QUINTO DOMINGO DE PASCUA
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido. Estas cosas os he hablado en parábolas. Viene la hora en que ya no os hablaré en parábolas: mas os hablaré claramente de mi Padre. En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, porque el mismo Padre os ama, porque vosotros me amasteis, y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. Sus discípulos le dijeron: He aquí que ahora hablas claramente y no dices ningún proverbio. Ahora conocemos que sabes todas las cosas, y que no es menester que nadie te pregunte: en esto creemos que has salido de Dios.
Estamos en el Quinto Domingo de Pascua, próximos a la Ascensión de Jesucristo a los Cielos.
La emoción que embargaba a Nuestro Señor y Salvador la víspera de su Ascensión residía en el convencimiento de que iba al Padre. Estaba, por decirlo así, ante las puertas del Padre. Llamaba y pedía que se le abriesen…
Levantando sus ojos al cielo, dijo: Padre, la hora es llegada; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti —conforme al señorío que le conferiste sobre todo el género humano— dando vida eterna a todos los que Tú le has dado, y la vida eterna es: que te conozcan a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, enviado tuyo. Yo te he glorificado a Ti sobre la tierra dando acabamiento a la obra que me confiaste para realizar. Y ahora Tú, Padre, glorifícame a Mí junto a Ti mismo, con aquella gloria que en Ti tuve antes de que el mundo existiese.
Es evidente, como dice San Agustín, que si pide lo que desde la eternidad tenía, no lo pide para su Persona divina, que nunca lo había perdido, sino para su Humanidad santísima, que en lo sucesivo tendrá la misma gloria de Hijo de Dios, que tiene el Verbo.
Jesús pide al Padre que también haga participante a su naturaleza humana de la gloria que Él posee, desde toda la eternidad, como Hijo de Dios.
En su Encarnación se despojó de sí mismo, ocultando la claridad y majestad de su naturaleza divina, se anonadó y se hizo obediente hasta la muerte de cruz. Cumplió la misión que se le encomendara, llevando una vida de pobreza, de anonadamiento, de dolores, de amorosa sumisión al Padre y a su santa voluntad.
Ahora ya puede retornar a su casa.
Debe haber proporción entre el lugar y el que lo ocupa. Pero Cristo, por su Resurrección, dio comienzo a una vida inmortal e incorruptible. Y el lugar en que nosotros habitamos es un lugar de generación y de corrupción, mientras que la morada del Cielo es un lugar de incorrupción. Y, por tal motivo, no fue conveniente que Cristo, después de la Resurrección, permaneciese en la tierra, sino que fue conveniente que subiera a los Cielos.
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Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre…
Todo el Evangelio está aquí…, en esta frase…
Estas palabras reúnen de un modo rápido, solemne y profundo, toda la vida de Jesucristo, como Dios y como hombre: Salí del Padre, porque de Él procedo por generación eterna, y porque de su seno fui enviado a la tierra… Y vine al mundo, tomando carne de una Virgen, y apareciendo entre los hombres con esta carne, como hombre mortal. Otra vez dejo el mundo, y voy al Padre, sentándome a su diestra como Hombre, aunque no dejando de estar presente entre los hombres.
Toda la vida y todos los misterios de Jesús se encierran en estos dos viajes del Hijo de Dios: el de su salida del Padre para venir al mundo, y el de su salida del mundo para volver al Padre.
Eternamente presente ante el Padre, el Hijo divino, para cumplir un designio de la misericordia de Dios, hizo su viaje a la tierra, presentándose ante los hombres con el ropaje de su carne mortal.
Con los hombres vivió y por los hombres murió. Su vida se consumió en el solo anhelo de llevar consigo los hombres a Dios.
Dejó la semilla y se volvió al Padre.
Comenta San Hilario, Salí del Padre y vine al mundo. Lo uno se refiere a su naturaleza divina, y lo otro a su encarnación. Porque el salir del Padre y el venir del Padre no significa lo mismo, pues una cosa es salir de Dios en la substancia de su origen, y otra venir del Padre al mundo para consumar los misterios de nuestra redención. Y, como el salir de Dios es poseer la sustancia de su nacimiento, ¿qué otro puede ser sino Dios?
Y completa San Agustín, salió del Padre porque del Padre es, y vino al mundo para manifestar al mundo su humanidad tomada de la Virgen. El dejó el mundo y subió al Padre llevando con Él su humanidad, pero sin abandonar al mundo de su presencia y gobernación; porque de tal modo vino al mundo al salir del Padre, que no se separó de su Padre.
