En el día que temo, yo en Ti confío
Cuando alguien se siente atemorizado por algo que pudiera sobrevenirle, se dice que esa persona vive con la “Espada de Damocles” sobre la cabeza.
La historia cuenta que Damocles era un miembro de la corte del rey Dionisio “El Viejo”, un tirano sanguinario de Siracusa en el Siglo IV antes de Cristo. Como cortesano, Damocles era un constante adulador que se pasaba sus días envidiando los lujos y comodidades del rey.
Las repetidas adulaciones envidiosas llegaron a los oídos del soberano y éste trazó un plan para escarmentar a Damocles. Le ofreció intercambiar los roles por una noche para que pudiera experimentar personalmente los placeres que tanto envidiaba. Con ese fin, se organizó un gran banquete para Damocles, que ocupó el lugar del rey y gozó de todos los lujos y privilegios de su título temporal.
Todo estaba bien hasta que Damocles miró hacia arriba y advirtió una afilada espada que pendía sobre su cabeza, atada por un único pelo de crin de caballo.
Al notarlo, se le quitó no sólo el apetito, sino que los nervios lo obligaron a rechazar el sueño de ser rey con sólo ver la espada amenazante. Le pidió al rey abandonar su puesto, alegando que ya no quería seguir siendo tan afortunado.
Por esta historia se menciona la espada de Damocles para hacer referencia a una amenaza constante que puede llevar inesperada y repentinamente a un trágico desenlace.
Y yo quiero decirles, amados lectores, que hay muchas personas –incluso católicos que frecuentan los Sacramentos y rezan todos los días– que viven así…, preocupadas y temerosas de lo que pudiera acontecerles a ellos o a sus seres queridos. Las manos se les crispan cuando imaginan situaciones de desastre.
En el Libro bíblico de la Sabiduría, XVII, 10-12, se dice que:
“… una conciencia agitada presagia siempre cosas atroces. Ni es otra cosa el temor, sino el pensar que está uno destituido de todo auxilio. Y cuanto menos dentro de sí espera socorro el hombre, tanto más grande le parece aquella causa desconocida que le atormenta”.
Sin embargo, una vida presa de temores y angustias, zozobras y negatividad, no es vida. El que así vive, ¡no vive!, no disfruta de las maravillas que Dios ha creado ni disfruta de la realidad de la Presencia Paternal de Dios que nos cuida, nos sustenta y nos rodea en todos los instantes con Sus Brazos Amorosos.
Hay promesas maravillosas en las Escrituras que nos garantizan el Cuidado continuo de Dios y Su deseo de hacernos bien.
Por ejemplo, en Isaías 41: 10-13, leemos lo siguiente:
No temas, que Yo estoy contigo;
no desmayes, que Yo soy tu Dios;
Yo te he dado fuerza y te ayudo;
te sostengo con la diestra de mi justicia.
Confundidos quedarán y avergonzados
todos los que contra ti se irritan,
serán como la nada,
y perecerán los que te hacen guerra.
Buscarás, y no hallarás
a los que te combaten;
serán como nada y como reducidos al polvo
los que pelean contigo.
Pues Yo, Yahvé, tu Dios,
soy quien te tomó por la diestra,
y te digo: No temas,
Yo soy tu auxiliador.
¿Por qué no Le tomamos a Dios la palabra y confiamos en lo que Él nos está diciendo? ¿Por qué no asegurarnos de que Él es enteramente fiel a lo que ha prometido?
En plena noche, mientras los discípulos estaban en la barca, se levantó una tempestad y ellos sintieron mucho miedo. En el Evangelio según San Juan, en el capítulo VI, 16-20, leemos esta anécdota:
Cuando llegó la tarde, bajaron sus discípulos al mar. Y subiendo a la barca, se fueron al otro lado del mar, hacia Cafarnaúm, porque ya se había hecho oscuro, y Jesús no había venido aún a ellos. Mas se levantó un gran viento y el mar se puso agitado. Y después de haber avanzado veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús, que caminaba sobre el mar aproximándose a la barca, y se asustaron. Pero Él les dijo: “No tengáis miedo.”
Yo no sé si en estos momentos tu vida está siendo azotada por alguna tempestad. Pero, ¡escucha bien lo que voy a decirte!, “NO TEMAS PORQUE DIOS ESTÁ CONTIGO”. Si tú le das entrada en tu vida, si tú le permites que Él tome el control total de tu problema, Él puede darle a ese problema una solución perfecta.
Ve en espíritu al Calvario ahora mismo…, colócate junto a María Dolorosa, y deja a los pies de la Cruz tu vida, tus problemas, tus congojas, tus aflicciones. Deja allí esa espada que pende sobre tu cabeza y que te impide vivir a plenitud…. Deja allí tus pecados y hazte amigo de Jesús.
Pídele a la Santísima Virgen que te lleve a Cristo y que te enseñe a rezar. Díle desde el fondo de tu corazón:
Santa María, Madre de Dios y madre mía, ruega por mí que soy un pecador. Ruega por mí ahora, en esta necesidad que me aflige, y ruega por mí también a la hora de mi muerte. Amén.
Reynaldo

