PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DEL DOMINGO DE PASIÓN.

Sermones-Ceriani

DOMINGO DE PASIÓN

La Domínica de Pasión proyecta sobre nuestra alma las sombras de la Cruz…

El Señor cubre su rostro para que, cuando volvamos a verle, se grabe su mirada no solamente en nuestros ojos, sino también en nuestra alma, y nosotros, profundamente conmovidos digamos: Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit —He aquí el leño de la cruz, en que estuvo colgado el que es la salvación del mundo: Venid, adoremos—.

El Señor espera lograr su objetivo, confía en conmover realmente y apoderarse de nuestro corazón.

Anunció esta gran conquista cuando expresó: cum exaltatus fuero omnia traham ad meipsum —Una vez levantado de la tierra, lo atraeré todo hacia Mí—.

Y también el Profeta Zacarías promete la gracia de la honda conmoción, vinculada a la Cruz del Señor, cuando dice:

En aquel día voy a destruir todos los pueblos que vengan contra Jerusalén. Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los habitantes de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración y pondrán sus ojos en Mí, a quien traspasaron. Lo llorarán, como se llora al unigénito, y harán duelo amargo por él, como suele hacerse por el primogénito.

Llenos de vergüenza reconocerán a quien traspasaron y le harán luto en todas las familias. San Juan cita este texto en su Evangelio: Esto sucedió para que se cumpliese la Escritura: “Volverán los ojos hacia Aquel a quien traspasaron”, mostrando de una manera inequívoca que es una profecía de la Pasión de Cristo, de su crucifixión.

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Nadie puede negar que el católico venera la Santa Cruz. La pone en todas partes; le acompaña desde el Bautismo hasta la sepultura; para él la Cruz es la señal más grande y santa, y la adora en la ceremonia del Viernes Santo.

Esos dos leños unidos tienen su elocuencia peculiar; dicen más que todos los libros, que todas las ciencias.

La Cruz del Señor habla al espíritu cristiano… ¡Cuán elocuente es! Habla del amor supremo y del amor más abnegado; habla del amor que Jesucristo nos encarece de esta manera: Majorem caritatem nemo habet —nadie tiene un amor más grande—.

Su amor no puede tener otro recuerdo que la Santa Cruz; así lo quiso Jesús. La Cruz es el árbol que está dorado con el amor encendido, cruento de Jesús, con ese aurun ignitum —oro afinado en el fuego— de que habla la Sagrada Escritura.

Ese árbol respira el espíritu del Corazón magnánimo del divino Redentor.

En este árbol lee el alma sensible todos los pensamientos grandes y todos los sentimientos profundos de Jesucristo.

Porque la Cruz es la que pregona cuán grande, cuán fuerte, cuán sensible es el divino Redentor. La Cruz nos presenta al héroe invicto…

Precisamente por esto la ama Jesús; se complace más en el Árbol de la Cruz que en el Árbol de la Vida, plantado en el Paraíso.

El Árbol paradisíaco se secó en esta tierra; en esta tierra había de florecer el Árbol de la Cruz.

Para nuestro penar y muerte, del fruto prohibido del Árbol del conocimiento del bien y del mal, nos dio a comer nuestra primera madre…

Del fruto bendito del Árbol de la Cruz nos da a gustar la Madre de Dios para nuestra salvación…

Además, la Cruz es la vara del Señor; en este báculo se apoyan todas las almas mientras peregrinan tropezando y cayendo.

La Santa Cruz es el lecho de Jesucristo; en Ella cerró sus ojos.

La Cruz es el marco de Jesucristo; en este marco nos mostró su rostro adolorido. Desde este marco quiere mirarnos, para que todos los que le vean reconozcan en el Rostro Sagrado, enmarcado en la Santa Cruz, al Padre, al Caudillo de las almas, en quien podemos poner nuestra confianza; y el modelo a quien hemos de imitar.

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No puede ponerse en tela de juicio esta afirmación: el catolicismo rebosa de veneración, homenaje y adoración a la Santa Cruz.

Pero Jesucristo quiere más; quiere que amemos la Cruz.

También esto es una consecuencia del exceso de su amor, de su amor excesivo; porque no se contenta con que amemos en Él a Dios, al hombre, al Corazón…, sino que también quiere que amemos la Cruz.

Y esto no podremos aprenderlo en ninguna escuela, ni de nadie, a no ser del mismo Jesús.

Si nos adentramos en su alma paciente, notamos con asombro que toda su vida está bajo el signo de la Cruz; que la Cruz fue su pensamiento dominante.

Con este pensamiento andaba Jesús por doquier; la Cruz estaba tan metida en su Corazón que nadie podía quitarla de allí.

Andaba el Salvador con la Cruz, soñaba con su imagen hasta verla realizada.

El hombre ordinario pocas veces busca algo durante mucho tiempo y de un modo constante; las olas de la vida, ora le traen una idea ora otra.

