ESPECIALES DEL P. JUAN CARLOS CERIANI – 28 Y 29 MAYO 2015

TEOLOGÍA DE LA HISTORIA

P.Ceriani---Radio

Formación de la Civilización Cristiana

La Revolución Anticristiana

 

Dedicamos los Especiales de 2015 como un homenaje a Radio Cristiandad en su 11º aniversario, y especialmente a la memoria de Don Mario Fabián Vázquez, que consagrara gran parte de estos años a la defensa y divulgación de los valores constitutivos de la Civilización Cristiana, así como a combatir el proceso revolucionario anticristiano.

Audio Parte 2

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Audio Parte 3 (Completo)

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Resumen Introductorio

En el hombre coexisten cuatro formalidades fundamentales:

El hombre es algo, es una cosa.

El hombre es animal, es un ser sensible, que sigue el bien deleitable.

El hombre es hombre, es un ser racional, que se guía por el bien honesto.

El hombre, participando de la esencia divina, está llamado a la vida sobrenatural en comunión con Dios.

De allí se sigue que el hombre es:

HIJO DE DIOS = formalidad sobrenatural

RACIONAL = formalidad humana o racional

ANIMAL = formalidad animal o sensitiva

ALGO = formalidad de realidad o cosa

En un hombre normalmente constituido, estas cuatro formalidades deben estar articuladas en un ordenamiento jerárquico que asegure su unidad:

* el hombre es algo para sentir como animal;

* siente como animal para razonar y entender como hombre;

* razona y entiende como hombre para conocer, amar y servir a Dios.

Si estas cuatro formalidades que constituyen al hombre las proyectamos socialmente, tenemos que:

A la formalidad de cosa corresponde la función económica de ejecución (trabajo manual), que cumple el obrero en un oficio.

A la formalidad de animal corresponde la función económica de dirección (el capital), que cumple la burguesía en la producción de bienes materiales.

A la formalidad de hombre corresponde la función política (aristocracia = gobierno de los mejores), que cumple el político en la conducción de una vida virtuosa de los demás hombres.

A la formalidad sobrenatural corresponde la función religiosa del sacerdocio, que se ocupa de conducir los hombre a Dios.

El sacerdocio tiene como función asegurar la vida sobrenatural del hombre, incorporándolo a la sociedad de los hijos de Dios y manteniéndolo en ella. Su dominio se extiende a todo al campo de lo espiritual; nada que, de un modo u otro, tenga atingencia con el orden eterno está sustraído a su jurisdicción.

La función política tiene como fin propio hacer virtuosa la convivencia humana. El ser humano debe vivir en sociedad para lograr su perfección; y la realización de la virtud es función propia de aquella clase social que posee la virtud y tiene en sus manos la función política. La aristocracia lleva a la realización práctica el estado de virtud, cuyo conocimiento ha aprendido de labios del sacerdote. Lo esencial a la aristocracia es la subordinación al sacerdocio, como es esencial a la política la sujeción a la teología.

La burguesía interviene en las operaciones financieras y comerciales y en la dirección de la producción. Aporta el capital.

El artesanado interviene en la ejecución de los diferentes oficios. Aporta el trabajo.

Estas cuatro funciones están articuladas en una jerarquía de servicio mutuo:

El artesanado sirve a la burguesía y la burguesía sirve al artesanado en cuanto lo dirige y tutela.

El artesanado y la burguesía, unidos en la cooperación económica, sirven a la nobleza y son servidos por ella, que les garantiza el ordenamiento virtuoso.

El artesanado, la burguesía y la aristocracia sirven al sacerdocio, pues los dos primeros le aseguran la sustentación económica y el tercero la convivencia virtuosa, y a su vez son servidos por él en cuanto el sacerdocio consolida el ordenamiento económico y político de aquellos por la virtud santificadora que dispensa.

La vida del hombre ha de descansar como en primera y fundamental verdad en Dios, poseído en la divina contemplación.

Hacia allí deben ordenarse totalmente todas las actividades, sean filosóficas, científicas, políticas, artísticas o económicas.

Dios es la meta necesaria del hombre; la norma suprema y única que regula todas las acciones de su vida.

Como sin regla suprema y total no puede desenvolverse la vida del hombre, rechazar a Dios como suprema y total regla de la vida del hombre implica necesariamente colocar en su lugar otra, que será o el trabajo, o el placer, o el dinero, o el poder, es decir, una criatura.

Este principio regulador establece una jerarquía en todas las actividades humanas.

Si el fin supremo del hombre lo constituye la contemplación de Dios, la función más alta de la vida humana ha de corresponder al sabio que está sumergido en esta divina contemplación.

Y detrás del sabio, todos los que de él participan, que son aquellos que contemplan la verdad en sus grados más imperfectos, propios de la Filosofía y de las Ciencias particulares.

Detrás de éstos han de venir los que llevan a la práctica esta verdad, ya en sus propias vidas, ya en la colectividad social: verdad realizada que constituye el dominio de la virtud y, por ende, del político.

Detrás ha de venir el dominio de lo económico, esto es, de los requisitos materiales de la existencia sujeta a las condiciones de necesidad.

La naturaleza de estos dominios determina una ordenación jerárquica ineludible. Lo económico o dominio de la necesidad debe someterse a las regulaciones de la virtud; y la virtud, a su vez, a las exigencias de la verdad.

La necesidad no puede lograr categoría humana sino recibe la regulación de la virtud; y ésta no puede constituirse en carácter de tal sino surge como una ordenación de la razón; y la razón carece de fundamento sólido sino es afirmada por la Verdad subsistente, es decir Dios.

Una civilización que merezca el nombre de tal se constituye por la subordinación jerárquica de los tres valores mencionados: el sabio que considera la verdad; el político que se propone imponer la virtud; el económico que cuida del bienestar del cuerpo.

Los tres símbolos que encierran todo lo humano son: el Saber, el Poder y la Riqueza.

La cultura merece el nombre de tal sólo si culmina en la posesión del Soberano Bien.

Esta Sabiduría está por encima de la política, la presupone necesariamente y la dirige, como la contemplación dirige y gobierna la acción.

La política presupone la economía, y también la dirige como la ética regula las fuerzas mecánicas e instintivas del hombre.

En esta subordinación jerárquica estriba la salud de estos valores y de toda civilización.

Si la Sabiduría rompe el lazo que la une con Dios, se constituye en fin de sí misma, y se profana, llevando la rebelión y la anarquía al dominio del Saber.

La civilización queda entonces entregada a la pura fuerza del Poder. El poder político pierde su razón de instrumentalidad y se convierte en fin en sí mismo; y como erigido en valor absoluto, el poder político, cuya esencia es servir, no puede mantenerse, es necesariamente suplantado por las fuerzas inferiores de lo económico y la sociedad, presa del materialismo, camina hacia la desintegración.

Si la Verdad no logra mantener el centro de la unidad en el conjunto social, pronto se constituirá otro principio de unidad, que será el Poder, o el Dinero, o el Placer o el Trabajo.

Pero esa sociedad descentrada de su verdadero fin quedará a merced de rebeliones profundas que acabarán por fragmentarla y disolverla en un proceso sin fin de anarquía y tiranía.

Los pilares fundamentales de una Civilización son:

DIOS

SACERDOCIO         ⇔           VALORES RELIGIOSOS

SABER                      ⇔           VALORES SAPIENCIALES

PODER                     ⇔           VALORES MORALES O ETICOS

RIQUEZA                 ⇔          VALORES ECONOMICOS

MATERIA                ⇔           VALORES BIOLOGICOS

Cuando una Civilización substituye, intercambia o invierte estos valores, se degrada, en mayor o menor medida, en proporción a la substitución, intercambio o inversión.

