«LA ORACIÓN SACERDOTAL»
Juan F. Cafferata
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Terminado el lavatorio de los pies volvió Jesús a la mesa con sus discípulos. Allí fueron las últimas e íntimas confidencias. Su nuevo mandamiento, de Amarnos los unos a los otros. Su anuncio, de que volvía al Padre y de que enviaría el Espíritu Consolador.
Su afirmación de que, para amarle era necesario observar sus mandamientos. Su parábola de la vid y los sarmientos. El recuerdo de que no es el siervo mayor que su amo. Si me han perseguido a Mí, también os han de perseguir a vosotros.
Su tristeza. Su declaración de que dentro de poco no lo verían, pero que después volverían a verle; de que va llegando el tiempo en que ya no Os hablaré con parábolas, sino que abiertamente Os anunciaré las cosas del Padre.
Estas cosas habló Jesús y levantando los ojos al cielo dijo: “Padre, la hora es llegada, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a Ti; pues que le has dado poder sobre todo el linaje humano, para que dé la vida eterna a todos los que le has señalado. Y la vida eterna consiste en conocerte a Ti solo Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú enviaste. Yo te he glorificado en la tierra; tengo acabada la obra cuya ejecución me encomendaste. Ahora glorifícame Tú ¡oh Padre! En Ti mismo, con aquella gloria que tuve Yo en Ti, antes que el mundo fuese. Yo he manifestado tu nombre a los hombres, que me has dado del mundo. Tuyos eran, y me los diste, y ellos han puesto por obra tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste, viene de Ti. Porque Yo les di las palabras que Tú me diste, y ellos las han recibido y han reconocido verdaderamente que Yo salí de Ti y han creído que me has enviado”.
“Por ellos os ruego Yo. No ruego por el mundo, sino por estos que me diste, porque tuyos son. Y todas mis cosas son tuyas, como las tuyas son mías y en ellos he sido glorificado. Yo ya no estoy en el mundo, pero estos quedan en el mundo; Yo estoy de partida para Ti ¡Oh Padre Santo! Guarda en tu nombre a estos que Tú me has dado a fin de que sean una misma cosa, así como nosotros lo somos. Mientras estaba Yo con ellos, Yo los defendía en tu nombre. Guardado he lo que Tú me diste y ninguno de ellos se ha perdido sino el hijo de la perdición, cumpliéndose así la Escritura. Más ahora vengo a Ti y digo esto en el mundo, a fin de que ellos tengan en sí mismos el gozo cumplido que tengo Yo. Yo les he comunicado tu doctrina, y el mundo los ha aborrecido, porque no son del mundo, así como Yo tampoco soy del mundo, sino que los preserves del mal. Ellos no son del mundo, como ni Yo tampoco soy del mundo. Santifícalos en la verdad. La palabra tuya es la verdad. Así como Tú me has enviado al mundo, así Yo los he enviado también a ellos al mundo. Y Yo por amor de ellos me santifico a Mí mismo; con el fin de que por ellos sean santificados en la verdad”.
“Pero no ruego solamente por estos, sino también por aquellos que han de creer en Mí por medio de su predicación; que todos sean una misma cosa y que como Tú ¡oh Padre!, estás en Mí y Yo en Ti, así sean ellos una misma cosa con nosotros, para que crea el mundo que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean una misma cosa como lo somos nosotros. Yo en ellos y Tú en Mí, a fin de que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que Tú me has enviado y amándolos a ellos como a Mí me amaste. ¡Oh Padre!, Yo deseo que aquellos que Tú me has dado estén conmigo allí mismo donde Yo estoy, para que contemplen mi gloria, cual Tú me la has dado; porque Tú me amaste desde antes del establecimiento del mundo. ¡Oh Padre Justo! El mundo no te ha conocido; Yo sí que te he conocido y estos han conocido que Tú me enviaste. Yo por mi parte les he dado y daré a conocer tu nombre para que el amor con que me amaste, en ellos esté y Yo en ellos”
La oración de Jesús al Padre, resumen de la obra de la Redención y síntesis divina de su vida, está por encima de todo comentario.

