PRIMER DOMINGO DE PASCUA
Hæc dies, quam fecit Dominus; exultemus et lætemur in ea. Este es el día, que ha hecho el Señor; alegrémonos y regocijémonos en él.
¿Qué sentimientos llenan nuestro corazón en Pascua? Parece que nos fue quitada del corazón la losa sepulcral; respiramos, dirigimos una mirada de gratitud al Cielo, y luego, inclinando la cabeza, como sobre una almohada en que descansamos de nuestras preocupaciones y afanes, decimos: ¡Resucitaremos!
El día de Pascua es el reposo de nuestra fe y de nuestra esperanza; la piedra sepulcral removida es el fundamento de nuestra fe, el argumento visible de lo invisible, garantía de nuestra esperanza; y el hombre descansa su frente atormentada por las dudas y la incertidumbre, y la inclina sobre la piedra sepulcral de Jesucristo.
El que no sepa creer, el que no sepa esperar, acuda a la aurora de la resurrección, acuda con el corazón ungido, como lo hicieron las santas mujeres, al sepulcro del Redentor divino, incline su cabeza sobre la piedra y encontrará sosiego su corazón.
Aun cuando no nos consuma la duda, aun cuando rebose de esperanzas nuestro corazón, siempre necesitamos una fe firme, una esperanza inconmovible; acudamos, por tanto, también nosotros al sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, y avivemos allí nuestra fe en la vida eterna.
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¿Con qué argumentos podemos calmar nuestra duda?
Ante todo tenemos que colocarnos en el ambiente de la Última Cena. El divino Redentor sabe muy bien qué es lo que cuesta al corazón humano, cuál es su gran peso y su gran tristeza.
La razón no sabe iluminar los caminos de la vida, el descontento incomprensible del corazón; ha de creer. Por una parte siente que ha de volver a su patria, y por la otra no sabe dónde se encuentra esta patria, y menos sabe aún dónde está el camino que le conduzca allí.
Jesucristo, en la última noche de su vida terrena se encuentra con estos pesares y preocupaciones del corazón humano, y celebra una fiesta de despedida…
¿Tranquilizará al hombre desasosegado, lleno de dudas?
Seguramente, ya que todo lo que acaece en la Última Cena respira confianza y amor.
El divino Redentor siente que ha de abrir nuevamente su Corazón y consagrar amigos a sus discípulos; siente la necesidad de manifestar todo cuanto lleva en su Corazón y confiarlo a los corazones fieles.
Y comienza a hablar; habla con el Corazón rebosante de amor, con Corazón que quiere el bien; habla con los sentimientos de un padre que se despide; resume todo cuanto ha dicho hasta entonces, lo viste todo de una solemnidad peculiar y graba en el corazón de los oyentes su testamento.
Les dice que va a volver a casa y que dentro de poco vendrá por ellos. Descorre el velo que cubre el porvenir, pone de manifiesto la traición, revela su propio fin ignominioso, indica las grandes tentaciones que podrán conmover la confianza de los discípulos.
El divino Redentor se pone a hablar, habla por última vez, habla de un modo convincente, habla de un modo conquistador…
¿Y qué dice? Estas cosas os he dicho, porque me iré, que si no fuese así, os lo hubiera dicho.
El divino Redentor se va, sabe que la noche de la duda va a envolver a sus apóstoles; sabe que la fe se conmueve en las grandes tentaciones de la vida; y frente a todo ello, ¿qué es lo que Él ordena? ¿A qué cosa apela? ¿Qué garantía, qué seguridad ofrece a sus discípulos?
Nada más que ésto: que si no fuese así os lo hubiera dicho…
Quiere confiar a sus discípulos los más grandes misterios; pero precisamente éstos son rocas y acantilados contra los cuales se estrella la fe; ¿cómo podrá salvar las almas de los grandes peligros?
Apela a su amor santo; con el ardor de quien se despide, abraza a esas almas pobres, llenas de dudas y las tranquiliza: que si no fuese así, si no fuese verdad lo que os he enseñado de la vida eterna, de la resurrección final, de la unión de todos nosotros, os lo hubiera dicho, porque ahora me voy.
