Las Parábolas de Cristo – P.Leonardo Castellani

 LOS PÁJAROS Y LOS LIRIOS
(Mt. VI, 26)

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«Mirad los pájaros del cielo… Mirad los lirios del campo… ¿No sois vosotros más que ellos?… Vuestro Padre del cielo los alimente y viste… » 


«Cristo no resolvió la cuestión social…» Entonces no tiene solución, señores míos.

En el Evangelio de Jesucristo (pág. 251) hemos puesto al modo nostro la solución cristiana de la cuestión social y sus tres raíces evangélicas; de las cuales ciertamente la primera es la caridad llevad hasta el heroísmo en los santos. Así lo proclamó en énfasis Donoso Cortés diciendo que la Caridad era la única solución de la llamada hoy «cuestión social»; que si se entiende bien (y no sé si Donoso lo entendió así) es verdad; porque la Caridad, o Amor de Dios y el Prójimo, supone la Justicia; y la Justicia tiene espada, y desenvainada por cierto. La Caridad es una llama que circunda a esa espada desde la empuñadura a la punta; y sin esa espada, es un fuego fatuo. Donoso era rico; aunque limosnero; pero no le hacía mucha gracia esa espada que hoy día blanden los pobres; por desgracia, los Malos Pobres a veces; porque nuestra época es tan desdichada que no puede remediar una injusticia sino por medio de otra injusticia… como explicaré otro día. Perón, por ejemplo, quería remediar mi barrio, que es el Sur, de lo cual le estoy agradecido; pero para eso «injusticiaba» al Barrio Norte; y se fue al tacho… para que vinieran otros mejores o peores que él, Dios nos ampare. Los bolchévicos remediaron la injusticia de los Zares contra los siervos con una injusticia muchísimo mayor; con el Estado Servil, con el Orden del Hormiguero. La cuestión social es difícil, justamente porque es «social» en pleno; no concierne a los patrones y obreros, o «empleadores y empleados», solamente, sino a toda la sociedad, incluso al clero. La actual sociedad se va paganizando, y por tanto retornan a ella los crudos conflictos del paganismo en todos los órdenes. Los paganos resolvieron la «cuestión social» por medio de la Esclavitud; y la sociedad moderna camina a la esclavitud de nuevo, a una esclavitud larvada llamada por Belloc «el estado servil», cuya actual vigencia o cuasivigencia en Inglaterra demostró en su preclaro librito «The Servile State». Es un estado en el cual los trabajadores (incluso intelectuales) son asegurados de su subsistencia a trueque de su libertad, o sea, trabajando forzosamente (o forzadamente) toda su vida en provecho de los amos; que era exactamente la condición del esclavo pagano; el cual no era maltratado por lo general, lejos de eso; era cuidado como un buey o un caballo. Las ilusorias «libertades» del liberalismo han sido barridas por la «economía». Rusia instituyó el experimento, y el experimento ha tenido éxito: dura hace más de 50 años; y no ha dado un solo paso atrás, sino al contrario. Lo que esto quiere decir lo diremos en otra ocasión. Cristo llamó «inicuo» al dinero, y en su tiempo lo era, como lo es en el nuestro. «En el fondo de toda gran fortuna existe un crimen», dijo san Juan Crisóstomo, y repitió Bossuet. Actualmente uno tiene que «invertir» el dinero, necesariamente, pues por una ley misteriosa que formuló (aunque no explicó) el gran economista genovés Agustín María Trueco, el dinero va siempre perdiendo valor, se «desangra», a veces en forma precipitosa (inflación) y el que lo guarda, lo pierde. Al invertir su dinero, el hombre entra en el sistema capitalista; y ese sistema necesita que la mano de obra sea lo más barata posible, e incluso que la masa obrera padezca necesidad e inseguridad (desempleo) pues de otro modo zozobra el «lucro», su último fin. Bernard Shaw proclamó en su libro teórico sobre el Socialismo («The intelligent woman ‘s guide… «) y en sus dramas (La profesión de Misia Warren) que los obispos anglicanos cobraban dividendos de su dinero sin saber que ellos provenían de las fábricas de armamentos, e incluso de la explotación de prostíbulos. No sé si es verdad, pero es posible. Todos los que cobran dividendos grandes ignoran (no todos en realidad) qué iniquidades están detrás de esas ganancias., He aquí por qué Cristo intentó inspirar desconfianza hacia el Idolillo Inicuo; con resultado, mientras la sociedad fue cristiana; sin gran resultado hoy día, lo cual no significa que no haya excepciones entre los ricos… que son pobres de corazón. No. Hablo en general. No pienso en los Obispos anglicanos. La Argentina tiene un monarca actualmente que es el Dinero; es un Monarca que tiene pocos rebeldes. Celebra la fiesta de Cristo Rey, pero contra ese Rey está rebelada. No se puede tener dos Monarcas. Es triste, pero es así. Los politiqueros, que son los cabezas de la Argentina, no son súbditos de Cristo Rey; son súbditos del Otro. Después de haber desprestigiado con decisión casi feroz a su contrario, Cristo puso la tercera piedra de su «sistema económico» (?)