AL LOGO DEL VIAJE DE FRANCISCO A ESTADOS UNIDOS
LE FALTA EL “PEQUEÑO DETALLE” DE LA CRUZ
Los Beatles no podrían haberlo dicho mejor...
Días después de que el Vaticano publicara el feo y ambiguo logo para el “Año de la Misericordia”, 2015-16, el Vaticano ahora ha dado a conocer el logo para el viaje de Jorge Bergoglio a los Estados Unidos de América en septiembre de 2015. Véase arriba el logotipo tal como fue dado a conocer por la llamada “Conferencia Episcopal de Estados Unidos”.
En general, el logotipo tiene una apariencia bastante sosa, sin que la figura que le da a Ud. la espalda dé un mensaje claro. En realidad, el Dalai Lama podría sustituir a Francisco, y el logo se ajustaría igual. Pero eso es lo correcto porque si nos visitara el Dalai Lama, el mensaje sería sustancialmente el mismo.
Es curioso, sin embargo, que en este logo Francisco dé la espalda al que lo mira. ¿Pero no nos han estado diciendo desde la década de 1960 que el dar la espalda a la gente [en la misa] es poco educado y ofensivo? ¿O es que esto tendría aplicación sólo cuando se da la espalda al sagrario?
Aunque este diseño es mucho menos malo de lo que uno podría esperar, si echamos la vista atrás (recuerden lo sucedido en las Filipinas), nos damos cuenta de la sorprendente ausencia de un crucifijo, o al menos una cruz – ya sabe, ese pequeño detalle que nos dice que la cosa no va con Francisco sino con Cristo (“Nosotros predicamos a Cristo crucificado…” [1 Corintios 1: 23]). Ah sí, de acuerdo, eso entonces sería publicidad engañosa, así que realmente es algo bueno que no haya nada ni remotamente parecido a una cruz, para que nadie por error tenga que asociar el naturalismo del Francisco masónico-modernista con el cristianismo.
El lema oficial que va con este logotipo es “El amor es nuestra misión” –v¡ojalá fuera así! La ausencia de un crucifijo o una cruz es el primer signo de que el “amor” de la misión de Francisco no es el amor de una auténtica caridad cristiana (recordemos también su “misión” con los rabinos aquí). No, la misión de Francisco no es el verdadero amor, el amor que mandó Dios acerca de la caridad hacia Él y a nuestro prójimo por amor a Él (cf. Mt 22: 36-40); no, Bergoglio predica una versión corrupta de la caridad, no el “amor”, “love” sino el “luv” [palabra que sugiere “lust”, amor sensual y carnal].
Hemos escrito sobre esto antes: Su “luv” se compone de una compasión superficial, espontánea y mundana que se centra sólo en las necesidades del cuerpo, mientras que con astucia se deja con hambre al alma. Por supuesto, las necesidades del cuerpo son importantes, pero están subordinadas a las necesidades del alma, que son de mucha mayor importancia. El pan que demos a las personas sin hogar no les hará ningún bien si no se les ayuda también espiritualmente a alcanzar la salvación eterna. Pues el cuerpo necesariamente terminará en la corrupción de la tumba, a su tiempo, pero el alma vivirá toda la eternidad (con el cuerpo resucitado, ya sea para la gloria o para el oprobio –ver Jn 5: 29–. “Y no temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma: temed más bien a aquel que puede arrojar alma y el cuerpo al infierno“ (Mt 10:28).
Recuerden la cándida niña de las Filipinas que lloró frente a Francisco porque veía el gran mal del sufrimiento de los niños, especialmente en el caso de la prostitución infantil, y se esforzaba por comprender cómo un Dios bueno podría permitir todo esto.
En lugar de alimentar su tierna alma con la dulce leche del Evangelio, lo único que da el verdadero sentido del sufrimiento y que enseña el mérito del sufrimiento de los inocentes, si se lleva con paciencia y resignación en la voluntad de Dios, simplemente le dio un abrazo (signo de su falsa y superficial “misericordia” y de su amor carnal, “luv”).
