Y
ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS
En aquel tiempo vivía en Nazaret, pequeña aldea de Galilea, una joven doncella de la tribu de Judá, pariente cercana de Isabel y Zacarías. Su nombre era María.
Todo lo que de ella se sabía era que, bajo un exterior sencillo y modesto, ocultaba un nacimiento ilustre. Por su padre, Joaquín, pertenecía a la estirpe real de David, y por Ana, su madre, a la familia sacerdotal de Aarón.
Desde la caída de la antigua dinastía, sus antepasados, despojados de su rango y de sus bienes, y perseguidos como pretendientes peligrosos por los nuevos señores de la Judea, habían buscado el reposo en la oscuridad.
Desconocidos del suspicaz Herodes, Ana y Joaquín, ocultos en el fondo de un valle solitario, vivían tranquilos con el producto de sus ganados.
Con todo, sus días transcurrían en la tristeza, porque el cielo rehusaba bendecir su unión. Como la madre de Samuel, cuyo hermoso nombre llevaba, Ana pedía al Señor que hiciera cesar su esterilidad, y Joaquín unía sus súplicas a las de su esposa desolada; pero Dios parecía complacerse en ejercitar su paciencia.
Y sin embargo, a causa de su eminente virtud, Dios los había escogido para la ejecución del más admirable de sus designios: les dio una hija que debía ser siempre gloria suya.
En sus decretos eternos, Dios había colocado a esta criatura bendita sobre toda criatura…; sobre los reyes y reinas, que en la serie de los siglos representarían su poder…; sobre los santos, en quienes resplandecerían con más brillo sus perfecciones infinitas…; sobre los nueve coros angélicos, que rodean su trono…
Eva en el Paraíso era a sus ojos menos pura, Ester menos amable, Judit menos fuerte e intrépida…
Al crearla, obró en ella un milagro con que no favoreció a ninguno de los hijos de Adán. Aunque descendiente de una raza manchada en su principio, la preservó del pecado original; el torrente devastador que arrastra en sus olas a todo hombre que viene a este mundo, se detuvo en el momento de su concepción y, por vez primera desde el naufragio del género humano, los Ángeles vieron en la tierra una criatura inmaculada, ante la cual exclamaron en transportes de admiración: ¿Quién es esta mujer, bella como la luna, radiante como el sol?
Ana y Joaquín recibieron con gozo a aquella hija privilegiada de Dios, cuyo glorioso nacimiento debían celebrar a porfía los Ángeles y los hombres.
Aunque no conocían el inmenso valor del tesoro confiado a sus cuidados, pronto observaron que la celestial niña no se asemejaba a ninguna otra de la tierra.
Antes de poder articular una palabra, la razón presidía ya a todos sus actos; y hasta sus movimientos más instintivos jamás obedecían a las pasiones.
Maravillados de los dones que Dios había prodigado a aquel ángel terrestre, Ana y Joaquín prometieron consagrar su infancia al servicio particular del Templo.
En efecto, apenas cumplió tres años, la llevaron a la ciudad santa para presentarla al Señor. La niña subió gozosa las gradas del Templo, feliz de encerrarse en la casa de Dios.
Allí, a la hora de los sacrificios, cuando el sacerdote inmolaba la víctima en el altar de los holocaustos, Ella suplicaba a Dios que aceptase por la salvación del pueblo aquella sangre expiatoria y enviase por fin al Mesías prometido a sus padres. Su único deseo era verle con sus ojos y venerar a la mujer bendita que debía darlo a luz.
A diferencia de las hijas de Israel, que ambicionaban el honor de ser madre del Libertador, Ella se juzgaba indigna de tan insigne privilegio.
Un día, impulsada por el Espíritu de Dios, renunció a él por un voto solemne, y prometió al Señor no tener otro esposo que Él.
Cuando llegaron los días de la adolescencia, los sacerdotes le propusieron desposarse con un hombre de su familia como lo prescribía la ley.
Abandonándose enteramente a la divina inspiración, que la impulsaba a tomar este partido, consintió, a pesar de su voto, en el matrimonio propuesto.
El esposo de la joven Virgen se llamaba José; de la estirpe de David, como Ella.
Conocedor del voto que había hecho su esposa y entrando en los divinos designios, se constituyó en custodio de su virginidad.
El Señor sólo esperaba esta unión angelical para realizar el proyecto cuya ejecución preparaba desde hacía cuarenta siglos.
Una tarde, la Virgen de Nazaret, arrodillada en su humilde oratorio, derramaba su alma delante de Dios con más fervor que nunca, cuando de repente una luz celestial la circunda y la saca de su recogimiento.
