario. Es un ejemplo de aplicación de esta parábola: la «cosa santa», o sea la doctrina del Reino y la revelación cristiana, tenía que ser dada en «estilo indirecto» y con gran cautela -a causa de las disposiciones de los oyentes. Jesucristo cita una profecía de Isaías (Is. VI,9) que tiene la misma índole, y es catastrófica. Se trata de la visión del llamado de Isaías. El profeta ve al Señor en su trono en medio de dos Serafines con seis alas; con dos de las cuales volaban, con dos se cubrían los ojos, con dos se cubrían los pies. El Profeta se queja de vivir en medio de un pueblo que tiene la boca sucia, y él por tanto también tiene los labios poluídos. Uno de los extraños pájaros sexales (ojo, cajista, no es «sexuales «) le purifica los labios con una brasa, y él se ofrece a ir de profeta. Entonces le es dicho:
«Vé y dile a ese pueblo:
Oíd oíd y no entendáis
Ved la visión y no la conozcáis
Enceguece el corazón de este pueblo
Y tupe sus orejas
Y cierra sus ojos
No sea que vean con sus ojos Y oigan con sus oídos
Y entiendan con su corazón
Y se arrepientan, y Yo los sane».
La voluntad de sanar está pues allí: lo que falta es la voluntad de arrepentirse. Es una protesta inflamada contra la bestialidad de la gente, protesta que dice lo que estaba pasando y lo que iba seguro a pasar en la esperanza desesperada de evitarlo. «¿Hasta cuándo lo diré?», pregunta el Profeta; y Dios le contesta con una descripción de catástrofe. En resumen le dice que hasta que estén casi exterminados; y entonces un pequeño resto se arrepentirá, y comenzará a escuchar. Cuando Cristo repitió este fatal vaticinio, sin duda tenía delante de los ojos de su alma el próximo exterminio de Jerusalén, debido al endurecimiento de los Fariseos, Letrados y Príncipes; y la Precaria salvación del grupito que lo rodeaba, su «pequeña grey» -la semilla. Los otros MATABAN a los profetas -por no escucharlos. Por desgracia es una profecía que se podría predicar a la Argentina actual. Por la abundancia de perros y chanchos, sobre todo en los puestos altos, ya uno no sabe qué decir. Las palabras más santas son mal entendidas, los consejos más sanos producen confusión, el que predica la verdad es odiado y acosado, y la doctrina de la religión cae en saco roto y en orejas obturadas; cuando no es aprovechada para perrerías y chanchadas. Entonces habría que callar, porque cuando muchos necios chillan, el sabio se calla, -dice Platón: no hay lugar para su palabra. Pero el Profeta Isaías no puede callar; ni Cristo tampoco. Tienen que exponerse pues a que los cerdos se den vuelta y los atropellen. La prudencia aconseja que se hable en parábolas, que se hable indirectamente, que se hable humorísticamente. ¿Para qué está el escritor? Para divertir a la gente. Pues a divertirla; si no, no hay pan. Vamos a divertirla describiéndole obscuramente su propio destino: se reirán a carcajadas del tonto de la parábola, sin darse cuenta que son ellos mismos; o se indignarán del malvado de la parábola, como hizo el rey David cuando el Profeta le contó la parábola de la Rapiña del Ricachón -que era él mismo. Menos mal que cuando el Profeta al final le dijo: «Tú eres ése», el rey no le tiró una cuchillada al cuello, mas se cubrió los ojos y bajó la cabeza. Es uno de los momentos de la indignación de Cristo; mas a los Apóstoles los trata con ternura. «A vosotros os ha sido dado conocer el secreto del Reino; a los otros no les ha sido dado. Pues al que tiene, se le dará más y abundará; al que no tiene se le quitará lo poco que tiene… Dichosos pues vuestros ojos porque ven, vuestros oídos porque oyen. De verdad os digo que muchos profetas y santos anhelaron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; oir lo que vosotros y no lo oyeron… «