VÉASE EL SIGUIENTE CUADRO, SOBRE LA CULTURA Y SUS DOMINIOS

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CIVILIZACIÓN CRISTIANA

Dependencia de Dios

Civitas Dei. Triunfo histórico y social de N.S.J.C.

Realeza Social de Jesucristo

La Ciudad Católica implica una acción informativa de la Iglesia sobre la vida de los pueblos, sobre su vida temporal. Una impregnación tal de esa vida temporal que ella se desenvuelve dentro de las normas públicas cristianas al servicio de Cristo. Una vida individual, de familia, del trabajo, de la cultura, de la política al servicio de Cristo. Es una síntesis de la religión y de la vida.

La Ciudad Católica Medieval señala un punto culminante de la cultura humana, porque en ella se alcanza, en lo esencial, la perfección a la cual puede llegar el espíritu humano.

La Edad Media es esencialmente teocéntrica, sacral y sacerdotal, porque todas las actividades humanas, desenvolviéndose cada una dentro de su propia esfera, coadyuvan a la unión del hombre con Dios.

Toda la vida cultural era santificada por la vida sobrenatural, y así la vida en todas sus manifestaciones era profundamente cristiana.

Cumplimiento del Plan de Dios hasta el Fin del Mundo

Edad Moderna y Contemporánea

Revolución Anti-Cristiana = Civitas Diaboli

Independencia de Dios

 

HUMANISMO Y RENACIMIENTO

De 1303 hasta Lutero (1517)

El admirable equilibrio de la Edad Media se rompe cuando el poder temporal deja de servir y no busca sino mandar. Felipe el Hermoso vuelve contra la Iglesia la autoridad consagrada por Ella. Por la mano sacrílega de Guillermo de Nogaret, se apodera del Papa Bonifacio VIII, lo mantiene preso y lo ultraja en Anagni.

Sentado sobre su trono, la tiara en la cabeza, teniendo en sus manos las llaves y la cruz, el anciano Pontífice, en quien se ha refugiado el orden medieval, es despreciado por el absolutismo del monarca que abre la Edad Moderna.

Esta rebelión inaugura en lo social un nuevo espíritu que se va fortaleciendo con el desprestigio de los Papas del Renacimiento, y que quedó oficialmente formulado y asegurado con la Reforma de Lutero.

Es en las academias, bibliotecas y salones, en medio de las suntuosas ropas, deslumbradoras joyas y fastuosidad de las cortes (incluyendo la papal), que se enfría la caridad cristiana y se prepara el clima en que desaparecerá el orden fundado en la unidad de la fe y en la dependencia de Dios.

PROTESTANTISMO

De Lutero hasta la paz de Westfalia (1648)

Lo natural se rebela contra lo sobrenatural, la aristocracia contra el sacerdocio, la política contra la teología.

Se produce una cultura de expansión política, natural o racional monárquica, y al mismo tiempo, de opresión religiosa.

Lutero, respaldado por los príncipes, concentra sus golpes contra el Pontífice Romano, depositario auténtico del orden sobrenatural.

La revolución de Lutero fue la revolución de los señores. La nobleza, que tanta parte tenía de culpa en la corrupción de la Iglesia, tomó como cosa propia la reforma de Lutero.

Y así quedó inaugurada una cultura absolutista, en que los príncipes no reconocen más derecho que el capricho de su voluntad.

Cultura naturalista, porque el hombre busca la expansión de su naturaleza.

Cultura racionalista, porque el mismo hombre constituye su razón en la medida de todas las cosas.

REVOLUCION FRANCESA

La primera revolución operada por el hombre al suplantar lo sobrenatural va a terminar en la segunda revolución, que desplazará, a su vez, a lo político para inaugurar el primado de lo económico.

La revolución de Lutero se precipita inevitablemente en la Revolución Francesa, que es, en substancia, el reemplazo de la nobleza por la burguesía, de la política por la economía, de lo humano por lo infrahumano, de lo racional por lo animal, de lo clásico por lo romántico, del absolutismo por la democracia.

Lo animal se rebela contra lo natural, la burguesía contra la aristocracia, la economía contra la política.

Se produce una cultura de expansión económica, animal, burguesa, y de opresión de lo político y racional.

Se desplaza lo político para inaugurar el primado de lo económico: Economicismo, Capitalismo, Mercantilismo, Positivismo, Liberalismo, Democratismo…, que lleva a la Oclocracia.

Se produce todo esto por la lógica intrínseca de las revoluciones: una revolución en el sentido metafísico es una rebelión de lo inferior contra lo superior para hacer prevalecer lo inferior.

Por eso, al mismo tiempo en que es vivido el mundo antropocéntrico, el mundo de la razón, éste camina hacia su disolución y va dejando paso al mundo de la pura libertad, el mundo animal, es decir, un mundo en el cual el hombre no ajustará su vida a las exigencias de la razón humana, sino a la infrahumana de las fuerzas inferiores que le solicitan; el mundo del liberalismo y del positivismo que se prolonga por todo el siglo XIX.

La exaltación de la razón en Descartes ha de terminar en la eutanasia de la misma razón practicada por Kant.

El homo naturalis ya no funciona, y el homo animalis asume sus i-rresponsabilidades. De aquí el materialismo del siglo XIX: agotado el raciocinio, o sea la operación que interpreta y unifica los hechos, que reflexiona sobre ellos, no le queda al hombre más que limitarse a comprobar los acontecimientos.

El siglo XIX es esencialmente economicista, como lo demuestra la colosal expansión industrial, comercial y financiera que en él se desarrolla.

Pero una cultura económica no logra acabadamente su objeto propio.

En efecto, la economía economicista es inevitablemente invertida.

En la economía invertida: se consume para producir más; se produce más para vender más; 

se vende más para lucrar másEn la economía católica:finanza y comercio al servicio de la producción;producción al servicio del consumo;producción y consumo al servicio de la economía;economía al servicio de la política;política al servicio del hombre;

hombre al servicio de Dios.

Esta economía así invertida es funesta y termina en la tremenda catástrofe contemporánea: un inmenso aparato productor que remueve las riquezas del mundo, y una humanidad de la cual las dos terceras partes sufren el hambre.

Así como en la era del absolutismo político los pueblos debían sufrir los abusos de los monarcas absolutistas, así en la economicista quedan sometidos al yugo de los productores de riqueza.

COMUNISMO

Lo «algo» se rebela contra lo animal, el artesanado contra la burguesía.

Se produce una cultura de expansión proletaria, materialista, y de opresión de la burguesía.

Nos hallamos al cabo de una época en la cual se agota la influencia cultural del sacerdocio y reina el ateísmo militante; se agota la influencia cultural de la política y reina la anarquía demagógica; se agota la influencia cultural de la economía burguesa y el centro del poder está a punto de pasar al proletariado: Comunismo, Materialismo dialéctico, Guerra al capitalismo y a la burguesía.

El obrero descalificado y marginal, el proletario, quiere desplazar al burgués, al político y al sacerdote: quiere suplantar al burgués y repudia a la economía burguesa de propiedad privada; quiere suplantar al político y repudia a los gobiernos de autoridad al servicio del bien común; quiere suplantar al sacerdocio y erige en sistema al ateísmo militante.

Revolución última y caótica, porque el hombre no afirma cosa alguna, sino que se vuelve y destruye; destruye la religión, el Estado, la propiedad, la familia, la Verdad.

Después no es posible sino el caos.

El hombre que queda es un hombre al que le han quitado su formalidad sobrenatural de hijo de Dios, su formalidad natural de hombre, su formalidad de animal sensible.

Esta revolución convierte al hombre en una cosa —un tornillo, una tuerca— de una gran maquinaria que es la sociedad colectiva del proletariado.

NIHILISMO

Queda sólo una «cosa», algo que camina a la nada.

