Las Parábolas de Cristo – P.Leonardo Castellani

 LA TRABE Y LA MOTA

(Mt.VII,3; Lc.VI,41)

adultera

«¿Cómo ves la motita en el ojo ajeno y no ves la trabe en el propio? .. Hipócrita, arroja primero el travesaño de tu ojo, y después puede que veas la mota del ojo de tu hermano…» 


Esta es otra muestra del «estilo» de Cristo. Chesterton en su libro Ortodoxia notó que a Cristo nos lo pintan como un hombre dulce y bueno, derretido en benignidad y blandura; y después uno va al Evangelio y se encuentra con una personalidad recia y completa, e incluso imperiosa; y en vez del estilo almibarado que era de esperar del «pálido Galileo» de nuestras iglesias, con el pelito rubio partido al medio, la doble chivita y el rostro de galán de cine, «con su vestidura rosa y apuntando al corazón» -como dijo el poeta Gustavo Riccio-, se encuentra con un estilo extraordinario, lleno de montañas que se levantan y se echan al mar, de camellos que pasan o no pasan por el ojo de una aguja o la boca de un beatón, de sultanes que mandan pasar a degüello una ciudad entera, de vigas clavadas en un ojo como clavos, de sal que es echada al estercolero, de reyes que guerrean, de casas que se derrumban, de sepulcros blanqueados, de ricachones maldecidos; y la lado de los gestos benignos, como abrazar a un niño, gestos de imperio y aun de iracundia. Cierto; porque el Cristo de nuestras iglesias (el de las estatuas y helás el de la predicación) no es muchas veces el Cristo del Evangelio, sino el Cristo de León Tolstoy o el «dulce Nazareno» de Constancio W. Vigil; cuando no es ¡ay de nosotros! el Cristo infeliz, enfermo y demente («el loco Jesús») del «gran» Ingenieros en su tremendo (para él) libro llamado ITALIA; editado por suerte (para él) en Valencia; y casi desconocido por suerte (para él) en la Argentina.  El Cristo real adujo la desaforada metáfora de una viga clavada en un ojo para condenar el juicio y la sospecha temeraria; y en general, todo juicio del prójimo.

«¿Cómo ves el pelito en el ojo ajeno y no ves la viga en tu ojo? ¿O cómo dices a tu hermano: deja que te saque el pelito de tu ojo y velay hay una viga en el tuyo? Hipócrita, arroja primero el travesaño de tus ojos, y después puede que veas la pestaña que está en el ojo de tu hermano.» En lo cual, Cristo, no condenó que queramos sacar la pestaña del ojo ajeno, limpios primeros los nuestros: no condenó la corrección fraterna ni la justicia legal.  Antes había dicho: «No juzguéis para no ser juzgados; y no condenéis para no ser condenados; porque con el mismo juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y en la misma medida con que midiereis, seréis medidos» -palabras enteramente claras que no precisan de las cabriolas que hacen algunos exégetas y habrán visto quizá los lectores en algunos manuales vulgares. El juicio temerario es pecado; y la simple sospecha temeraria (sin fundamento) es pecado; y el simple tachar al prójimo de malo, o perverso o imperfecto, es temeridad y arguye o maldad o imperfección en el que lo hace, el cual queda juzgado por el mismo hecho. Como dice san Ignacio en sus «Ejercicios»: «No decir cosa de infamar o murmurar; porque si descubro pecado mortal que no sea público, peco mortalmente, y si venial, venialmente» (o quier mortalmente en algunos casos) y si defecto, descubro defecto (o malignidad en algunos casos) propio.» (Paréntesis nuestros). Salva san Ignacio el caso del pecado público y notorio, como de una pública meretriz o público hereje «que sean perniciosos»; y por supuesto, el caso de quien descubre pecado secreto al que puede o debe corregirlo en caridad o justicia.