… (Sarmiento dijo que Cristo no sabía economía política, y en eso era inferior a Franklin; mas Bernard Shaw dijo que Cristo fue un economista genial… Cristo se debe de haber reído de las dos bobadas). Esta tercera piedra fue (Evang. de Jesucristo, pág. 257) «invitar a los más fervientes, espirituales y corajudos a dar el salto, a renunciar osadamente a sus bienes por amor de Dios -por imitarlo a El- a «embarcarse en canoas escoradas» a sus riesgos y peligros, sin seguridad previa fuera de la Providencia»… Extendió sus brazos al campo esmaltado de pequeños nardos de la Palestina y hacia el cielo donde volaban grajos (¿quién prepara al cuervo su alimento cuando sus pichones claman a Dios por falta de nutrimiento?, dice Job en XXXVlIl, 41) que a pesar de su mala fama es una animal limpio, útil y elegante; el pequeño cuervo de Palestina, digo, no el carancho argentino -y los puso de ilustración de la fundamental bondad de la Natura, imagen y efecto de la esencial bondad de Dios. «Sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de estas cosas… » Un joven había venido a Él que aspiraba a «ser perfecto» y tenía muchas posesiones; y respondió a Cristo que él había cumplido los diez mandamientos desde su niñez. Cristo lo miró con ternura, le sonrió y le dijo: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes, dala a los pobres, y sígueme». El joven reculó; pegó media vuelta y se marchó, triste. Cristo también se puso triste; y entonces fue cuando dijo: «De verdad os digo que es muy difícil que los potentados entren al Reino de Dios». Y aquí viene la parábola de los Nardos y los Pájaros; que no hilan ni tejen, que no siembran, cosechan, atrojan ni venden; y no obstante comen; y están vestidos «como ni Salomón en toda su pompa lo estuvo». Cristo no sólo aprobaba la Naturaleza física sino que la admiraba: reflejo de la Bondad y Belleza del Padre. «Buscad pues PRIMERO el reino de Dios y su justicia; y estas otras cosas vendrán como de yapa». Adviértase el adverbio PRIMERO: no es que haya que dejar de buscar la comida, hay que buscarla sin «solicitud», sin ansias ni angurrias. Naturalmente, el que busca el Reino de Dios y su Justicia será un buen padre y esposo, amará a su familia y sus conciudadanos; y por tanto no será un gandul. Cristo aduce aquí la Providencia de Dios al obvio reparo de que «¡el dinero es necesario!», y principalmente la aduce para esa pequeña falange de «desesperados» que por amor de Él lo dejan todo; para los «cuervos», como muchos los llaman en la Argentina. Los curas en general trabajan, por lo menos los que yo conozco. No todos trabajan BIEN quizá, allá ellos. Pero dudo mucho que en el actual estado de la época haya muchos curas «gandules»; más peligra el otro extremo, los que trabajan «de más»; es decir, los avaros y los envidiosos. Finalmente, Cristo pone el sello a toda esta doctrina con la conocida parábola del Juicio Final. Es una parábola: no se imaginen que todos los hombres serán juzgados juntos en el Valle de Josafat (no caben) en un solo día (no hay tiempo) con un gran libro de cargos y descargos que debería ser mayor que el mundo. El Juicio es algo misterioso, será probablemente un largo período de tiempo; y el «Libro de la Vida» serán las propias almas vueltas patentes y transparentes; pues es de saber que cada una de nuestras acciones se graba en nuestra alma; o mejor dicho, la modela y configura permanentemente, como a un yeso; que al morirse el hombre, fragua. De modo que, así como para conocer a un rengo basta verlo andar, y a un jorobado basta mirarlo, así las almas aparecerán patentes, hermosas o monstruosas, al abrirse los ojos del espíritu. Sorprendentemente en esta parábola Cristo