Sin duda, este abrazo dio a la niña algún consuelo por un breve tiempo, pero lo que en realidad hizo entonces fue inyectar una mentira venenosa en el alma sencilla de esa querida niña. Él le dijo: “No hay respuesta.” Ahora bien su gesto fue cruel. Eso es lo que le quedará a la chica después del abrazo, que ya pasó. Eso es lo que le hará dudar de Dios, o incluso odiar a Dios, y quizás incluso llevarla a la desesperación.
Al mundo, por supuesto, le encanta lo que hizo Francisco, porque es una buena foto mezclada con grato sonido, haciendo gala de una supuesta “humildad” al afirmar que no sabemos la respuesta a esta importante cuestión. En realidad, lo que hizo Francisco no fue ni misericordioso, ni mostró compasión o caridad. En el preciso sentido de la palabra, él escandalizó a la niña y a todos los que le escucharon, poniendo un tropiezo insalvable en su camino espiritual.
Hemos documentado y escrito sobre esto con detalle – puede ver el análisis y los argumentos aquí:
Francisco dice que no sabemos por qué Dios permite que el inocente sufra
Desafortunadamente, la mayoría de las mentes en esta nación –los Estados Unidos de América– han sido alimentadas con una educación tan inadecuada y errónea que nunca conocen la diferencia entre el amor auténtico y un “luv” falso. La nuestra es una sociedad en la que casi a cualquier cosa se le llama “amor” pero que realmente no lo es, y al verdadero amor de le denomina “odio”. Ahora todo está al revés: La lujuria se tiene por amor; a la amabilidad se la llama amor; ofender a los hombres antes que a Dios se tiene por odio. Por el contrario, el verdadero amor a menudo tiene que corregir, reprender, y “ofender” – o sea amor al hombre por amor de Dios; esto está etiquetado como “odio”. Lo negro se ha convertido en blanco; la luz se ha convertido en oscuridad; lo recto se ha convertido en algo malo.
En contraste con el falso y mundano luv de Francisco está lo que el gran Papa anti-modernista San Pío X dijo sobre la auténtica caridad en su Carta Apostólica contra los errores de Le Sillon, el movimiento modernista francés que buscaba secularizar y neutralizar el catolicismo conciliándolo con los ideales de la República Francesa (es decir, el prototipo del Vaticano II):
Lo mismo debe aplicarse a la noción de Fraternidad que [los Sillonistas] identifican con el amor del interés común o, más allá de todas las filosofías y religiones, en la mera noción de la humanidad, que abarca por lo tanto con un amor igual y tolerancia a todos los seres humanos y a sus miserias, sean estas intelectuales, morales o físicas y temporales. Pero la doctrina católica nos dice que el primer deber de la caridad no radica en la tolerancia de las ideas falsas, por sincera que puedan ser, ni en la indiferencia teórica o práctica hacia los errores y vicios que vemos en nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral, así como por su bienestar material. La doctrina católica nos dice, además, que el amor al prójimo brota de nuestro amor a Dios, que es Padre de todos, y cuyo objeto es toda la familia humana; y en Jesucristo, cuyos miembros somos, hasta el punto que al hacer el bien a los demás estamos haciendo bien a Jesucristo mismo. Cualquier otro tipo de amor es pura ilusión, estéril y fugaz.
De hecho, tenemos la experiencia humana de las sociedades paganas y seculares de épocas pasadas que nos muestran que la preocupación por los intereses comunes o afinidades de la naturaleza pesan muy poco contra las pasiones y los deseos salvajes del corazón. No, Venerables Hermanos, no hay fraternidad genuina fuera de la caridad cristiana. A través del amor de Dios y de su Hijo Jesucristo nuestro Salvador, la caridad cristiana abraza a todos los hombres, consuela a todos, y lleva a todos a la misma fe y la misma felicidad celestial.