No hemos de olvidar este argumento potente, inconmovible de la fe: confío en el divino Redentor.
¿Por qué? Porque me amó. Que si no fuese así, nos lo hubiera dicho.
¡Pobre mundo!, no sabe creer las palabras alentadoras, tranquilizadoras; ¿tampoco va a creer en el hecho? La Pascua no es solamente el día de las palabras, sino también el de los hechos…
Uno de sus hechos es tan fuerte como la muerte…, y el otro tan triunfante como la vida…
Después de oírse en el Cenáculo estas palabras de Jesús: que si no fuese así os lo hubiera dicho…, los acontecimientos se siguen con ritmo acelerado.
Sólo faltan unas horas para la catástrofe; la trama va complicándose; ya está cerca el desenlace final de la tragedia. La incredulidad y Nuestro Señor Jesucristo van a encontrarse por última vez…
Por fin, acusado de aspiraciones mesiánicas, Jesús se encuentra ante el tribunal, y afirma de Sí que es el Hijo de Dios.
Estas palabras vienen a ser un hecho grande, tan grande como la Cruz, como el mar de sufrimientos, como la muerte.
Y también este acto lo realizó por amor a nosotros. Cristo padece martirio; con su sangre da testimonio de que Él es realmente el Hijo de Dios.
¿No vamos a creer a un Corazón amoroso, cuando por amor abraza la muerte? Testimonio más solemne, santo y sublime no puede haber.
Pero hay un testimonio más celestial: la muerte es solemne; la vida es triunfal…
¿Cómo será, pues, la vida resucitada? Cristo ha resucitado para que creamos en Él.
Habló a nuestro corazón, para que creyésemos; padeció para que creyéramos; pero, en sus designios divinos, propuso como argumento definitivo de la fe, argumento que lo resumiera todo, la resurrección.
La piedra sepulcral es el fundamento de la fe. A través del Evangelio pasa a manera de hilo este pensamiento: esperad un poco, os conquistaré con la resurrección.
Aún más, el Señor está convencido de que no podrá atraer almas con esa fuerza generalmente conquistadora, que transforme en palestra todo el orbe, antes de bajar al sepulcro y luego resucitar: si el grano de trigo, después de echado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere produce mucho fruto.
La resurrección nos muestra el plan divino según el cual debe el Redentor pasar precisamente de la derrota definitiva a la gloria suprema, recrear por la muerte la vida…
La resurrección nos muestra el poder grande y admirable: el Señor pone los cimientos de su gloria precisamente allí donde todo se disipa, donde todo cae; y así como hay que sacar las perlas más hermosas de las mayores profundidades del mar, de un modo análogo el divino Redentor saca de las profundidades de la muerte —porque ya no hay mayores profundidades— las piedras preciosas de su corona, de su realeza inmortal.
La paz pascual, que el divino Redentor nos ofrece para que saboreemos la dulzura de la dicha eterna, debe servirnos de acicate y aliento; la dulce Secuencia, las palabras que brotan de labios de María Magdalena, esa alegría que brilla en unos ojos arrasados de lágrimas, esa alegría que pone suave sonrisa en el rostro, esa dulce alegría espiritual debe servirnos de garantía y animarnos.
Sigamos a toda costa las huellas del dulce Jesús. Que la alegría pascual ensanche nuestros corazones, que dé alas a nuestra alma, que sea nuestro aliento y nuestra esperanza.
Jesucristo resucitado nos llama, despliega su bandera, y si seguimos sus pisadas, a través de la noche del sepulcro y de la muerte, también nosotros llegaremos a la gloria.
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En cualquier parte que se presenta el divino Redentor, esparce los rayos de la alegría, del consuelo, de la paz.
Pero parece que todavía no estamos maduros para una alegría pascual perdurable, porque nuestra verdadera Pascua será también la fiesta del triunfo definitivo, el día de la victoria del alma sobre la debilidad, sobre la miseria, sobre la impotencia.