hace a la misericordia con los destituidos el único criterio de la salvación o la perdición; parecería que con dar limosna, basta; lo cual hacen a veces hasta las prostitutas y los capitalistas. «Venid benditos de mi Padre celeste a poseer el reino que os tiene preparado; porque tuve hambre y me disteis de comer tuve sed y me disteis de beber, estaba enfermo y me habéis asistido…», de donde sacó el Catecismo «las siete obras de misericordia corporales»; en la realidad son mucho más de siete. Desconcertados quedaron los teólogos: uno dijo que solamente van al infierno los inmisericordes; otro dijo que solamente los fariseos, los reos del «pecado contra el Espíritu Santo»; otro se bandeó a decir que ninguno va al infierno, que no sabemos de un solo hombre que esté en el lugar de las tinieblas, ni siquiera de Judas. Mas santo Tomás enseña que por cualquier pecado mortal, inmisericorde o no, se condena el hombre, si muere sin arrepentirse. El caso es que Cristo puso allí la misericordia como única ley. Puede explicarse diciendo que cualquier pecado mortal encierra en sí una inmisericordia. ¿No es inmisericordia seducir una niña, ser infiel a su mujer, asesinar, mentir y aun blasfemar? Todos los pecados contra Dios repercuten en el prójimo; y los pecados contra el prójimo son pecados contra el Pobre… ¿No hemos dicho arriba que el hombre en su alma es esencialmente un pobre hombre? Y por otro lado, el que tiene verdadera misericordia, o compasión del prójimo, se ve llevado a practicar todas las virtudes, empezando por la Prudencia. No dice Cristo: «Habéis dado plata al Patronato de Paralíticos»; dice «Estuve enfermo y me habéis asistido». Muchas virtudes se necesitan para asistir a un paralítico, más que dar plata. El filósofo Schopenhauer dijo que la virtud fundamental es la compasión y a ella puso como fundamento de su ética; que el mismo amor verdadero en el fondo es compasión; porque intuyó esa verdad de arriba, que el hombre es esencialmente un pobre, por el hecho de «haber nacido», como dijo nuestro Calderón -al cual el ateo alemán admiraba. Creo que en el amor existen además otros elementos, y también Schopenhauer lo creía, seguro; pero en el amor materno, el más seguro, parece que se ve eso: una profunda y tierna compasión. «Amor de madre, que lo demás es aire». Aquí podemos responder a nuestro imaginario millonario que dice: «¿Por qué dijo: no podéis servir a Dios y a las riquezas? ¿Por qué no dijo» a Dios y al Diablo»; o «a Dios y al Pecado», que es más lógico? ¿Qué le han hecho a Él, díganme, las pobres riquezas?». Dijo «a Dios y a las Riquezas» y no «a Dios y al Diablo», porque justamente las Riquezas son la trampa del Diablo. El que quiere salvar a un ratón de la trampa no le dice: «Cuidado con el filo del resorte», sino «cuidado con el queso». Los politiqueros, que van simplemente detrás del queso, están en gran peligro: de hecho, casi todos acaban mal, como me observaba días pasados el andaluz Manolo Hernández, a propósito de la muerte de uno de ellos. Mi padre san Ignacio (que no lo renegaré aunque pareciera me tiene olvidado), hizo una «parábola» en sus Ejercicios que expone lo que arriba llamé pedantescamente «la colusión metafísica entre la pobreza y la realidad mística» -parábola llamada «De las dos banderas»-. Loyola veía el mundo como un campo de batalla entre Dos Caudillos, Cristo y Satán. Es la concepción de «Las Dos Ciudades» de San Agustín, pero vistas por un soldado del siglo XVI. Los dos Caudillos llaman a la gente toda a sus sendas banderas. Y la del «Enemigo de Natura Humana» sentado en una cátedra de fuego y humo y en figura espantable, tiene estos tres «escalones»: primero, «codicia» de riquezas; segundo, vano honor del mundo; tercero, crecida soberbia; a los cuales escalones llama Ignacio «redes y cadenas»; mientras la del «Sumo Capitán y Señor nuestro» despliega lo contrario: pobreza espiritual y si fuera posible pobreza actual; deseos de oprobios y menosprecios; y finalmente, la HUMILDAD, tierra de todas las virtudes, cimiento de la perfección, condición de la fe, y prácticamente idéntica con la religiosidad. Dice san Ignacio que esos son los «escalones» de la salvación y la perdición; y parecería no es así, porque el gitano Zalacaín no se perdió por codicia de riquezas, sino por matar a su mujer por celos:

«La maté porque era mía

Y si ella resucitara

Otra vez la mataría… «

y así otros muchos. Pero lo de Ignacio tiene misterio: son «redes». Es la manera ordinaria de tentar del diablo, que no es sonso. A los gitanos de esa laya, el diablo no necesita tentarlos: ya están en «crecida soberbia». «¡Mía!» Una criatura de Dios la hago mía, como si yo fuese Dios. La soberbia consiste en hacerse Dios, lo cual es demencia. A los buenos, ordinariamente el diablo los despeña en esta forma: primero les propone una cosa que no es mala, pero es peligrosa («quiero ganar plata») después se sigue otra que a veces es ya mala y siempre es emborrachante, como «quiero mandar»; y al último aparece la cola serpentina: como «Yo, yo, yo, primero yo y siempre yo: fusílenme a esos rebeldes peronachos». Y la obstinación en el pecado: «Y si ella resucitara – Otra vez la mataría». Es lo que dijimos arriba: las riquezas en sí son indiferentes, pero en la presente condición del hombre, son una TRAMPA. La pobreza naturalmente es mala, pero en la presente condición del hombre es una liberación, una cosa que da luz… mística, por poco que no queramos resistirla y maldecirla, como hago yo todas las mañanas al despertarme… y encontrarme sin luz eléctrica. La pobreza de suyo lleva a la sencillez, a esa sencillez como de niño, de que Cristo dijo: «Si no os hacéis como estos niños, no entraréis en el Reino», a lo contrario de la soberbia. Yo he escrito todo esto (que ya es algo) acerca de la pobreza, porque (la verdad por delante) está en el Evangelio de Jesucristo; pero no sé si lo creo. «Dómine, ádjuva incredulitatem meam». No veo por dónde la pobreza (no siempre lo veo) me ha hecho A MI, bienaventurado. Bien, quizá esos consista en que MI pobreza se ha bandeado un poco. No seas demasiado pobre; porque la miseria tiene una teatralidad que daña, justamente, a la sencillez. No seas demasiado pobre… si puedes.