Ese es el resto, el residuo, la «pequeña grey», los que van a quedar, y después se van a propagar y aumentar «como un terebinto y como un roble vivo que expande sus ramas -dice Dios en la profecía de Isaías- pues semilla santa será la que en ellos se conservará». Continuamente en la Escritura se habla del «residuo», de los preservados, de los sementales. El método de Dios para limpiar su Reino parece ser la exterminación casi total, con la preservación de unos pocos limpios, como en el Diluvio. Dios no echa remiendos ni vendas: cuando hay algo podrido corta por lo sano; cuando hay algo apolillado, quema, y deja una semilla viviente. Eso es lo que vemos en la historia: se corrompe una nación, y es barrida por otra más sana; sojuzgada y aun limpiada a cuchillo y fuego, como hicieron los Romanos con Grecia -y con Israel. Se cumple la dura ley biológica de que el tiene, recibe más; y el que apenas tiene, pierde lo que tiene. Esto parece injusto y cruel, pero es una ley biológica que no podemos dejar de ver: una de las leyes atroces de nuestra madre la Naturaleza; y mucho más de nuestra madre la Sociedad, cuando no es atemperada por el Evangelio. Y Cristo la aplica a la vida espiritual, ahora no injustamente, sino justamente. En la vida espiritual el que no avanza retrocede; el que no gana, pierde aun lo que tenía; como se repite en la parábola de los Talentos. Mas volviendo a nuestra parábola de los Perros y los Puercos, yo no veo cómo se puede conciliar con la de la Terraza, si no hay en la religión algo que no es para todos. Dicen de la religión cristiana que no es «esotérica»; es decir, que no hay un núcleo secreto para los «iniciados» y una doctrina general para los demás; y es verdad (Y sin embargo Jesucristo dice a los Apóstoles: «a vosotros os ha sido dado conocer el SECRETO del Reino»). Es verdad en el sentido de que yo (para poner un mal ejemplo) no tengo un Credo de 14 artículos y Aurelio del Plata, por ejemplo, otro Credo con 7 artículos más, que yo no conozco. Y sin embargo, es claro que somos diferentes, porque él es una «columna de la Iglesia» y yo un desecho. No está la diferencia en que él tenga un Credo mayor o mejor que el mío, sino en algotro. Esa diferencia no consiste en el QUÉ sino en el CÓMO, diría yo. Jesucristo dijo que hay mucha gente que dice «Señor, Señor», y algunos de ellos serán recibidos como «benditos de mi Padre»; y a otros en el Juicio les dirá: «No os conozco». ¿Cómo no dicen todos lo mismo? La cuestión con la religiosidad no está en lo que se dice, ni en lo que se reza, sino en lo que se hace, y sobre todo en lo que se siente, CÓMO se siente y CÓMO se hace; pues nuestro hacer nace de nuestro sentir, como ya está dicho. «Aquel día -dice Jesús- vendrán muchos y me dirán: Señor ¿no hemos predicado en tu nombre, no hemos sido hombres devotos, no hemos hecho incluso milagros, cosas que admiraron a la gente? Y Yo les diré: Apartaos de mí, todos lo que pensáis la iniquidad». Estos habían hecho muchas cosas buenas, pero el CÓMO era malo. «Si esto es servir a la patria. -A mí no me gusta el CÓMO» -dijo Martín Fierro. La Iglesia no tiene esoterismo, pero ella toda es un esoterismo, podríamos decir. Cristo lo dijo: «el SECRETO del Reino de los Cielos», el Misterio de la Iglesia. Un gran teólogo contemporáneo escribió esta paradoja: «El que adora a un fetiche como si fuese Dios, como se debe adorar a Dios, adora a Dios; y el que adora a Dios como a un fetiche, como se adora a un fetiche, no adora en realidad a Dios, porque lo transforma en fetiche». Es la doctrina del CÓMO puesta extremosamente. La religión verdadera no consiste en llamar a Dios Jehová, o Dios, o God, o Gott, o Iddío, o Ser Supremo, o Gran Arquitecto del Universo, como lo llaman los poetas. El verdadero nombre de Dios está en nuestra alma y… no se puede decir. Con la boca todos dicen lo mismo; y aun los que menos lo tienen en el corazón son a veces lo que más gritan: «¡Señor, Señor!» San Pablo se queja de tener que vivir en el «peligro de los falsos hermanos»; y ese peligro no ha desaparecido. Todo esto puede parecer no muy divertido, un poco desabrido (o real, es la realidad) pero no lo he inventado yo: está allí en el Evangelio.