Vuelve la cabeza y ve un Ángel en pie a corta distancia suya.
Era el grave embajador de Dios, el Arcángel Gabriel, el mismo que quinientos años antes había revelado al Profeta Daniel el tiempo de la llegada del Mesías y que acababa de anunciar a Zacarías el nacimiento de su Precursor.
Se inclinó profundamente delante de la Virgen y, con la humildad de un vasallo en presencia de su reina, la saludó con estas palabras: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres.
Aquellas alabanzas, que no parecían poder dirigirse a un simple ser mortal, la llenaron de profunda turbación.
En su actitud humilde, en el rubor de su frente, el Ángel comprendió el sentimiento que la agitaba y agregó con dulzura: No temas, María; has encontrado gracia delante de Dios. He aquí que Él me ha encargado anunciarte que concebirás y darás a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús. Este será grande y se le llamará el Hijo del Altísimo. El Señor le dará el trono de su padre David, reinará en la casa de Jacob y su reino no tendrá fin.
No había lugar a dudas: el Mesías esperado desde cuatro mil años iba a aparecer; y ese Mesías libertador, verdadero Hijo de Dios, sería también hijo de María…
Abrumada bajo el peso de tal dignidad, la Virgen quedó por un momento sobrecogida; luego, pensando en su voto de virginidad, hizo al Arcángel esta pregunta: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?
El Espíritu Santo descenderá sobre ti, respondió el mensajero celeste, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el Santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios. Has de saber que Isabel, tu parienta, ha concebido también un hijo en su vejez y hace ya seis meses que la mujer llamada estéril se ha vuelto fecunda; porque para Dios nada hay imposible.
María no necesitaba de este ejemplo para creer que los más grandes prodigios son como juegos para el poder divino. Sabiendo, pues, que por la intervención de este poder llegaría a ser madre sin dejar de ser virgen, se anonadó delante de Dios y exclamo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
Después de haber obtenido este perfecto consentimiento, el Hijo del Eterno, descendiendo de la mansión celeste, se encarnó en el seno virginal de la Inmaculada.
En este momento, las milicias angélicas saludaron al Rey de reyes y al Señor de señores, al Hombre-Dios.
Este es el misterio adorable que extasió a los Ángeles en aquel día mil veces bendito, el misterio del Verbo Encarnado.
El rezo del Angelus despierta en los católicos el recuerdo y la veneración de ese día inolvidable: por la mañana, cuando la naturaleza despierta iluminada con los primeros fulgores del sol; al mediodía, cuando el obrero interrumpe un instante su trabajo; y por la tarde, cuando el ocaso convida a todos al reposo.
Y cuando sus vibraciones sonoras repiten El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, toda rodilla se dobla, toda frente se inclina delante de Dios hecho hombre…
Y de todo pecho cristiano se escapa ese grito de amor en honor de la Virgen Madre: Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres; y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…
***
Los días que siguieron a la Encarnación del Verbo, María continuaba abismada en el pensamiento de que Dios se había dignado poner sus ojos en la pobre virgen de Nazaret para hacerla Madre de su Hijo.
Mientras más ahondaba su espíritu en estos pensamientos, más se derramaba su alma en efusiones de reconocimiento para con Aquel que la había elevado a tan encumbrado honor.
Pero este secreto debía sepultarlo en lo más hondo de su alma, hasta que a Dios pluguiera descubrirlo. Sólo el autor del gran misterio podía comunicar bastante luz a los espíritus para penetrarlo.
El Señor inspiró a María el pensamiento de ir a visitar a su prima Isabel, cuyas inesperadas alegrías el Ángel le había hecho conocer.
Todo era calma y silencio en la casa del anciano sacerdote. Desde su visión en el Templo, meditaba, mudo y solitario, en los grandes destinos del niño que Isabel, su esposa, llevaba en su seno. Esta, entregada del todo a su alegría, sólo se ocupaba en alabar a Dios, que se había compadecido de su oprobio y amarguras.
Nada le hacía presumir la visita de su joven prima; cuando, de improviso, se presentó María en el umbral de su casa, dirigiéndole el saludo de costumbre: Que el Señor sea contigo…
Al oír esta salutación, Isabel, profundamente emocionada, sintió que su hijo saltaba en su seno a impulsos de una viva alegría. Al mismo tiempo, su espíritu, iluminado por luz celestial, comprendió claramente la causa de aquella conmoción milagrosa: el niño acababa de ser santificado, como el Ángel lo había predicho a su padre: será colmado del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre…
Purificado de la mancha original, colmado de gracias, dotado del uso de razón, Juan, saludaba desde su prisión a su Salvador y, cumpliendo ya su misión de Precursor, lo daba a conocer a su madre.