El comunismo es, en definitiva, la deificación de la materia que tiende a la nada.

Es la materia prima de Aristóteles que, de sí misma, no determina al ser.

LA CRISTIANDAD

La Iglesia conoció un espléndido desarrollo en el tiempo de los Apóstoles y de los Mártires; luego en los siglos de los grandes Pastores y Doctores de Oriente y Occidente. Así se separó de la Sinagoga judía y se abrió a los Gentiles. Soportó las persecuciones del Imperio pagano hasta el tiempo señalado de su conversión.

La Iglesia resplandeció mil años por una incomparable soberanía sobre los emperadores, los reyes y los príncipes, mientras que Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora inspiraban el pensamiento y las leyes, la literatura y las artes, toda la vida de la Cristiandad, desgraciadamente obstruida y amenazada por el cisma de los Bizantinos y las fulminantes proyecciones del Islam.

Es en el siglo XIII que, llegada la mitad de su curso, dio la Cristiandad el espectáculo de la potencia y de la magnificencia del Espíritu Santo, prefiguración de lo que será la Jerusalén celestial, al regreso de su Señor.

La Iglesia realizó, pues, esa hermosa Sociedad Cristiana, que se llamó la Edad Media y que sería mejor denominar la Cristiandad.

Por supuesto, todo no era perfecto en esa época; siempre habrá pecado y pecadores, trigo y cizaña; pero en esa sociedad se tenía consciencia de que el hombre ha sido puesto sobre la tierra por Dios para honrarlo, alabarlo y servirlo; especialmente se sabía que todo lo creado ha sido puesto a disposición del hombre para que éste pueda amar y servir a Dios, su Creador y Salvador.

La Cristiandad es, pues, un modelo, una referencia. La Iglesia va incluso más lejos, y nos enseña que no puede haber otro modelo que éste en el cual todo, absolutamente todo, se oriente hacia Dios, nuestro Padre, para la mayor felicidad de los hombres.

La antigua Monarquía cristiana tenía cuatro topes sociales, que eran, al mismo tiempo, sus columnas:

* los Gremios, que poseían el dinero

* la Universidad, que poseía el saber

* la Magistratura, que regía las leyes

* la Iglesia, que tenía el poder espiritual

EL «FUERTE ARMADO» Y SU RETORNO

¿Cómo explicar, pues, la situación actual de la sociedad? Cabe aquí recordar la parábola del “Fuerte armado” y su aplicación:

“Cuando el hombre fuerte y bien armado custodia la entrada de su casa, sus bienes están seguros. Pero si sobreviene uno más fuerte que él, lo vence, le arranca las armas en que confiaba y reparte su despojos.

Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, yerra por los lugares áridos, buscando el descanso; pero no lo encuentra. Dice entonces: “Volveré a la casa de dónde salí”. A su llegada, la encuentra barrida y adornada. Entonces se va a tomar otros siete espíritus más perversos que él. Entran juntos en la residencia y se establecen. Y el último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero”.

En esta parábola Jesucristo hizo algo más que una simple refutación “ad hominem” de la acusación de los fariseos; dijo que el diablo en la tierra es el “Fuerte Armado” y que defendía su casa; es decir que el Reino del Diablo estaba fuertemente fortificado en el mundo; y que Él había venido para vencerlo y desarmarlo.

Satanás había usurpado realmente el imperio del mundo. No solamente había reducido a los hombres a la esclavitud del pecado, desnudándolos así de sus derechos y de sus esperanzas legítimas, sino que, además, tenía de mil maneras hundida la sociedad en la degradación, suministrándole la corrupción de las costumbres, la oscuridad intelectual, las miserias sociales y todas las crueldades que acompañan la corrupción. En lugar de la verdad había erigido el error en principio y había hecho rendirse a sí mismo un culto, manchado por torpezas y abominaciones sin nombre.

El “más fuerte” que vino es el Mesías prometido, es Jesucristo, bajado del Cielo para vencerlo y retirarle sus armas y repartir sus despojos; es decir, volver en contra suya todo aquello que mantenía en la esclavitud y de lo cual se servía como de instrumento para sembrar por todas partes el mal y el desorden.

Esta parábola tiene una aplicación directa a los judíos; Nuestro Señor argumenta en forma de alegoría y contesta la acusación de sus enemigos, probándoles que son ellos quienes poseen el demonio.

En efecto, por la Ley los judíos fueron liberados de la tiranía del demonio, y éste, expulsado de la nación elegida, se había refugiado en los gentiles. Pero más tarde, por su obstinación, su endurecimiento, su malicia y por la práctica de las supersticiones paganas, abrieron nuevamente la puerta al demonio y se sometieron a su poder. Finalmente, por el crimen terrible del deicidio, del cual se hicieron pronto culpables crucificando a su verdadero Mesías, se convirtieron en los enemigos más encarnizados de Dios. Desde su deicidio, el estado de este pueblo es peor que al principio.

San Jerónimo, comentando esta parábola dice: “El espíritu impuro, expulsado de en medio de los Judíos cuando recibieron la Ley, se fue a los Gentiles, que eran como extensos desiertos donde no descendía el vivificante rocío de la gracia. Pero cuando los gentiles se convirtieron, Satanás, no encontrando allí más descanso, volvió de nuevo, con todos los defectos de los paganos, al pueblo judío abandonado de Dios. Y el estado de este pueblo se volvió peor que antes de recibir la Ley. Su último crimen lo puso enteramente a disposición de Satanás.”

Esta parábola es también la lamentable historia de la Cristiandad. El “espíritu impuro” salió de la sociedad pagana cuando, por el santo bautismo, la Iglesia le hizo renunciar a Satanás, a sus pompas, a sus obras y a sus cultos idolátricos, y así se convirtió en hija de Dios.

La sociedad pagana, por medio de un humilde acto de renuncia a Satanás, quemó todo aquello que hasta ese momento había adorado, y, por un fervoroso acto de fe, comenzó a adorar todo lo que hasta allí había perseguido y combatido.

Nuestro Señor, adversario mucho más fuerte que Satanás, destruyó su poderío y le arrebato su presa. Así lo hizo este divino y todopoderoso Liberador, tanto en el orden de la religión (culto y teología), como en el orden de la verdad (filosofía y ciencias), en el orden del bien común (política), en el orden de la belleza (bellas artes, artes liberales y artesanías), e incluso en el orden del bien simplemente útil (economía y trabajos serviles).

Esta sociedad, así consagrada a Dios, vivía en paz, en la paz de Cristo en el Reino de Cristo. Pero el demonio, furioso y celoso, no soportó que sus dominios le hubiesen sido usurpados y no descansó hasta intentar reconquistarlos, con la autorización divina y en cumplimiento de altísimos planes de la Providencia que escapan a nuestra comprensión.

Aprovechando la negligencia y la tibieza donde se dejan ir demasiado a menudo los hombres y las sociedades, tomó siete espíritus más perversos que él, y por medio de todos estos “ministros” tornó a ser “Príncipe” de su presa, entrando en plena posesión de esta pobre sociedad moderna, cuyo estado es, a ciencia cierta y a simple vista, peor que antes de su conversión y cristianización.

Lamentable estado de la sociedad moderna, peor que el primero. Se manifiesta en ella la verdad de ese antiguo Proverbio: ¡regresó al vómito del paganismo y al fango de la idolatría!

EL PROCESO REVOLUCIONARIO DE LA CONTRA-IGLESIA

Después del odio a Dios, a Jesucristo y a su Iglesia, lo que más desagradaba a sus enemigos era la Civilización fundada sobre la base de la santa religión. Esa Sociedad Cristiana, esa Ciudad Católica, es lo que el demonio atacó y lo que, con una serie de sucesivos golpes, va llevando a su destrucción…

Una vez acabada con ella, la apostasía será completa, y todo estará preparado para la irrupción del “hijo de perdición”.