Ya había dicho Nuestro Señor a Nicodemo: Nadie ha subido al cielo, sino Aquel que descendió del cielo, el Hijo del hombre.
¿Cómo se entiende ésto? Así como se dice descendido del Cielo, no según la naturaleza divina, sino según la humana; así también se dice ascendido según la humana, y no según la divina. Sin embargo, por razón de la divina Persona y de la unión hipostática, el hombre aquel, Jesucristo, se dice que descendió y ascendió a los Cielos.
Se dice, pues, que descendió del Cielo porque el que primero estaba en el Cielo y en todo lugar, aunque estaba en la tierra, no se le veía; y al tomar la naturaleza humana empezó, de pronto, a ser visto en la tierra de la misma manera que si hubiera bajado del Cielo.
Toda la eficacia del viaje de Jesús está, pues, en que los hombres suban al Padre con Él en este viaje de retorno.
Bajó para levantar a muchos, dice San Agustín; Dios se hizo hombre, para que el hombre llegara hasta Dios.
No frustremos el penosísimo viaje de Nuestro Señor Jesucristo; ha venido a la tierra a buscarnos; seamos dóciles, y dejémonos llevar de su mano divina a Dios.
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Jesús es el Hijo natural de Dios, y, por lo mismo, es Dios.
Jesús es el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre; Todo lo que hace el Padre, lo hace asimismo el Hijo; Él y el Padre son una misma cosa, idéntica en realidad.
El resplandor o gloria de Jesús es la misma del Padre, ya antes de que el mundo fuese; todas las cosas del Padre son del Hijo, y todas las del Hijo son del Padre; Él está en el Padre, y el Padre está en Él; es una misma cosa con el Padre.
Esta unidad de Jesús con el Padre, esta inmanencia recíproca, esta solidaridad de vida, de acción, de pertenencia, indican una misma naturaleza y una consubstancialidad, aunque con distinción de Personas.
Jesús es el Hijo de Dios, no adoptivo, sino natural, único.
Él es el Verbo de Dios, que existe en Dios mismo desde la eternidad y por quien han sido hechas todas las cosas.
La preexistencia y la preeminencia de Jesús, antes de todas las cosas y sobre todas ellas, son otros títulos de su divinidad.
Consideremos en detalle.
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios (…) Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Este fragmento de San Juan es una de las más bellas y, sin duda, la más profunda página que jamás se ha escrito. Contiene ella sola toda la medula de la teología y de la religión cristiana, y nos ofrece, dentro de una simplicidad asombrosa, un esbozo de la armonía de los Cielos y tierra, de Dios y el hombre, de lo eterno y lo temporal.
Dios es un Ser inteligente, infinito que, siendo acto purísimo, ejerce desde toda la eternidad, y en virtud de su misma esencia, la función intelectiva.
Esta función es en Dios infinita y substancial, como Dios mismo.
El objeto del acto de entender es en Dios su propia esencia: Dios se entiende y comprende a Sí mismo.
Cuando nosotros entendemos algo, formamos dentro de nosotros mismos un concepto de la cosa entendida: es algo dentro de nosotros mismos, distinto de nuestro pensamiento y de la cosa que entendemos.
Este concepto es una palabra interior, que decimos nosotros dentro de nosotros mismos. Podemos expresarla por medio del lenguaje, y entonces resulta la palabra exterior, o palabra propiamente dicha.
Verbo equivale a Palabra. El Verbo de Dios es la Palabra de Dios. Es el Concepto que Dios forma eternamente de Sí mismo al entenderse, en el acto substancial y eterno de su inteligencia.
En Dios, el Verbo no puede ser accidental y transitorio y finito como en el hombre, porque todo cuanto hay en Dios es Dios, es decir, substancial, infinito, eterno.
Por ello, el Concepto, Palabra o Verbo de Dios es una Persona, que subsiste por sí misma. Es Dios mismo, que se llama Hijo en cuanto es el término de la función intelectiva.
¿Cómo es esto? Porque se llama generación la función de la cual se origina un ser vivo de otro ser vivo que la ejerce, teniendo ambos la misma naturaleza; y el que engendra es padre, y el ser engendrado es hijo.
El Verbo de Dios es, pues, el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Imagen del Padre, la Sabiduría Eterna, la Verdad inmutable.
Este mismo Verbo interno de Dios, eterno e invisible, se hace para nosotros Verbo o Palabra de Dios, como decían los antiguos, porque cuando tomó nuestra naturaleza fue para nosotros como la Palabra que nos interpretó el pensamiento y la voluntad de Dios.