¿Dónde encontrarlo? Si se nos dice: alegraos, regocijaos siempre en el Señor, miramos incrédulos, asombrados…
Nos parece más propio responder como respondieron los judíos a la invitación que les dirigieron los babilonios de cantar algún himno de Sión: ¿cómo vamos a cantar en tierra extraña, en el destierro los cánticos de nuestra patria? No tenemos ánimo para cantar, somos cautivos, prisioneros; y solamente el hombre libre canta; el que está preso, no.
Sea como fuere, hemos de lograr que haya algo en nuestra alma de esa serenidad pascual, porque la vida necesita alegría; por esto nos convendrá tener en cuenta lo que caracteriza las alegrías de la vida espiritual y cumplir las palabras del Apóstol: Regocijaos siempre en el Señor.
En Navidad dijo el Ángel: Vengo a daros una nueva de grandísimo gozo… Y es que hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador.
Y en Pascua anuncia el Ángel otra nueva de grandísimo gozo: Ya resucitó.
Jesús ha resucitado; y es ésta la gran alegría que vibra en todo el mundo, principalmente en las almas llenas de gracia, en las cuales transforma la fe esta buena nueva en fiesta, inundándolas de vida; sienten el despertar de la vida gloriosa, gozosa y victoriosa.
Realmente la vida del Redentor resucitado es gloriosa, porque es inmortal; y Él esparce y comunica alegría por donde pasa; en todas partes despierta, alivia, ilumina, levanta y consuela…; consuela a su Madre Santísima, a los Apóstoles, a las Magdalenas, a los discípulos.
¡Y qué triunfal es esta vida! Él mismo nos dice: Confiad en Mí, Yo he vencido el mundo…
Esta vida, gloriosa, gozosa y victoriosa caracteriza la Pascua del Redentor resucitado.
Primer rasgo: vida gloriosa.
Jesucristo siempre y por doquier expresó esta idea rectora: que Él nos había traído la vida.
Es lo que debía esperarse del Redentor.
La corona de todo el universo es la vida. Una creación en cuya frente escribiera su nombre la muerte, sería algo irracional, incomprensible.
La vida acompaña a Cristo como el sol al mundo. No podemos borrar del Evangelio este pensamiento rector: fons vitæ, vita æterna, panis vitæ, spiritus et vita…
He venido para que tengáis vida… Confiad en Mí, Yo soy la vida… Yo os comunico vida inmortal, vida eterna…
La vida eterna es la vida verdaderamente gloriosa, porque la vida mortal en sí misma es miseria.
El divino Redentor, presentándose ante nuestros ojos, penetrando en nuestra alma, nos comunica esta fe: la vida ha de ser eterna, por consiguiente, ha de ser gloriosa.
La Fiesta más solemne del cristianismo, el día de Pascua, es el día de la vida gloriosa.
El surgir del cristianismo es la reconquista triunfal de la vida.
Cristo resucitó. Los gritos de Hosanna le habían ofrecido una gloria terrenal; pero Él la rechazó, porque las palmas se marchitan, los gritos de Hosanna se acallan, y la gloria terrena, cualquiera que sea, llega a perecer.
Cristo quería una vida gloriosa; y solamente la vida del resucitado, la vida inmortal es gloriosa. Y esta vida gloriosa e inmortal convierte al hombre en un ser feliz.
Es lo que quiere el Evangelio. Porque Evangelio significa Buena Nueva, y ¿puede haber una buena nueva para el hombre, si muere definitivamente?
¿Cuál ha de ser el mensaje de buena nueva para todo el mundo, sino el mensaje de la vida eterna y gloriosa?
Solamente este mensaje despierta ecos en el alma: vida eterna, vida gloriosa; vida eterna y gloriosa que quebranta el poder adverso, salta por encima de la fosa que se llama tumba, y arrebata la palma de la gloria y del sosiego.
En segundo lugar: el divino Redentor muestra en el día de Pascua su vida gozosa.