¿Cómo se las ingenió, pues, el demonio? Tomó “siete espíritus más perversos que él y los fue introduciendo en la sociedad hasta llevarla al estado actual:

* Humanismo y Renacimiento

* Protestantismo

* Masonería

* Revolución Francesa

* Liberalismo y Capitalismo

* Socialismo y Comunismo

* Modernismo y Vaticano II.

UNA LARGA DECADENCIA

Después de que el Cristianismo consiguió penetrar en el Imperio Romano, la sociedad medieval conoció varias tentativas de cristianización política: Carlomagno, San Enrique de Alemania, San Eduardo de Inglaterra, San Luis de Francia… Lo que no implica que bárbaros, pecadores, aventureros o belicosos estén ausentes de la escena.

En esta consideración de la historia, la Edad Media aparece como un apogeo permitido por la Misericordia divina, sin omitir sin embargo las miserias y las dificultades propias de esta época.

Después, a partir de 1303, una larga decadencia empezó a manifestarse, y parece ir cada vez más profundamente: el desencadenamiento de las fuerzas satánicas con el Nominalismo y el Humanismo pagano que reaparece, el Protestantismo y sus guerras impías, la Masonería y las filosofías de las Luces, la Revolución Francesa, las conquistas inexorables del laicismo, el Liberalismo que conduce al capitalismo, el espíritu revolucionario universal, el Socialismo y el Comunismo, el modernismo, hasta que los hombres de la Iglesia presten su apoyo el Nuevo Orden por su democracia religiosa, coronada por Vaticano II…

La particularidad de lo que se conviene llamar el “período moderno” es una lenta descomposición metódica y progresiva del tejido sobrenatural y natural.

Un primer análisis atribuye este fenómeno a hombres o a corrientes de pensamiento. Si bien la realidad es más compleja y confusa, la pendiente aparece, sin embargo, clara y continua. Presentaremos las grandes líneas.

EL HUMANISMO Y EL RENACIMIENTO

Al final del siglo XIII, con todo, se deja presentir la lenta decadencia del papado. Salido victoriosa de la lucha del Sacerdocio y el Imperio, se debilita más y más. Cada elección de un pontífice es perturbada por las rivalidades entre familias romanas.

El papa Bonifacio VIII querrá restaurar toda la autoridad pontifical. En Francia, por ejemplo, creará diócesis sin el acuerdo del rey y pretenderá incluso juzgar su política. Pero Felipe el Hermoso, apoyado por los tres órdenes del Reino, se opone al derecho pontificio sobre el soberano en cuestiones religiosas. Para prevenir la excomunión del rey, Bonifacio VIII es abofeteado y encarcelado por Guillermo de Nogaret. El Pontífice se morirá pronto. Pero es un golpe terrible para el papado. Sin embargo, mucho más grave será la rebelión fría y obstinada de Louis de Baviera, emperador de Alemania.

El papado resulta ahora impotente para controlar a los pueblos, comenzando por los propios Estados Pontificios, que abandona para instalarse en Aviñón. Las costumbres de una parte del clero enriquecido se corrompen, como ocurrió en el famoso pleito de los Templarios. El Pontificado no podrá impedir la Guerra de los Cien Años.

Exhortado por santa Catalina de Siena, el papa por fin había vuelto a entrar a Roma en 1377, después de setenta años de exilio. Pero a partir del año siguiente estallaba el gran Cisma de Occidente (1378-1417). La Iglesia tuvo entonces dos papas: uno en Roma, otro en Aviñón y pronto incluso un tercero en Pisa.

Con el papado debilitado y las naciones cada vez más autónomas, la Cristiandad perdió su vínculo de unidad. Siempre divididos, los príncipes cristianos siguen sordos al llamado de los papas que los invitan a la Cruzada. La toma de Constantinopla por los Turcos en 1453 señala el final del Imperio cristiano de oriente.

A partir del siglo XIV, con los fraticelli utópicos, Marsile de Padua y Ockham, se desarrolla una potente corriente de pensamiento crítica y subversiva.

En 1380 Wiclef, desde su cátedra de Oxford, y hacia 1400 Jean Huss en Bohemia, ya sostienen todas las herejías de Lutero y causan revoluciones populares.

Los enemigos no podían obviamente atacar a Dios de frente; van pues a magnificar al hombre; magnificarlo, es decir, a asignarle un tamaño y una dignidad que no tiene.

Ahora bien, para ellos la dignidad del hombre reside en primer lugar en su libertad, pero su libertad entendida como un absoluto.

Para comenzar, no van a afirmar que el hombre sea completamente independiente, pero que lo es en todo lo que no se refiere directamente a la religión y a la moral, por ejemplo en ciencias, en literatura o en arte.

La independencia en literatura y en ciencias se denomina Humanismo; en el ámbito del arte se trata del Renacimiento.

Este nombre de “humanismo” que se dieron, ya pone de manifiesto que magnifican al hombre.

Bajo pretexto de redescubrimiento de la cultura antigua, griega y latina, los humanistas quieren liberarse de la precisión de la teología y la filosofía cristiana que juzgaban demasiado vinculantes.

Realmente, se trataba de centrar el arte en el hombre para ocultar, es decir, para hacer olvidar, todo lo que dijimos con respecto a la Cristiandad.

Ocultar en primer lugar el pecado original, que hace que no se puedan poner bajo los ojos del hombre cuerpos desnudos y tanto otros placeres como ofrece la naturaleza, ya que no sabe utilizarlos correctamente.

Ocultar a continuación que Dios es la cumbre y el centro de todo el universo, porque es el creador y el amo de todo.

Ocultar por fin la verdadera felicidad del hombre, las verdaderas alegrías que Dios le dio, alegrías que no pueden ser sino cristianas y no puramente humanas.

Eso demuestra un segundo aspecto de esta revolución: su carácter seductor. Es por la seducción que esta subversión llega a atraer grandes muchedumbres, y también a infiltrarse hasta en los que le son en principio los más opuestos.

El propio Renacimiento es muy ambiguo. Numerosos manuscritos antiguos salvados del saqueo de Constantinopla llegan a Italia, donde suscitan una renovación de entusiasmo para las obras maestras de la Antigüedad.

Pronto, con Nicolás V, los propios papas acogen humanistas, pintores y escultores; al final del siglo compiten con Lorenzo el Espléndido, el príncipe de los benefactores, para hacer de Roma la capital del Renacimiento italiano.

Pero el entusiasmo por la Antigüedad, adjuntado al menosprecio del pasado cristiano, fue también la ocasión de un peligroso humanismo neopagano. Las letras y las artes exaltan la furia de vivir y todas las pasiones.

Maquiavelo hace la teoría del cinismo político. Los príncipes se deslizan hacia un desbordamiento de lujuria y violencia. Los religiosos, obispos y papas, adoptan a menudo las mismas costumbres corrompidas. El papa Borgia es el lamentable ejemplo.

Innumerables santos mantienen la vitalidad de la Iglesia y establecen la respuesta divina a los males y a los peligros del tiempo.

Frente al Renacimiento pagano, los humanistas cristianos renuevan el estudio de la Escritura y los Padres; sobre todo los esplendores del arte cristiano. Con Fra Angélico, dominico del convento de Florencia, la pintura alcanza inmediatamente el éxito perfecto de un arte muy penetrado de intuición mística.

En la oscuridad del tiempo de crisis, la gran luz de los santos resplandece. A pesar de tantos santos, los siglos XIV y XV fueron con todo un tiempo de decadencia. ¿Por qué? Debido al fallo o a la debilidad de los hombres que ejercieron la autoridad. La Iglesia no contó con santos papas y grandes teólogos, ni la Cristiandad con santos reyes y príncipes.