El divino Redentor vivía para la Cruz; siempre la llevaba ante sus ojos; con su idea caminaba por todas partes.

La Sagrada Escritura nos permite dirigir una mirada al alma de Jesús, en la que brilla la Cruz de tal manera que nada puede hacerla palidecer. Cuando el Sagrado Corazón se revela, aun en los momentos de mayor gloria, brilla en Él la Santa Cruz.

Ya hemos considerado el Domingo de Quincuagésima las tres grandiosas ocasiones en que Jesús anunció solemnemente su Pasión y Cruz.

Cuando San Pedro confesó la divinidad del Maestro y le rindió el homenaje de la fe con estas palabras henchidas de gloria: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, ellas no desviaron de la Santa Cruz la atención del Señor, sino que, según consigna la Escritura, desde entonces empezó Jesús a anunciar a sus discípulos que habría de subir a Jerusalén y allí padecer mucho a causa de los ancianos, y que sería muerto.

La segunda ocasión, al bajar del Tabor después de la Transfiguración, como Moisés, con plena conciencia de su fuerza y de su poder. Sus discípulos, rodeados de la multitud, están impotentes ante el niño lunático, porque solamente un alma unida con Dios puede mandar a los espíritus malignos. Basta una palabra de Jesucristo para curar, mandar, conquistar…

Los discípulos se transportan de júbilo, el pueblo se asombra y se llena de entusiasmo; y Jesús les dice: El Hijo del hombre ha de ser entregado en manos de los hombres. Y le matarán

La tercera ocasión fue cuando se acercaba la tercera Pascua de la vida pública. Poniéndose Jesús en camino hacia Jerusalén, tomó aparte a sus doce discípulos y les dijo: Mirad que vamos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre ha de ser entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte.

He ahí el alma amorosa de Jesucristo. Realmente amorosa… El Señor habla y obra como guiado por un solo pensamiento; y este pensamiento reina en Él de tal manera que se abre paso aun a través de los sentimientos más fogosos.

Salvo de su Padre, de nada habla Jesús tan apasionadamente como de la Cruz; los deseos de su Corazón Sacratísimo culminan en la Cruz: desiderio desideravi…, baptismo habeo baptizari et quomodo coarctor… Ardientemente he deseado… Con un bautismo de sangre tengo que ser bautizado… ¡Y cómo traigo el corazón en prensa, mientras que no lo veo cumplido!

¡Qué expresiones más fuertes!: Ardientemente he deseado…, traigo el corazón en prensa…

Y cuando así habla, apresura el paso, se precipita, apenas pueden los otros seguir su ritmo.

Cuando pulsa con más vigor su sangre, cuando más tensa está su alma, se lanza hacia la Cruz; cuando coarctatur; cuando lleva el corazón en prensa, cuando arde en deseos y anhelos: siempre es la Cruz su descanso.

Nosotros no podemos hacer otra cosa que los Apóstoles: nos quedamos asombrados, le admiramos sin comprenderle. Porque, ¿cómo vamos a comprender que haya quien ame la Cruz?

Ya dijo San Pablo que antiguamente —y hoy ocurre lo mismo— la Cruz de Cristo y la doctrina de la Cruz —sobre todo la doctrina del amor a la Cruz— es scandalum y stultitia, escándalo y locura.

¿Cómo puede amar el sufrimiento un alma sana y vigorosa? ¿No es ésta una orientación enfermiza? ¿Cómo puede un hombre consciente amar la humillación? ¿Acaso es de harapos la vestidura del espíritu consciente? ¿Podrá ser feliz, si sus espaldas se encorvan y él se convierte en bestia de carga? ¿Podrá servirle de gloria el que reine sobre él la miseria?

No juzguemos con precipitación. Jesús no es enfermizo, débil, pesimista, sino consciente, poderoso, hombre poderoso en obras y palabras, que enseña con poder, que forma con una fuerza creadora…

Es un alma regia, que a la pregunta de Pilato: ¿Conque tú eres el rey?, contesta: Lo soy.

Cristo es un hombre robusto, que en la flor de su vida, en el Huerto de los Olivos ha mostrado hasta qué punto su naturaleza humana siente horror al sufrimiento; gotas de sangre brotan de su frente al pensar en los tormentos que le aguardan; lucha con la muerte, tres veces ora, y suda de tanto forcejear.

De modo que Cristo tiene un alma vigorosa y no enfermiza.

Si, con todo, ama la Cruz, debemos atribuirlo no a la naturaleza, sino a la gracia. No es este el matiz de la desesperación, de la melancolía, del cinismo, del pesimismo, sino que obedece al sentir y querer sobrenaturales.