La corrección fraterna Cristo la reguló con esta ley:«Si pecare contra ti tu hermano, ve y repróchale a solas; si no te hace caso, delante de dos testigos; si no recapacita dilo en la asamblea o comunidad («iglesia»); y si aun así no entra en sí mismo, tenlo como un pagano o publican o «, -es decir, sepárate de él en silencio- y para siempre. Esta ley originó en la primitiva Iglesia la «ex -comunión»; que era simplemente separar al culpable de la comunidad «tenerlo como gentil y publicano». Hoy en día ¿a qué Asamblea vaya ir a quejarme? ¿Vaya ir a misa, y durante el Ofertorio vaya empezar a clamar: «ése que está allí oyendo misa me debe seis mil pesos y no me los paga»? ¿O vaya ir al Obispo, y le vaya decir que doña Domitila Beata el otro día en el pasillo me dijo unas barbaridades, y no le pude pegar porque era mujer? Hoy día no nos queda más remedio que ir derecho a lo del «gentil y publicano»; cuando no hay medio de arreglarlo por amigos comunes, o… escribiendo; que puede ser incluso un medio de «decirlo a la iglesia», aunque bastante peligroso.  Tenemos armado en lo interior un tribunal para condenar al prójimo, y eso es como natural en el hombre y tiene cuatro contras: 1) usurpación de poder, pues sólo de Dios es ese poder; 2) juzgar sin la debida pesquisición; 3) sin oír al acusado y su defensa; 4) sentencia inapelable. En cuanto nos pasa algo malo, buscamos la culpa en el prójimo. Dijo el sartén a la caldera, no me tiznes, panzanegra; díjole el sapo a la rana, feíta eres, hermana; díjole el paralítico al rengo, bestia, ya vengo; y…

Como soy escribano

Sé lo que pasa  Todos quieren justicia

No por su casa; 

y aquello otro de:

Para las faltas del mundo

Tengo una alforja de Huesca

Para atrás echo mis faltas  

Y adelante las ajenas 

que es un recuerdo de esa fábula de Esopo de que el hombre lleva una alforja llena de vicios, y en el zurrón de delante pone los del prójimo; y en el de atrás, que no se ve, los propios.  Pero el justo no es así: «el justo es el primer acusador de sí», dice la Escritura. Lo prudente cuando nos pasa algo malo es mirar qué culpa podemos tener nosotros; aunque tampoco echarnos la culpa por que sí; pues «con nadie hay que ser injusto, ni siquiera con sí mismo» -dijo el hijo de Martín Fierro-. «Náverim Te, nóverim me», conocerte a Tí conocerme a mí, decía Agustín a Dios. Para conocerse a sí mismo, hay que tener mucho coraje. Nadie es buen «psicólogo» si no tiene mucho coraje.  Nadie puede ser sentenciado sin ser oído, era una de las bases del Derecho Romano, y eso es un derecho natural, hay que oír las dos campanas. Sentencia sin defensa del acusado es nula, tenía la antigua jurisprudencia, hoy bastante arruinada en la práctica. Más aún, el derecho cristiano proporcionó al acusado un «defensor», que lo defendiera enjuicio mejor de lo que él mismo sabe; pues muchas veces, y por lo general, uno no es bueno a defenderse bien a sí mismo. Cuando estas normas se suprimen, la justicia está muerta; y cuando esto pasa en la Iglesia misma, las consecuencias son tremendas; pues el poder de la Iglesia es óptimo, y la corrupción de lo óptimo es pésima. Un juez eclesiástico dice al reo: «No me pida prueba de esto que le imputo, porque estamos en el fuero paterno, no en el fuero judicial». Y si el reo dice: «Si estamos en el fuero paterno, óigame y créame, como un padre hace con su hijo». «Yo no sé si usted me está engañando: ¡confiese!» De ese modo el mal juez anda saltando del fuero paterno al fuero judicial según se le antoje; y el otro está listo. No hay nada que hacer sino disparar, si se puede: en un avión de Aerolíneas Argentinas («su compañía») de Manresa a Buenos Aires.  Todo esto advirtió Cristo en una breve frase: el peligro del juzgar. Anteriormente había prevenido contra los pecados de pensamiento: «el que mira a una mujer para desearla, ya adulteró en su corazón». Pero ése no es el único pecado mental, hay muchos, y son los más peligrosos de todos, pues «no lo que sale del hombre mancha al hombre, sino lo que está dentro del hombre». La moral, el ser bueno o malo, más que en las obras exteriores, está en los sentimientos. Ser bueno es tener buenos sentimientos, «buen corazón» como dice el pueblo; y «es mejor (es menos malo) el pecador que peca que el pecador que no peca», como dijo peligrosamente Lutero; lo cual es verdad cuando el «pecador que no peca» es un sepulcro blanqueado, uno de esos sepulcros que no se ven y uno va descuidado por el campo, se le hunde la pata y abajo hay pudrición, dijo Cristo. Aunque éste sea peor que el pecador que peca, como Lutero, el pecador que peca no es bueno. Los dos son malos, lo cual ya está dicho al decir «pecador». Todos hemos hecho errores en esta vida menos los que no han hecho nada; y ese error de no hacer nada no se puede perdonar, porque «¿yo qué he hecho?» Eso lo repitió Cristo en otra parábola. Aburrido de los preceptos legales o higiénicos de los Fariseos, de lo que se podía comer en Viernes, de lo que no se podía comer en Lunes (y cerdo no se podía comer nunca), clamó a la plebe:  «No es lo que entra en la boca lo que mancha al hombre, sino lo que sale de la boca». Rechinaron los Fariseos, y los discípulos le avisaron: «Los Fariseos están furiosos». Contestó Cristo: «Si un ciego guía a otro ciego los dos van al hoyo. Dejadlos. Toda planta que mi padre no planta, será arrancada». Mas luego en particular le preguntó Pedro: «Explícanos esa parábola; ¿así que ahora vamos a poder comer chuletas de chancho?», y Cristo dijo: «No veis que lo que entra por la boca se va al estómago, y de allí a la letrina, lo que sobra? Eso no mancha al hombre. Mas lo que sale de la boca, eso viene del corazón, y eso mancha al hombre. Porque del corazón vienen todos los malos sentimientos: prostitución, robos, homicidios, adulterio, avaricia, malignidad, sospechosidad, impudor, envidia, calumnia, soberbia y estupidez. Todo esto viene de adentro y eso mancha al hombre» 