EL PROTESTANTISMO

El Renacimiento no era más que un principio. Había dado el gusto de la libertad y el disfrute, pero la Cristiandad y la Iglesia estaban siempre presentes. Son ellas las que los enemigos de Dios van ahora a intentar destruir. Eso comenzó con Lutero, que fundó el Protestantismo.

Apareció entonces el impío, en un tiempo de bandidaje carnal y de somnolencia de los Pastores del rebaño.

Se trata de la libertad, pero esta vez es una libertad absoluta en el ámbito moral.

El monje Lutero, el rey Enrique VIII y el burgués Calvino corrompen la santidad, rompen la unidad, dividen la catolicidad, y pierden para siempre la filial apostolicidad inmensos pueblos y regiones.

En 1531, los príncipes “protestantes” forman una liga: durante veinticinco años Alemania y Suiza van a ser devastadas por las guerras de religión. Sólo finalizarán con la lamentable Paz de Hamburgo, que deja a los príncipes todos los bienes robados a la Iglesia y obliga a sus súbditos a adoptar su herejía: «cujus regio, ejus religio».

EL ASALTO: LA IGLESIA COMBATIDA POR LA IMPIEDAD

LA MASONERÍA Y LOS FILÓSOFOS

Desde Lutero en adelante, el hombre es completamente libre, y para que se lo deje libre, rechaza la autoridad de la Iglesia. El hombre se pone así en una situación de rebelión, lo sabe bien, y su conciencia va a acusárselo.

Los enemigos de Dios van pues a pasar a la siguiente etapa: después de haberse rebelado, van a decir que tuvieron razón en rebelarse. Después de haber rechazado la Iglesia, van a decir que los engañó y que ellos aportan la verdad, con una nueva clase de sociedad donde todo no será ya hecho para Dios, sino para el hombre y, en el hombre, para su libertad. Llegamos allí a una etapa muy grave.

Después de haber rechazado a la Iglesia y su autoridad, los enemigos de Dios van a rechazar a los reyes, a los príncipes, a todos los jefes y su autoridad.

Para ellos los hombres son libres de controlarse como lo entienden, de darse las leyes que quieren, como quieren.

Si los hombres viven juntos en sociedad, es solamente porque lo quisieron. Es el famoso “contrato social” de Rousseau, es decir, el Gobierno del pueblo sin ninguna autoridad.

Llegado a tal grado de independencia, el hombre se convierte prácticamente en un “pequeño dios”: es el reino de la razón humana, declarado por los supuestos filósofos del siglo XVIII.

Ni siquiera les falta una nueva Iglesia: la fundaron en 1717 en Inglaterra, es la Francmasonería. “Franco” aquí quiere decir “libre” como en “ciudad franca” o en “franco de impuestos” o “franco de porte”. Y el término “albañil” (maçon) designa a los nuevos constructores de todo lo que acabamos de describir.

Durante el siglo XVIII, los enemigos de Dios, los “filósofos” y los francmasones, van a establecer su nueva manera de ver las cosas. Obviamente, en cuanto se consideran bastante fuertes, van a pasar a la acción e intentar crear un mundo según sus puntos de vista; es la revolución de 1789.

Es un asalto general contra la Iglesia. Todo se pone en entredicho en nombre de la razón y de la libertad: la Revelación de Dios, los dogmas y las leyes de la Iglesia, las instituciones políticas y sociales de la Cristiandad. El siglo se acaba en la inmensa convulsión de la Revolución.

Se trata, efectivamente, de una maniobra premeditada. El primer motor es la francmasonería, fundada en Londres en 1717 por el Pastor Desaguliers, protestante francés emigrado, y por el inglés Anderson. Su intención precisa es destruir la Europa católica, haciéndose pasar bajo el manto de una potencia oculta, de inspiración protestante, adogmática, humanista.

La máquina está preparada, la ideología está lista; el protestantismo inglés segrega un pensamiento religioso y político destructivo de todo el modelo antiguo católico: teoría del contrato social de Locke, de la libertad de pensamiento de Collins, del subjetivismo filosófico de David Hume, mientras la religión anglicana no es sino una conveniencia exterior; en tanto que en Alemania la Biblia pasó por la criba de la razón por Wolf y Lessing.

Los “filósofos” franceses, convertidos en amos de la opinión pública, admiran el liberalismo inglés y sólo demuestran menosprecio y desafecto para su propia tradición francesa y católica.

El ataque se esconde bajo el pretexto de una lucha por la tolerancia: oponen la justicia, la razón, la ciencia, la “luces” al “oscurantismo” y al “fanatismo” de la Iglesia y de la monarquía.

El Hombre es libre y la Razón es su única norma: debe, pues, rechazarse la Revelación cristiana.

El Hombre es soberano: sus derechos excluyen toda autoridad de derecho divino, sea la Iglesia, sea la Monarquía.

En 1786, el Gran Duque de Toscana reúne en Pistoya un sínodo de reforma del mismo género, que anticipa curiosamente todas las reformas del Concilio Vaticano II.

1789: LA REVOLUCIÓN

El tercero estado, insubordinado en 1789, declara los Derechos Humanos, tal como ocurre con los francmasones fundadores de Estados Unidos de América, y traslada la autoridad de derecho divino de los Reyes al pueblo, que se ha convertido en soberano.

El nuevo poder condena a muerte y ejecuta a Luis XVI el 21 de enero de 1793; despoja a la Iglesia de sus privilegios y de sus bienes, y pretende someterla a su ley laica y democrática por la Constitución Civil del Clero.

Finalmente suprime la Religión Cristiana para substituirla por el culto de la Diosa Razón o del Ser Supremo.

El papa Pío VI, víctima de la Revolución, muere preso en Valencia en 1798. Pero el exilio, las prisiones, el martirio de unos y la guerra santa de otros, convencen a Bonaparte de establecer la paz religiosa y firmar un concordato con el papa Pío VII en 1801.

Sostenidas por los nuevos poderes, las ideas anticristianas invaden Europa. Con Fichte y Hegel, el idealismo panteísta se pone al servicio del pangermanismo antes de que produzca su último avatar: el mesianismo materialista de Marx, denunciando la religión como “el opio del pueblo”.

Mientras que Renán y Strauss pretenden arruinar por su crítica racionalista la credibilidad del Evangelio, Darwin quiere hacer de la teoría de la Evolución un arma decisiva contra el Dios creador. En Francia, el espíritu volteriano y la ideología del progreso serán la religión de la escuela laica. El positivismo y el cientificismo, ambos resultantes del kantismo, prohíben a generaciones de intelectuales las verdades metafísicas y religiosas en el momento en que el romanticismo desconecta los corazones y justifica todos los desórdenes.

Entonces, la Iglesia se halla embestida por todas partes; violentada desde afuera, traicionada desde adentro; mientras la Santísima Virgen la visita, una y otra vez, para advertirle que la hora y el poder de las tinieblas están próximos.

EL LIBERALISMO

El liberalismo deshizo la barrera que el sentido instintivo y tradicional del europeo había creado.

Dice Hilaire Belloc, en su libro Las grandes herejías, que el protestantismo robusteció las naciones protestantes y debilitó las católicas.

En efecto, toda religión, aunque sea falsa, robustece a una nación que la acepta en pleno, puesto que funda su unidad nacional sobre la base más fuerte que existe, que es el sentimiento religioso.

Además, en el siglo XVI el protestantismo fue arrojado de Austria, Italia, España y Francia gracias a los esfuerzos del Imperio Germánico que presidía Carlos V; pero entró en esos países en los siglos XVIII y XIX disfrazado con el bello nombre de Liberalismo.

Joseph Pieper observó con justeza que el dicho “la religión es cosa privada y al Estado no le interesa”, lema del liberalismo, comporta nombrar dios al Estado, poniéndolo por encima de Dios.