(…)
Y ahora, abrumados con la tristeza más profunda, nos preguntamos, Venerables Hermanos, ¿qué ha sido del catolicismo del Sillon? ¡Ay! esta organización que anteriormente proporcionaba tales expectativas prometedoras, este arroyo límpido e impetuoso, ha sido aprovechado en su curso por los enemigos modernos de la Iglesia, y ahora no es más que un desgraciado afluente del gran movimiento de la apostasía organizada en todos los países para el establecimiento de una Iglesia Mundial que no tendrá ni dogmas, ni jerarquía, ni disciplina para la mente, ni freno a las pasiones, y que, con el pretexto de libertad y dignidad humana, traería de nuevo al mundo (si la Iglesia no se le opusiera) el reinado de la astucia y la fuerza de la legalización, y la opresión de los débiles, y de todos los que trabajan y sufren.
(…)
Queremos llamar su atención, venerables hermanos, a esta distorsión del Evangelio y al carácter sagrado de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y hombre, que prevalece en el Sillon y en otros lugares. Tan pronto como se acercan a la cuestión social, es la moda en algunos círculos que antes dejen a un lado la divinidad de Jesucristo, y después sólo mencionen su clemencia ilimitada, su compasión por todas las miserias humanas, y sus exhortaciones apremiantes al amor al prójimo y la hermandad de los hombres. Es cierto, Jesús nos ha amado con un inmenso e infinito amor, y Él vino a la tierra para sufrir y morir para que, reunidos en torno a Él en la justicia y el amor, motivados por los mismos sentimientos de caridad mutua, todos los hombres puedan vivir en paz y felicidad.
Sin embargo, para la realización de esta felicidad temporal y eterna, Él ha establecido con su autoridad suprema, la condición de pertenecer a su rebaño, que debemos aceptar su doctrina, que debemos practicar la virtud, y que debemos aceptar la enseñanza y orientación de Pedro y de sus sucesores.
Además, aunque Jesús era bondadoso con los pecadores y con los que iban por mal camino, Él no respetó sus ideas falsas, por sinceras que pudieran parecer. Él los amaba, pero Él les dio las instrucciones que debían guardar. Aunque Él llamaba, con el fin de consolarlos, a quienes trabajaban y sufrían, no les predicaba la avidez de una igualdad quimérica. Aunque Él levantaba de la tierra a los humildes, no era para inculcarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde contra el deber de la obediencia. Mientras su corazón se desbordó con gentileza por las almas de buena voluntad, Él también se armaba de santa indignación contra los profanadores de la Casa de Dios, contra los miserables que escandalizaban a los más pequeños, y contra las autoridades que aplastaban al pueblo con pesadas cargas sin poner una mano para ayudarles.
Él era tan fuerte como dulce. Él reprendía, amenazaba, castigaba, a sabiendas de que el temor es el principio de la sabiduría, y que a veces le conviene a un hombre cortar la extremidad infractora para salvar su cuerpo.
Finalmente, Él no anunció para la sociedad el futuro reinado de una felicidad ideal que desterrara el sufrimiento; sino que con sus enseñanzas y con su ejemplo, Él trazó el camino de la felicidad que es posible en la tierra y de la felicidad perfecta en el cielo: el camino real de la Cruz. Estas son enseñanzas que no se aplican únicamente a la vida personal para ganar la salvación eterna; estos son eminentemente enseñanzas sociales, y muestran en Nuestro Señor Jesucristo, algo muy distinto de un humanitarismo inconsistente e impotente.
(Su Santidad, Papa San Pío X, Carta Apostólica Notre Charge Apostolique [“Nuestro Mandato Apostólico”], 1910; añado subrayado, y selecciono parágrafos)
¡BAM! San Pío X golpea a distancia de años a Francisco y a su falso evangelio. Le haría mucho bien y le ilustraría leer la Carta Apostólica del Papa San Pío X, Notre Charge Apostolique, en su totalidad, que encontrará en el enlace anterior. Es una refutación poderosa del “evangelio” secular, humanista y naturalista de Jorge Bergoglio. Léala y verá lo mucho que San Pío X truena contra lo que Francisco exactamente cree, predica y practica.
Esperemos que este sea el último logotipo que se publique en algún tiempo.