Inspirada por el Espíritu Santo, Isabel no viendo ya en su prima a una mujer ordinaria, sino a la criatura más excelsa que los Ángeles del cielo, exclamó llena de inmenso regocijo: Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre…
Grito de entusiasmo y de amor, que todos los corazones fieles repetirán a lo largo de los siglos en honor de la Virgen Madre.
Y luego agregó: ¿De dónde a mí esta felicidad de que la Madre de mi Dios se digne visitarme? ¡Oh María! Al solo eco de tu voz el niño que llevo en mi seno ha saltado de alegría… Bienaventurada eres porque has creído en la palabra de Dios, pues se cumplirá todo lo que se te ha anunciado.
En presencia de tales maravillas, la Virgen, que guardaba silencio, al oír las alabanzas proféticas de Isabel, su Corazón, como un vaso que se desborda, no pudo contener sus sentimientos. Su alma, elevándose hasta Dios, único digno de alabanza, y trasportada al Cielo, respondió a las felicitaciones de su prima con el himno sublime en honor del Eterno:
Glorifica mi alma al Señor, y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava.
Y he aquí que desde ahora me felicitarán todas las generaciones; porque en mí obró grandezas el Poderoso.
Santo es su nombre, y su misericordia, para los que le temen, va de generación en generación.
Desplegó el poder de su brazo; dispersó a los que se engrieron en los pensamientos de su corazón.
Bajó del trono a los poderosos, y levantó a los pequeños; llenó de bienes a los hambrientos, y a los ricos despidió vacíos.
Acogió a Israel su siervo, recordando la misericordia, conforme lo dijera a nuestros padres en favor de Abrahán y su posteridad para siempre.
En su éxtasis, la Virgen Madre inspirada, deteniendo su vista profética sobre su patria esclavizada y sobre las naciones subyugadas por el espíritu de las tinieblas, anuncia la venida del Redentor divino…
Así debieron cantar los Ángeles cuando, por vez primera, contemplaron la majestad del Altísimo…
Así cantaron Adán y Eva bajo las sombras del Paraíso, admirando las magnificencias de la tierra y de los cielos…
Así, reproduciendo este inspirado himno de adoración y de amor, canta en la tierra toda alma rescatada cuando, al declinar el día, trae a la memoria las grandezas y las misericordias de Jesús, el Hijo de María.
Tiempo después, cuando San José había dispuesto dejar a María, se le apareció un Ángel del Cielo y con una palabra disipó todas sus inquietudes: José, hijo de David, no temas guardar contigo a María tu esposa, pues el fruto que lleva en su seno es obra del Espíritu Santo. Ella dará a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados.
Después de aquella revelación celestial, se despertó San José completamente transfigurado; por una súbita iluminación, el Espíritu Santo le había hecho comprender que se realizaba en su esposa virginal la profecía de Isaías: Una Virgen concebirá y dará a luz un hijo, que será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros.
Al mismo tiempo que se descubría a sus ojos el augusto secreto de la Encarnación, el Santo Patriarca comprendió la misión providencial que Dios le confiaba con respecto al Niño y a la Madre. Jesús y María necesitaban un guardián y protector en la tierra; y a José tocaba velar por estos dos seres queridos y seguirlos a todas partes, como la sombra protectora del Padre que está en los Cielos.
Libre ya de sus congojas, el Santo se apresuró a dar cumplimiento a las órdenes del Cielo. A las tribulaciones de los últimos días, sucedieron el gozo y la paz.
Los dos esposos virginales compartieron sobre la obra divina a la cual ambos servían de instrumento. José supo por María la visita del Arcángel San Gabriel, así como los prodigios obrados en casa de Zacarías e Isabel.
Creciendo en amor a medida que meditaban las bondades de Dios para con ellos, los dos santos esposos adoraban al Salvador encerrado en su estrecha prisión y ansiaban ver llegar el venturoso día en que pudieran tenerle en sus brazos y estrecharle contra su corazón.
Mientras tanto, en el Cielo se saboreaba la máxima revelación, que sería anunciada por San Juan: Porque así amó Dios al mundo, hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo por Él sea salvo.
Este versículo, que encierra la revelación más importante de toda la Biblia, debiera ser lo primero que se diese a conocer a los niños y catecúmenos. Más y mejor que cualquier noción abstracta, él contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Encarnación redentora.