Es la estatolatría, tan vieja como el mundo, o por lo menos, como los Césares romanos, proclamada ahora abiertamente por Hegel: la adoración de la Nación, creación del hombre.

Dice Santo Tomas que “si el hombre deja de adorar a Dios, cae a adorar al Estado”, o a su Nación, a su Raza, a su Ciencia, a su Estética, a su Poder bélico, a la Libertad, a la Constitución, a la Diosa Razón; a cuyas tres últimas deidades tributó culto la Revolución Francesa… Exactamente como ha de suceder con la Bestia.

Así como los protestantes se llaman cristianos, pero no lo son; de la misma manera los liberales se llaman católicos, pero no lo son, porque desprecian a la Iglesia, traban sus medios de acción, intentan servirse de ella para sus fines terrenos.

El liberalismo, con los falsos dogmas de sus falsas libertades, es un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado.

La ficción del catolicismo es lo que debilitó, política y socialmente, a las naciones católicas de Europa. Había una unidad aparente, pero una profunda división ideológica de fondo. Existía una confusión.

EL COMUNISMO

Dios no ama las confusiones; y entonces permitió que naciera del maridaje del liberalismo con la plutocracia un bichito colorado, que se llama comunismo, el cual, después de volverse contra sus padres, proyectó la destrucción de todo el orden social existente, por todos los medios posibles. Maldijo de Dios, y se le vio la pinta al diablo.

El comunismo fue el reactivo que precipitó la división latente en España, Francia e Italia.

El pueblo de esas naciones no estaba unido ni concorde, porque, llamándose católicos, muchísimos no lo eran y muchos eran anticatólicos, hipócritas o inconscientes.

El bolchevismo es potencialmente una nueva religión a pesar de su ropaje ateo; y algún día habrá de tomar forma y contextura dogmática, tendrá que organizarse en Iglesia, por supuesto falsa.

El comunismo no es un partido; es una herejía. Es una de las tres Ranas expelidas por la boca del diablo en los últimos tiempos, que no son otros que los nuestros.

La Naturaleza del comunismo es religiosa y no solamente política. Es una herejía cristiano-judaica. Del cristianismo descompuesto en protestantismo tomó Marx la idea obsesiva de justicia social, que no es sino la Primera Bienaventuranza vuelta loca, vaciada de su contenido sobrenatural: los pobres deben reinar aquí, reinar políticamente por el mero hecho de ser pobres.

Pero el elemento formal de la herejía es judaico: es el mesianismo exasperado y temporal, que constituye el fondo amargo de la inmensa alma del Israel Deicida a través de los siglos.

El bolchevismo no es un todo, no es un bloque compacto ateo satánico, sino una porción de la magna herejía naciente ante nuestros ojos; porción destinada a integrarse en ella.

El mesianismo bolchévico, la aspiración impaciente a “edenizar” la tierra por la violencia, coincide con el término de la aspiración de Rousseau, de Lammenais, de Roosevelt…; son tres líneas que tienen que reunirse un día; tienen que encontrarse necesariamente, el día que les salga un padre, así como nacieron de una misma madre: la Sinagoga. Esas tres religiones son herejías judías; son las Tres Ranas.

La pulseada diplomática entre Rusia y Estados Unidos, con la amenaza de una enorme guerra, es actualmente el suceso dominante de la vida política del mundo. Pues bien, es el Liberalismo en pugna con su hijo el Comunismo… el espíritu batracio que salió de la boca de la Bestia contra el otro espíritu que salió de la boca del Dragón. El Modernismo, espíritu batracio que sale de la boca del Falso Profeta, coaligará a los dos, los fusionará al fundente religioso.

EL LIBERALISMO CATÓLICO Y EL MODERNISMO

La revolución se dio cuenta de que era necesario volver a un cierto orden y a una apariencia de religión; pero se produjo un hecho extraordinario y desconcertante que va a explicar toda la crisis actual en la Iglesia: ¡la Revolución va a ser salvada por gente de nuestro campo, los enemigos de Dios serán salvados por católicos, la República establecida por monárquicos!

Se llama a esta gente “liberales” o “católicos liberales”. Se trata esencialmente de gente importante y culta; son inteligentes y brillantes; están acostumbrados a mandar, son partidarios del orden, de la religión, de la moral… Es decir, están en principio de acuerdo con nosotros sobre las mismas verdades, pero tienen un gran defecto: desean agradar al mundo, desean ser bien vistos.

Los enemigos de Dios no podían soñar mejor: ¡son sus adversarios que vienen de ellos mismos y les traen a sus tropas!

He aquí lo que hicieron los liberales porque no tuvieron el valor de combatir a los enemigos de Dios. Y por esta razón a partir del siglo XIX no se tienen ya dos partidos en presencia, sino tres: los enemigos de Dios, los católicos valientes y combatientes y, entre los dos, los católicos flojos que poco a poco hacen avanzar la revolución.

Se divide a los católicos: ¡la mitad de ellos están ahora de acuerdo con los revolucionarios, es decir, con los enemigos de Dios! Con los liberales, los enemigos de Dios no están ya fuera de la Iglesia, ¡se les abrieron las puertas y ellos la coparon!

A esta revolución satánica y multiforme, la Iglesia resiste admirablemente en sus masas profundas y sus élites, impregnadas de la fe católica y del legitimismo monárquico, de costumbres austeras y virtudes admirables.

Gregorio XVI, papa social y misionero, interviene firmemente en el combate doctrinal. En Francia, Lamennais se da alas de profeta anunciando la llegada de una nueva sociedad, democrática y mesiánica. Aclamando “Dios y la Libertad”, este exaltado predica la revolución. En sus dos encíclicas Mirari vos y Singulari nos (1834), Gregorio XVI denuncia la utopía peligrosa del visionario, que terminará miserablemente en la apostasía.

Pío IX que le sucede, adjuntado a su gran piedad una apertura de espíritu y una bondad poco comunes, favorable a los progresos modernos, no teme conceder a sus Estados una constitución liberal. Rápido será desengañado por crueles descontentos: las revoluciones de 1848, el asesinato de su Ministro Rossi y su exilio en Gaeta, terminan por abrirle los ojos.

En la línea de Gregorio XVI, condena el liberalismo católico de los discípulos de Lamennais, que bajo el lema de Montalembert (“La Iglesia libre en el Estado libre”), en el Congreso de Malinas (1863) luchan por una libertad ilimitada.

En 1864, Pío IX publica el Syllabus, catálogo de todos los grandes errores modernos. Una frase resume todo: Es condenable afirmar que “la Iglesia puede y debe reconciliarse con el mundo moderno”.

Enfrentado a los nuevos poderes nacidos de la Revolución, León XIII quiso buscar con ellos un terreno de acuerdo. En Francia pidió a los católicos, en su mayoría legitimistas, suscribir la República, fundamentalmente laica, masónica y anticlerical. ¡Las consecuencias fueron desastrosas!: la unidad de los católicos se rompió y en adelante los sacerdotes demócratas y modernistas, en nombre del papa infalible, pretenderán imponer en la Iglesia sus ideas subversivas.

La Adhesión (el Ralliement) debía terminar diez años más tarde en el modernismo y la democracia cristiana.

Bajo el ardiente y vigoroso impulso de San Pío X, la Iglesia reanuda su marcha en todos los ámbitos y en todos los países. Elegido en 1903, después de los últimos años delicuescentes de León XIII, San Pío X (1903-1914) estigmatiza, desde su primera encíclica, “el crimen capital de la era moderna”, que es “querer sustituir el hombre a Dios”. Al cual opone su voluntad y su programa: “Restaurarlo todo en Cristo”.