Después de la resurrección llena de gozo a todos… Los Apóstoles, desalentados y titubeantes…, Magdalena, que no puede consigo…, los discípulos de Emaús desesperados, que van mendigando del mundo unas gotas de miel…, todos, en cuanto entran en su círculo de atracción, sienten alivio, consuelo, alegría.
Cristo consuela; Cristo nos enseña a exultar…
El divino Redentor, colocando la vida eterna en nuestra conciencia, nos transforma en almas gozosas, porque nadie puede dejar de sentirse inundado de alegría al estar convencido de que va a vivir eternamente.
El desaliento es el marchitarse de la vida, es la gran enfermedad de la vida. Las almas tristes son almas enfermas. Y la enfermedad gravita hacia la muerte.
No hay alegría que pueda compararse con el alma que se encuentra en contacto cálido con Cristo resucitado e inmortal. En Él todo es vida, todo es armonía.
¿Por qué no saben los hombres alegrarse? Porque les falta armonía. ¿Y por qué les falta armonía? Porque su corazón está desasosegado, agitado, devastado.
Los pesares y el pecado van pulsando las cuerdas del corazón humano, y a su toque se rompen las cuerdas.
No saben los hombres alegrarse, porque no saben creer con magnanimidad.
El que quiere algo grande, ante todo ha de creer mucho. El que quiere alegría, ha de embriagarse con la fe de la resurrección.
Además, los hombres no saben alegrarse, porque amargan, envenenan en su interior la fuente de la vida; no sacan sus alegrías de Dios, sino de una fuente que pronto se agota.
El divino Redentor quiere que los que le siguen tengan el alma llena de gozo. Para un alma exultante todo es fácil.
En tercer lugar: la vida de Cristo es una vida victoriosa.
Lo es por ser indestructible en sí y también por triunfar definitivamente sobre sus enemigos con el hecho incomparable de la resurrección y de la vida; venció al diablo, venció al pecado, venció a la muerte… Lo venció todo.
Todo lo holló. Esta es la victoria más sublime. Confiad, Yo he vencido el mundo.
¿Cuál es el mundo que el Evangelio contrapone al Reino de Dios? El mal triunfante, que prosigue irresistiblemente su camino y pisotea la virtud; el mal triunfal, que destruye la vida y la fe; el mal que desvía al hombre del camino recto.
Frente a él se encuentra el Reino de Dios, el bien triunfal, la virtud, la hermosura, la vida.
El portaestandarte y el Señor de este poder triunfal, el Rey de este Reino, es Jesucristo.
El bien triunfal canta victoria en cada hombre que se rinde a Él.
¿Sentimos ya que el bien ha triunfado en nosotros? ¡Qué sentimiento regio el de la fiesta que celebran en el alma la virtud, la vida eterna!
Abrazo los pies del divino Redentor y le suplico:
Señor mío, Jesucristo, muchos poderes están luchando en torno mío; siento que también el mal hace fáciles conquistas en mi interior. ¡Oh Rey glorioso, y gozoso!, sé Tú para mí, sé Tú en mi interior también el Rey victorioso. Vence lo que hay de malo en mí, y establece en mí tu Reino. Entonces tendré en mi alma la justicia, la paz y la alegría de que habla el Apóstol.
Entonces también yo habré vencido mi apego desordenado al mundo, mi alma amará lo eterno, y vivirá de lo eterno.
Así desarrollaré en mí la vida de la cual dice San Pablo: Cristo ha resucitado para que también nosotros tengamos una vida nueva, para que también nosotros resucitemos del pecado, del desaliento y acrecentemos en nosotros la fuerza interior y el gozo mediante la virtud.
Postrémonos, pues, ante los pies del divino Redentor con Magdalena, diciendo:
Yo me rindo a Ti, Señor mío, Rey de la vida gloriosa, gozosa y victoriosa. Ayúdame, para que florezca mi vida marchita, para que se convierta en gozo mi tristeza; infúndeme alegría, entusiasmo, para andar con espíritu magnánimo en pos de Ti, y para que la gracia que me has obtenido y concedido se convierta un día en felicidad sobrenatural, en visión intuitiva de la divinidad.