La mugre interior es lo malo: San Benito José Labre andaba mugriento y hasta con piojos, y lo mismo el poeta francés Húmilis (Germain Nouveau) que se hizo «linyera» por amor de Dios, y también corrido por nuestra época, poco amable a los poetas; y también, decían sus amigos, porque siempre había sido medio loco… La cuestión es que el cargo de profesor en Colegios Secundarios no era para él; y su temperamento sensual no podía quizá ser domado sino por la extrema pobreza. Peregrinó a pie al Líbano, a Roma, a Santiago de Galicia, pidiendo limosna en las iglesias; el mundo se olvidó de él y de sus dos tomos de poemas, hasta que se supo había muerto en Pourrieres, en 1920, en la choza donde había nacido. Andaba mugriento por fuera, pero se limpió, con un esfuerzo fantástico, por dentro. Andar bien limpio cuando uno tiene baño caliente y bañarse es un placer, no es pecado, pero no tiene gracia… tanta gracia como se cree en el Barrio Norte.  La condena del juzgar al prójimo se repite dos veces más en el Evangelio: en la Parábola del Publicano en el Templo, al cual el Fariseo juzgó de malo y criminal desde la altura de su propia «justicia»; y Dios los juzgó a los dos enteramente al revés. Y la parábola se volvió realidad en el caso de la Magdalena: el fariseo Simón el Leproso juzgó a la Magdalena y a Cristo su invitado: «si este fuera lo que Él dice, sabría qué porquería es esa mujer que le abraza los pies; que es una pecadora notoria». No era ya pecadora sino santa, y Cristo era lo que Él decía, y Simón el Leproso no era lo que él creía; como se lo significó allí mismo Cristo, aunque con gran sutileza y cortesía; pues al fin, era su invitado. No se cumplió aquí el refrán: «Piensa mal, y acertarás».  Entonces «¿piensa bien y acertarás?» No siempre, aunque eso es menos malo. A algunos los alaban diciendo: «Ese siempre piensa bien de todos». Ese no sirve para gobernante, ni policía, ni siquiera bancario. No sirve para ermitaño urbano. Hay que pensar lo que hay, lo que es, bueno o malo; lo cual no es muy fácil. Hay que suspender el juicio y no condenar ni canonizar hasta tener pruebas. Si yo veo que uno se pone a odiarme gratis y hacerme daño gratis, sin que yo lo haya perjudicado, y más si le he hecho bien, puedo sospechar envidia (aunque de hecho no lo sospeché hasta que me lo dijeron); no es entonces una sospecha temeraria o sin fundamento. Pero no estoy autorizado a salir a la plaza y empezar a gritar: «Su Ilustrísima Monseñor Mandinga es un envidioso». Aunque lo fuera (que no lo sé) no puedo yo hacer eso. Y si lo supiera, me iba a dar más pena que otra cosa. Y probablemente iba a tratar de hacerle bien; aunque yo ¿qué bien puedo hacer a nadie, si apenas tengo donde la «austeridad» me haga caer muerto; y eso mismo hipotecado?  Esto es broma: siempre se puede hacer bien. Y yo creo habérselo echo a Monseñor Mandinga, que en paz descanse.