San Pío X defiende la libertad de la Iglesia contra los Gobiernos anticlericales. Combate valerosamente a la secta modernista y su doctrina, “cloaca colectora de todas las herejías”, que separa la fe de toda realidad objetiva y de toda certeza científica, para ver allí sólo un sentimiento del corazón, evolucionando según los tiempos y las culturas. La encíclica Pascendi (1907) expone tan perfectamente el sistema y el programa de infiltración en el clero que los modernistas se creen traicionados por uno de ellos. Desenmascarados y perseguidos, se escondieron para reanudar, a partir de la muerte del santo pontífice, su trabajo de zapa diabólico.

San Pío X denuncia también la utopía reanudada de Lamennais de los democratacristianos del Sillon de Marc Sangnier, que sueñan trabajar con los hombres de todas las creencias en el establecimiento de la democracia universal. El 25 de agosto de 1910, San Pío X muestra este error religioso-político y lo rechaza firmemente: “El Sillon desea ardientemente el socialismo, el ojo fijo sobre una quimera”. La continuación de los hechos le dará toda la razón.

San Pío X muere, quebrado de tristeza por la declaración de guerra del 2 de agosto de 1914, de la cual había tenido muchas visiones proféticas.

EI modernismo es el fondo común de dos herejías contrarias, que algún día, que ya vemos venir, las englobará por obra del Pseudo-Profeta…

El modernismo no es más que el núcleo explícito y pedantesco de un impalpable y omnipresente espíritu que permea el mundo de hoy. Su origen histórico fue el filosofismo del siglo XVIII, la herejía del Anticristo, la última herejía, la más radical y perfecta de todas.

“La nueva herejía pone el hacha no en las ramas sino en la misma raíz”, dijo San Pío X en la encíclica Pascendi.

Desde entonces hasta acá ha revestido diversas formas, pero el fondo es el mismo, dice siempre lo mismo: es más un ruido que una palabra; pero es un ruido mágico, arrebatador, demoníaco, lleno de signos y prodigios; atrae, adormece, entontece, emborracha, exalta.

LA IGLESIA TENTADA POR LA APOSTASÍA

Fue San Pío X quien denunció esa nueva proyección de los enemigos de Dios: en adelante no están más fuera de la Iglesia, sino dentro, y es pues adentro que será necesario combatirlos. Pero los católicos no escucharon a San Pío X y no le obedecieron. Entonces, poco a poco, estos sacerdotes que se ocultaban en la Iglesia bajo buenas apariencias, extendieron sus errores y su influencia. Algunos se convirtieron en obispos. Estos obispos a su vez favorecieron a tales sacerdotes; algunos se convirtieron en cardenales…

Benedicto XV, secretamente liberal, se aprovecha de la guerra para estigmatizar el “integrismo” al igual que el modernismo, y para descartar insensiblemente los fieles a San Pío X, preparando así la vuelta del péndulo hacia la izquierda.

La falsa paz de 1918 se manifiesta tal por los malos Tratados de Versalles y Trianon, inspirados en las ideas y objetivos anglosajones. Los países católicos resultan destartalados o frustrados. Alemania permanece un Estado centralizado, Rusia es entregada al bolchevismo, e Inglaterra sostiene a las dos.

Retomando la política de León XIII, la de acuerdos con los Gobiernos, Pío XI se adapta a todos los poderes, masónicos e incluso bolcheviques. Aceptaría, decía él, “tratar con el diablo, si fuera necesario para salvar almas”…

Esto le conducirá a rechazar a los mejores católicos, sobre denuncia y requerimiento de los francmasones: de este modo ocurre con la Acción Francesa en 1926, y los Cristeros de México en 1929. Para distraer a los sacerdotes y a la juventud funda una “Acción católica especializada”, “apostolado del medio por el medio”, con tendencias esencialmente sillonistas, cuyo resultado será la parálisis progresiva de todo el aparato apostólico de la Iglesia.

En los desórdenes y las dificultades económicas de la posguerra, para oponer un obstáculo al comunismo, se instauran en muchos países dictaduras nacionalistas (el nazismo y el fascismo), así como regímenes autoritarios francamente católicos (los de Salazar en Portugal, Dollfuss en Austria, Franco en España).

Tras la terrible guerra, Pío XII bloquea el ascenso del neomodernismo, que ya no se oculta, por la encíclica Humani generis. Rechaza los malos catecismos pretendidos progresivos, los sacerdotes trabajadores comunistas, y el reformismo de los Padres Congar, de Lubac, Chenu, sin hablar de Teilhard el pancristiano.

Pero, retenido por escrúpulos de conciencia, Pío XII no condena a nadie.

EL DERRUMBE DE LAS DEMOCRACIAS OCCIDENTALES

La política incide ahora con todo su peso sobre la vida de la Iglesia. Después de la derrota de los países del Eje, Alemania, Italia, Japón, el gran vencedor aparente es el mundo anglosajón.

Es el final de las dictaduras, el triunfo de la democracia, en realidad es una dimisión de los Estados, dejando a su pueblo ir a la decadencia. ¡Es el abandono de su papel colonizador por la raza blanca!, anticolonialismo desgraciadamente favorecido por la Iglesia.

Pero el gran vencedor real de la espantosa convulsión de la Guerra Mundial, es el Imperio soviético. Ocupa en adelante la mitad Este de Europa. China cae en el comunismo en 1948, se destruye su cristiandad, perseguida; un cisma es allí introducido. Las antiguas colonias caen en la anarquía y de allí en el comunismo.

Comenzando a partir de los días siguientes de la Segunda Guerra Mundial, este hundimiento irremediable de nuestra civilización cristiana es el hecho de la democracia ideológica y estructural, “enfermedad senil de las sociedades”. Todas las naciones alcanzadas de este mal manifiestan un desinterés estúpido para su religión, una impotencia a toda obra intelectual de envergadura, a todo político de tamaño, a todo combate heroico, a toda educación, a todo esfuerzo e incluso a la simple renovación de las generaciones.

Ya sean de derecha liberal o de izquierda socialista, se obliga a los Gobiernos democráticos a ceder a los ritos absurdos, competiciones de partidos, luchas electorales y el parlamentarismo, y a honrar los principios revolucionarios de libertad, igualdad, fraternidad, que son la ruina de la religión, de la civilización y de la propia raza.

Lo que el Occidente consigue mejor, como consecuencia de su extraordinaria proyección tecnológica, son las huelgas, las manifestaciones pacifistas, las vacaciones, los ocios, la sociedad de consumo. Se imagina que eso durará siempre, sin preocupación de la inexorable decadencia de su potencia ni de la guerra económica que le suministra Asia industrial, ni de la invasión que le prepara el Ejército Rojo. Y nadie le informa que debe renunciar a la democracia o prepararse a morir.

LA APOSTASÍA INMANENTE:

EL CONCILIO, EL POST-CONCILIO

Ni un obispo sobre cien, ni un sacerdote sobre mil, ni un católico sobre diez mil se imaginaba a la muerte de Pío XII que diez años más tarde estaría consumada la mayor revolución religiosa de la historia de la Iglesia, acompañando al mayor hundimiento humano de la historia del mundo.

Sólo muy raros espíritus sabían que la secta secreta de los modernistas esperaba una relajación de la autoridad pontifical para dejar caer la máscara e imponerse con la ayuda del partido progresista, apoyado a su vez por la francmasonería y el comunismo.

Los hombres que constituyen la Iglesia son tentados de compartir las ideas del momento y sus costumbres. Mucho tiempo enfrentada contra el mundo moderno, es decir contra el humanismo anticristiano de la francmasonería y su sistema de soberanía (el régimen democrático), la Iglesia vio a sus intelectuales, luego a sus dignatarios y por fin a las masas de fieles dejarse implicar y deslizarse al compás de la corriente. Contra las solemnes e infalibles condenas del Syllabus de Pío IX, las graves advertencias de San Pío X e incluso de Pío XII, un partido, cada vez más potente y organizado, quería la apertura al mundo, el acuerdo con todas las religiones, la libertad de las creencias y costumbres, el cambio permanente. En dos palabras, la reforma de la Iglesia y la revolución social.