Dijo Nuestro Señor a sus discípulos estas misteriosas palabras: Si me amaseis, os alegraríais de que voy al Padre, porque el Padre es más grande que Yo.
El Padre es más grande que Yo significa, no sólo que el Hijo como hombre es menor que el Padre, sino también que el Padre es el origen y el Hijo la derivación.
Como dice San Hilario, el Padre no es mayor que el Hijo en poder, eternidad o grandeza, sino en razón de que es principio del Hijo, a quien da la vida.
Porque el Padre nada recibe de otro alguno, mas el Hijo recibe su naturaleza del Padre por eterna generación, sin que ello implique imperfección en el Hijo.
De ahí la inmensa gratitud de Jesús y su constante obediencia y adoración del Padre. Un buen hijo, aunque sea adulto y tan poderoso como su padre, siempre lo mirará como a superior. Tal fue la constante característica de Jesús.
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En el principio existía el Verbo… Antes de la creación, de toda eternidad, era ya el Verbo; y estaba con su Padre, siendo Dios como Él. Es el Hijo Unigénito, igual al Padre, consubstancial al Padre, coeterno con Él, omnipotente, omnisciente, infinitamente bueno, misericordioso, santo y justo como lo es el Padre, quien todo lo creó por medio de Él.
En el principio existía ya el Verbo que, por lo mismo, es eterno. Y el Verbo estaba con Dios, consubstancial con Él, pero distinto de Él. Y el Verbo era Dios, por tener la naturaleza divina.
Este Verbo, tan ceñida y profundamente descrito por San Juan, estaba en el principio con Dios, consubstancial con el Padre y coeterno con Él, teniendo con Él unidad de naturaleza y de voluntad.
Hablando con los fariseos, dijo un día: Si no creéis que Yo soy el Cristo, moriréis en vuestros pecados. Entonces le dijeron: Pues ¿quién eres? Les respondió Jesús: In Principio; id quod et loquor vobis… En el principio, el mismo que os hablo.
Quiso decir: Creed que soy el Principio, no sea que muráis en vuestros pecados; porque el Principio es inmutable, subsiste por sí, y renueva todas las cosas.
Y añadió el Salvador: El mismo que os hablo, porque habiéndome humillado por vosotros, he descendido a hablar en estos términos.
Por tanto, creed que soy el Principio. Porque para que creáis ésto no sólo soy el Principio, sino quien hablo con vosotros. Porque si el Principio, tal y como es, permaneciese con el Padre y no hubiera tomado la forma de siervo, ¿cómo le habían de creer, siendo así que las almas débiles no pueden percibir la palabra, sin el eco sensible de la voz?
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Revela, pues, el Evangelista el estupendo misterio: Y el Verbo, que era Dios, y vida, y luz de los hombres, a quien los hombres no quisieron recibir, se hizo carne, es decir, se hizo hombre.
Dios se abajó hasta el hombre para que el hombre subiera hasta Dios: se hizo Dios hijo del hombre para que nos convenciéramos que podíamos ser hechos hijos de Dios…
Y el Verbo, que estaba en Dios, habitó entre nosotros: hizo un tabernáculo y como una tienda de la naturaleza humana que tomó, y, como hombre moró entre los hombres.
Y el mundo, atónito, vio la gloria del Verbo encarnado, en sus milagros, transfiguración, resurrección y ascensión a los Cielos.
Y vimos su gloria; no gloria de puro hombre, sino la que está por sobre la de todos los hombres y la que le corresponde como Verbo de Dios y consubstancial con Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, porque es para nosotros el origen fontal de toda gracia y de toda verdad.
El Hijo de Dios es Jesús, Verbo de Dios hecho hombre.
A través de su Humanidad santísima debemos remontarnos a las alturas de Dios, rindiéndole adoraciones por el poder, sabiduría y amor que ha manifestado en la creación de todas las cosas, y en nombre y como en representación de todas ellas, que por nosotros deben adorar al Dios que para nosotros las hizo: Todo es vuestro; y vosotros sois de Cristo; y Cristo es de Dios.
La Encarnación del Verbo debe ser para nosotros motivo de correspondencia a la verdad y a la gracia de las que está lleno el Dios-Hombre, y que por Él nos vinieron del Cielo.
También debe ser motivo de esperanza en nuestra futura glorificación en el Cielo, donde veremos, más que sus contemporáneos en la tierra, la gloria infinita del Unigénito del Padre, porque para dárnosla se hizo carne.
Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.