¿Por qué amó Cristo la Cruz? Si bien no se la trajeron manos de Ángeles, sino que la cargaron sobre sus espaldas el beso de Judas, la Sinagoga y Pilato, con todo, Jesús sabía que la Cruz era la voluntad de Dios: Padre mío, si no puede pasar este cáliz…, hágase tu voluntad…

Padre, ahora tu voluntad es la Cruz… Y porque has unido tantas bendiciones a la Cruz, y porque educas y aceras las almas en el sufrimiento, fiat voluntas tua, hágase tu voluntad, yo acepto, aún más, yo amo la Cruz…

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Solamente podremos amar la Cruz, si la recibimos de manos de Dios.

No es posible amar el sufrimiento en sí mismo; lo rechazamos porque es nuestro enemigo; no hay vida que ame el sufrimiento; la alegría no ama la tristeza; el hombre tampoco puede amar los pesares, los males, los tormentos, la muerte en sí mismos.

Sólo puede amarlos por lo bueno que puede venir de ellos.

Así los amó Nuestro Señor Jesucristo, según dice San Pablo: soportó la Cruz por la alegría que veía en perspectiva, por la gloria que le fue prometida; en esto hay lógica, hay razón, hay gracia, hay fuerza sobrenatural.

No es posible amar lo malo a no ser que de ahí esperemos lo bueno.

Cristo amó la Cruz porque veía que era el árbol de su gloria y del triunfo sobre el mundo.

Así han de conformarse todos con la Cruz…

El estudiante, el sabio, aman el estudio por su utilidad, por el deleite que comunica, por la gloria que acarrea; el enfermo ama el medicamento amargo porque piensa en la salud; el sembrador riega con sus sudores los surcos, esperando una cosecha buena…

También Jesucristo ama la Cruz por Dios y por el hombre.

Esto es lógico. La cruz es el estandarte de la victoria, el símbolo de su gloria, por esto la ama el Señor; y venciendo su temor y horror dice: Levantaos y vamos.

No veía ya a Judas, sino a Dios; aquel beso no es ya el beso del traidor, sino el beso del Padre, que le invita al camino de la Cruz.

Ve en los judíos, aun cuando están llenos de malignidad, los instrumentos del Padre y los exaltadores de la cruz.

Así hemos de obrar también nosotros; cualquier cosa nos suceda, y aun cuando el mal nos venga de los hombres, hemos de ver a Dios; tras el rudo sufrimiento hemos de ver la gloria.

Así veían y amaban la Cruz los Santos… El mundo, al oír tales cosas, forma precipitadamente su juicio y pronuncia la sentencia: éstos son locos rematados; mas quien ha comprendido el pensamiento del divino Redentor, quien ha comprendido que el sufrimiento nos acarrea gloria, inclina la cabeza y dice: ésta es la sabiduría suprema, la fuerza de Dios, porque es la voluntad de Dios; es la sabiduría de Dios, porque Dios sabe sacar bien del mal.

Confiemos y procuremos que el sufrimiento se convierta en Cruz bendita para nuestra alma; lo lograremos si lo recibimos como venido de manos de Dios y lo aprovechamos para nuestro bien sobrenatural.

Hay muchísimos sufrimientos en esta tierra, muchísimas espinas, muchísimos yugos, pero pocas cruces.

Hay miseria y tormento a mares, pero cruz y sufrimiento bendito hay poco.

También nosotros queremos vencer el dolor y el sufrimiento, mas no con vanas esperanzas, sino con el ejemplo ardoroso de Jesús.

¿Quién podrá desterrar de este mundo la enfermedad, el tormento espiritual, los males físicos…, la sombra de la caducidad, la negrura de la tumba, las espinas de la amargura, el via crucis del dolor?

Prosigue la vida, prosigue la lucha y el dolor; la aridez de los goces vacía los corazones; la falta de objetivo envuelve como negra noche las almas…, y hay quienes quieren alentarnos con la perspectiva de un porvenir sin sufrimientos…

Aprendamos de Cristo, aprendamos el amor de la Cruz y a la Cruz, para que nuestro sufrimiento no sea vano, para que nuestras luchas no terminen con una derrota definitiva.

Aprendamos a sufrir cristianamente.

El sufrimiento será sufrimiento a lo cristiano, si el hombre lo recibe con plena conciencia de manos de Dios y lo soporta para gloria del Señor.

Aprendamos este arte: sacar alegría y paz espiritual del sufrimiento y de la miseria.

Entonces nuestra miseria, unida a la Cruz de Cristo, no será tan pesada que nos oprima, no será árido nuestro sufrimiento, no se hundirá nuestra vida en las olas amargas del dolor y de la falta de esperanza, sino que la fe nos iluminará para que, sufriendo, triunfemos…

Nos autem gloriari oportet in cruce Domini nostri Jesu Christi: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: per quem salvati, et liberati sumus.

Debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en el cual está nuestra salud, vida y resurrección, por quien hemos sido salvados y liberados.