Formuladas por minorías activas, estas pretensiones recibieron un apoyo exterior de las potencias anglosajonas y soviéticas victoriosas, que les permitió imponerse por terrorismo, en la Iglesia misma, en primer lugar a los Obispos y a los Superiores de Órdenes, luego al Papa.

Vaticano II duró cuatro años. Un enorme Concilio de 2400 obispos, inaudito por el número de sus Padres y expertos, por el alcance de sus cuestionamientos, por la longitud de los debates y la pesadez del procedimiento, por el número de las votaciones y las trampas de las Comisiones. Las Actas que promulgó, expresamente largas, tediosas y ambiguas, retoman una y otra vez los lemas revolucionarios, que saben recordar con precisión.

Es la apertura al mundo, la reconciliación ecuménica, la puesta al gusto del día de los dogmas, de las costumbres y de las instituciones católicas. Extraordinario cambio, que termina el 7 y el 8 de diciembre de 1965 por la proclamación, de la boca misma del papa Pablo VI, del “Culto del hombre”.

San Pío X lo había visto claramente: es el hombre que ocupa el lugar de Dios. El santo Papa, sin embargo, no se había atrevido a decir lo que quizá sabía por conocimiento profético: que el nuevo dios sería establecido en San Pedro, donde descansan los cuerpos de tantos papas, incluido el suyo.

¿Cuáles fueron los frutos de esta reforma, anunciados como los de un “nuevo Pentecostés”? Frutos descompuestos, frutos de muerte. Todas las estadísticas concuerdan con el sentimiento popular, contra el optimismo oficial y las intensas propagandas: “Se cambió la religión” y la Iglesia muere de ello.

El mismo Pablo VI habló de “humo de Satanás” y de “autodemolición de la Iglesia”, sin intentar nada, sin embargo, para detener el incendio y la ruina.

¿Qué novedades? Una liturgia fea, aburrida, a menudo impía; catecismos vacíos y vagos, acumulando herejías e inmoralidades. Clero, religiosos y religiosas que repentinamente, como en la Alemania de Lutero, sólo sueñan con el matrimonio y la revolución armada. Papas que viajan, viajan, y se hacen aplaudir. Después, como antes, las cosas siguen la correntada.

En fraternidad con el Papa, los Obispos, que quieren conformar un órgano colegiado provisto de nuevos poderes, se reúnen en sínodos en Roma, en conferencias nacionales, en asambleas continentales. Hablan, organizan, profetizan. El resultado es siempre una nueva ruina. Fuertes para destruir, son impotentes para defender lo adquirido, y más aún para crear nada. La nulidad universal del episcopado mundial postconciliar es un hecho.

A MODO DE CONCLUSIÓN

¿Volverá a conocer la Ciudad Católica un nuevo florecimiento?

Una Ciudad Católica en estado de florecimiento debe encerrar los cuatro valores o formalidades indicados y en la jerarquía que los mismos valores involucran.

No sabemos dónde irá a desembocar esta encrucijada de la historia que vive el mundo moderno.

La Revolución Anticristiana produce estos frutos mortíferos del naturalismo, del liberalismo, del socialismo, del comunismo y del modernismo, que lo invaden todo y lo penetran todo. Esta revolución es una totalidad que quiere destruir totalmente al hombre cristiano.

Si es una totalidad, hay que oponerle otra totalidad. Hay quienes quieren curar los males de la sociedad contemporánea con recetas incompletas.

La realidad es compleja y es, especialmente, una totalidad que está determinada por causas y encierra elementos que son en general humanos y, por lo mismo, religiosos, políticos y económicos.

La Iglesia tiene un programa religioso-político como solución a los males que aquejan e incluso amenazan al mundo moderno, para comprender el cual es necesario tener presente el carácter de la sociedad en que vivimos. Porque a pesar de la degradación deletérea de la Revolución Anticristiana, los cimientos de nuestra civilización occidental han sido construidos sobre la base de la Europa cristiana, la cual, a su vez, ha recogido lo mejor de la civilización grecorromana e incluso del mundo germánico, bajo la inspiración de la Iglesia.

Tenemos un patrimonio que conservar: el concepto de Dios trascendente, de Cristo y de la Iglesia; el concepto del hombre, de la familia y de la sociedad; el concepto del derecho y de la propiedad, etc.; todos pilares firmes heredados de la Europa cristiana.

San Pío X ha dicho: «La Iglesia no tiene que separarse del pasado, y le basta volver a tomar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano que los ha inspirado, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni los revolucionarios ni los innovadores, sino los tradicionalistas».

Hay dos organismos rotos por la Revolución Anticristiana: uno es el Estado, en cuanto Estado; el otro es el que se refiere a la organización y regulación de la vida económica.

En primer lugar hay que poner fin a la mentira del Estado democrático y liberal burgués. En este Estado todo se convierte en tráfico de venalidad y enriquecimiento. La administración, la justicia, la vida militar, la vida pública y la vida privada, todo tiene precio.

La majestad de la autoridad pública al servicio virtuoso de la comunidad desaparece completamente de este Estado. Y esto es lo que es necesario restaurar: la majestad de la autoridad pública.

En la concepción cristiana, la autoridad viene de Dios y es responsable ante Dios; por eso participa de la majestad divina; por ello tiene fuerza de mando.

Pero sólo es posible restaurar la majestad de la autoridad pública cuando ésta cumple con su fin propio y específico y se pone al servicio virtuoso de la comunidad.

Es necesario, pues, reconstruir el primer organismo roto por la Revolución Anticristiana, devolviendo al Estado la majestad de su función, que consiste en el ejercicio de la autoridad para el ejercicio de la vida virtuosa en toda la comunidad.

Pero no basta con llegar al fin en lo que respecta al orden público; es necesario considerar también el ámbito del orden privado, que se desenvuelve principalmente en las relaciones económicas de unos hombres con otros en la producción y distribución de bienes y servicios.

Aquí la Revolución Anticristiana ha roto un organismo esencial que en todas las sociedades aseguraba la armonía de todos los que intervenían en el proceso económico: el régimen corporativo de profesiones, que aseguraba protección a toda la economía, en especial a los sectores más débiles.

La lucha de clases debe ser sustituida por la armonía y la colaboración. La Iglesia propicia como pieza maestra del orden económico cristiano la organización de las clases en un organismo económico regional y nacional, donde se logre la armonía de la clase empresarial y de la clase asalariada sobre la base de la justicia templada por la caridad.

La Revolución Anticristiana ha atacado las tres autoridades que mantienen el orden cristiano de la sociedad:

– la autoridad religiosa de la Iglesia, columna y fundamento de la Verdad;

– la autoridad política del Estado, que con su majestad realiza la convivencia virtuosa de la comunidad;

– la autoridad económica del orden de las profesiones, que aunando económicamente todas las fuerzas que contribuyen a la riqueza nacional, asegura la paz social.

Por ello, si se quiera sanar la actual sociedad enferma, sería necesario restaurar de manera efectiva estas tres autoridades. No es posible el funcionamiento de una de ellas sin el funcionamiento armónico de las otras. No hay paz ni orden en el plano de las relaciones de trabajo, sin paz y orden en el plano de Estado, como tampoco puede haber paz y orden en el Estado y en la vida, sin la paz y el orden de los espíritus, que sólo asegura la Iglesia.

O la humanidad retoma el camino abandonado hace cinco siglos, o se abisma más profundamente en el estado de caos y de terror en que vivimos.

Ahora bien…

Luego…